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Por Ben McCann, Adelaide University
Robert Duvall, el actor californiano fallecido a los 95 años el pasado 16 de febrero, será recordado por su larga y brillante carrera. Además de sus intervenciones en dos de las películas más icónicas del cine estadounidense, su trayectoria de más de seis décadas incluye más de cien papeles.
Duvall estaba cómodo tanto en cintas prescindibles, como 60 segundos (2000), como en dramas profundos del estilo de Confesiones verdaderas (1983). En el año 1990, por ejemplo, interpretó al mentor de Tom Cruise en Días de trueno y al Comandante en la versión de Volker Schlöndorff de El cuento de la criada.
Actuar es escuchar
Nacido en 1931 en San Diego (California), su familia esperaba que siguiera los pasos de su padre en la Marina estadounidense. Pero su pasión por la interpretación le llevó al teatro y la televisión. En Nueva York es donde dio sus primeros pasos y aprendió el oficio; en una ocasión afirmó que lo más importante de la interpretación era hablar y escuchar.
Debutó en cine en 1962, con el papel de Boo Radley en Matar a un ruiseñor. Se oxigenó el pelo y evitó que le diera el sol durante seis semanas para capturar el aspecto frágil y demacrado del personaje. Y desde aquel momento, apenas dejó la gran pantalla, apareciendo en películas clásicas de género como Bullitt (1968), Valor de ley (1969) y M*A*S*H (1970).
Historiadores del cine como David Thomson han afirmado que Duvall no era “ni bello ni lo suficientemente imponente para ser el protagonista de una película grande”. Y, sin embargo, fue nominado al óscar siete veces y ganó una, en 1984. Su nominación más reciente fue en 2015, por su papel en El juez (2015), como el dominante y gruñón padre de Robert Downey Jr., acusado de asesinato.
Muy frecuentemente, sus papeles fueron históricos: el icónico fuera de la ley Jesse James en el largometraje Sin ley ni esperanza (1972), Adolf Eichmann, Dwight Eisenhower y el general confederado Robert E. Lee.
Trabajo con Coppola
Como muchos de sus contemporáneos, Duvall idolatraba a Marlon Brando.
Qué apropiado entonces que su papel decisivo llegara en 1972 como Tom Hagen, el consigliere del propio Brando como Vito Corleone en El padrino, de Francis Ford Coppola, y la segunda parte (1974).
Su interpretación del impecable Hagen es majestuosa: todo él es amenaza silenciosa y sociabilidad incómoda.
Coppola volvió a contratar a Duvall en Apocalipsis Now (1979) como Kilgore, el coronel con sombrero de vaquero, amante del surf y de Wagner, que se vuelve adicto a la brutalidad de la guerra de Vietnam.
Esta interpretación es apenas un cameo (Duvall aparece menos de 10 minutos en la cinta) pero su aparición con total calma y control en la escena en la que suena la Cabalgata de las valkirias es una de las más memorables del cine contemporáneo. El discurso de Kilgore es un momento clave de la película.
En busca de la fama
Tras aquellas cintas, vino Gracias y favores (1983), en la que interpretaba a Mac Sledge, un cantante de música country alcohólico y venido a menos, que intenta rehacer su vida y encontrar la redención tras tocar fondo. Un personaje en las antípodas de Kilgore.
Duvall captura maravillosamente la naturaleza lacónica e introvertida de Sledge, y recibió un óscar a mejor interpretación protagonista.
Sin embargo, la fama no le fue fácil de alcanzar. Al contrario que otros colegas de la época como Al Pacino, Robert de Niro y Jack Nicholson, o Gene Hackman y Dustin Hoffman (con quienes compartió un apartamento en los años 50), Duvall siguió siendo un actor más que una celebrity: con talento, muy versátil, encantado cuando un papel era de reparto y alternando proyectos que lo apasionaban con películas que le permitían subsistir.

Si la señal de un buen actor es la falta de esfuerzo con la que pronuncian sus diálogos y lo creíbles que resultan, la profesionalidad relajada de Duvall le valió su prestigio como uno de los actores de reparto más deseados en Hollywood.
Observemos esta escena en Network, un mundo implacable (1976): Duvall interpreta al ejecutivo televisivo Frank Hackett con rabia, vulnerabilidad y humor a un tiempo: frente a William Holden, podemos ver cómo mueve sus manos, cómo se seca el sudor de la frente y va levantando la voz.
Actores de alto nivel como él siempre toman caminos arriesgados en el uso del lenguaje corporal, la postura y la voz. En esta película, Duvall hace un trabajo ejemplar.
A lo largo de los noventa, continuó ofreciendo interpretaciones destacables, una tras otra, en diversos géneros. En una ocasión admitió que su papel preferido fue el de Stalin en una película de 1992 de HBO, en parte por el desafío que suponía para él interpretar personajes monstruosos o comprometidos moralmente y encontrar en ellos una chispa de vulnerabilidad.
Una carrera lenta
En 1997 escribió, dirigió y protagonizó Camino al cielo, una sorprendente historia sobre la búsqueda del perdón. Como Sonny Dewey, un pastor apasionado y carismático de Texas que se ve obligado a huir e iniciar una nueva vida en una pequeña localidad de Luisiana, Duvall fue de nuevo nominado a los Óscar.
Un crítico definió su interpretación como una “sublime exploración de lo que supone ser humano, debatirse entre el bien y el mal, el pecado y la redención”. Este fue un proyecto muy querido para Duvall, en el que invirtió cuatro millones de dólares de su propio dinero, y es una de sus mejores películas.
Siguió participando en papeles y proyectos peculiares para sorprender a sus fans. Por ejemplo, estuvo discretamente maravilloso en Assassination Tango (2002), como John J., un matón que viaja a Argentina y se encuentra con el mundo de los clubs de tango (de hecho, este baile obsesionó a Duvall desde entonces, y pasó gran parte de su tiempo en Buenos Aires).
Es un largometraje de ritmo tranquilo que trae a la memoria otros trabajos iniciales de Duvall con Philip Kaufman, Sam Peckinpah y Sidney Lumet.
Preguntado por cómo lograba entender la oscuridad de sus personajes, Duvall describía así su manera de enfocar la interpretación: “Todo tiene que ver con los porcentajes. Quizá el 80 % de cualidades negativas y el 20 % de positivas un día, y el día siguiente al revés”.
Para un actor incapaz de un mal trabajo, esta ecuación suma su carrera completa: auténtica, impredecible y sin ningún ego.![]()
Ben McCann, Associate Professor of French Studies, Adelaide University
Este artículo fue publicado original en The Conversation. Lea el original.












