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Llegar a Nueva York es entrar en un universo de símbolos, nutrido por la literatura, el cine, la fotografía y por quienes dejaron su huella en la ciudad. Sin haberla pisado, creemos conocerla; y cuando por fin caminamos sus arterias, más que descubrirla salimos a buscar esos emblemas.
Para un cubano como yo, la prioridad íntima estaba antes que otros íconos como la Estatua de la Libertad: encontrar a José Martí. Así, a pocas horas de desembarcar, tomé la Sexta Avenida —Avenida de las Américas— hasta la calle 59, en la entrada sur de Central Park. Allí, flanqueado por los libertadores José de San Martín y Simón Bolívar, me aguardaba el Apóstol de Cuba.

Con una altura total de nueve metros, Martí se alza a caballo, en bronce, sobre un imponente pedestal de granito negro. El corcel se encabrita, afirmado en dos patas; el cuerpo del combatiente se pliega con la mano al pecho, el gesto atravesado por el dolor de los disparos. Frente a ese relámpago inmóvil, se entiende que la escultura narra un instante y, a la vez, una biografía: el hombre que organizó desde Nueva York la guerra necesaria y cayó en Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895, apenas seis semanas después de volver a pisar tierra cubana, decidido a no pedir exenciones al sacrificio que predicaba.
Representa su muerte en combate, pero a mí me pareció lo contrario: una escena de vida. Llegué al mediodía, bajo el calor agobiante del verano neoyorquino. El sol en su cenit bañaba la escultura de frente, como si respondiera a sus propios versos: “Yo soy bueno, y como bueno / ¡Moriré de cara al sol!”. La pieza se yergue de espaldas al bosque —como saliendo de él— y, de frente, encara los rascacielos de la ciudad.
El conjunto pesa lo que pesan las metáforas cuando se vuelven materia: toneladas. La inscripción en el granito dice: “Apóstol de la independencia de Cuba, guía de los pueblos americanos y paladín de la libertad humana…”.
Martí vivió quince años de destierro en esa ciudad. Es fácil imaginarlo cruzando las mismas avenidas, apurando crónicas en cafés de Manhattan, escribiendo cartas y tejiendo alianzas, convencido de que la guerra debía ser de todos o no sería. Para él, Nueva York fue redacción, tribuna y hogar provisional; para miles de cubanos después, ha sido espejo, escenario de pleitos, reconciliaciones y nostalgias.
La autora de la obra, Anna Hyatt Huntington, comenzó a esculpirla a los 82 años. Viuda de Archer M. Huntington —el hispanista fundador de la Hispanic Society— modeló a Martí en una granja con lagos que devolvían el perfil de las colinas.

Su proceso partió del modelado en arcilla, siguió con el vaciado en yeso y culminó en la fundición en bronce mediante la técnica de cera perdida. La fundición se realizó en Domico Scoma Bronze Works, en Queens, especializado en grandes formatos. El pedestal fue diseñado por la firma de arquitectos Clarke & Rapuano y construido en granito oscuro de Barre, con inscripciones cuidadosamente cinceladas en ambos idiomas.
El periodista cubano José Antonio Cabrera viajó en el verano de 1957 junto al fotógrafo Osvaldo Salas —entonces corresponsal de la revista Bohemia en Nueva York— para reportar la pieza cuando aún faltaba enviarla a fundición. A Hyatt Huntington no le gustaba la publicidad y estuvo a punto de negarse a hablar, pero aceptó porque —dijo— “los cubanos tienen derecho a ver lo que estoy haciendo con su héroe”. Aprendió a querer a Martí por amor a su esposo y por la mediación de amigos cubanos en la ciudad; también por convicción propia: veía en él un espíritu intelectual de rara sensibilidad. No era una estatua por trámite: era un diálogo.
Para finales de 1958, el Martí de bronce estaba listo para ver la luz. Sin embargo, el triunfo de la Revolución cubana en enero de 1959 detuvo la instalación: las autoridades de Nueva York prefirieron congelar la decisión. Durante seis años, la escultura aguardó a oscuras en un almacén del Bronx, mientras afuera se acumulaban capas de disputa política y simbólica.

En octubre de 1964, un grupo de exiliados intentó colocar en el sitio una réplica de yeso; la policía la retiró de inmediato. La figura quedó decapitada sobre el asfalto. Finalmente, en mayo de 1965, tras la presión sostenida de la comunidad cubana en el exilio, la ciudad autorizó la instalación del original en bronce. Fue el cierre —provisional— de una batalla cultural y diplomática en la que el arte público operó como lenguaje de resistencia, identidad y memoria. Anna Hyatt Huntington, con 88 años, asistió a la ceremonia.
Fue una tregua corta, pues exiliados y gobierno de La Habana se miraban desde orillas irreconciliables y se disputaban —se siguen disputando— el legado martiano. Con todo, el bronce no toma partido por coyunturas, sino que fija un momento que nos desborda a todos.
Martí no posa como prócer marmóreo: cae en combate. No predica: paga. Y detrás de esa caída está el hombre que pensó América —la que habla en español y la que se inventa cada día en estas avenidas—. Su independencia no fue solo de fronteras: fue de tono, de ética, de la exactitud con que nombró lo que otros disfrazaban.
Durante mi semana en Nueva York volví tres veces a la estatua para contemplarla y fotografiarla. Ese bronce me cerraba un círculo: el desterrado que amó la ciudad —con sus grises, sus pros y sus contras— como laboratorio del mundo; y la ciudad que, a su manera, lo devuelve al mapa de los símbolos imprescindibles.
Sin embargo, aunque fui en busca de un símbolo, encontré un espejo.