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Yudaina Gómez, compositora: “Nunca he dejado de ser quien era cuando me fui de Cuba”

Ha combinado su formación en música coral y sacra con su pasión por la música cubana. Desde Alemania, acerca la música clásica a miles de seguidores en redes sociales.

por
  • Deborah Rodríguez Santos
enero 19, 2026
en Música
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Yudaina Martínez Heredia. Foto: Cortesía.

Yudaina Martínez Heredia. Foto: Cortesía.

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Yudaina Gómez Heredia (Santa Clara, 1994) llegó a Alemania para estudiar Música Sacra en la Universidad de Regensburg. A diferencia de muchos en su campo, no nació en una familia de músicos, pero un breve paso por un curso de teatro cuando era niña la condujo a la especialidad de Canto Coral en la Escuela Vocacional de Arte “Olga Alonso”, en Villa Clara, su provincia natal.

“Yo oía todas las canciones de ‘Cantándole al Sol’, me encantaba ese concurso. Me acuerdo que mi mamá me compraba los casetes y yo los escuchaba una y otra vez, me aprendía las canciones. Siempre me gustó actuar y estar en escena. Entonces mi mamá me inscribió en teatro con una profesora que había en nuestra ciudad. Estuve con ella solo un par de meses. Trabajamos un monólogo y algunas cosas, pero después la profesora se fue a formarse y no pudo seguir dándome clases. Fue entonces cuando me mandaron a la Casa de Cultura de Santa Clara”, contó a OnCuba.

Tras concluir el nivel elemental, se presentó a las pruebas de la Escuela Nacional de Arte (ENA), donde se graduó en nivel medio de Dirección Coral. Más tarde, ya en La Habana, ingresó al Instituto Superior de Arte (ISA), donde permaneció cerca de tres años, hasta que surgió la oportunidad de emigrar a Alemania para estudiar música sacra.

“Todo eso fue gracias a los contactos que tenían con la Semana de Música Sacra en La Habana. Yo participaba en talleres y a partir de ahí surgió la posibilidad de estudiar allí. Tenían una beca, una ayuda económica, y yo estaba muy interesada. Apliqué a la Universidad de Música Sacra de Regensburg, y al final me otorgaron el puesto y la beca”, recuerda.

Ser mujer, negra y latina ha representado un desafío en un campo profesional tan masculinizado y elitista como la Dirección de Orquesta. Abrirse camino en Alemania ha requerido esfuerzo y una constante capacidad de adaptación. Pero esa misma identidad ha sido también la fuerza que le ha permitido abrir puertas para sí misma y para otras mujeres, así como para una audiencia que la sigue en Instagram, donde comparte su trabajo y pasión por la música con más de 70 mil seguidores, acercando la música clásica a expertos y curiosos por igual.

Recientemente, Yudaina fue seleccionada como Mentee del programa de mentoría Takia L. Sol Fellowship 2027, fundado por la directora Marina Alsop, un programa dedicado a apoyar y empoderar a mujeres directoras de orquesta, un reconocimiento que refleja tanto su talento como su compromiso con la diversidad en la música clásica.

La música cubana, tanto en su tradición clásica como en lo popular, sigue siendo un elemento central en sus composiciones y un horizonte identitario que Yudaina no pierde de vista, a pesar de la distancia que la separa hoy de la isla. 

Foto: Cortesía de la entrevistada.

¿Qué te llevó a continuar tu carrera en Alemania?

Venir a estudiar Música Sacra en la Universidad de Música Sacra de Regensburg, o Ratisbona, como se dice en español.

Gracias a todo el equipo de profesores que estaban ahí, y que iban y siguen yendo a Cuba de vez en cuando con la Semana de la Música Sacra, yo pude conocer mucho más de la cultura de acá, sobre todo de la música litúrgica, que es súper interesante. Para mí era algo bastante nuevo. O sea, yo lo conocía, pero no con esa profundidad.

