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El Barrio Chino de La Habana y el teatro Shanghái

El escritor jamaicano Walter Adolphe Roberts dejó un testimonio excepcional sobre lo que allí encontró en la década del 50.

por
  • Alfredo Prieto
    Alfredo Prieto
junio 30, 2019
en Cuba
9
La entrada al Shanghai. Filme Nuestro Hombre en La Habana (1959).

La entrada al Shanghai. Filme Nuestro Hombre en La Habana (1959).

Al jamaicano Walter Adolphe Roberts (1888-1962), el autor del libro sobre La Habana discutido en un artículo previo, también le han llamado racista por su retrato del Barrio Chino, un cargo sin fundamento. Su acercamiento al lugar, por el contrario, resulta valiosísimo para poder aprehender la marginalidad que lo caracterizaba en los años 50, a ratos con una crudeza que no constituye sino una expresión del más puro realismo, a pesar de los eufemismos que el autor utiliza o se ve obligado a utilizar.

Roberts espanta del sitio a los posibles visitantes, lejos de estimularlos a entrar. Y lo hace desde una postura ética, y hasta de seguridad personal, muy bien delimitada y congruente con otros testimonios de la época.

Escribe:

Como la mayor parte de los barrios chinos del Nuevo Mundo, el de La Habana tiene su lado mórbidamente secreto, sus antros donde se fuma el opio y se practican otros vicios. El visitante haría bien en mantenerse alejado de ellos. De todos modos, pocos guías se arriesgarían en mostrarle el camino, y él nunca lo encontraría por sí mismo. Si no puede satisfacerse a menos que haya entrevisto la degradación, no tiene que ir más lejos de algunos de los bares abiertos en Zanja, cerca de San Nicolás, y bajar por los callejones de los lados. Verá a los adictos a la marihuana y a los borrachos. Generalmente hablando, los cubanos no se inclinan al alcoholismo, pero los miserables que tragan licor crudo a cinco centavos el vaso en el Barrio Chino, simplemente están usando los medios más fáciles y baratos de aturdirse los nervios.

Por descontado que Roberts es, junto al Graham Greene de Nuestro hombre en La Habana, una de las fuentes más importantes para poder entrar al teatro Shanghái. Gracias a su testimonio sabemos con cierto lujo de detalles lo que sucedía en el escenario:

Un teatro de este tipo ha existido por mucho tiempo en la orilla del Barrio Chino. No diré su nombre, pero el visitante no tendrá dificultad en identificarlo, puesto que se anuncia discretamente y cada cantinero y cada taxista lo conocen. Un programa típico comienza con un sketch moderadamente largo que una persona de afuera probablemente encontrará aburrido, apoyándose como se apoya en dialecto y alusiones locales.

El escenario del teatro. Filme Nuestro hombre en La Habana (1959).

Este es un viajero culto que sabía francés y español, además de inglés, obviamente; pero a pesar de eso le ocurría lo que a otros extranjeros: como es natural, no entendían el cubaneo verbal del vernáculo, lo mismo que los hombres de la revista norteamericana Cabaret cuando entraron a uno de esos shows. Pero sí la gestualidad obscena, más allá de cualquier límite.

Sexo y sombras en La Habana

Sigue Roberts describiendo lo que ve en la escena: “A continuación vienen las piezas breves, algunas de ellas chistes dramatizados, algunas de canción y baile, y otras una especie de pantomima subida de tono”, esta última, claro, expresión que cubre el territorio de lo sexual, la razón de ser del antiguo teatro chino.

Y entra lo más popular del show, juzgado por la reacción del público:

Escuchas una atractiva canción alguna que otra vez, o ves un buen número de baile. Por lo general, estas fases del entretenimiento son crudas, con énfasis en el ruido y en la gimnástica. La muchacha que hace señas desde el retablo puede ser desvergonzada, pero a menudo tienen originalidad y, por lo menos, no hablan; constituyen la atracción más popular.

Entonces relata el espectáculo de las “policías”, pero con una deliberada actitud de distanciamiento, marcada por la “sonrisa burlona” que este le provoca:

La escena tuvo lugar por la noche, en una desierta plaza de la ciudad, señalada por telones de fondo pintados con lámparas de calle y las siluetas de las casas. Por el escenario paseaba despreocupadamente una mujer completamente desnuda, excepto por su sombrero y sus zapatos, que balanceaba una bolsa. La insinuación de su llamada era inconfundible. Extrajo un espejo de su bolsa y empezó a maquillarse bajo una lámpara. En ese momento se le unió una media docena de hermanas del pavimento, todas en un estado de desnudez similar. Hablaron por medio de muecas y encogidas de hombros, lo que demostraba que el negocio no marchaba bien.

