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A Odette Alonso (Santiago de Cuba, 1964) no la conocía. Ahora, después de este diálogo, la “desconozco” menos. Sin embargo, en mis frecuentes viajes a México su nombre siempre saltaba en conversaciones de amigos escritores, que daban por sentado una familiaridad entre nosotros que nunca hemos tenido.
De modo que me propuse acercarme a su poesía, la mejor manera de hacerse una imagen certera de un poeta, aunque entre este y su obra, como advertía Félix Pita, existe la misma relación que entre la abeja y la miel: una y otra se condicionan, pero no son lo mismo. Así es que aquí me propuse presentarme y presentar a ambas, y he quedado más que satisfecho, con la gratificante sensación de haber ganado una amiga que, además, es una excelente escritora.
Odette pertenece a la generación literaria de los 80 del pasado siglo, conjunto de autores que comenzaron a publicar por esa década, y entre los cuales hay más de un poeta infaltable a la hora de historiar la lírica de nuestro país. Jóvenes que entonces ejercieron el conversacionalismo como estrategia comunicativa, pero salvándolo de una inmediatez y una crudeza que, en términos generales, había caracterizado a promociones anteriores. Con ellos aparecieron nuevos enfoques, nuevos asuntos, nuevos desenfados y rebeldías, nuevas afirmaciones y negaciones de ese ser complejo que llamamos el cubano, transido por una historia que siempre se ha proyectado, de manera oficial, como La Historia.
Ella ha publicado, hasta el momento, la novela Espejo de tres cuerpos (México, Quimera, 2009), los libros de relatos Con la boca abierta (Madrid, Odisea, 2006), Hotel Pánico (Xalapa, Universidad Veracruzana, 2013) y Con la boca abierta y otros cuentos (México, Voces en Tinta, 2017), así como los poemarios Enigma de la sed (Santiago de Cuba, Caserón, 1989), Historias para el desayuno (Holguín, Ediciones Holguín, 1989), Palabra del que vuelve (La Habana, Abril, 1996), Linternas (Nueva York, La Candelaria, 1998), Visiones (México, NarrArte, 2001), Diario del caminante (Monterrey, Espejos de Papel, 2003), Cuando la lluvia cesa (Madrid, Torremozas, 2003), El levísimo ruido de sus pasos (Barcelona, Ellas Editorial, 2005), Escombros del alma (Le Havre, Editions Hoy no he Visto el Paraíso, 2011), Víspera del fuego (Monterrey, Ediciones Intempestivas, 2011), Bailando a oscuras (Monterrey, Universidad Autónoma de Nuevo León, 2015), Las otras tempestades (Monterrey, Ediciones Caletita, 2016), Los días sin fe (Cancún, Gaceta del Pensamiento, 2017), Old Music Island (Instituto Zacatecano de Cultura, 2018), Últimos días de un país (Universidad Autónoma del Estado de México, 2019) y Lo que transcurre (Miami, Ediciones Furtivas, 2023); así como las antologías personales Manuscrito hallado en alta mar (Xalapa, Universidad Veracruzana, 2011), Bajo esa luna extraña (Madrid, Efory Atocha, 2011) y De humo y miel. 35 años de poesía (Toluca, Universidad Autónoma del Estado de México, 2024).
Es compiladora de la Antología de la poesía cubana del exilio (Valencia, Aduana Vieja, 2011), proyecto que obtuvo un Premios 2003 de Cuban Artists Fund de Nueva York, y de Género y sus perspectivas (UNAM, 2022) y coeditora de Versas y diversas. Muestra de poesía lésbica mexicana contemporánea (Universidad Autónoma de Aguascalientes, 2020).
En la actualidad coordina el proyecto cultural Bulevar Arcoíris y el club de lectura de la Biblioteca de Escritoras de la Casa Universitaria del Libro de la Universidad Autónoma de México.
He aquí el intercambio.