En Cuba, en canto coral y en dirección coral —que fue lo que yo estudié— uno aprende muchísimo, pero no se entra tan a fondo en ese mundo. Y eso fue lo que a mí me abrió las puertas aquí en Alemania: tener ese privilegio, esa oportunidad de poder estudiar Música Sacra.

Hice la licenciatura en Música Sacra en la Universidad de Música Sacra de Ratisbona, y ahí fue donde realmente empezó todo para mí acá.

¿Cómo llegaste a la dirección orquestal?

Yo estaba haciendo mi primera maestría en Dirección Coral en la Universidad de Música de Regensburg, y allí nos llevaban mucho a ensayar con orquesta. Era como el perfil que yo había ido tomando: dirección coral, pero con un punto fuerte en orquesta.

Hacíamos muchas prácticas con orquestas profesionales y nos daban la posibilidad de grabarnos con el teléfono para luego analizar en casa cómo nos veíamos, cómo estaba la técnica, qué se podía mejorar. Recuerdo que un día estaba con una amiga mía y le dije: “Mira este video de cómo quedó”.

Me veo en el video dirigiendo la orquesta, con mi afro suelto, así, y pensé: ‘qué cosa más linda’. De verdad, me encantó. Fue algo muy bonito, algo que no había visto hasta ese momento y que me llamó muchísimo la atención.

Ahí fue cuando dije: “¿Sabes qué? Voy a decidirme a estudiar esto. Voy a hacer una maestría en Dirección de Orquesta también”. No me importaba si estaba empezando tarde, porque yo sé que hay gente que empieza muchísimo antes. Dije: no me importa, voy a probar, me voy a arriesgar. Y así fue. 

Foto: Tomada del perfil en Instagram de Yudaina Gómez.

¿Qué significó para ti y para tu carrera establecerte en Núremberg y cómo ha influido este entorno en tu trabajo creativo?

Establecerme en Núremberg fue justamente eso que te explicaba antes: decir “me voy a tirar con la guagua andando”, como decimos en Cuba. Simplemente probar, arriesgarme, aunque no hubiera hecho dirección de orquesta antes. Pensé: no pasa nada, no tengo nada que perder.

También fue estudiar en una ciudad un poco más grande, muy internacional. La escuela era muy diversa, con gente de muchos lugares, y eso me abrió mucho la cabeza. Me dio valentía, me ayudó a atreverme a probar cosas nuevas, a participar en proyectos distintos.

Tuve la oportunidad de dirigir un coro en Erlangen, que es una ciudad muy cerca de Núremberg. Como yo estaba estudiando allí, aproveché la oportunidad y me asignaron ese coro. Empecé a trabajar con ellos y pude probar muchos proyectos nuevos, hacer un trabajo más profundo, con repertorios más exigentes.

La vida de la ciudad y la dinámica de la escuela también eran muy abiertas, muy coloridas, y eso me influyó mucho. Me dio ese impulso de decir: vamos a dirigir orquesta ahora, no importa. Y así fui ganando experiencia con los distintos conjuntos: los ensembles de la escuela, los coros, la orquesta, y todas esas posibilidades que se fueron abriendo en el camino.

¿Cómo crees que la experiencia migratoria ha impactado tu creatividad y tu trabajo compositivo?

Yo emigré a Alemania a partir de la beca y de la oportunidad de estudiar en Regensburg, de la que te hablaba antes. Fue eso lo que me trajo aquí: la posibilidad de estudiar Música Sacra y todo lo que venía con esa experiencia.

En el plano compositivo, para mí ese cambio fue enorme. Yo escucho la música que componía antes de venir a Alemania y, aunque no es completamente distinta —porque hay muchas cosas que sigo haciendo—, sí tenía un lenguaje diferente. En ese momento mi música se estaba volviendo mucho más disonante, más dura en ese sentido.

Cuando llegué aquí intenté seguir componiendo en esa misma línea, pero no duró mucho. A los tres meses más o menos empecé a sentir una añoranza muy fuerte, y eso me llevó a otro camino. Empecé a componer usando elementos más nacionalistas, muy vinculados a lo cubano, como en la Misa afrocubana. Volví a un lenguaje mucho más tonal.

