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El Festival de Trovadores “Longina”, celebrado en Santa Clara, dedicó hace apenas un par de semanas su edición número 30 a Silvio Rodríguez. El homenaje se desplegó en varios planos: un conversatorio con el trovador, un capítulo especial —con formato de concierto— del programa televisivo Entre manos, donde compartió escenario y canciones con compañeros de oficio de distintas generaciones, y la inauguración de Retratos, una exposición fotográfica que revela una faceta menos difundida pero constante de su trayectoria: la de Silvio fotógrafo.
Escuché por ahí que la fotografía, para Silvio, era su violon d’Ingres, esa expresión francesa que alude a una afición secundaria practicada con devoción, más allá de la actividad principal de una persona. Comprendo el razonamiento: su oficio y su reconocimiento público están asociados, de manera indiscutible, a la creación de canciones —las canciones—. Sin embargo, discrepo. No creo que la práctica fotográfica sea secundaria en Silvio. Más bien al contrario: sospecho que, a lo largo de su vida, una cámara lo ha acompañado incluso más tiempo que una guitarra.
Quien se lo haya cruzado alguna vez puede dar fe de ello. En un concierto, en una reunión entre amigos, como espectador en cualquier actividad cultural, caminando por su querido San Antonio de los Baños o manejando por La Habana en la rutina diaria —y dando botella, como sé que suele hacer—, la cámara está ahí. Siempre. Como una extensión natural de la mirada.
Pienso también en la enorme cantidad de imágenes únicas que Silvio ha creado con versos, y en la cámara como otra herramienta posible para dibujar con luz, para hacer emerger otras formas de lo visible. En ese cruce entre palabra e imagen hay un territorio común: la mirada. No es casual que esto me lleva a pensar en el mexicano Juan Rulfo, un escritor inmenso y, a la vez, un fotógrafo excepcional. Basta recorrer sus fotografías para sentir que se camina dentro de Pedro Páramo: los pueblos detenidos en el tiempo, los silencios densos, los trenes inmóviles, el polvo, sobras y luces, blanco y negro, los rostros atravesados por una historia que no siempre necesita palabras. En Rulfo, como en Silvio, la imagen no ilustra la obra literaria ni la canción: dialoga con ellas desde un mismo núcleo sensible.

En ambos casos, lo que cambia no es la intención, sino la herramienta. A veces es el verso el que condensa una escena y la vuelve inolvidable; otras, es el encuadre el que fija una emoción que no admite explicación. La cámara y la palabra funcionan como extensiones de una misma necesidad expresiva: capturar aquello que conmueve, que interpela, que deja una marca. Por eso la fotografía en Silvio no puede leerse como un gesto accesorio ni como un simple registro de lo que lo rodea. Es, más bien, otra forma de pensar el mundo, de ordenarlo, de interrogarlo.
En esencia, se trata de lo mismo: disponer de un instrumento que permita materializar aquello que emana de la sensibilidad. No importa tanto si la imagen nace de una guitarra, de una libreta o de una cámara fotográfica. Lo decisivo es la mirada que las articula, esa forma singular de recortar la realidad y dotarla de sentido. Al final, lo que permanece no es el medio, sino la imagen lograda: esa que, como una buena canción o una gran fotografía, se queda en la memoria y sigue hablando mucho después de haber sido creada.
“¿Tú sabes por qué empecé con esto de la fotografía?”, me soltó hace poco Silvio y lo que vino después me dejó cavilando. “Fue más o menos a los 17 años, desde que supe que existían los OVNIs. Llevo desde entonces una cámara por si algún día se me cruza uno, que no se me escape”, dijo y sonrió. Entre las manos llevaba su cámara en ese instante.
Y mientras ese objeto volador no identificado aparece, el hijo de Argelia y Dagoberto va fotografiando lo que encuentra a su paso: lugares, personas, situaciones. No se limita al acto de documentar; va más allá. Como todo fotógrafo, mira más de lo que ve. En ese encuadre, en ese recorte de la realidad, imprime una sensibilidad muy particular.

