Ex estudiante de periodismo y ex ladrón de libros. No hay nada en particular que pueda aclarar de mí porque yo tengo un oficio una edad una familia y un amor parecido o semejante o análogo al de casi todos los que no viven ni en África ni en Suiza y porque como preguntara un célebre poeta hace ya muchos años en un célebre poema de un célebre libro lanzado de súbito para la posteridad: “¿Quién no se llama Carlos o cualquier otra cosa?”
Uno mira el staff y no encuentra al hombre determinante. Todos dejan resquicios, mínimos detalles por los cuales se pueden escapar los partidos, como la moneda por el tragante, o como el agua en el agua.
Víctor Mesa no es un genio. Tuvo que suplir a base de espectáculo su falta de dotes excepcionales. Con engarces pendiendo del abismo, es decir, a puro riesgo, logró disimular su brazo mediocre, y no era tan rápido en las bases como astuto. Distraía más de lo que impresionaba.
Por fin ha caído en mis manos esa carpeta de audio en la que la generación de Orígenes declama sus propios poemas. Son, naturalmente, otros poemas. Nada que ver con esos mismos versos leídos por uno en voz baja, o en voz alta, o leídos sin voz, en los más distintos lugares o en la más intrincada de las noches. No digo mejores o peores, sino distintos, prueba fehaciente de que la poesía es tan frágil e indefinible que depende hasta del ritmo con que se lea, y que ese ritmo no tiene nada que ver con el autor.
Carlos Acosta se ha estrenado como escritor de ficción con Pata de puerco, una novela que recorre, según dicen, la historia de Cuba desde el siglo XIX hasta hoy, y que ha sido incluida en los Waterstones 11, lista anual de los libros más prometedores aparecidos en el Reino Unido.
Fotos: Gabriel Dávalos
-Cuéntanos un poco de lo qué pasó en Nueva York?
Fotos: Gabriel Dávalos
Algún día Víctor Mesa y Ariel Pestano se reconciliarán. O no. Por lo pronto, han logrado enfundar en un mismo saco lo que Mañach define como las tres formas cíclicas de la nacionalidad: la pelota, la bola y la bolita.
El equipo Cuba es una charada, integrarlo podría volverse tan azaroso y gratificante como sacarse un número, y una realidad de esa índole trae consigo su respectiva y amplificada cuota de rumor.
Una ola de rumores, inquisitorios o no, ha destapado en las últimas semanas el tema del reguetón. Se habla de su prohibición, de su regulación, las agencias extranjeras se hacen eco de los comentarios y publican que Cuba entrará en fase de Torquemada melódico, pero parece que nada ocurrirá.
La decadencia de Santiago de Cuba es el mayor mal de la pelota cubana. No las estructuras cambiantes, no el techo bajo –bajísimo- de la serie nacional, no los números imprecisos, no el pésimo arbitraje, sino el trasiego sin rumbo de un equipo indomable e histórico.
Lo más complejo está por llegar. Así, en tono previsor, definió el Vicepresidente del Consejo de Ministros, Marino Murillo, los venideros cambios que impulsará el estado cubano en aras de una actualización económica que de tan necesaria se ha vuelto imprescindible para el futuro del país.
No hay meses tan irreconciliables como diciembre y enero, tal vez porque la Navidad es el único opio autorizado, programado y establecido por las cláusulas de la cultura occidental. Los veinte primeros días de diciembre son otra cosa, quizás hasta Noche Buena, aunque yo creo que ya desde antes uno empieza a notar cómo los ánimos se estilizan o se engalanan y todo pasa a ser un tanto más artificial o ruidoso.
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