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Jack London fue un hombre de múltiples talentos. Talentoso para escribir como para generar controversias. También célebre por su oratoria, el 21 de diciembre de 1905 subió a un podio en Harvard para hablar ante más de mil estudiantes sobre el tema de la revolución. El autor californiano de 29 años había iniciado desde enero una serie de charlas sobre socialismo en diferentes universidades de Estados Unidos.
Fue aquel un año agitado. Por un lado, disfrutaba los éxitos de ventas de Call of the Wild y The Sea Wolf, mientras que en el ámbito pasional tocaba fondo su matrimonio con Bessie London. El 19 de noviembre, la semana siguiente al divorcio legal de su primera esposa, celebraba un segundo casamiento con la feminista, escritora y su ex-secretaria, Charmian Kittredge.
La biografía de London está llena de sombras, tumbos y saltos. Desde joven la necesidad de trabajo lo empujó de un lugar a otro, en condiciones cada vez peores. Fue vendedor de periódico, repartidor de hielo, marinero mercante, peón en una central eléctrica de ferrocarril, operario en una enlatadora, pirata de ostras, ambulante de trenes, buscador de oro, hasta corresponsal de la guerra ruso-japonesa.
Sus años de vagabundeo, miseria y explotación derivaron en dolores constantes que le hicieron aferrarse al sedante de la morfina. Desahuciado por los médicos, en una de esas ocasiones se administró una sobredosis que su cuerpo maltrecho no pudo soportar y murió, el 22 de noviembre de 1916, con apenas cuarenta años de edad.

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Jack era un navegante. Se le hacía inevitable hablar de barcos y travesías. “El cielo, el mar, las colinas, lo salvaje… me encantan y debo tenerlos”, decía. El mar atrajo su ser más íntimo, y se convirtió en parte de su imagen pública, tanto como su sombrero vaquero de ala ancha y sus relatos de aventuras. Viajó mucho alrededor del mundo. Entonces pensó que nada le hacía más ilusión que viajar junto a su nueva esposa. “Hagámoslo”, le dijo. “¿Cuándo partimos?”, se limitó a contestar ella. El instante les pareció demasiado maravilloso para ser cierto.
Se debían una luna de miel. Seis días después de presentarse luciendo camisa de seda blanca en el auditorio de Harvard, Jack ponía en pausa su ciclo de conferencias y abordaba un barco de la United Fruit Co. hacia el sur, a los mares del Caribe. En 1921, Charmian –ya viuda de London– publicó un libro de memorias que incluía la gira en pareja por Jamaica y Cuba.
De esa visita, además, se conserva en la colección de la Biblioteca Huntington, en California, un álbum con cientos de fotografías tomadas por London durante su luna de miel; de ellas, más de setenta corresponden al tránsito por Cuba. Vale apuntar que, en paralelo a sus cincuenta libros, el hombre más conocido por El llamado de la selva y Colmillo blanco demostró habilidades de fotoperiodista. Cámara en mano documentó sus experiencias de trotamundos, y aun se dice que dejó un archivo monumental de 12 mil placas. De ahí que el testimonio gráfico de su viaje romántico sea lo suficiente elocuente en impresiones e información para calzar esta historia.
La luna de miel tiene por primera escala a Kingston, capital de Jamaica. Tras pasar cuatro días allá parten con destino a Santiago de Cuba, en el vapor español Oteri, que de tan “pequeño y sucio” deja a ambos pasmados. Debido a la fragilidad del barco ante los golpes de la marea “el propio Jack se desmoronó […] sobre la borda de popa, completamente mareado por primera vez en su historia náutica”, sostiene Charmian en su narración.
Temprano el 6 de enero de 1906 surcan el angosto canal que abre las puertas marítimas a Santiago. La entrada de la bahía es un cuadro digno de admirarse, con el imponente Morro y La Estrella a un lado, y al otro, La Socapa con sus cañones arqueológicos y el Cayo Smith repleto de chalets coloridos que nacen del mar. London no se resiste a accionar su cámara, y al captar dicho paisaje costero inaugura sus postales de Cuba.