Compuse muchas obras para coro, y como estaba estudiando Música Sacra, empecé a mirar con más atención el repertorio litúrgico: qué posibilidades tenía para escribir para coro y cómo podía llevar elementos de la música popular cubana —la música afrocubana, en general— a la música litúrgica.

Eso también se refleja en las cosas que hago para órgano, que muchas veces son casi improvisaciones. No todo está escrito, y ahí es donde más se nota cómo fue cambiando mi manera de componer aquí en Alemania.

Con el tiempo fueron llegando encargos para distintos coros, y ya el lenguaje se fue asentando: es muy tonal, muy marcado por esa herencia de los coros cubanos donde me formé, por toda esa tradición de la dirección coral, pero también mezclada con cosas que he aprendido aquí, como el canto gregoriano europeo, y hasta elementos del jazz.

Foto: Tomada del perfil en Instagram de Yudaina Gómez.

¿De qué forma tu identidad cubana se cuela hoy en tu lenguaje compositivo?

Creo que lo primero es, sobre todo, el texto. He compuesto varias obras en español, por ejemplo algunas con textos de Mirta Aguirre que hice no hace mucho. Son piezas para coro femenino, y ahí aparecen ritmos como la habanera, el zapateo, el son cubano, ese tipo de cosas.

Como yo compongo música para que la interprete gente de aquí, los músicos y los coros con los que trabajo, también pienso mucho en eso. Busco géneros cubanos que ellos puedan disfrutar, que no sean demasiado complejos. Para mí el género en sí da un poco igual; lo importante es que la música sea accesible, fácil de entender, sobre todo teniendo en cuenta que aquí se trabaja mucho con coros amateur.

Y al mismo tiempo, claro, que tenga ese sabor cubano: melodías, ritmos, ese pulso que viene de la tradición cubana y que, de alguna manera, siempre termina colándose en lo que hago.

¿Cuál ha sido la obra que más te ha desafiado como compositora hasta ahora y por qué?

La obra que más me ha desafiado ha sido Fantasía sobre temas de Mamá África, que compuse para el Ensemble Vocal Luna de La Habana y que va a salir pronto en un disco que ellas están grabando.

Es un arreglo para coro femenino, un popurrí a partir de canciones de Miriam Makeba, la cantante y compositora sudafricana. Por ejemplo, “Pata Pata” es una de sus canciones más conocidas. Ellas me propusieron incluir tres o cuatro temas en el popurrí, y a partir de ahí empecé a trabajar.

Uno de los mayores retos fue el idioma, porque muchas de esas canciones están en xhosa, una lengua que yo no conocía. Tuve que escuchar muchísimas grabaciones de Miriam Makeba y también arreglos corales sudafricanos, para entender cómo funciona el idioma dentro de la música y cómo respetar ese estilo sin perder el lenguaje que yo quería proponer.

También fue un desafío incorporar ritmos propios de Sudáfrica, o ritmos cercanos, que al final dialogan mucho con la música afrocubana. No son mundos tan distintos, pero había que encontrar ese punto de equilibrio.

Además, el proceso fue muy intenso: tenía muy poco tiempo para componerla. Mis padres estaban de visita y yo estaba muy atareada; prácticamente tenía unas dos semanas para hacerlo. Recuerdo que empecé a componer la primera semana y, a mitad del proceso, me di cuenta de que no funcionaba y tuve que empezar de nuevo. Al final quedó como un collage, pero el resultado me gustó muchísimo.

Hoy estoy muy contenta con esa obra. Sin duda ha sido uno de los desafíos más grandes y más enriquecedores que he tenido como compositora.

¿Trabajas con programas o métodos específicos para componer y dirigir?

Para componer utilizo básicamente programas de notación musical. Durante mucho tiempo trabajé con Finale, que ahora tengo que cambiar, pero en cualquier caso eso ya es parte de la tecnología: escribir la obra, pasarla a formato digital, todo eso implica trabajar con herramientas tecnológicas.

