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Quiero comenzar este artículo agradeciendo al gobierno ruso lo que ha hecho; de igual manera, quiero también agradecer a la presidenta de México por no cejar en su propósito de enviar petróleo a Cuba. Significaría otro gran alivio.
Ahora que ya tenemos al Anatoli, el petrolero ruso más mentado de este primer trimestre, atracado y seguro en puerto, vuelvo a mirar al sol. Disponer de 100 mil toneladas de crudo apenas nos dará cobertura para unos días, quizás un mes, si se hace un uso muy racional de él.
El sol es y será nuestro principal y hasta ahora inagotable recurso energético.
El bloqueo energético decretado por el régimen de Trump nos puso delante de nuestra dependencia de la forma más cruda posible. El hecho de que el gobierno ruso haya negociado con EE. UU. y haya logrado “el permiso” para que el Anatoly Kolodkin llegara a Matanzas solo hace más evidente esa dependencia nuestra, que es mucho más que estratégica. Si el gobierno de México también lo logra, con o sin negociación, refuerza esa misma imagen.
Nuestra dependencia es ante todo genética; la tenemos incrustada en el ADN, durante mucho tiempo permaneció ahí, casi inadvertida, mientras nosotros no alcanzábamos a ver la falla estructural que padecíamos y de la cual no nos hemos podido liberar aún.
Y si mañana se acabara ese bloqueo —que seguro no será porque el régimen de Trump respete en algo el derecho internacional y menos aún porque la ONU imponga su autoridad— entonces enfrentaríamos ese problema que venimos arrastrando desde hace mucho tiempo.
De una parte, nuestra producción de petróleo es insuficiente. Ha decrecido respecto a décadas anteriores, así como decreció la prospección y la perforación de nuevos pozos, lo cual es responsabilidad de los que así lo decidieron.
De otra, las compañías estatales no tienen suficiente dinero para adquirir todo el que hace falta para mantener el suministro de derivados, con un modelo de negocios donde una buena parte de esos productos se “entregan” o “asignan” con subvenciones imposibles de sostener.
Estos primeros meses del año han demostrado cuán endeble es la economía mundial y cuán expuestos están los países por la dependencia de los combustibles fósiles. La guerra desatada por el régimen de Israel y el de Estados Unidos contra Irán, y la respuesta iraní, han disparado los precios del crudo y de sus derivados.
A finales de febrero, antes de la guerra, el precio del crudo Brent era de alrededor de 72 USD el barril; el 9 de marzo alcanzó un pico de 120 USD el barril, y el 31 de marzo andaba por los 107 USD. Varios países liberaron sus reservas, se permitió que Rusia vendiera petróleo a países europeos (no a Cuba), pero hasta ahora ninguna de esas medidas parece que pueda amortiguar suficientemente la subida de los precios del petróleo.
En una situación ideal en la que el señor Trump levantara el bloqueo petrolero, pero donde Cuba ya no disfruta del barter de servicios médicos por petróleo que existía con Venezuela, ese incremento de casi un 60 % del precio del crudo hace muy difícil que las compañías estatales cubanas puedan mantener la importación a los niveles que permitirían un abastecimiento “normal al estilo de la nueva normalidad”.
Podemos hacer números: la producción nacional de crudo ha sido de alrededor de los 30-40 mil barriles/diarios. Se trata de crudo pesado, muy difícil de refinar con la tecnología existente. Nuestro petróleo se ha utilizado para alimentar las termoeléctricas. Se han importado entre 100 mil y 130 mil barriles diarios, la diferencia entre el precio preguerra y el actual, tomando un precio de 110 USD/barril, sería de unos 40 USD; multiplicados por esos 100 mil barriles, alcanza la cifra de 4 millones/día o 120 millones/mes o 1 440 millones al año.
Atención, que ese no es el costo de la importación de petróleo, es solo el monto del incremento.
La pregunta es sencilla: sin el acuerdo con PDVSA que le permitía a Cuba acceder a petróleo por servicios médicos e incluso reexportar alguna cantidad, deja de funcionar; entonces, ¿hay dinero para pagar ese incremento? Si Cuba fuera a importar 100 mil barriles diarios, el costo de la factura petrolera alcanzaría los 4 015 millones anuales, cifra para nada tranquilizante.
Las cuentas externas de nuestro país están exhaustas. El Anuario Estadístico de Cuba de 2024 (las cifras oficiales del 2025 no son públicas) indica que el saldo comercial de bienes y servicios tuvo un resultado positivo de 589 millones de dólares, gracias al saldo positivo del comercio de servicios que alcanzó los 6 921 millones de dólares, mientras que el saldo del comercio de bienes arrojó un saldo negativo de 6 332 millones de USD.
