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Los antiabortistas aluden al derecho “nonato”, es decir, el derecho de los no nacidos. ¿Y el de los muertos qué? Sobre todo, el de los muertos que no han vivido porque la guerra les arrebató la vida. El referéndum se hace todos los días en los campos de batalla. Cada muerto es un voto en contra de la guerra.
Conozco los planes y propuestas para Gaza y Ucrania y me gustan todos porque incluyen la palabra paz. No obstante, comparten el defecto de callar lo que debieran proclamar. Unos aluden a las sinrazones de Israel, otros los argumentos de Hamás, otros invocan lo que Rusia quisiera obtener y su contraparte, lo que Ucrania lucha por preservar.
Ninguno menciona a los muertos que caen mientras los culpables discuten.
Si preguntaran a los jóvenes israelíes cuánto disfrutan asesinando impunemente a gazatíes, a los ucranianos si quieren hacerle la guerra a Rusia y viceversa, tal vez habría pocos votos favorables. De ser preguntados los oligarcas, tratantes de armas, incluyendo a los de Europa y los Estados Unidos, la votación sería obviamente favorable.
Si probaran a empoderar y convocaran a las negociaciones a madres ucranianas, rusas, israelitas y palestinas, incluso europeas y estadounidenses, la historia sería otra.
Para Palestina y Gaza, los proyectos, aunque atendibles, no pasan de ser paliativos. Ninguno de los que avanzan hasta aterrizar en las mesas de Donald Trump y Benjamín Netanyahu llega a reclamar la retirada total de Israel a las fronteras de 1967, incluidos los colonos que se han posesionado de tierras en Cisjordania y Gaza y la constitución de un estado palestino, con todos los atributos reconocidos por la Carta de la ONU.
Aunque dos de los actores más influyentes de la guerra en Ucrania, Donald Trump y Vladimir Putin, presidentes de Estados Unidos y de Rusia respectivamente, se esfuerzan por terminar el conflicto, no lo logran porque se trata de un evento que no solo no debió comenzar, sino para el cual no se ha encontrado solución de salida.
La guerra, una aberración civilizatoria, es especialmente contraindicada para la solución de conflictos nacionales como el que protagonizan la población de Donbass, Ucrania y Rusia.
La ineficacia de la guerra para solucionar conflictos de esa naturaleza ha sido probada, entre otros lugares y momentos, en Corea, donde los países que pactaron la división del país, promocionaron la Guerra de Corea (1950-1953) que, además de a los coreanos, involucró a las mismas potencias que propiciaron la división.
Finalmente, el conflicto se saldó con unas tablas, un armisticio y tres millones de muertos por los que nadie respondió.
La historia se repitió en Vietnam, otra nación dividida por otra guerra, con la diferencia de que, tras años de intensas confrontaciones militares, finalmente Richard Nixon, entonces presidente de los Estados Unidos, reconoció la derrota y, aunque con el eufemismo de “vietnamizar” la guerra, accedió a marcharse y dejar Vietnam a los vietnamitas.
Los resultados están a la vista. Con la paz ganaron todos: los del norte, los del sur, los vecinos de toda Indochina y los de allende al mar.
También tuvieron esa determinación el primer ministro de Sudáfrica, Frederick de Klerk, y el primer presidente negro, Nelson Mandela, que tuvieron la determinación política para decir ¡Basta! ¡Hasta aquí!, poniendo fin al apartheid y abriendo caminos a la democracia.
La solución en Ucrania es tanto más complicada porque no se trata de los intereses de ucranianos o de rusos, sino de terceros, exactamente de los pobladores de Donbass, entre los que hay tanto ucranianos como rusos y, obviamente, hijos de matrimonios interétnicos que, en este caso, no son mestizos y, para más señas, todos son eslavos.
Otras veces he dicho que, en este caso, me gusta la fórmula coreana de un armisticio con auténtica y sólida supervisión internacional que comienza con la separación de las tropas combatientes, el regreso de todas las fuerzas a las posiciones de partida y la total independencia de Donbass, que, por primera vez en cientos de años, no serán ucranianos ni rusos, sino ellos mismos.
A la vez, pudieran adoptarse los puntos esenciales del plan propuesto por Donald Trump, entre otros: cero expansión de la OTAN, así como total prohibición de armas nucleares en Ucrania ni en Donbass, límites al tamaño de las fuerzas armadas y ninguna tropa extranjera, excepto las fuerzas de mantenimiento de la paz de la ONU y compromisos para la reconstrucción de Ucrania, sin confiscar los fondos rusos depositados en bancos europeos.
La paz apremia, el tira y jala es ignominioso y las dilaciones injustificadas deberían concluir. Los mandatarios involucrados, especialmente aquellos cuyos jóvenes mueren por miles, no tienen derecho a pedir paciencia. Cada batalla, ganada o perdida, no suma gloria, sino vergüenza. El nuevo año es una nueva oportunidad. Allá nos vemos.
*Este texto fue publicado originalmente en el diario ¡Por esto! Se reproduce con la autorización expresa de su autor.












