|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Abro Instagram apenas me levanto. En Brasil hay carnaval. Estoy lejos, pero ya que tengo esta bola mágica entre las manos, no pienso perdérmelo. Mis amigas han salido a la calle envueltas en la fantasía de sus disfraces: los ojos les brillan, las bocas rojas contrastan con sus pelucas en tonos neón; turbantes y lazos les coronan las cabezas. La purpurina las viste y el sudor se desborda de sus cuerpos en fiesta.
En la capital del carnaval, Río de Janeiro, la celebración se vive en dos escenarios. El primero es la calle, adonde la gente sale a buscar comparsas casi semidesnuda. Unos más que otros, casi todos se permiten unos días de fantasía, de transgresiones, se saltan las reglas: besar otras bocas que no sean las de siempre, desear, bailar, dejarse hervir a fuego lento en medio de la multitud. Es carnaval. Cierra los ojos y déjate llevar. En esta fiesta nada es ilegal.



Pero en Brasil la alegría también es un derecho disputado. Por eso —y porque la samba del pueblo negro, alma del carnaval, estuvo alguna vez prohibida— esta es una fiesta política, el campo de una batalla que se traba en las calles y se expresa en la forma de vestirse y de comportarse, así como también en las carrocerías de los coches alegóricos, en las letras de las canciones y en las caracterizaciones. Nada sobra ni falta.
Me emociono al ver que este año calles y sambódromos se han convertido en espacio de resistencia para quienes el Estado ha dejado desamparados: los mismos que sufren el blanqueamiento de las playas, la cancelación de rutas populares, la violencia policial en nombre de la “lucha contra las drogas”.
El segundo gran escenario del carnaval brasileño es la avenida Marqués de Sapucaí. Allí, entre lentejuelas y carros alegóricos, se levantan las banderas que hay que levantar: justicia para el perrito Orelha, torturado hasta la muerte por cuatro adolescentes de la élite catarinense, dignidad para la población favelada, orgullo para el pueblo trabajador, libertad para las mujeres en un país donde casi cuatro mueren cada día solo por serlo.
“Nos disfrazamos para sobrevivir en sociedad. Durante el Carnaval nos los quitamos”, dice un cartel pegado en un poste que aparece en mi feed de Instagram.

Por la gran avenida este año desfilaron también otras simbologías: Carolina Maria de Jesus, la genial escritora favelada, volvió a caminar con su cuaderno bajo el brazo; Rita Lee fue invocada como patrona irreverente de la libertad; los saberes afroindígenas de la Amazonía reaparecieron; una África soñada fue invocada como origen y futuro.
Quien diga que el carnaval de Brasil es solo pan y circo desconoce el papel emancipador de la fiesta en un país como este.
En medio de todo eso, vi también mi bandera, la cubana, ondear en la avenida. La escuela Paraíso do Tuiuti presentó Lonã Ifá Lukumi para homenajear la religión afrocubana y la ancestralidad yoruba, trazando un puente espiritual y cultural entre África, Cuba y Brasil. El desfile convocó a los orishas, a los babalaos, a los tambores batá y a la diáspora negra que sobrevivió al océano y a la esclavitud llevando consigo sus dioses y su fe. “Abre los caminos, Bará”, se escucha cuando doy clic. Nunca a los cubanos nos había hecho tanta falta un pedido como ese.

El samba-enredo, protagonizado por la deslumbrante reina de batería Mayara Andrade, narró la travesía de los pueblos arrancados de su tierra y replantados en otras costas, donde reinventaron su fe como forma de resistencia. La comparsa convirtió a la Sapucaí en un territorio sagrado donde se mezclaron el lukumí cubano, el candomblé brasileño y la herencia yoruba como una misma lengua del cuerpo y del espíritu. Esta fue la afirmación de una negritud viva, transnacional y desobediente, que se resiste al olvido.