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En Santiago el matrimonio se hospeda en un lugar que Charmian llama Hotel del Alba, del que describe una “habitación abovedada con balcón de barandillas de hierro doradas”. Allí reposan una hora. Sin más tiempo que perder, toman un coche que los lleva a conocer la urbe. Encuentran en Santiago una ciudad singular, con su clima acogedor, gente bullanguera, calles empinadísimas y un mercado colgante. Jack ve mucho más de lo que puede fotografiar. Recorren algunas tiendas buscando ropa de encaje, y él compra un vistoso abanico para dar a su amada un “ligero toque español”, conforme a la usanza local.
El paseo termina en la Loma de San Juan, campo de cruenta batalla en julio de 1898, cuando la guerra hispano-cubano-norteamericana. Sorteando el yerbazal que esconde un cementerio de nombres olvidados y cureñas desvencijadas, Jack retrata a Charmian posada junto al tronco del Árbol de la Paz, una corpulenta ceiba que sirve de monumento. Como ellos, muchos turistas estadounidenses peregrinaron a Santiago en los años republicanos solo para sentir los orgullos y los dolores de la historia, en aquel escenario donde cayeron cientos de sus compatriotas.

Por la noche, los London van a cenar al café Venus como “invitados de un caballero encantador que disfrutaba de lo que aún le quedaba de vida con un solo pulmón. Este fue siempre un recuerdo vívido para Jack, quien lo incorporó en algún lugar de su ficción”. Tan escuetas señales no bastan para identificar a aquel santiaguero hospitalario que claramente fue de los pocos que interactuó o supo de la presencia del famoso escritor y su esposa.
No obstante, ella vuelca con mayor esmero sus sensaciones fugaces sobre la velada santiaguera: “Yo vestía con un suave vestido rosado. Balanceando lánguidamente mi abanico de lentejuelas y mango de perlas al son de una banda de música de plaza, en el aire cálido y perezoso bajo las palmas, me preguntaba si algo en nuestras andanzas por venir podría compararse con el romance que ahí flotaba”.
Luego asisten a una función de teatro. Tras el último acto regresan a su habitación de hotel, y pasan un rato “mirando descaradamente los lujosos interiores y balcones españoles al otro lado de la estrecha calle, donde señoras y señoritas se entretenían en sus maneras cortesanas. Estoy segura de que Jack se deleitó con eso esa noche; pero estoy más segura de que siete octavos de su satisfacción estaban depositados en su novia, para quien cada momento era como una perla preciosa y como tal perdura”, subraya Charmian.
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Al día siguiente emprenden el traslado en tren a La Habana. A propósito, la viuda revela la anécdota de un penoso incidente que estuvo a punto de estropearle a Jack las vacaciones. Al llegar a la terminal de ferrocarril se produce uno de los “autodenominados disgustos de Jack”, cuando este se muestra inconforme con la tarifa exigida por el chofer. London sospecha que este intenta timarlo y ambos entablan una disputa verbal que casi pasa al dialecto de los puños.
“Jack, –atestigua ella– indignado por la descarada falsedad del taxista que nos dejó en la estación, se convirtió en el núcleo de una turba gesticulante y a todas luces no inofensiva. Al acercarse la hora de la partida, me gritó que abordara. Solo el hecho de que Jack tuviera boletos y dinero en su poder le impidió ir a la cárcel en el último instante, antes que humillar su orgullo anglosajón ante los insolentes mestizos”. Aquí descorre las cortinas de su faceta racista.
Según la versión de Charmian, el conductor –al que llama “loco de remate”–, en la manida artimaña de aprovecharse del turista ingenuo y cachetón, pretendió cobrarle un “pasaje extra” sin imaginar que aquel cliente tenía el olfato de Buck. Aun así, es de notar que los gallos indómitos no toleran que nadie cante más alto en su patio, y entonces le cayeron encima al gringo con su inconfundible guapería.