Con Retratos, la exposición que podrá visitarse durante enero y febrero en la galería de la Biblioteca Provincial José Martí, en Villa Clara, me ocurrió algo que solo sucede con las fotos que no pasan desapercibidas: me quedé detenido frente a ellas. Una imagen te atrapa, te retiene un tiempo, te obliga a leerla, a apropiarse, incluso a pensar —con una mezcla de admiración, deseo y hasta envidia ¿sana, ja?—: “Hubiese querido hacer yo esa foto”. Y luego la recuerdas. En medio del aluvión de imágenes que consumimos a diario, especialmente en esta época de sobreexposición visual, puede que con el tiempo olvides al autor, pero la fotografía permanece.

Mi primer encuentro con algunas de las imágenes de esta muestra fue casual, hace unos años, vagando por Internet. Me aparecieron en Flickr, esa plataforma global de alojamiento de imágenes y videos lanzada en 2004, hoy casi en desuso.
Allí Silvio había abierto un perfil y subido algunas de sus fotos sin avisar a nadie. La que más me impactó entonces —y aún hoy— es el retrato de Alberto Tosca y Xiomara Laugart, cuando la pareja, uno de los dúos más potentes de la música cubana, comenzaba su camino en los años ochenta del siglo pasado.
La fotografía, en blanco y negro, tomada con película de 35 mm, de manera espontánea y sin que sus protagonistas se percataran, no los muestra cantando. Y, sin embargo, da cuenta de la lozanía, la belleza y el impacto de esa dupla, tanto en lo musical como en la vida.

Al recorrer el resto de los retratos de la muestra, comprendí que lo que me había ocurrido con la imagen de Tosca y Xiomara no era una casualidad ni una chiripa del fotógrafo. Hay una constante: la capacidad de develar la esencia del retratado.
Ahí está de perfil la inmensa Marta Valdés, también en blanco y negro, con ese gesto tan suyo; la mirada ingenua y tierna de la niña Haydée Milanés, resuelta en un claroscuro técnicamente preciso y conceptualmente luminoso; las imágenes de artistas en barrios, en esa gira interminable y profundamente humana.


De esa etapa de los barrios está Frank Fernández, el gran pianista concertista y popular, en un gesto de confluencia feroz con el piano, mientras en las azoteas el público escucha atónito. En esos mismos techos donde hoy suena reguetón, emergen Mozart y Lecuona interpretados por uno de los pianistas más importantes del mundo. O la intimidad de un camerino improvisado en el aula de una escuelita en La Timba, cuando Silvio se escabulle sigiloso para fotografiar, minutos antes de salir a escena, a la chelista Amparo del Riego, al guitarrista argentino Víctor Pellegrini y a la flautista Niurka González: el trío ensimismado, las partituras en atriles improvisados, un chorro de luz que organiza la escena.


Hay que detenerse también en el legado de los retratos de figuras insignes de la música cubana: César Portillo de la Luz, Ñico Saquito, Leo Brower, Pablo Milanés, Omara Portuondo, Compay Segundo, Ñico Rojas, Miguelito Cuní en plena farra, entre otros. En esas imágenes no hay solemnidad impostada ni rigidez de bronce: hay cercanía, complicidad, admiración y una confianza que solo se da entre pares que comparten un mismo oficio.

Aparecen también los retratos posados de hermanos de camino como Vicente Feliù y Noel Nicola junto a sus compañeras de vida, Aurora y Liudmila, respectivamente, donde la fotografía funciona casi como un gesto de familia extendida, de pertenencia afectiva más que de registro histórico.

En otro tono, el humor irrumpe sin pedir permiso: Amaury Pérez agarrando al toro —no precisamente por los cuernos— revela esa otra dimensión del retrato, donde la ironía y el juego también forman parte de la identidad del fotografiado y del fotógrafo.

Hay imágenes que me encantan de manera especial por el decorado, como la del trovador Lázaro García. El gesto risueño de su rostro, captado en un contexto doméstico y profundamente cubano —una tendedera en el portal de una casa, un perrito convertido en aliado silencioso de la escena— condensa una poética de lo cotidiano. Nada sobra, nada se subraya: la fotografía canta sin levantar la voz, como si la escena hubiese estado esperando, desde siempre, ser mirada así.

Y luego está ese encuentro improbable y profundamente simbólico entre Gabriel García Márquez y Alejandro Robaina, el legendario cosechero de tabaco de Vuelta Abajo. Rodeados por las hojas gigantes de un sembrado, la imagen trasciende el retrato individual para convertirse en una metáfora visual: la literatura y la tierra, la palabra y el origen, el Nobel y el guajiro sabio, puestos en un mismo plano de dignidad. Ahí, una vez más, la cámara no solo registra; interpreta, enlaza mundos y propone sentidos.