Si Cuba lograra mantener las exportaciones de servicios por encima de los 7000 millones como en 2024 y alcanzara un saldo en el comercio de servicios igual al de ese año, la factura petrolera que Cuba pagaría sería el 58 % de ese saldo. El mismo anuario indica que en el año 2023 las importaciones de combustibles y lubricantes alcanzaron los 2 340 505 millones (no hay cifras oficiales públicas del 2024 ni del 2025).
Ocurre que, para este año, no parece que vaya a funcionar más el convenio con PDVSA, y que los ingresos que generaban las misiones médicas pueden reducirse sustancialmente luego de los cambios en Venezuela y las decisiones adoptadas por algunos países del Caribe y Centroamérica que cedieron ante las presiones de EE.UU.
Las remesas parece que tampoco van a incrementarse y los ingresos por turismo deben estar muy comprometidos si atendemos a que, según reportes de la ONEI, las cifras de visitantes andan alrededor del 70 % del año pasado, porque, entre otras razones, sin aviones en ruta hacia Cuba, los turistas no tienen cómo llegar. Sin esos apoyos, lograr ingresos para importar el crudo en las cantidades necesarias resulta difícil.
Sin embargo, algunas cosas han ocurrido. La respuesta del Gobierno cubano al bloqueo petrolero fue permitir que las empresas cubanas, estatales, privadas y extranjeras importaran su combustible bajo un grupo de regulaciones. Es cierto, como casi siempre, tarde, y solo porque no quedó más remedio.
De pronto, el monopolio estatal sobre la importación y comercialización de combustible comenzó a dejar de existir, y la realidad de apenas unas semanas viene demostrando que ello no ha provocado más daño a nuestra economía que el que durante décadas provocó la existencia de ese monopolio.
Estas semanas han demostrado también la capacidad de respuesta de ese sector privado nacional y, sobre todo, han demostrado que alianzas entre lo público y lo privado pueden producir resultados favorables al país aun cuando a muchos de los resistentes les moleste.
La otra respuesta viene armándose desde antes del bloqueo petrolero y es el desarrollo de la energía renovable, en especial la fotovoltaica, donde el Estado ha acometido grandes proyectos. A la vez, el sector privado nacional ha dinamizado la expansión de los sistemas fotovoltaicos en el sector residencial, volviendo a demostrar agilidad y capacidad para aprender muy rápido.
La instalación de más de 60 mil sistemas fotovoltaicos no solo resuelve un problema individual/familiar, sino que contribuye al ahorro de combustible y, bien incentivado, al incremento de la oferta de energía.
Esos nuevos miles de kilovatios solares no le han costado un centavo al Estado cubano. Una parte de esos sistemas ha sido instalada por empresas privadas cubanas, muchas de las cuales ofrecen el servicio llave en mano y han logrado aprender muy rápido las características de este mercado.
Ese aprendizaje y esos estudios de mercado tampoco han requerido de cursos pagados desde el presupuesto ni de viajes de funcionarios estatales para reunirse con los proveedores extranjeros. No ha tenido el Estado que financiar una empresa estatal para que importe los componentes, ni ha tenido que construir o habilitar almacenes para guardar los equipos, ni pagar custodios para reducir el robo, etc. También se ha publicado una norma para regular este “sector de negocios”, que desde mi perspectiva debería ajustarse mucho más a la realidad y las urgencias que vive nuestra población hoy y no burocratizar y enlentecer este nuevo sector de negocios.
Pareciera que, a contracorriente, va creciendo la idea de que Cuba somos todos y la economía es una sola y tiene vasos comunicantes; de que aquello que se escribió en los documentos oficiales hace diez años es posible lograrlo aun cuando hayan sido casi olvidados.
El interés individual puede ser también virtuoso. Para que las grandes empresas estatales avancen, deben tener un ecosistema empresarial variado y ágil con multiplicidad de actores. Y para que se produzcan sinergias positivas, todos los agentes económicos deben tener reglas de juego iguales.
Las cosas tienen que funcionar, y hay que apoyar lo que funciona y no inventarle más trabas y tenderle más trampas.
No sé qué será el “capitalismo del desastre”, pero lamentablemente hemos conocido y estamos viviendo el socialismo con pobreza y ese no puede ser el futuro.











