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“¡No me jodas!”, me dijo X, una ex de los años cuando le recordé que el pasado sábado 21 de febrero se cumplieron 30 de la muerte de Isolina Carrillo. “¿Tanto ya?” —continuó—, si hasta el otro día íbamos a escucharla al “Dos Gardenias”. “El otro día”, para personas de nuestra edad, es mucho tiempo. No años, sino décadas.
Estuve dudando si contactar a X o no. Sólo nos habíamos vuelto a encontrar, casi por accidente o milagro, en Xalapa, Veracruz, en 2021, cuando nuestras historias personales discurrían por senderos diferentes, ambos con hijos y carreras a medio realizar. No terminamos bien. A los cubanos no se nos da con facilidad eso de quedar amigados con las parejas que van quedando en el camino. Pero se trataba de Isolina, que había sido una suerte de argamasa para nuestra breve e intensa relación. Lo cierto es que no se extrañó por mi llamada.
La primera cita “en serio” la tuvimos en el “Dos Gardenias”, en 7ma, Miramar, cuando aún estudiábamos en la Universidad: ella, Matemáticas; yo, Filología. Recuerdo que recorrí media Habana buscando esas flores para llevarle de regalo. Pero no hubo caso.
En esa ocasión ambos teníamos las manos y los labios fríos. Hablábamos a mares, de todo y de nada, reíamos con una espontaneidad digna de mejores bromas, y –eso sí– nos mirábamos a los ojos con una intensidad que no he vuelto a experimentar.
Isolina estaba al piano. Cantaba la canción que la hizo inmortal. Ambos conocíamos la letra, y esperábamos, ansiosos, aquella parte donde dice: “Dos gardenias para ti /que tendrán todo el calor de un beso / de esos besos que te di / y que jamás encontrarás / en el calor de otro querer…” ¿Y qué creen ustedes? ¡Pues nos besamos largo! No nos importó estar en un lugar público. Ejercimos esa facultad que tienen los enamorados, durante un instante de pasión, de borrar a todos lo que no sean ellos mismos.
Seguimos yendo al “Dos Gardenias” siempre que podíamos escurrir los monederos de nuestros padres, bastante menguados por aquellos tiempos. Hicimos del piano-bar nuestro templo de amor. Cada noche actuaban varios cantantes, muy buenos casi todos. Pero nosotros íbamos para escuchar a Isolina, la matriarca, a quien habíamos adoptado, en secreto, como hada protectora de nuestras cuitas. Escribo la última palabra, y sonrío. X se burlará de mí si llega a leer estas líneas. En jodedera me llamaba “El Arcaico”.

Isolina
De Isolina Carrillo Estrada llegamos a saber casi todo. Que había nacido el 9 de diciembre de 1907 en La Habana, y que aquella mujer de ochentaitantos años en 1995, instrumentista versátil, era la compositora, además, de piezas antológicas como las también filinescas “Fiesta de besos”, “Canción sin amor”, “Increíble”, “Ironía”, “Lejos de ti”, “Por si volvieras”. También supimos que “Dos gardenias” tuvo su estreno mundial en la voz de Guillermo Arrondo en la emisora radial RHC Cadena Azul en 1945. Los Panchos divulgaron el número a escala universal, que también contó con destacadas interpretaciones como las de Daniel Santos.
Más recientemente, se recuerdan las versiones de Ibrahim Ferrer y Omara Portuondo, Diego El Cigala, Natalia Lafourcade, Café Tacvba y Alejandro Sanz, por sólo mencionar unos pocos.
En una entrevista que le realizara el poeta y musicólogo Helio Orovio, Isolina contó que el número surgió a partir de la discriminación de que fue objeto por parte de un joven compositor colombiano, que no le abrió la puerta de su apartamento, durante la celebración de su cumpleaños, con el argumento de que en su fiesta no quería negros. Mismo joven que había acudido a la maestra días antes para que esta le ayudara a encauzar una “composición”.
Siempre según Orovio, “el 11 de marzo de 1947 en los estudios de la Panart, en pleno centro de La Habana, y con arreglos de Dámaso Pérez Prado y el bandoneón del argentino Joaquín Mora, Daniel Santos graba (…) ‘Dos Gardenias‘ para el sello Columbia, con el acompañamiento de La Sonora Matancera.”

Más pronto de lo que hubiéramos deseado, llegó a nuestras vidas la estrofa final del número que amábamos. Inmadurez de ambas partes, equívocos, intervenciones maliciosas de conocidos, nos precipitaron a las últimas líneas de la canción: “Pero si un atardecer / las gardenias de mi amor se mueren / será porque han adivinado / que tu amor me ha traicionado / porque existe otro querer…”
Nuestro último encuentro también ocurrió en “Dos Gardenias”. Omara cantaba “Tal vez”, de Juan Formell. Por aquel tiempo todas las canciones nos aludían. Los versos los recibíamos como pedradas en el pecho: “Tal vez / si te hubiera besado otra vez / ahora fueran las cosas distintas / tendría un recuerdo de ti. /// Pero tal vez / si te hubiera hablado, mi amor / te tendría aquí a mi lado y sería feliz…”
Y así, con esa música tremenda en la cabeza nos internamos en la noche de La Habana, cada uno por su lado, arrastrando el pesar que seguramente vendría con los años.
A X la retraté de espaldas en Xalapa. Así nació mi serie fotográfica ¿por qué no quieres escuchar lo que te digo?, que a día de hoy suma más de cien imágenes.

En aquel año, mientras buscaba aunque fuera una gardenia, se me ocurrieron estos versos desvalidos:
“Cosa seria es no tener una flor / para regalar a una muchacha. / y más serio aún es no tener una muchacha / para regalar una flor. // Pero la soledad rebasa el cuenco de las manos / cuando no hay una muchacha / ni una flor / en muchos sueños a la redonda. // En tales circunstancias se aconseja / cruzar la noche, distraído / silbando un aire de Isolina. // Es el mejor antídoto / para la dicha ajena”.