Mi escritura como tal, sin embargo, es bastante clásica. A veces incluyo pequeños espacios de improvisación, o indicaciones más habladas, como figuras onomatopéyicas o cosas así, pero son detalles muy puntuales. No suelo llegar a escribir con leyendas ni sistemas demasiado complejos.

En cambio, como directora sí he trabajado con música contemporánea que incorpora electrónica o elementos más aleatorios, donde hay mucha improvisación. Ahí el trabajo es distinto: se trata más de medir el tiempo, de coordinar cómo van entrando los instrumentos y de manejar estructuras más abiertas.

Foto: Tomada del perfil en Instagram de Yudaina Gómez.

¿Qué importancia tiene para ti el equilibrio entre la música contemporánea y las tradiciones más clásicas?

Esta es una opinión muy personal. Conozco compositores que trabajan de una forma completamente distinta y que no recurren para nada a tradiciones populares o a la música popular, y eso también es totalmente válido.

Para mí, en lo personal, ese equilibrio sí es importante, porque tiene que ver con la identidad, con de dónde viene uno. Unir la música contemporánea con tradiciones más clásicas o populares me da la posibilidad de presentar la música de mi país, la música que me identifica como cubana, o simplemente como persona que viene de un lugar específico.

Además, la música contemporánea suele circular mucho en centros de música contemporánea, en festivales, a través de encargos. Y ahí es donde yo siento que está la oportunidad de introducir elementos de la música tradicional cubana, de mostrar otras sonoridades.

También me interesa romper con ciertas ideas preconcebidas, como esa de que Cuba es solo salsa o son y que no existe una tradición de música clásica o de concierto. Me gusta hacer esas mezclas para que la gente pueda descubrir las distintas posibilidades que tiene una música de concierto que dialoga con lo contemporáneo sin dejar de ser música clásica.

¿Dirigir tu propia música tiene un significado especial en comparación con dirigir obras de otros autores?

Sí, para mí tiene algo especial. Cuando uno dirige su propia música sabe exactamente cómo la quiere. El proceso de montar la obra con los coros, los solistas o los músicos es mucho más directo, porque yo soy la persona que mejor conoce esa música: sé lo que quiero escuchar y cómo quiero que funcione. En ese sentido, es una zona de confort, y también es muy práctico.

Pero al mismo tiempo, me gusta mucho otra experiencia: sentarme un día en la sala y escuchar una obra mía interpretada por otros, simplemente como espectadora, sin tener que intervenir demasiado. Escuchar cómo otras personas la leen, la entienden y la transforman.

Así que sí, es importante para mí dirigir mi propia música, pero tampoco lo veo como algo imprescindible. A veces, honestamente, disfruto incluso más escuchar que tener que dirigir o intervenir yo misma en el proceso.

¿Qué repertorio te interesa explorar más como directora y por qué?

Como directora me interesa mucho trabajar con repertorio del siglo XIX y principios del XX, también con música del siglo XX completo, y sobre todo con música antigua, incluso anterior a Bach. Me gustaría explorar más este repertorio con orquesta, porque todavía no he tenido muchas oportunidades de hacerlo y quiero probar cómo me va.

Lo que más he trabajado hasta ahora con orquesta ha sido repertorio clásico, principios del siglo XIX, y también música contemporánea. Pero hay espacios que todavía me quedan por descubrir, y me gustaría experimentar más con ellos.

Foto: Tomada del perfil en Instagram de Yudaina Gómez.

¿Cómo se vive la experiencia de comunicación con los músicos desde la batuta? ¿Qué buscas transmitirles en los ensayos y en el concierto?

En los ensayos, dirigir significa, sobre todo, escuchar a los músicos y guiarlos. No se trata de controlar, sino de comunicar claramente lo que uno quiere, de tener una idea de cómo debe sonar la obra y ayudar a los músicos a lograrlo: el balance, la articulación, la dinámica… todo eso para acercarse a lo que el compositor quiso transmitir o, si se quiere, para proponer una interpretación diferente.