Distraído en el pleito, a Jack casi se le va el tren, y se ve precisado a alcanzar una escalerilla ya en movimiento. Afortunadamente para los London, logran partir hacia La Habana a la hora prevista, sin más conflicto que el recuerdo. De ese viaje, que les toma un día, no hay en el libro referencias a paradas intermedias ni más detalles que una hiperbólica descripción del “rico país que atravesamos a toda velocidad aquel día dorado, y una puesta de sol egipcia entre pequeñas colinas que parecían pirámides que la mirada de uno buscaba entre el rosa, el amarillo y el lila para una esfinge. Todo ello forjado por las facultades creativas de Jack. A intervalos se encerraba en sí mismo para tomar notas para una novela que ahora me doy cuenta que nunca escribió: El vuelo de la duquesa”.
Aunque en el conjunto de imágenes se puede ver hombres de campo en medio de diferentes áreas agrícolas, ocupados en arar con una yunta de bueyes o en cargar cestas con productos, lo que hace pensar que fueron tomadas durante el trayecto. De cualquier manera, uno intuye que lo disfrutaron a plenitud.
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En la capital, curiosamente, no se alojan en un hotel sino en una casa de huéspedes, sita en Consulado y Neptuno, que les agrada por sus frescas habitaciones y su patio florido. Al igual que en Santiago, pasean cuanto pueden por la capital que luce “tintes de ensueño”, en palabras de Charmian. “Por supuesto, vimos todo lo que había que hacer y ver en tan corta estancia”.

En la bahía suben a un guadaño para circunnavegar el esqueleto retorcido del Maine, visitan la Fortaleza de la Cabaña y el Castillo del Morro, toman un baño de mar y más tarde se entretienen observando un partido de pelota vasca en el popular Jai-Alai. Después de la recreación deportiva asisten a un espléndido banquete en el Hotel Miramar, en Prado y Malecón.


El material fotográfico confirma que también pasean por El Vedado, visitan el Cementerio de Colón y llegan hasta el poblado de Santiago de las Vegas. En el sanatorio de El Rincón intercambian con algunos pacientes. “Se necesitaría un libro entero para relatar la tarde que pasamos en el lazareto”, alega Charmian, añadiendo que a partir de esa experiencia empezarían a interesarse por “la tragedia del leproso”.
Finalmente, el 11 de enero de 1906 parten en el vapor Halifax por la vía de Cayo Hueso. De vuelta a casa Jack London retoma su gira de conferencias pronunciando “La crisis que viene”, en el Grand Central Palace de Nueva York, y comienza a construir el Snark, su velero de dos mástiles en el que viajarán siete años alrededor del mundo.

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Jack London establecía un profundo sentido de la conexión con los lugares que visitaba y a menudo trasladó esas influencias a su obra literaria. Por eso no es descabellado asumir que ese, su viaje más romántico, haya significado un momento inolvidable en su corta existencia y un punto de inflexión en su carrera.
Dadas sus inquietudes socialistas en Cuba experimentó el ambiente de las calles, observó la disparidad entre ricos y pobres, las condiciones de subsistencia de muchas personas y los conflictos políticos, sociales y hasta ideológicos que marcaron ese periodo de debate nacional sobre la real independencia.
Pero, sobre todo, en compañía de su esposa se mostró fascinado por la vida cotidiana en la isla, la amabilidad de la gente y el entorno vibrante de las ciudades. Disfrutó de la música tradicional y la rica identidad cultural; quedó impresionado por la belleza de los paisajes naturales de Cuba, sus playas, arquitectura y sitios patrimoniales. “Odiamos irnos de La Habana”, confiesa Charmian en su memoria… “pero el mundo está por delante”.













