Tal vez sean los penúltimos “yumas” que el Guajiro traiga de visita a la Plaza de la Revolución.
“Apenas me quedan unos litricos y la agencia nos ha dicho que no tiene asignaciones por el momento”, dice este chófer de un Chevrolet 1953, con pintura multicapa, de un rojo sangre de toro y transformado en convertible por una industria chatarrera que en tiempos de Obama se erigió en una Detroit de bolsillo, destechando los viejos modelos salidos de la antigua Motor City, la capital mundial del automóvil durante gran parte del siglo XX.
“Después de estos días tendré que guardar… El petróleo está que no hay quien le meta el diente”, admite con aire de derrota, llevando la mano derecha a la barbilla bien rasurada. Al frente de la caravana de clásicos, El Guajiro —alguien del grupo lo llamó por ese apelativo— hace el recorrido desde el Paseo del Prado, frente al Hotel Inglaterra (1875), el más longevo que está operativo en La Habana, hasta la Plaza, que es una de las escalas obligatorias en cualquier itinerario turístico.
Vigilada desde escasas garitas, es una explanada vacía de 72 mil metros cuadrados desde los pantagruélicos discursos de Fidel Castro, el último de ellos pronunciado el primero de mayo de 2006. Desde entonces, una de las plazas públicas más grandes del mundo solo se llena una vez al año en los desfiles por el Día Internacional de los Trabajadores.

Americanos y rusos en una juguetería del siglo XX
Gozosos, los estadounidenses se comportan como niños. Se suben a los autos; se toman fotos; tocan los cláxones; miran sus rostros en los retrovisores; repasan ávidos la esmerada tapicería y los paneles de mando; los asimilan como juguetes enormes en un parque temático metido en un túnel del tiempo, soleado y sin paredes. Una luz intensa acompañada de la brisa fresca de febrero es una combinación inefable para vivir un sueño tropical al margen de la pesadilla que con excepción de Obama, que también fue una puñalada nada onírica para algunos, han significado para Cuba las últimas 12 administraciones de Estados Unidos.
Para los turistas, a todas luces primerizos en la isla comunista y por décadas prohibida, la experiencia les transporta a un estado de transgresión frente a la política de asfixia del actual gobierno en la Casa Blanca, sobre todo a partir del golpe de Washington al chavismo que pateó el tablero geoestratégico para la región y para la isla en particular, llevándola al desquicie y a una lucha de supervivencia para evitar ser arrastrada a un punto de no retorno.
“¿No tiene algún temor de estar en Cuba, cuando hay barcos del navy rondando los mares cercanos?”, pregunto a una de las chicas rubicundas. “No. Sí tuve algún temor al principio. Ya la alegría de los choferes de la caravana y la gente que ha conocido me lo han disipado. Estoy feliz y despreocupada de estar aquí”, responde desde una sinceridad conmovedora.

En la caravana también hay turistas rusos. Son pocos, pero bulliciosos, que inspeccionan, con más curiosidad técnica que admiración profana, las máquinas americanas, como algunos viejos en Cuba le llaman todavía a las camadas salidas de las cadenas de producción de Detroit. Dada la estandarización de la moda occidental, pregunto a uno de ellos de qué parte de Estados Unidos proviene.
Que lo haya confundido no lo tomó como una ofensa, pero no le hizo gracia. “¡Soy ruso, de Rusia, vodka, Kremlin, Putina!”, soltó una ráfaga de etiquetas en su idioma para hacerme saber el error de apreciación geográfica cometido.
Ambos grupos coincidían en el símbolo por antonomasia del poder en Cuba, un codiciado territorio insular desde el siglo XVII, teatro de operaciones profanado más de una vez por las grandes potencias: al final del siglo XIX, en los albores de los 60 del XX, y ahora, en medio de otra disputa geopolítica, cuyo desenlace, con una economía agónica al borde del colapso y una psique nacional en estado de fatiga, se cocina a fuego lento en oficinas ejecutivas de Washington, Moscú, Pekín, el Vaticano… La Habana.

