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Siete chilenos, dos españoles, un hondureño, un cubano y dos “guiris” ven un partido del Barcelona en un bar al norte de Madrid. A juzgar por esa mezcla de bronca y silencio que se produce cuando caen los goles rivales, todos son culés. Uno de los sudamericanos hasta presume de haber trabajado en las obras de los museos del viejo Camp Nou, donde estaban los títulos del Sextete de Guardiola o los Balones de Oro de Messi. Pero ni siquiera eso le sirve de consuelo: en cuestión de cuatro días sus blaugranas han perdido el rumbo con dos derrotas consecutivas.
Todos no asumen el bache de la misma manera. Unos culpan a los árbitros, otros a las lesiones, otros a los jugadores, otros al entrenador y otros, simplemente, a la mala suerte, los frentes que más comúnmente se abren en los debates futboleros. Lo curioso, en este caso, es que cada uno lleva su dosis de razón.

La semana pasada, contra el Atlético de Madrid en la Copa del Rey, el VAR le anuló un gol a los catalanes tras una exhaustiva revisión de un fuera de juego que duró alrededor de ¡ocho minutos! Esa decisión arbitral frustró cualquier posibilidad de reacción del Barça, que ya caía 4-0 en la ida de las semifinales.
Este lunes, de nuevo el VAR les jugó una mala pasada sin ni siquiera intervenir en una clarísima falta previa al gol decisivo del Girona, que aprovechó el favor para endosarle a los culés su segunda derrota en cuatro días. Hasta Claudio Echeverri, autor de la infracción, reconoció que el árbitro lo había perdonado por un pisotón flagrante.

Las sensaciones en Can Barça no son positivas con este tema, de hecho, el sábado enviaron una queja formal a las autoridades del fútbol español para “denunciar la carencia de unificación de criterios arbitrales”. Algo parecido hizo el Real Madrid el año pasado y muchos clubes criticaron su postura, aunque después casi todos se han alineado en los reclamos.
Para el Barcelona, las controversiales decisiones de los colegiados generan más ruido alrededor del equipo, que en las últimas semanas ha sufrido la ausencia de futbolistas imprescindibles por lesiones. Pedri, motor y cerebro del once, no salta al césped desde hace casi un mes, mientras Rashford y Raphinha, revulsivos por naturaleza, también se han perdido varios partidos.

En particular, las ausencias del brasileño han sido nefastas por lo que aporta tanto en volumen ofensivo como en liderazgo. Raphinha ejerce de capitán dentro y fuera de la cancha y, cuando no está, la escuadra baja sus revoluciones. Para tener una idea, de los 19 partidos en los que había sido titular hasta este lunes, el Barcelona sumaba 17 victorias, pero llevaba seis derrotas en los 19 en que no había estado. Las estadísticas son engañosas, pero no en este caso dejan bien claro el rol protagónico del sudamericano dentro del equipo.
Todos estos contratiempos han provocado un pequeño colapso en el juego de los catalanes, ahora menos intenso en la primera línea de presión y sin tanta luz en la creación y generación. Además, los rivales han tomado la medida a su zaga adelantada, constantemente expuesta en los retrocesos y las transiciones defensivas.
Las coronas en el aire
En el mismo bar al norte de Madrid, cerca de la medianoche, todos los fanáticos culés ahogan sus penas en alcohol. Entonces un rumano y madridista, habitual de la casa, irrumpe en la sala, pide un vaso de whisky y se sienta en la última silla de la barra a contemplar el velorio catalán. Sin embargo, lejos de hacer leña del árbol caído, soltó un inesperado bálsamo.

“¿Ustedes quién creen que les va a ganar al final?”, preguntó el rumano, que lejos de regodearse en las desgracias de sus rivales se cuestiona la capacidad de los demás equipos para destronar al Barça en los trances decisivos de la temporada. Razón no le falta, porque ni Real Madrid ni Atleti han demostrado ser lo suficientemente confiables o estables para dar esa estocada definitiva.
Ahora mismo, los merengues tienen 60 unidades (su tercera mayor puntuación histórica tras las primeras 24 jornadas) y sacan dos rayas a los catalanes en la tabla general, pero su fiabilidad es todavía muy cuestionable. Tras la destitución de Xabi Alonso y la llegada al banquillo de Álvaro Arbeloa, el Madrid no ha dado muestras de progresión en su juego, que sigue siendo predecible y muy dependiente de los chispazos de sus estrellas.
La diferencia mínima a falta de 14 jornadas y con una visita pendiente al Camp Nou no garantiza en ninguna medida el sorpasso de los blancos al trono blaugrana.

Lo mismo sucede con el Atlético, que ni siquiera con cuatro goles de renta puede dormir tranquilo de cara a la vuelta de las semifinales de la Copa del Rey. A principios de marzo, los colchoneros viajarán a Barcelona para liquidar la eliminatoria, pero sus recientes tropiezos ligueros (vs. Betis y Rayo) también ponen en duda su fiabilidad.
Además, hay razones para creer que el Barça puede revertir con recursos propios su situación actual. De hecho, no existe hoy en España una plantilla con tantas variantes individuales y colectivas para recuperar el terreno perdido y reinar nuevamente, tanto en La Liga como en la Copa. La cuestión está en reconocer los fallos, trabajar en ellos y volver a enganchar a todos los efectivos a su más alto nivel.
“Ahora tenemos que bajar la cabeza, hacer autocrítica, mejorar y pensar en nosotros mismos”, dijo este lunes Pau Cubarsí, un chico de solo 18 años que lidera la defensa culé con las ideas muy claras.

Gerard Martín, otro canterano que ha asumido galones, secunda el discurso: “Hay decisiones que no controlamos. Tenemos que concentrarnos en lo que podemos hacer nosotros y hacerlo bien al 100 %”.
Estas declaraciones de dos jóvenes en medio de la crisis son un mensaje contundente al barcelonismo: de nada vale refugiarse en excusas o en teorías conspirativas, la única salida es trabajar, explotar al máximo su arsenal y tapar bocas en el campo. Allí han sido mucho mejores que sus retadores desde hace bastante tiempo.