“Una encrucijada entre África, Cuba y Brasil. Muros derribados, caminos abiertos”, escribió el historiador Luiz Antonio Simas sobre el concepto del desfile. Y la imagen de la bandera cubana entre tambores, plumas y cantos ancestrales parecía abrirse camino entre la multitud, como un amuleto, un oráculo que nos acercaba a una parte de la sabiduría de Orunmilá, orisha que ha sido el testigo de nuestro destino desde que nuestra alma escogiera ser plantada en ese pedazo de tierra que llamamos Patria.

Una pausa. Bloqueo la pantalla. El cuerpo me pide pintarme los ojos de azul y la boca de rojo carmín, pero aquí hace frío. La fiesta se vive cuerpo adentro. Afuera, el sol brilla encima de los cuerpos cubiertos por abrigos. Van demasiado vestidos, pienso. No hay purpurina ni colores neón; sin embargo, debajo de los sobretodos y las segundas pieles, cada quien —con sus penas y sus glorias— ha salido también a vivir su propio carnaval antes de que la cuaresma venga a cercenarles la osadía.

Regreso a las redes. Entre una foto y otra, leo un dossier que anuncia que Cuba se hunde, que ya no hay esperanzas. Aparecen imágenes de derrumbes, tanques de basura desbordados, hospitales sin recursos. Apagones. Los ojos de mi gente no brillan como parecen brillar los bailarines y maestros de batería en mi pantalla.
En Brasil hay carnaval, pero Cuba no sonríe. Mi feed se convierte en un portal simultáneo entre la fiesta y la catástrofe y mi corazón se dispara a la misma velocidad de los batás.
Cierro los ojos y escucho el tambor de la Tuiuti. Regreso a un tiempo remoto en que los cubanos también éramos la fiesta: cuando la mandíbula nos dolía de tanto reír y nos quedábamos roncos de cantar boleros al final de cualquier encuentro. Estábamos juntos. Donde nacimos. Donde nos amamos por primera vez. En el mismo lugar en que habríamos seguido si no nos hubieran forzado, los de adentro y los de afuera, a irnos. Como al pueblo esclavizado que se llevó a la fuerza los colonizadores.
Los que nos hemos ido lo sabemos: lo que sentimos allí no vamos a encontrarlo en otro lugar, pero lo llevamos dentro. Orunmilá, aquí estamos. Tenemos raíces.
Ahora hay silencio. La casa se va quedando vacía, oscura. Nos han arrancado de las bocas las sonrisas y de los cuerpos la alegría. Dicen que somos un país “en guerra”. Las mandíbulas ya no duelen de reír, sino de apretar los dientes. No sabemos qué pasará mañana. Mientras, la Tuiuti nos canta.
Así como la alegría emancipa, que nos hundamos en la tristeza parece ser también un proyecto político. ¿Qué le han hecho a nuestro carnaval?

Mientras pienso en todo eso, la bandera cubana ondea libre y en colores en la avenida Marqués de Sapucaí. Los brasileños han decidido homenajear nuestra alegría y nuestra ancestralidad africana en un tiempo en que los cubanos nos asomamos desde allí a lo que fuimos y nos preguntamos qué seremos. Para una parte del mundo, seguimos siendo una utopía. Para muchos de nosotros, un sueño deshecho.
Se va acabando el carnaval. A las reinas de batería les arden los ojos de tanto restregarse para borrar la purpurina. Los pies duelen después de horas girando sobre sus tacones afilados. Las coronas descienden de sus cabezas. La reina vuelve a ser una mujer. Cuba vuelve a ser sueño.


A mis amigas la fiebre de la folía les baja. Los disfraces regresan al fondo del armario. Mi feed va perdiendo tambor y color.
El sol se pone aquí, a millas de distancia. Cierro los ojos otra vez. Pienso en mi bandera ondeando y sueño con que, tal vez, un poco de esa alegría nos salpique desde lejos. Tal vez la felicidad todavía sepa dónde encontrarnos. Tal vez aún sepamos cómo sobrevivir, otra vez, al naufragio.