Golpes y estadísticas del derrumbe
Cuando el apogeo del turismo extranjero en la isla, y antes del porrazo pandémico que irrumpió en la primavera de 2020, la Plaza de la Revolución se congestionaba de buses y autos, en su mayoría clásicos, con manadas de veraneantes, muchos estadounidenses, sobre todo durante el segundo periodo de Obama, quien personalmente visitó el lugar para rendir honores a José Martí con su mano derecha sobre el corazón.
La cifra récord de visitantes estadounidenses a Cuba durante el deshielo se registró en 2016, cuando un avispero de más de medio millón de ciudadanos de EE. UU. viajó a la isla y no quedaba un booking abierto ni por asomo en diciembre de ese año. Ese desborde rebasó cualquier expectativa. Fue un turismo de curiosidad pavimentado por la flexibilización de las restricciones de viaje y al restablecimiento de relaciones diplomáticas en 2015.
El turismo cubano, otrora locomotora de la economía nacional, atraviesa un desplome sistémico. El cierre de hoteles en Varadero y los cayos del norte, junto con la reubicación forzosa de turistas, marca la imagen más visible de un sector que se quedó sin combustible e insumos para sostener su maquinaria.
La “compactación” de instalaciones, anunciada por el viceprimer ministro Oscar Pérez-Oliva Fraga, es apenas un eufemismo para describir la contracción de un sistema que alguna vez recibió más de 4,7 millones de visitantes en 2018 y que en 2025 apenas logró atraer 1,8 millones, el peor registro desde 2002.
Cuba pierde su principal emisor de turistas tras la suspensión de vuelos desde Canadá
Mercados disidentes
El golpe más devastador vino de Canadá, principal emisor de turistas hacia la isla. Con más de 754 mil visitantes en 2025, equivalentes al 41,5 % del total, la suspensión de vuelos por parte de Air Canada, Westjet, Sunwing y Transat dejó a Cuba sin su mercado más saludable.
En cuestión de horas se cancelaron más de un centenar de vuelos semanales y unos 25 mil canadienses tuvieron que ser repatriados. La desaparición temporal de este flujo supone, según cálculos de economistas, una caída del 50 % de los ingresos turísticos y un desplome del 3 % del PIB.
Rusia, segundo mercado emisor con 131 mil viajeros en 2025, también se retiró del tablero. Las aerolíneas Rossiya y Nordwind suspendieron sus operaciones tras evacuar a los 4 mil turistas varados en la isla, incapaces de abastecer sus aviones en aeropuertos cubanos. El Kremlin reaccionó con promesas de ayuda, pero la realidad es que Cuba perdió de la noche a la mañana a sus dos principales fuentes de visitantes internacionales.
Rusia anuncia cese temporal de vuelos a Cuba por la crisis de combustible en la isla
El turismo, que alguna vez fue símbolo de apertura, modernidad y divisas, se ha convertido en el espejo opaco de un país que lucha por sobrevivir entre la escasez de combustible y la presión de sanciones estadounidenses sobre un modelo económico agotado que acumula una caída del PIB superior al 15 % en el último quinquenio, una inflación disparada y una migración masiva que recortó más de 10 % de la población en apenas unos años.
De la bonanza del deshielo con Obama a la asfixia energética actual, cada estadística confirma que la isla ha perdido uno de sus respiradores económicos más importantes.
Este cuadro de crisis, sin embargo, no ha cancelado la edición 44 de la Feria Internacional de Turismo, prevista del 6 al 10 de mayo en el Centro de Convenciones Plaza América en Varadero, la cual tendrá como país invitado de honor a Canadá.
En redes, muchos cuestionan la pertinencia del evento y algunos formulan sulfúricas preguntas como: “¿Con qué turismo?”, “¿Es un chiste?”, “Ferias sin turistas, está bueno eso” y “Definitivamente ustedes viven en otra galaxia”.

Husmeando en El Vedado
No existen cifras oficiales publicadas para 2025 que indiquen con precisión cuántas habitaciones de casas de renta en El Vedado están dedicadas al turismo internacional.
Junto a La Habana Vieja, con su sistema de hostelería, este barrio capitalino tomado como referente de una congelada modernidad capitalista detenida a fines de los 50, sigue siendo uno de los principales polos de alojamiento alternativo, con una amplia oferta de casas particulares, apartamentos, logística y habitaciones climatizadas para extranjeros, la mayoría con licencia y conectadas con los mercados internacionales operado por plataformas como Airbnb y sitios especializados en alquileres que remiten a numerosas opciones y precios.
“En este momento en que no hay yumas, solo pagamos la licencia, pero no los impuestos sobre ingresos”, dice uno de los dueños de renta del área de La Rampa, casi llegando al Malecón.
En el hostal Lola Habana, en la calle 27, a unas cuadras de la Universidad, la dueña del establecimiento, Sara, admite a su pesar que la situación es bastante tensa.
¿Ha disminuido el número de turistas?
“No ha disminuido, es que no hay. Yo siempre tengo a alguien, ¿sabe? En un mes puedo tener dos entradas, en otro mes tres o cuatro entraditas, y así he ido tirando hace ya tiempo, pero ahora está muy malo. Aunque después que pasó la pandemia, el turismo realmente ya no está como antes. Nunca volvió a ser lo mismo”.

En la misma cuadra, a unos pasos, se encuentra otro edificio con servicio de alquiler en divisas, en cuya planta baja se halla un atelier de ropa con más de un maniquí que asoma por la ventana.
“En este momento hay poco trasiego de turistas. Creo que los pocos que hay son europeos y alguno que otro norteamericano. Cuando hay apagón, la planta (eléctrica) se enciende a partir de las 6 de la tarde y se deja prendida toda la noche, hasta temprano en la mañana”, explica la chica del taller de moda.
El sector de hostelería, por fortuna, no parece correr la misma suerte que el de alojamiento para turistas extranjeros. Ha podido ir buscando reacomodos enfocándose en el mercado interno, aunque los porcentajes de utilidades hayan disminuido, pero sin caer en números rojos que obliguen a cerrar con llave.

En Mixtura, un elegante bar-cafetería en plena calle L, no había ninguna mesa vacante un jueves en la tarde y si el cliente estaba deseoso de un café o un Cuba Libre la opción era subir a la terraza de la casona. “Hasta ahora no hemos sufrido con la merma de turistas. Como ves el salón está lleno”, explica a OnCuba una administrativa del negocio. “Es verdad que los extranjeros han disminuido, pero vienen cubanos y eso mantiene nuestra dinámica”, agrega.

Frente a la avenida Línea, muy cerca de la embajada estadounidense y el edificio Focsa, una de las siete maravillas de la ingeniería civil cubana, se halla estratégicamente situada Fast Food, una cafetería privada acondicionada en los bajos de una casona de la primera mitad del siglo XX. El diseño de su interior remite a conceptos del rústico tradicional.

Apenas hay comensales a esta hora temprana de la tarde y los autos pasan esporádicamente por la avenida. “Sí, ya no hay turistas como hace unos cuantos meses”, admite la dependienta, una chica muy joven con estampa de bailarina.
“Con los apagones ocurre que como tenemos planta, somos como en un cocuyo en el barrio y hace que vengan turistas hospedados cerca o los propios vecinos a consumir. Así que no nos va tan mal con los apagones. Se puede decir que de cierta manera son una ventaja de marketing”, termina diciendo con una sonrisa.