Con lo cual esclarece el problema de la calidad corporal de las figurantes sobre las tablas, en particular de la principal:

Apareció entonces una hembra robusta, también desnuda, excepto por la gorra de policía, los zapatos de cuero y el bastón que llevaba. La recién llegada le frunció el ceño a las rameras, las amenazó con la porra, las puso en fila y empezó a registrarlas para ver si tenían armas escondidas. La comedia de esta última operación se extendió. No tengo que decir más. Disgustada por no haber descubierto nada, el “policía” ahuyentó a sus víctimas hacia las alas [del escenario] y ella misma se retiró a grandes zancadas, mientras la orquesta tocaba un pasodoble.

El teatro Shanghái no era el único lugar donde se ofrecían espectáculos de ese tipo, sino solamente el punto más visible y conocido. En su visión de la ciudad, Roberts omitió otros huecos negros: no dice ni una palabra sobre los filmes pornográficos que allí se exhibían, ni sobre otros cines que ponían “películas sicalípticas” como el Capitolio y el Niza, ahí cerca de ese Paseo del Prado que el escritor tan bien conoció, y otros de más bajo costo, en plena Habana Vieja, donde había por lo menos dos: el Bélgica, en la calle Monserrate –según el Guillermo Cabrera Infante de La Habana para un infante difunto, tenía “fama de infame, con el peor público de todos los cines nefandos de La Habana” –, y el Montecarlo, este último con “depravaciones en la pantalla” y “depravados en el público”.

Quizás porque para Roberts esas audiencias, y lo que allí hacían, eran mucho con demasiado.

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Alfredo Prieto

Alfredo Prieto

Investigador, editor y periodista. Ha trabajado como Jefe de Redacción de Cuadernos de Nuestra América, Caminos, Temas y Cultura y Desarrollo, y ejercido la investigación y la docencia en varias universidades. Autor de La prensa de los Estados Unidos y la agenda interamericana y El otro en el espejo.

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Comentarios 9

  1. rene perales says:
    Hace 7 años

    Tremendo articulo. OnCuba hace muy bien cultivando la memoria historica cubana, multidimensionalmente vista. Este trabajo incursiona en un tema que practicamente ha sido borrado….

    Responder
  2. Isidro says:
    Hace 7 años

    El Teatro Shanghái fue tan inconsistente con la naturaleza del Barrio Chino como lo es hoy la Galería Continua, colocada con fórceps en el local que una vez acogiera el cine Aguila de Oro, el más auténtico cinematógrafo chino de La Habana – y por extensión de toda Cuba. De modo más conveniente, la Galería Continua de Pekín se ubica en el Distrito Artístico 798, la instalación homóloga de la Fábrica de Arte Cubano (FAC) en la capital china. Nada, que en término de cañonas patrimoniales, nuestra islita tiene un rico historial.

    Responder
  3. Alfredo Prieto says:
    Hace 7 años

    Al contrario, fue consistente con la naturaleza del Barrio — y de muchas maneras. No es este el lugar para hacer la historia completa, pero la pregunta clave seria por qué un teatro comprado a los chinos por un empresario cubano a la decadencia del teatro vernáculo (emblematizada por el derrumbe de la marquesina del Alhambra) devino en los 50 un emisor de relajo y pornografía. Para esa época, el Barrio Chino de La Habana no era menos marginal que las Fritas de Marianao, con su extraordinaria música popular, por un lado, y la prostitución y las posadas de bajo costo, por otro. También hay que considerar el impacto del turismo en esos shows, propandizados en las principales revistas de espectáculos y para hombres en los Estados Unidos de entonces, bajo la represión del puritanismo.

    Gracias por su comentario.

    Responder
  4. Isidro says:
    Hace 7 años

    Hola, Alfredo:

    Entiendo que no me expresé en los términos adecuados y, en consecuencia, no hice efectivo mi argumento. Rehago mi frase: tanto el Teatro Shanghái ayer, como la Galería Continua hoy, han sido y son elementos incongruentes e impuestos a la idiosincracia y tradiciones de la comunidad china que ha habitado el barrio. Ayer fueron voraces empresarios criollos los responsables, al adquirir el local y tomarse la libertad de denominar Shanghai a un sitio cuyas sicalípticas funciones estaban expresamente prohibidas en la ciudad china de ese mismo nombre por esos años; hoy, la mencionada galería responde a un concepto míope y mercantilista de una burocracia que no acaba de asimilar lo que es una comunidad china. Incluso el consumo de opio mencionado por Roberts fue otra imposición de la Corona Inglesa a China, mediante dos guerras de rapiña.