Eres Licenciada en Filología por la Universidad de Oriente (1986). En 1992 —pleno Período Especial— te trasladas a México, donde has hecho una larga y reconocida carrera literaria. ¿Cómo fue tu vida profesional en Cuba entre una y otra fecha?
Fui especialista del Departamento de Arte de la Dirección Provincial de Cultura, vicepresidenta de la Asociación Hermanos Saíz en Santiago de Cuba y miembro del consejo de redacción del suplemento cultural Perfil de Santiago. Me gané algunos premios, entre ellos el “13 de Marzo” de 1986, con un libro que reunía reseñas de periodismo cultural. Se publicaron mis primeros poemarios: Enigma de la sed (Caserón, 1989) e Historias para el desayuno (Ediciones Holguín, 1989), que había ganado el premio de poesía “Adelaida del Mármol”.
En 1989 decidí irme a La Habana, donde trabajé unos pocos meses en el Ministerio de Cultura. Después me incorporé a la dirección nacional de la Asociación Hermanos Saíz, con sede en la antigua Casa del Joven Creador de la Avenida del Puerto. Fueron años muy intensos, el germen de todo lo que ahora soy.

¿En cuáles circunstancias llegas a México? ¿Por qué decides fijar tu residencia allí?
En febrero de 1992 llegamos a México Agustín Labrada y yo, invitados por el poeta Ramón Iván Suárez Caamal. Nos instalamos en la Casa Internacional del Escritor de Bacalar, que era una residencia de creación donde conocimos a otros escritores, trabajamos junto a Ramón con talleres literarios infantiles y juveniles que él atendía y viajamos por otras ciudades de la península de Yucatán ofreciendo conferencias y recitales de poesía.
Meses después viajé a la Ciudad de México, y desde entonces vivo aquí. Siempre digo que no escogí venir a México (una estaba lista para salir al primer país donde nos invitaran, para huir del Período Especial), pero sí elegí quedarme años después, cuando tuve un par de ofrecimientos para irme a Estados Unidos y no los acepté. ¿Por qué? Nunca he sabido explicarlo; creo que es algo telúrico, predestinado. Una amiga pitonisa me dijo un día que tengo que ver con México y México conmigo mucho más de lo que imagino. Tal vez sea eso.

Eres miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México desde 2023, lo que habla a las claras de tu aceptación como escritora de ese país. ¿Cómo fue este proceso de inserción? ¿Desde un inicio lograste que te reconocieran?
Siete veces solicité la beca del Sistema Nacional de Creadores de Arte, y finalmente, en 2023, me fue concedida por un proyecto de historia comentada de la literatura lésbica mexicana.
Ninguna migración es fácil, ninguna integración es inmediata. No es sencillo incorporarse a una sociedad que habla otra norma del español, con otro acento, otras intencionalidades, pero además tiene otras formas de comer y de relacionarse emocionalmente, y donde el extranjero es un ser extraño en el que nadie confía y a quien todos miran con recelo. Y como esa desconfianza es histórica, es muy difícil trascender la barrera y más difícil aún poder mantenerse del otro lado.

Yo soy mexicana por naturalización desde el año 2000, pero todos se refieren a mí como “la cubana”, a veces “la cubanita”, que es peor, y muchas otras, para acceder a ciertos proyectos culturales nacionales, no falta quién afirme: ¡Ella no es mexicana!
Creo que en el medio literario, y especialmente el poético, cuando dicen Odette Alonso, soy mayormente reconocida o ubicada, porque además no me canso de trabajar y de estar vigente, pero lograr ese reconocimiento cuesta esfuerzo constante y años de labor.

Supongo que tus primeros intentos literarios fueron poemas. Cuéntanos cómo llegaste a la poesía. ¿Fue un proceso solitario o recibiste la influencia de alguien que ayudó a encaminarte por ese sendero?
Mis primeros poemas fueron unas cuartetas muy bien rimadas y medidas que escribí para una enamorada de la secundaria, pero que escondí en una gaveta y no las entregué nunca. Luego escribía poemitas en las páginas finales de los cuadernos; uno de ellos tuvo la suerte de ser publicado en cierta revista universitaria, lo que me valió una invitación a la sesión del taller literario de la Facultad de Filología de la Universidad de Oriente. Experiencia fatal: me criticaron tanto, que juré no volver a ningún taller jamás.
Pero no lo cumplí; ya graduada y ganadora del Premio 13 de Marzo, me incorporé al taller literario municipal Luis Díaz Oduardo, que funcionaba en el patio de la casa natal del gran José María Heredia. Allí conocí, conviví e intercambié con los jóvenes escritores santiagueros de finales de los ochenta, guiados por la narradora Aida Bahr. Un taller encarnizado también, pero del que aprendí mucho.

