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De pequeño creía que lo cotidiano era algo universal y no una particularidad, como en realidad suele ser. Imaginé durante años que aquello que me rodeaba funcionaba del mismo modo en cualquier rincón del mundo. La sorpresa llegó al salir de Cuba —un país moldeado por su historia y por casi siete décadas de un sistema de inspiración socialista— y desembarcar en otras ciudades del mundo donde domina un mismo orden económico: el capitalismo.
Entonces comprendí que muchas cosas que en otros lugares se consideran normales en la isla funcionan de otro modo. Y, en sentido inverso, algo similar le ocurre al extranjero que visita Cuba por primera vez. Basta observar el espacio público para advertirlo con claridad.

En buena parte del mundo, las ciudades están tomadas por la publicidad. Pantallas luminosas, carteles, vallas gigantes, anuncios en paradas de ómnibus o estaciones de metro prometen teléfonos, perfumes, autos o hamburguesas. La mirada apenas encuentra descanso. Todo parece competir por unos segundos de atención.
En Cuba, en cambio, esa mirada suele ser más serena, con menos saturación visual, aunque no esté completamente libre de ella. Allí donde en otros países aparece una publicidad comercial, en la isla es más frecuente encontrar una consigna política o de bien público. “Patria o muerte”, por ejemplo, convive con mensajes como “Trinidad, Patrimonio de la Humanidad” o avisos de prevención vial: “Use cinturón al manejar. Cuide su vida y la de los demás”.



Crecí rodeado de esas frases pintadas en muros, reproducidas en vallas o desplegadas en enormes letras sobre fachadas de edificios como parte del paisaje simbólico del país.
De esta forma, las consignas y el paisaje mantienen una relación estrecha. Están ahí, integradas a la vida cotidiana, del mismo modo en que los anuncios comerciales se integran al paisaje de las ciudades capitalistas. En ambos casos, su presencia termina naturalizándose. Uno convive con ellas y rara vez se detiene a analizarlas.
La publicidad busca persuadir al consumidor; detrás de cada campaña hay estudios de mercado, análisis de impacto y estrategias de posicionamiento. Las consignas políticas, por su parte, responden a otra lógica: intentan reafirmar valores, fijar narrativas históricas o sostener determinados consensos.



Hay una pregunta que me surge: si una agencia publicitaria mide con precisión cuánto influye un anuncio en el comportamiento de compra, ¿cuánto interpelan hoy las consignas a la sociedad cubana? Durante décadas funcionaron como una pedagogía política en el espacio público: recordaban una épica, señalaban un rumbo y buscaban producir identidad colectiva. Pero el tiempo, como ocurre con cualquier lenguaje repetido hasta el cansancio, también erosiona su potencia. Algunas consignas aún despiertan resonancias históricas o afectivas; otras, en cambio, parecen haberse vuelto parte del mobiliario urbano, tan presentes que casi se vuelven invisibles.

El filósofo argentino Diego Sztulwark lo explica de una manera sugerente: la potencia de una consigna aparece cuando las palabras logran conectar con lo que está ocurriendo afuera, cuando el lenguaje se ajusta a una circunstancia histórica y consigue nombrarla de manera directa. En ese punto, la frase deja de ser solo una frase y se convierte en una señal.
Algo parecido señalaba León Trotsky cuando reflexionaba sobre las consignas democráticas. Demandas como el derecho a organizarse, las libertades políticas o el sufragio podían transformarse —decía— en herramientas de movilización para amplios sectores de la sociedad. No eran el final del camino, sino una forma de enlazar las necesidades inmediatas de la gente con una transformación más profunda.





Tal vez ahí resida la clave para entender la vida de las consignas en el espacio público: su fuerza depende menos de la pintura fresca en el muro que de su capacidad para dialogar con la realidad que las rodea. Cuando esa conexión existe, las palabras se encienden. Cuando se pierden, pasan a formar parte del paisaje.
Al final, una consigna no es otra cosa que un intento de apropiarse el espíritu de una época en pocas palabras. Y del mismo modo en que toda época cambia, también cambia la forma en que esas palabras son leídas, escuchadas o simplemente atravesadas por la mirada distraída de quienes pasan frente a ellas.

