La curaduría de esta expo de Silvio estuvo a cargo del fotógrafo Andrés Castellanos, quien debió escoger, entre medio centenar de imágenes, las 30 instantáneas finales. No fue una tarea menor. Castellanos perfiló su lectura desde “la contundencia de los afectos, del poder de una mirada cuando es sincera, de poner ojo, corazón y cerebro en sintonía mientras se mira por el visor. Retratar a otro ser humano es un acto de amor, y ya sabemos que el amor siempre es transformador”, afirmó durante la inauguración.

Para conocer un poco más al Silvio fotógrafo, cierro con un fragmento de una entrevista que le envié hace algunos años, en un intercambio de fotógrafo a fotógrafo.
¿Cómo llega Silvio Rodríguez al mundo de la fotografía?
Mi interés por la fotografía es de lo más común: cuando yo era niño muy poca gente poseía una cámara fotográfica. La primera vez que vi una fue en el estudio del fotógrafo de San Antonio, Carlos Núñez, que con los años se convertiría en un relevante fotorreportero. En la adolescencia tuve la suerte de trabajar en diferentes publicaciones y de conocer a muchos fotógrafos. En el semanario Mella fui compañero de Ernesto Fernández y de Peroga; en la revista Venceremos de Andrés Vallín y de Ovidio Camejo; en Verde Olivo de Perfecto Romero, de Sergio Canales, de Eutimio Guerra, de Juan Luis Aguilera. Fui vecino de Mario García Joya y de Marucha durante 18 años. Y durante mucho tiempo fui amigo de Alberto Korda. La verdad es que he tenido la suerte de conocer a muy buenos fotógrafos. De cada uno y de todos fui aprendiendo a querer y a interesarme por la fotografía y, por supuesto, por las cámaras.

En fotografía ¿cuáles son sus instantes precisos, dignos de quedar atrapados en una foto?
Dicen que sobre cualquier cosa se puede escribir, que el problema es dar con el modo. En la fotografía dar con el modo pudiera ser cuando concurre alguno —o varios— de los valores que hacen que una foto sea buena. Hay momentos en los que hay que esperar a que se dé una situación precisa, ciertas condiciones de luz, lo que te obliga a hacer muchos disparos para dar con lo que buscas. Otras veces basta estar ahí con cualquier aparato que pueda registrar lo que pasa.

¿Qué puntos de contacto existen entre las canciones y la fotografía?
En la canción puede haber una analogía cuando hablas de la cotidianidad o de una situación extrema, como la guerra o un gran evento humano. En cualquier expresión artística lo excepcional tiene su garra. Pero aunque de todo se pueda hacer una foto, o una canción, el problema siempre va a ser que valga la pena mostrarla.

¿Cómo logra usted, una persona pública, pasar inadvertido para lograr una foto?
Hay muchos lugares y situaciones en los que un trovador pasa inadvertido, sobre todo cuando anda sin guitarra. Y como hoy en día no es raro que muchos anden con cámaras, mejor que mejor. De todas formas, cuando te conviertas en un fotógrafo demasiado famoso, te recomiendo el zoom.

Durante la travesía en el barco Playa Girón vivió momentos impresionantes. Fue testigo de un desfile de cachalotes, escena quizá para dejar en fotografía y no en canciones. ¿Qué lo hizo llevar además de la guitarra, una grabadora y libros, una cámara fotográfica?
Desde que era un adolescente andaba con cámaras, generalmente prestadas. Al viaje en barco me llevé una Kiev, que era la imitación soviética de la Leica clásica; una cámara con muy buen mecanismo, todavía de telémetro acoplado. Los cartuchos me los rellenaron los amigos fotógrafos del ICAIC con película virgen de 400 ASA. Llevé alrededor de 20 rollos. Un par de ellos me los revelaron en Mar y Pesca, porque a mi regreso me hicieron una entrevista y me pidieron fotos para ilustrarla. El resto de los rollos se los di a un amigo fotógrafo que tiempo después murió y nunca supe en qué paró el revelado. Lo de los cientos de cachalotes fue cierto. Estuvimos al pairo todo un día, a mitad del Atlántico, esperando a que terminara la caravana. Aquel día tiré tres o cuatro rollos, pero nunca vi las fotos.