¿Cuáles fueron tus primeras lecturas de poesía?
Supongo que Martí, porque mi padre era devoto de él. Tenía un librero con las obras completas, La Edad de Oro y otros tantos libros de su gusto. Después, tendría que confesarte que fue Serrat quien me acercó a Antonio Machado y Miguel Hernández. Ya en la universidad, las lecturas se diversificaron y se multiplicaron, desde los griegos hasta el Espejo de paciencia o el “caballero sin miedo y sin tacha” de Mirta Aguirre.
Ésas eran lecturas escolares, pero cuando empecé a escribir más en serio, leí mucha de la poesía contemporánea cubana: Wichy Nogueras, Alberto Serret y Chely Lima, Albis Torres y Reina María, Soleida Ríos y Ángel Escobar, pero, sobre todo, aquellos muchachos de la Generación de los Ochenta: Sigfredo Ariel, Damaris Calderón, Frank Abel Dopico, Teresa Melo, León Estrada, Fernández-Larrea, Rodríguez Tosca, Nelson Simón, Agustín Labrada…

Aceptado el hecho de que la poesía no se circunscribe exclusivamente al poema, ¿cuál sería el hecho poético de mayor trascendencia en tu vida?
El amor y el mar. Ese mar índigo del malecón de La Habana al mediodía y el azulísimo del Caribe visto desde el Balcón de la Reina del Castillo del Morro de Santiago. Y también, por qué no, el turquesa de Cancún y la Riviera Maya, y los siete colores de la laguna de Bacalar, que no es mar, pero es poesía. Los detalles del amor me los reservo, pero pueden encontrarlos en lo que he escrito.
¿Cuándo te asumes como escritora? ¿Cómo fue ese proceso?
Supongo que cuando salieron mis dos primeros libros de poesía, pero especialmente gracias a la interacción con otros escritores. En Santiago de Cuba, me integré con bastante facilidad a ciertos grupos literarios. Navegaba entre los más jóvenes, que se reunían en la escalera del Museo del Carnaval, y los que ya tenían cierto reconocimiento, gente de la Casa del Caribe, de la UNEAC, del Cabildo Teatral Santiago, intelectuales y artistas de talla nacional e internacional. Como, además, me invitaban a festivales y lecturas, a ser jurado de concursos y talleres, e iba conociendo a otros tantos escritores, cuando llegué a La Habana tenía un largo camino recorrido.
¿Te sientes parte de una generación de poetas cubanos? ¿Cuál sería esta? ¿Qué la distingue de las anteriores?
Pertenezco orgullosamente a la Generación de los Ochenta. Aquellos fueron tiempos gloriosos. Como en esos años se respiró algo de bonanza, íbamos de festival en festival, de encuentro en encuentro, de brigada artística en proyecto cultural, y eso nos permitió conocernos y reconocernos como generación a nivel nacional, no sólo a los poetas y escritores, sino de modo más general.
También fueron tiempos de comportamientos contestatarios, de crítica y cuestionamientos y, en consecuencia, de vigilancia, censura, persecución. Pero ese aflorar explosivo de temas que hasta entonces habían sido tabú o había que rastrear entre líneas, como la homosexualidad o los señalamientos a cuestiones políticas y sociales, hacen que se siga recordando esa etapa y a esos artistas, a pesar de que en los primeros noventas, cuando se abrieron las puertas de la migración, nos regamos por el mundo, y la mayoría fuimos vetados y olvidados en la isla.

Nuestro país ha dado un grupo notable de poetas. Desde los albores de nuestra literatura hasta hoy, ¿con cuáles poetas cubanas sientes mayor afinidad?
Con la Avellaneda, por el modo en que hizo vida en otro país, dándose a respetar y reconocer; muchas veces recito de memoria su poema “Al partir”. Con Dulce María Loynaz, que tuvo que replegarse a los silencios de su casa y esperar con paciencia, sin saber muy claramente qué era lo que esperaba. Con mis compañeras de generación, que también hemos tenido que bregar por el mundo y empezar de cero, a veces más de una vez.

