Robert S. Mueller III, de 81 años, quien dirigió durante doce años el FBI y que luego condujo la investigación más divisiva de la era Trump, falleció la noche del viernes, según informó su familia en un comunicado hoy.
“Con profunda tristeza, compartimos la noticia de que Bob falleció”, señalaron sus allegados, pidiendo que se respete su privacidad.
Aunque la familia no detalló la causa exacta de su muerte, se sabía que Mueller había sido diagnosticado con la enfermedad de Parkinson en 2021.
“Me alegro de que esté muerto”
La reacción del actual presidente de Estados Unidos no tardó en llegar y rompió con cualquier convención política. Tras conocerse la noticia, Trump publicó en Truth Social: “Robert Mueller acaba de morir. Bien, me alegro de que esté muerto. Ya no puede hacerle daño a gente inocente.”
El senador demócrata Adam Schiff, de California, quien había impulsado con vigor las investigaciones sobre los vínculos de Trump con Rusia desde el Comité de Inteligencia de la Cámara, condenó el tono del presidente afirmando que “cada día, este presidente muestra su indecencia básica e incapacidad para ejercer el cargo”.

El 11-S y el “Russiagate”
Mueller comenzó su mandato de 12 años al frente del FBI apenas una semana antes de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Fue nominado por el republicano George W. Bush y retuvo el cargo a petición del demócrata Barack Obama, lo que le granjeó una reputación de funcionario apartidista y de una integridad poco cuestionada en Washington, hasta que se cruzó con Donald Trump.
En 2017, el entonces fiscal general adjunto Rod Rosenstein lo designó fiscal especial para investigar la presunta coordinación entre la campaña presidencial de Trump y el gobierno ruso.
Mueller y su equipo pasaron casi dos años llevando a cabo en silencio una de las investigaciones más trascendentales y divisivas de la historia del Departamento de Justicia.
En total, Mueller presentó cargos penales contra seis de los asociados de Trump, incluido su jefe de campaña y su primer asesor de seguridad nacional. Su informe de 448 páginas, publicado en abril de 2019, identificó contactos sustanciales entre la campaña de Trump y Rusia, pero no alegó una conspiración criminal.
La conclusión ambigua dejó insatisfechos tanto a quienes esperaban un golpe demoledor contra Trump como a quienes reclamaban una absolución completa.
Un legado disputado
Mueller deja tras de sí una trayectoria que difícilmente encontrará consenso en la polarizada política estadounidense.
Fue veterano de Vietnam condecorado con la Estrella de Bronce y el Corazón Púrpura; fiscal federal durante décadas; director del FBI durante los años más convulsos de la seguridad nacional tras el 11-S: para muchos, fue la encarnación del Estado de derecho funcionando.
Para el trumpismo, fue el símbolo de una “cacería de brujas” institucionalizada.
Su firma WilmerHale recordó que Mueller fue “un líder extraordinario y servidor público y una persona de la mayor integridad”.
El contraste con el post de Trump en Truth Social sintetiza, de forma involuntariamente elocuente, la fractura política que define a Estados Unidos. Trump calificó la investigación de Mueller como “lo peor que me ha pasado” y llegó a llamarlo “un verdadero never-Trumper” tras la publicación del informe.
Los ataques continuaron en 2025, cuando al inicio de su segundo mandato Trump firmó una orden ejecutiva para romper los vínculos entre el gobierno federal y el despacho WilmerHale, donde Mueller trabajaba.











