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Hay postales de Nueva York que no necesitan explicación: el perfil de los rascacielos al atardecer, el puente de Brooklyn recortado contra el cielo, la Estatua de la Libertad, los taxis amarillos detenidos en un embotellamiento eterno. Y está también ese otro sello, menos vistoso pero igual de insistente —y omnipresente en películas y series—: una columna blanquecina que brota de algunas alcantarillas.
No es humo, aunque lo parezca. Es vapor. Y lo que asoma en la superficie es apenas el rastro visible de una red subterránea gigantesca: tuberías de acero que, desde 1882, trasladan vapor a presión por Manhattan como si fuera electricidad o gas.

Ese año, la New York Steam Company comenzó a prestar servicio en el Bajo Manhattan, inaugurando un sistema pionero de calefacción urbana. Con el tiempo, la red se expandió y hoy está en manos de Consolidated Edison, a través de su división Con Edison Steam Operations. Se trata del sistema de calefacción urbana comercial más grande del mundo: suministra vapor a casi 2 mil clientes y abastece a más de 100 mil establecimientos comerciales y residenciales, desde Battery Park, en el extremo sur de la isla, hasta la Calle 96, en el norte. Cada año circulan por estas tuberías cerca de 13,5 millones de toneladas de vapor.



Entre los usuarios están algunos símbolos de la ciudad: el Empire State Building, el Rockefeller Center o Grand Central Terminal. Allí el vapor alimenta la calefacción, calienta el agua de los grifos y, en ciertos casos, acciona grandes enfriadoras para producir aire acondicionado.
El alcance del sistema va más allá del confort. En hospitales y tintorerías, el vapor se utiliza para limpieza y procesos técnicos. Y en museos como el MoMA o el American Museum of Natural History cumple una tarea silenciosa pero crucial: estabilizar temperatura y humedad, dos variables decisivas para conservar obras y colecciones. En contraste, muchos edificios residenciales de Manhattan no dependen de esta red y funcionan con calderas propias.

Además de su escala, el sistema tiene un impacto ambiental relevante. La cogeneración —que permite producir simultáneamente electricidad y vapor útil— incrementa de forma significativa la eficiencia en el uso de combustibles. Al aprovechar el calor que en otras centrales se perdería, reduce el consumo total de energía y, con ello, las emisiones de contaminantes como óxidos de nitrógeno (NOx), dióxido de azufre, dióxido de carbono y material particulado. Esto contribuye a disminuir la huella de carbono de la ciudad en comparación con miles de calderas individuales funcionando por separado.

El vapor que emerge de las alcantarillas, en sí mismo, no es contaminante: es simplemente agua en estado gaseoso. No contiene humo ni residuos tóxicos. Su impacto ambiental directo es mínimo, ya que al disiparse se condensa y vuelve al ciclo natural del agua. La cuestión ambiental no está en la nube visible, sino en la fuente de energía necesaria para producir ese vapor. Aunque el sistema es más eficiente que alternativas descentralizadas, sigue dependiendo en parte de combustibles fósiles, por lo que su huella de carbono no es nula. En los últimos años, la empresa ha incorporado mejoras tecnológicas para optimizar procesos y reducir emisiones, y promueve el uso del vapor también para refrigeración mediante enfriadores por absorción. Estos esquemas de trigeneración generan energía adicional y optimizan aún más el ahorro de combustibles y contaminantes.
Cuando llueve o nieva, el agua se filtra por las tapas de registro y entra en contacto con tuberías a altísima temperatura. El resultado es inmediato: el agua se evapora y asciende como una nube blanca. Por eso el fenómeno se intensifica en invierno y, en la mayoría de los casos, no indica una falla grave.
Sin embargo, también puede tratarse de fugas. El desgaste de infraestructuras centenarias provoca, ocasionalmente, escapes puntuales. No son frecuentes, pero sí potencialmente peligrosos: el vapor puede salir a temperaturas elevadas y con presión suficiente como para causar quemaduras.
Ante cualquiera de estas situaciones, la empresa suele colocar sobre la alcantarilla las chimeneas portátiles de franjas naranjas y blancas —a veces completamente naranjas— que ya forman parte del paisaje urbano. Su función es simple y eficaz: canalizar el vapor hacia arriba para mantenerlo lejos de peatones y vehículos, y permitir que el tránsito continúe. Es un detalle tan reconocible que basta verlo para pensar, al instante, en Nueva York.


La paradoja es que el sistema, pese a su edad, sigue siendo plenamente operativo. La infraestructura, nacida en el siglo XIX, sostiene rutinas del siglo XXI.
Nueva York siempre fue una ciudad de capas. En la superficie, el apuro y el ruido. Bajo tierra, trenes, cables y túneles. Y más abajo, ese río invisible de vapor que calienta rascacielos, protege obras de arte, enfría edificios en verano y deja, de vez en cuando, una señal efímera —inofensiva pero elocuente— sobre el asfalto.