¿Cómo definirías tu poesía? ¿Dentro de ella hay etapas distinguibles, temas recurrentes?
No sabría definirla, y si lo intentara, no sería acertada. Creo que esa es tarea de críticos literarios e investigadores, aunque lamentablemente, al menos aquí, en México, cada vez son menos las personas dedicadas a esos menesteres.
Supongo que serían muy diferenciables dos etapas: lo escrito antes y lo escrito después de migrar. Incluso, al llegar acá, ante la avalancha de nuevas experiencias y el peso de la nostalgia, empecé a escribir narrativa. Dos libros de cuentos y una novela dan cuenta de ese salto. También un blog llamado Parque del Ajedrez, que mantuve y alimenté durante siete años. Creo que a partir de ese momento hay una línea que marca todo lo que escribo (y lo que vivo): me muevo entre dos aguas, entre dos orillas; de un lado Cuba, del otro México.
En 2020 fuiste coeditora de la antología Muestra de poesía lésbica mexicana contemporánea. ¿Qué es lo correcto, “literatura lésbica” o “literatura de tema lésbico”?
La literatura de tema lésbico es literatura lésbica, como es literatura romántica la de tema romántico o histórica, la de tema histórico. No hay contradicción en esas denominaciones.

¿Te gustaría investigar y publicar un estudio con esos presupuestos dentro de la literatura cubana?
Me gustaría conocer más de lo que se está escribiendo de ese tema en Cuba, y claro, me gustaría escribir sobre ello y dar a conocer sus nuevas voces de este lado del mar. Pero fluye poco esa información; seguramente hay muchas publicaciones e investigaciones en Cuba que no han salido del círculo editorial de la isla y que no conozco. Ahora mismo sólo recuerdo Cuba post-soviética: un cuerpo narrado en clave de mujer de Mabel Cuesta, publicado por Cuarto Propio en Chile (2012), o Cuban Queer Nation, de Norge Espinosa, que salió el año pasado por Tilde Editores, acá en Monterrey. La isla queer vista desde fuera.

Eres chilanga por adopción. ¿Qué feelings te provoca esta ciudad?
¡Ah, esta ciudad! Ciudad monstruo, suelen decirle. Brutal y hermosa. Insoportable e imposible de abandonar. Siempre me ha gustado mucho, me deslumbra, no deja de impresionarme. Y tengo la suerte de vivir en la colonia Narvarte Poniente, una zona bastante tranquila, arbolada, en la que aún quedan casas y edificios viejos que han logrado sobrevivir al desastre inmobiliario, y que a ratos me recuerdan un poco a Cuba.
Durante muchos años, me trasladaba en el Metro a las distintas oficinas en las que trabajé. El Metro es un alucine, una realidad aparte, la locura total. Lo amaba y lo odiaba con la misma fuerza. Así también a la hoy Ciudad de México, antes Distrito Federal.

¿Piensas/sueñas alguna vez en/con Santiago de Cuba? ¿Y en/con La Habana?
Sí, claro. Justo hace unos días le describía a Paulina, mi esposa, con lujo de detalles, la casa de una de las amigas de mi tía Noris, a la que visitábamos mucho cuando era niña. Así le he descrito también mi casa, la de mis abuelos paternos, o el camino que recorríamos para llegar a la escuela primaria, las casas donde vendían durofrío y los barrios, marginales o elegantes, a los que iba, también con mi tía, a que nos leyeran las cartas o nos “vieran” el futuro. Ahora, que en las redes abundan los videos de Santiago, trato de reconocer calles que transité o lugares que conocí y que, las más de las veces, ya no son aquéllos.
La Habana, por su parte, sigue siendo uno de mis grandes amores, a pesar de todo. Y vuelvo cada diciembre a ver a mi madre y a celebrar el cumpleaños de mi hermana.

¿En tu casa hay objetos, costumbres que “delatan” tu origen caribeño?
Muchísimos. En la habitación donde escribo hay una foto del malecón de La Habana, otra foto tomada por mi abuelo Peruchín de una almena de El Morro de Santiago y un mosaico, regalo de un amigo, que dice: “Ser cubano es un orgullo. Ser santiaguero es un privilegio”.
Tengo, entre mis tesoros, cuadros magníficos de mis coterráneos Carlos René Aguilera Tamayo y Ricardo Silveira Miró. En una esquinita de la sala hay un altar de santos, y por toda la casa miles de elementos similares. Se hace congrí, tostones y picadillo a la habanera, y se comen en el mismo plato, al mismo tiempo. Hay una vieja cafetera italiana para los espressos. Se abren las ventanas aunque haga frío, cosa que en el altiplano mexicano no es muy común; tengo una jarra para el agua fría (aquí se suele tomar “al tiempo”); hablo sin las eses finales y, a veces, también sin las intermedias. En resumen: dice Paulina que ella ha tenido que aprender a vivir caribeñamente en su propia casa mexicana.