Para mí también es fundamental que los músicos se sientan cómodos y disfruten el proceso. Aquí en Alemania se dice mucho “que se diviertan”, y me gusta eso. Yo sé que es un trabajo, pero me encanta crear un ambiente donde todos puedan disfrutar tocando y ensayando conmigo. Cuando a mí me gusta la música y ellos también disfrutan, creo que todo funciona mucho mejor y uno puede aprovechar y disfrutar aún más de la experiencia musical.

Foto: Cortesía de la entrevistada.

¿Qué desafíos supone ser mujer, negra y caribeña en un campo profesional fundamentalmente masculino, blanco y elitizado?

Mira, son muchas cosas. Te voy a ser sincera: depende mucho del país o de la región. No es igual en toda Alemania; a veces en ciertos lugares es más difícil. He tenido experiencias buenas, pero también he vivido momentos raros o incómodos, como que me han confundido con alguien que iba a robar, aunque en realidad yo estaba allí para tocar un concierto. O que la gente no sabía que yo iba a participar y me preguntaba cosas como “¿qué estás haciendo aquí?”. Son situaciones extrañas, un poco duras.

Pero, por otra parte, me gusta poder hacer lo que hago: vivir de la música, aportar algo diferente al arte, mostrar que no siempre son los mismos hombres mayores y canosos los que dirigen o componen. Me gusta que también haya mujeres, gente joven, negra, latina, personas de otros países.

Claro, también hay ventajas. Existen programas y becas diseñados para dar más visibilidad a mujeres o mujeres negras, y eso ayuda. Pero al mismo tiempo, en Alemania, sobre todo en la dirección y en algunos campos más tradicionales, hay sistemas muy arraigados. No es que te digan directamente “no te vamos a tomar porque eres negra”, pero sí se siente que es difícil encajar. Tienes que estar inventando todo el tiempo, buscando los huecos del sistema para poder entrar, y después que eso se normalice lleva tiempo y experiencia.

En el órgano, por ejemplo, todavía hay muy pocas mujeres, y mujeres negras todavía menos. Entonces ahí es donde más se nota lo tradicional del campo: llegas a un lugar y te sientes raro, no te ven igual que a un hombre mayor o reconocido.

Por eso estoy aquí, aportando mi granito de arena para que poco a poco esto se normalice, para que la gente valore el trabajo por sí mismo, sin tener que estar justificando quién eres o de dónde vienes.

¿Qué diferencias culturales o musicales has notado entre trabajar en Europa y en América Latina?

La gente en Europa sigue muchos códigos y etiquetas a la hora de trabajar. No quiero normalizarlo, porque en Alemania es diferente a Reino Unido, y en España también se trabaja de otra forma. Pero comparado con América Latina, la diferencia más grande es la idiosincrasia: allá la gente es mucho más relajada, abierta, con una comunicación más directa.

Acá, en cambio, todo es más formal. Hay cosas muy buenas, como la puntualidad, la organización, la profesionalidad impecable… pero me falta un poco de eso que hay en Latinoamérica: la espontaneidad, la flexibilidad para cambiar programas, la creatividad más libre. También extraño el calor humano, esa cercanía que hace que la música y los ensayos sean más divertidos, variados e interesantes.

¿Qué herramientas o hábitos creativos te ayudan a mantener una voz propia como artista?

Escuchar música, y sobre todo música cubana, es fundamental para mí. Salsa, ir a bailar, esas cosas… aunque uno piense que no, me mantienen creativa, viva y abierta a usar nuevas ideas.

También me inspiran mucho si quiero componer obras con temáticas cubanas o afrocubanas. Mantenerme con energía, buena vibra y buena onda me ayuda a rendir en todo.

Así que mis hábitos son simples: bailar salsa lo más que pueda y escuchar mucha música, tanto popular cubana como música de concierto. Eso me mantiene conectada conmigo misma y con mi voz artística.

¿Hay compositores, directores o artistas que admires especialmente y que hayan influido en tu trayectoria?