    Hace poco más de un año visité el Chinatown de Melbourne, Australia, y no di allí con nada que se asemejara al teatro Shanghai, o a la Galería Continua. Sí percibí un gran respeto por las esencias de la tradición china, desde la archifamosa farmacia Tongrentang hasta el Pato Laqueado de Pekín. ¿Entonces, por qué si ocurrió – y ocurre – en La Habana?

    A lo que quiero llegar es que, por siglos, los habitantes de China, tanto en su tierra natal como en sus espacios migratorios de ultramar, han estado sujetos a la deformación de sus tradiciones, a la imposición de cánones ajenos y a la distorsión de sus esencias.

    Ojalá me haga entender…Saludos

    Responder
  5. Julian Gallo Arredondo says:
    Hace 7 años

    Parece que los cubanos fueron precursores de los shows con mujeres vestidas de policias y fusta en mano, sadomasoquistas…Gracias al autor por sacarle la tierra de encima a toda esa informacion.

    Responder
  6. Alfredo Prieto says:
    Hace 7 años

    Isidro:

    En primer lugar, un dato histórico: el Teatro Shanghái ya se llamaba así cuando el empresario Orozco se lo compró a sus dueños originales. Una manera de explicarse la razón por la que se lo vendieron a un cubano, y no a otro chino, se relaciona con el mundo de los negocios y el dinero, en el que el origen nacional no resulta muy relevante. Es este un terreno bastante movedizo debido a la relativa ausencia de testimonios (conocidos), pero aparentemente se lo vendieron porque la programación tradicional, hecha de óperas y malabarismos circenses chinos, no recaudaba lo suficiente como para garantizar la rentabilidad de la empresa. Por consiguiente, su venta no fue impuesta (a no ser por esas circunstancias), sino un hecho estrictamente voluntario sujeto a las reglas del mercado. Esto fue en los 1920s.

    En segundo, las identidades son conceptos bastante frágiles, cambiantes y ajenos a cualquier esencialismo. El Beijing de hoy, que le recomiendo visitar si no lo ha hecho, es un ejemplo perfecto de tradición y a la vez de cambio. Apenas se ven ciudadanos en bicicletas –sino en carros. Los anuncios comerciales son idénticos a los de París, Londres o Nueva York. Los chinos contemporáneos, especialmente los jóvenes, se visten con marcas occidentales y se tiñen el pelo exactamente igual que sus pariguales en Melbourne o Buenos Aires. Y por ello no dejan de ser chinos, ni a la hora de comer tiran la basura los famosos palitos y los reemplazan por tenedores, ni echan a un lado el mandarín.

    Gracias de nuevo por su opinión.

    Responder
  7. Isidro Estrada says:
    Hace 7 años

    Alfredo, muchas gracias por la deferencia…Sólo un dato: Hace 24 años que vivo en Pekín (me acojo a la pronunciación española tradicional) , junto a esposa china, suegros y parentela adjunta, y puedo asegurar que ninguno entraría en un sitio como el Shanghái de Zanja ni a punta de bayoneta…Saludos.

    Responder
  8. Alfredo Prieto says:
    Hace 7 años

    Isiidro Estrada:

    Gracias por su comentario, pero lo invito a que me diga en que parte de ese texto se dice especificamente que los chinos y el Shanghai son como el musguito y la hiedra. En un comentario anterior estaba simplemente reaccionando a una lectura cerrada de la identidad (o identidades) china….

    Responder
  9. Isidro Estrada says:
    Hace 7 años

    No, el texto no lo dice. Eso me queda claro. No estoy cuestionando para nada su artículo, conste. Mi señalamiento va más allá. Es más bien un llamado de alerta general – aprovechando la mención que usted hace-, para todo el que se interese por esa zona de La Habana. No creo que Habaguanex, o GAESA, que a los efectos son casi lo mismo, se atrevan a abrir un sitio como el Shanghai a estas alturas, desde luego, pero muestra de que no andan muy bien encaminados en su labor de alegado rescate es que cedieron el local del Águila de Oro a la Galería Continua. ¿Ha estado Ud. allí? ¿Ha visto cómo se erige esa galería -para nada relacionada con el acervo cultural chino – sobre el destrozo de lo que fuera el mejor cine en chino de La Habana? Ese es mi punto: En ambos casos los resultados son usurpaciones de las raíces de una comunidad. Mientras el Shanghai dedicaba su esplendor a las comedias sicalípiticas, las denominadas tres divas de la Opera china – aún vivas y residentes en el Barrio -, tenían que conformarse con actuar en un tugurio de mala muerte en la misma demarcación. Su arte (tan apreciado acá en China) de seguro no interesaba a comerciantes criollos como Orozco, porque no tenía un público masivo y, en consecuencia, no generaba ingresos. Hoy que se quiere revivir el Barrio, de cara al 500 aniversario de La Habana, los que deciden y mandan deberían tener todo esto en cuenta….Gracias

    Responder

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