Comparte cinco poemas con nuestros lectores.
Voy.
Balcón al mar
Llego a tus costas
como al reverso menos cruel de la moneda
y tengo todo el tiempo para amarte
aunque el amor no sea más que alguna carta
a veces una espera.
Me desvisto en el muelle
me deslumbro
tiendo mi mano para hallar otra respuesta
y allí estás tú
allí vuelvo a encontrarte
toda tu firma voluntad sobre mis huesos.
La Habana
al otro lado
es una mancha
una extensa muchacha de luces en la espalda
siempre llena de veredas y centauros.
Porque no soy igual a los demás es que te amo
cuando la muerte es una rosa de los vientos
un golpe de suerte
una limpia palmada sobre el hombro.
Porque no soy igual a los demás es que te canto
que asciende mi canción buscando un puerto
un balcón frente al mar
donde dejar mi mano
donde dejar toda mi voz a buen recaudo
sobre el reverso menos cruel de la moneda.
Portales de la calle infinita
Atrás se queda el mar con sus olores
camino tierra adentro por los sucios portales de la calle Infanta.
Ya no sé a dónde voy ya no sé lo que quiero
el rumbo es una suerte de inercia involuntaria.
Ah la añoranza de los tiempos idos
de los viajes de abuelo
y la casa de huéspedes que era casi un hotel.
Ah lo que nos contaron y no vimos
los que llegamos luego
a ver esta ciudad desmoronarse.
Avanzo tierra adentro
polvo sobre la acera y los apuntalamientos
los rostros de la gente los comercios vacíos
el pobre zapatero sin tintes que poner en sus zapatos.
¿No es acaso un mendigo?
¿Y aquel que vende libros y viejas melodías
amarillentos fósiles en la Iglesia del Carmen?
¿Y el loco vivo-grito entorpeciendo el tránsito?
Ah vieja calle Infanta
¿no soy mendigo yo que camino sin rumbo por tus sucios portales?
Esta ciudad se cae y a nadie le interesa.
Atrás se queda el mar
el mar es una lástima de azul desperdiciado.
Versión de los hechos
Voló la cerradura
vio el camino.
Un pájaro se alzaba sobre el mar
una estela quedaba donde estuvo su mano.
Se fue a Tokio
o a Egipto
o al hueco de otras manos
esa mujer de absurdos ojos
de voz distorsionada.
Tiendes el lecho donde te acostarás
sola
en la noche que se alarga
y te cobija
la noche
que es todo cuanto tienes.
Qué pasaría si aquellos besos de aire
estuvieran ahora en esa boca cierta
por la que hacer rodar
el dorado alimento de las copas.
Su boca
la idea de su boca
se fue a Tokio
o a Egipto
o al sueño de otras bocas.
Animal de oscura estirpe
la tristeza.
Dice la abuela
Esta casa era otra en aquel tiempo
un trajín de mujeres y marchantes
la ropa limpia
las frutas en la mesa.
El golpe del bastón marcaba los horarios
el paseo por la calle principal
el patio que se abría a las visitas
a esas noches de guitarras y jardines
fiestas de niños y juguetes.
Ya nadie escribe cartas
soñando con Haití o con Venezuela
árbol de ancestros
avaricia de notarios
predios en ruina.
Siempre hace frío
quién sabe desde cuándo no encienden el fogón.
La luz se cuela
inhóspita
sólo fantasmas quedan.
Ruinas
Salté al mar y me hundí
los pies sintieron
en el fondo
el cenagal
el agua
sucia
entró por las orejas.
Sin visión
el tiempo es una espera.
Escucho voces
señales que debo interpretar
sombras y cascabeles.
Inventamos lo que perdió el olvido.
Aquí hubo una batalla
lo sé por el olor
golpe de aldaba sobre la puerta
en ruinas.