De compositores, uno que me influyó mucho fue Juan Piñera, que fue mi maestro de composición en Cuba. Es una persona con verdadera vocación de enseñar: siempre se sentaba con nosotros, escuchaba nuestras obras y nos motivaba a encontrar nuestro propio estilo. Eso me marcó mucho, sobre todo en la forma de componer antes de venir para acá.

Después, aquí en Alemania, he ido aprendiendo sola y poco a poco he buscado cómo desarrollar mis obras y llevarlas hasta el final. Pienso mucho en Juan Piñera porque realmente me enseñó a valorar ese proceso.

En cuanto a directores y otros artistas, sí admiro mucho a varios por su trabajo, pero siento que no han influido directamente en mi carrera. Cada director tiene su manera de dirigir y lo que a mí me impulsa es seguir mi propio camino, experimentar y ver cómo funciona mi música. Observarlos me inspira, pero no busco copiar exactamente a nadie, porque sé que mi cuerpo, mi manera de ver la música y mi estilo son diferentes.

Lo que realmente me inspira son amigos y colegas músicos con los que convivo día a día. Verlos crecer, estudiar, mejorar cada día, me motiva muchísimo más que cualquier figura famosa. Puedo ver su proceso en carne viva y eso me inspira a seguir desarrollándome y experimentando con mi propia música.

¿Cuál ha sido el mayor obstáculo profesional que has enfrentado y cómo lograste superarlo?

Obstáculos he tenido muchísimos, y todavía sigo enfrentando nuevos. Desde que llegué a este país ha sido un camino lleno de desafíos, y no siempre es fácil superarlos. Poco a poco uno se va acostumbrando, aprende a seguir adelante y a decir “bueno, seguimos, no pasa nada”.

Dirigir, que es lo que más quiero hacer ahora, es una carrera dura. Hay que enviar muchísimas solicitudes: de 1.500 aplicaciones, a veces te responden solo para invitarte a hacer una prueba, y luego empieza otra etapa de desafíos. Es una carrera de obstáculos constante.

Pero me gusta lo que hago. Cuando logro que la música funcione, que tengo acceso a una orquesta, o cuando puedo crear mis propios proyectos y espacios para otros músicos, eso me llena de satisfacción. Ver que el público se interesa, que la gente quiere participar, que mis programas y proyectos tienen vida… eso me hace feliz.

Claro que también implica trabajo adicional: hay que buscar financiamiento, organizar los conciertos, gestionar los proyectos. Pero todo eso forma parte del trabajo, y el resultado vale la pena. Reconozco que este camino está lleno de obstáculos, pero también sé que muchas personas en la música enfrentan desafíos similares, y lo importante es seguir adelante.

Cuando te paras frente a una orquesta, ¿qué hay de Yudaina —de tu historia, tu cultura, tu sensibilidad— que inevitablemente se filtra en tu manera de dirigir y te diferencia de otros directores?

Yo creo que tiene mucho que ver con mi personalidad y mi simpatía. Nunca he dejado de ser la misma persona que era cuando me fui de Cuba, y conmigo va todo eso: la salsa, bailar, hacer ejercicio, estudiar solfeo, todas las experiencias de mi vida.

Incluso la forma en que ensayo refleja eso: es muy auténtica, muy cercana. No intento ser otra persona; simplemente llevo mi manera de ser a cada orquesta. Por supuesto, lo hago de manera profesional, pero esa simpatía y esa esencia natural de quién soy siempre se filtran en mi dirección.

¿Qué consejo le darías a jóvenes músicos —especialmente mujeres negras— que quieren dedicarse a la composición o a la dirección orquestal?

Les diría que no se cansen, pero que también tengan siempre un plan B. Es importante perseguir la pasión por la música, la composición o la dirección, pero la vida a veces nos lleva por otros rumbos, nos enseña cosas nuevas, y nunca está de más saber adaptarse.

