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Cuando todo se agita alrededor, ¿el alma se remansa? Eso me pregunto observando la última producción pictórica de Arturo Montoto agrupada en la muestra Otra vuelta de tuerca, que recién se inauguró en La Habana.
Él es un hombre activo y crítico, consigo y con su entorno. Se diría un tipo enterado, al cual los espasmos del planeta no le son ajenos. Por eso intriga que en medio de incertidumbres íntimas y convulsiones sociales, nos exponga un giro en su poética, más hacia lo contemplativo y sugerido que a lo beligerante y preciosista.
Ya no son aquellas frutas deleitosas, muchas de ellas míticas por su escasa presencia en nuestros mercados, ni los objetos misteriosamente abandonados en ciertos ángulos de la ciudad de columnas eclécticas, ni “las herramientas todas del hombre” (Eliseo dixit). Ahora son “trastos” de su memoria afectiva, del entorno cercano, tratados con una paleta apastelada, sumidos algunos en una luz difusa que apenas los separa del fondo (“Fulgor”, “Metadujo”, “Sobriedad”, “Lluvia dorada”…): un jarro de peltre, una taza para el café, un mortero, un instrumento de percusión usado en los ritos africanos que se amalgamaron en Cuba, una cesta tejida con elementos vegetales, un búcaro humildísimo. Cosas inertes que, ante su mirada, cobran vida, Y aquí paro la relación. En suma, son objetos de los varios rituales con los que se conforman nuestros días y noche, para la plática sosegada, para la petición urgente a quien creemos que podemos invocar, para sazonar los alimentos de la despensa empobrecida.




Según Montoto, su obra “ha transitado desde un lenguaje verista hasta un neoexpresionismo dramático”. Yo no alcanzo a calibrar el drama que pueda haber en el fondo de esas obras pregnantes, como todas las suyas. Sí me intriga el porqué esa taza y no otra, esa olla y no otra, ese mortero específico y no otro se han quedado apegados a su afectividad. Quizás él mismo no tenga una respuesta concluyente a estas interrogantes.


El arte se da a partir de un punto en donde lo consciente y lo inconsciente convergen. La mano del artista tiene su propia memoria. La ciencia reciente nos alerta de que, además, también pensamos con las entrañas. Son, pues, estas, obras entrañables, a mitad de camino entre la vigilia y el sueño. Piezas entrevistas que irán a dar a un museo o una sala de gente afortunada, y que pasarán a formar parte del imaginario de los otros.
Trascendida la bizantina discusión de lo que es arte y que no, y asumido el consenso de que el arte es aquello a lo que uno esté dispuesto a darle la categoría, Montoto se afianza como uno de los maestros del arte contemporáneo cubano.
Ya a esta altura no tiene nada que demostrar. Su nueva vuelta de tuerca puede tomar desprevenido a más de uno de sus seguidores, que quizás no encuentren en esta exposición lo que vinieron a buscar, un dibujo exacto, un uso académico de la perspectiva…




Tengo para mí que el arte es, entre otras cosas, lo que no se sabe hacer, lo que hay que inventar cada vez ante la materia indócil, lo mismo si es abstracto o representacional.
Por lo pronto, estas obras me producen paz, me rescatan momentáneamente de la caída vertiginosa en que todos andamos. Y no es poco mérito ese.
Recuerdo, ya al final de esta nota, uno de los aforismos de Fernado Pessoa, muy a propósito: “La belleza es el nombre que se da a lo que no existe, que doy a las cosas a cambio del placer que ellas me proporcionan”.
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Qué: Otra vuelta de tuerca, exposición de pinturas recientes de Arturo Montoto.
Dónde: Factoría Habana. O’Reilly 308, La Habana Vieja.
Cuándo: Hasta finales de julio. De lunes a sábado, entre 10:00 am y 5:00 pm.











