|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Hay un hilo en el devenir de la historia que une a Cuba con Venezuela. A veces es cordón umbilical; otras, lazo que aprieta; otras, simplemente puente de afectos, de sueños compartidos y también de intereses y deudas.
De niño, yo ni siquiera sabía ubicar a Venezuela en el mapa. Pero, de pionero, ya podía recitar de memoria el inicio de “Tres héroes”, de José Martí:
“Cuentan que un viajero llegó un día a Caracas al anochecer, y sin sacudirse el polvo del camino, no preguntó dónde se comía ni se dormía, sino cómo se iba adonde estaba la estatua de Bolívar”.

La tierra del Libertador era, antes que un país, una escena literaria: una noche, un viajero, una estatua. Una promesa.
Después, ya cerca de los veinte —a fines de los noventa, cuando en Cuba la cosa estaba más dura que nunca— apareció Hugo Chávez con la Revolución Bolivariana. Se acabaron los apagones y, de pronto, Venezuela empezó a sentirse tan familiar como cualquier provincia cubana.

Terminé dando clases a jóvenes venezolanos en una escuela de trabajadores sociales, en Holguín. Mi tía, médica de familia, partió a cumplir misión en un consultorio perdido en los cerros caraqueños. Colaboración mutua entre dos países y, para los nuestros, además de la carga solidaria, el sueño de mejorar económicamente.
El movimiento se volvió rutina. El país hermano se transformó en algo más complejo: rostros, voces, historias, contradicciones… y también el televisor, el equipo de música, la ropa que, al cabo de cuatro años, trajo mi tía.







Murió Chávez y hubo duelo oficial durante varios días en Cuba. Asumió Nicolás Maduro. Años después, en 2015, llegué por primera vez a Venezuela. Me quedé casi dos semanas, en plena campaña de las elecciones legislativas que el chavismo terminaría perdiendo. Lo primero que hice fue repetir el gesto martiano: buscar la estatua de Bolívar. Quería comprobar si aquella escena fundacional —el viajero, el polvo del camino, el anhelo— seguía intacta.



Luego caminé sin parar: calles, barrios, cerros, plazas. Caracas se me reveló como un organismo vivo: vibrante, herido, orgulloso, desconfiado. Viajé a Aragua, me interné en zonas rurales, escuché el ruido distinto del campo. Hablé con chavistas fervorosos y con chavistas desencantados; con opositores duros, con maduristas, antimaduristas y con gente que ya no quería etiquetas. Escuché miedos, broncas, argumentos, silencios y también esperanza genuina. Vi colas interminables para comprar alimentos y, al mismo tiempo, fiestas improvisadas: gente feliz.
Por eso, cuando hoy intentamos leer —y contar— lo que acaba de pasar en Venezuela, conviene respirar hondo. La tentación de reducirlo todo a una frase contundente es grande: “fue por democracia”, “fue por dictadura”, “fue por petróleo”, “fue por geopolítica”. Todas contienen algo de verdad y, a la vez, todas omiten una cantidad enorme de matices. Lo difícil de aceptar es que Venezuela —como ningún país— cabe en un único relato.

Venezuela arrastra desde hace años un desgaste profundo: crisis económica brutal, hiperinflación, diásporas, corrupción que no distingue colores políticos, deterioro institucional y una polarización capaz de convertir cualquier conversación en un campo minado. A eso se suman sanciones, presiones externas, intervenciones abiertas y encubiertas, y lecturas interesadas desde fuera que hablan “en nombre del pueblo venezolano” sin siquiera escucharlo.
Contar Venezuela exige aceptar la incomodidad. Reconocer que el chavismo abrió expectativas reales para millones y, al mismo tiempo, que terminó atrapado —y atrapando al país— en lógicas de poder, ineficiencia y corrupción. Reconocer que la oposición canalizó malestares genuinos, pero también apostó más de una vez por estrategias pensadas para el Norte antes que para los venezolanos. Reconocer, por último, que cuando Estados Unidos “defiende la democracia” en América Latina, no lo hace gratis.




Vuelvo entonces al viajero de Martí, que llega de noche a Caracas y busca la estatua de Bolívar. Tal vez la pregunta de hoy ya no sea cómo llegar hasta la estatua, sino cómo bajar de ella. Cómo devolver a Bolívar —y a tantos símbolos— a su tamaño humano, para pensar la política sin templos, sin dogmas, sin mesías.
Quizás, al final, la crónica más honesta sea esta: Venezuela duele, enseña, incomoda, interpela. Y nosotros —cubanos, latinoamericanos— seguimos unidos a ella por ese cordón que nunca se corta del todo: memoria, gratitud, reproche, aprendizaje.












