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Llegué a Medellín con una imagen heredada de los años noventa y de las series sobre narcos al estilo Pablo Escobar: carros bomba, sicarios en moto, noticieros que repetían cifras de muertos imposibles de asimilar. A finales del siglo pasado y principios de este, esta ciudad colombiana fue considerada una de las más peligrosas del mundo.
Dentro de ese mapa del miedo había un punto que condensaba todos los estigmas: la Comuna 13, en el sector de San Javier. Decir que era violenta —me advirtió un joven barbero del barrio mientras me cortaba el cabello al final del día— era quedarse corto.

A la mañana, el taxi me dejó en una explanada repleta de visitantes. turistas de diferentes nacionalidades con cámaras colgadas al cuello y familias colombianas en busca del mural más colorido para la selfie. Hoy la Comuna 13 recibe entre 3 mil y 5 mil turistas por día —y puede superar los 8 mil en temporada alta—, una cifra impensable hace apenas dos décadas. Cuesta creer que estas mismas escaleras y callejones fueron escenario de operativos militares, balaceras y desapariciones.
La Comuna 13 alberga actualmente a unas 140 mil personas distribuidas en más de veinte barrios que conforman esta zona del occidente de Medellín. La topografía lo explica todo: es montaña pura. Casas levantadas unas sobre otras, pasajes angostos, escalinatas interminables.



En la década del cincuenta, San Javier era apenas un barrio periférico vinculado a la entonces comuna La América —hoy Comuna 12—. Con el paso del tiempo, las migraciones internas y los asentamientos informales poblaron las laderas. Familias que huían de la violencia rural encontraron en estos cerros un lugar donde construir, a pulso, una vivienda. El crecimiento fue desordenado, con servicios insuficientes y una histórica exclusión del desarrollo urbano formal.


Esa exclusión se convirtió, entre los años setenta y noventa, en el caldo de cultivo para que la zona fuera disputada por delincuencia organizada, narcotráfico y milicias guerrilleras. Tras la muerte de Escobar en 1993, la fragmentación del poder criminal intensificó las disputas y abrió paso a enfrentamientos entre guerrillas y paramilitares. El barrio parecía, según quienes lo vivieron, una zona de guerra permanente.

El 21 de mayo de 2002 comenzó la Operación Mariscal. Meses después, el 16 de octubre de 2002, el gobierno de Álvaro Uribe lanzó la “Operación Orión”, una ofensiva urbana sin precedentes en Colombia. Durante tres días, cerca de mil efectivos ingresaron a la Comuna 13. El saldo oficial reportó decenas de muertos y heridos, además de cientos de detenidos. Paralelamente, grupos paramilitares perpetraron asesinatos y desapariciones forzadas.
Muchos habitantes sostienen que varias víctimas fueron enterradas en La Escombrera, hoy convertida en símbolo de búsqueda y memoria.
Frente a ese pasado, el presente sorprende. La transformación comenzó a hacerse visible en 2011, cuando se inauguraron las escaleras mecánicas al aire libre: 385 metros distribuidos en seis tramos que reemplazaron más de 350 escalones de concreto. La obra redujo tiempos de desplazamiento y benefició directamente a más de 12 mil residentes.
Sin proponérselo como política turística, ese proyecto marcó un punto de inflexión. A partir de 2012 comenzaron a llegar visitantes curiosos por la transformación urbana; entre 2014 y 2016, jóvenes del barrio estructuraron el llamado “Grafitour”, articulando arte urbano, memoria histórica y relato comunitario. Desde entonces, el flujo no dejó de crecer.



Hoy los murales narran la historia del barrio, denuncian las desapariciones y celebran la resiliencia. El arte urbano se transformó en vehículo de memoria y también en motor económico. Terrazas convertidas en miradores, cafeterías familiares, tiendas de diseño independiente y raperos que improvisan frente a los visitantes forman parte de una nueva dinámica productiva.







Sin embargo, mientras subo por las escaleras y observo la ciudad extendida como un mar de ladrillos rojos, pienso en la tensión entre memoria y mercado. Estas laderas, históricamente excluidas, hoy forman parte del circuito turístico internacional. ¿Se trata de una inclusión real o de una versión amable de la desigualdad? Probablemente convivan ambas dimensiones.

Lo indiscutible es que Medellín redujo de manera drástica sus índices de homicidio respecto a los picos de los años noventa y pasó de encabezar listas de violencia a figurar en rankings internacionales de innovación urbana. La Comuna 13 dejó de ser sinónimo de miedo para convertirse en referencia mundial de transformación social.
Recorrerla implica desprenderse de los prejuicios alimentados por las ficciones narco. La transformación no consiste en borrar el pasado, sino en resignificarlo. La montaña que antes aislaba ahora conecta; las escaleras que agotaban hoy acercan. La Comuna 13 no es un cuento de hadas ni una postal ingenua: es un territorio donde la acción sociopolítica y la organización vecinal alteraron el rumbo de una historia marcada por la violencia.