A veces uno empieza tocando piano y, años después, termina dirigiendo o componiendo. Cada persona tiene su historia y sus tiempos; no todos empezamos con las mismas condiciones ni a la misma edad. Sobre todo para nosotros, los latinos, y específicamente los cubanos, que hemos pasado y seguimos pasando trabajo con la burocracia o las dificultades del país, es importante recordar de dónde venimos.

También recomiendo agradecer cada paso, aunque sea pequeño: poder hacer música, conocer otra cultura, aprender algo nuevo. No todo en la vida es fácil ni todo sale color de rosa, pero mirar atrás y reconocer los progresos ayuda a mantener la motivación.

Tener un plan B no significa renunciar a la pasión; significa aprovechar todas las experiencias: trabajar en una editorial musical, aprender otras habilidades, explorar oportunidades inesperadas. Todo eso te enriquece, te abre contactos y, muchas veces, te lleva justo al lugar que quieres. La música no es “todo o nada”: cada experiencia suma y te hace crecer como artista y como persona.

Foto: Tomada del perfil en Instagram de Yudaina Gómez.

En redes sociales te vemos creando contenido que acerca la música clásica a un público más amplio. ¿Cómo surge ese deseo de socializar esta parte de tu trabajo y por qué has decidido crear contenido fundamentalmente en español?

Yo empecé con mi cuenta normal de Instagram, donde subía fotos y cosas de mi vida cotidiana. Llegó un momento en que sentí que quería hacer contenido solo de música, algo que mostrara mejor dónde trabajo y lo que hago. Abrí una cuenta dedicada a la música y subí un reel muy sencillo, más que nada pensando en mis amistades de Cuba, porque recordábamos los métodos de estudio de la ENA y la EVA para aprender compases asimétricos, y quería que se divirtieran un poco.

Nunca pensé que ese video se iba a volver viral. Pasó de unos 100 seguidores a casi 10 mil en una semana, y yo estaba en shock total. No estaba preparada para eso, porque no buscaba ser influencer ni nada parecido; simplemente quería compartir algo que me parecía divertido y útil.

Después subí otros videos, explicando solfeo o análisis de obras, y la gente también los empezó a compartir mucho. La verdad es que casi todos los videos que se hicieron virales no los esperaba, los hacía para mí, para estudiar y profundizar en las obras. Al analizar y editar los videos, me aprendo todo de memoria y puedo profundizar mi interpretación, y de paso la gente aprende conmigo.

Así que, poco a poco, entendí que tenía una audiencia grande, principalmente en español, en España, México, Brasil y otros países de Latinoamérica. Decidí seguir creando contenido en español para ayudar a la gente a entender la música clásica, incluso música europea tradicional que para muchos parece lejana. Poder introducir a la gente a obras como el Oratorio de Navidad de Bach, explicar los textos y acercar esta música a quienes no pueden escucharla en vivo, me hace muy feliz.

Ni siquiera era mi objetivo inicial; simplemente quiero ayudar a alguien a conectarse con la música, y eso me motiva a seguir creando contenido.

¿En qué proyectos estás trabajando actualmente y qué sueñas con realizar todavía?

Ahora voy a empezar a trabajar en un proyecto con una orquesta de cámara, más bien dentro del ámbito clásico, haciendo repertorios de música que todavía no he tenido oportunidad de tocar. Me gustaría organizar conciertos en los lugares donde yo estudié, hacer la misa, por ejemplo, y recrear un poco lo que hago en los videos, pero en vivo.

La idea es ir a esos espacios, hablar con la gente sobre música, compartir lo que hacía cuando era más joven y pasaba horas estudiando y analizando Bach. Extraño muchísimo esos tiempos y quiero retomarlos, ahora de manera más adulta, dando clases magistrales y conciertos donde se muestre todo.

Y, por supuesto, como cualquier músico, también tengo sueños más grandes, como dirigir en salas de conciertos importantes, pero eso ya es algo más “normal” en nuestra profesión. Eso sí, todavía tengo pendiente volver a Cuba y hacer algo especial allí; eso es algo que quiero concretar.

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Dra. en Comunicación con especialidad en medios digitales y procesos migratorios.

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