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El cuento del médico chino

Más que considerarlo eminencia médica, la memoria colectiva se encargó de fundir a más de un herbolario asiático en el personaje costumbrista que ha trascendido épocas.

por
  • Igor Guilarte
enero 4, 2026
en Historia
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Retrato del médico chino donado a la Biblioteca Nacional “José Martí” por el investigador Ramón Enríquez Febles.

Retrato del médico chino donado a la Biblioteca Nacional “José Martí” por el investigador Ramón Enríquez Febles.

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Yo conocí a un médico chino. Más que eso, vivimos bajo el mismo techo y en más de una ocasión me tiró un “salve”. Hijo de un cantonés que plantó bodega en la santiaguerísima barriada de San Pedrito cuando la ola migratoria de los años 20, mi abuelo Fong fue un médico psiquiatra que, fiel al legado de sus abuelos, dominaba los secretos de la medicina tradicional y hasta podía quitarme el hipo en menos de veinte segundos, con un toque puntual a lo Bruce Lee de su dedo índice. En la infantil inocencia, mis ojos quedaban embaucados como ante un truco del mago Ayra. Sé ahora que la “sobrenatural” hazaña respondía a una terapia arcana (la digitopuntura) y que existía una fundamentación histórica subyacente.

Engañados como a un chino, el 3 de junio de 1847 desembarcaron en el muelle de Regla los primeros 200 culíes llegados a La Habana en el bergantín Oquendo. Durante las siguientes tres décadas nuevos cargamentos recalaron en Cuba hasta sumar 150 mil chinos, la mayoría llegados bajo contratos de servidumbre. Con el tiempo, la comunidad asiática logró fusionar sus sapiencias y tradiciones milenarias con la idiosincrasia criolla, para dejar huellas definitivas en la culinaria, el comercio, la religión, la cultura, la medicina, el ADN y las costumbres nacionales.

Producto de esas influencias quedó arraigada en la jerga popular la frase ponderativa: “A ese no lo salva ni el médico chino”, empleada para referirse al caso sentenciado por una gravedad suprema e irreversible. Más de un narrador ha afirmado que el galeno que motivó la locución se volvió una celebridad en la Cuba del siglo XIX. Pero a la luz de nuestros días la cuestión es: ¿en verdad existió un único médico chino?

Chambombián, la leyenda

Si bien su nombre de pila fue Chang Pon Piang —cuyo significado se traducía como Sol Amarillo— castellanamente se endilgó el sobrenombre Juan Chambombián (o Cham Bom-Biá, como también se le conoce). Narra la leyenda que a mediados de 1854 arribó a La Habana desde una aldea de la etnia jaca, al sur de China. Viajó en calidad de médico de una expedición y trabajó de cigarrero, al tiempo que quitaba dolencias a los vecinos de Maloja no.114, donde radicaba.

Era casi un cincuentón, depositario de una vasta erudición del reino vegetal que aumentó con el estudio de la flora del patio cubano. Herminio Portell Vilá, uno de sus biógrafos, lo describió —en la revista Archivos del Folklore Cubano, marzo de 1928— como hombre de estatura elevada, ojos vivos y penetrantes y luengos bigotes que vestía de manera invariable una holgada levita de dril. Para permanecer en la isla pidió naturalizarse español en noviembre de 1860 y en el oficio de médico “botánico” —calificativo de la época— labró una fama que lo precedería.

La imagen del legendario Juan Chambombián divulgada por la revista “Archivos del Folklore Cubano”, abril de 1928.

“Anda a que te cure el médico chino”. Inducidas por las noticias de las prodigiosas curaciones que se difundían de boca en todos los tonos, personas de distintas clases sociales y comarcas repletaban su consulta en busca de una última esperanza. No obstante, practicar la medicina sin certificado oficial le acarreó graves consecuencias. En octubre de 1863 el ciudadano Gabriel Millet estableció una querella en su contra, por importar medicamentos desde la ciudad estadounidense de San Francisco y expedirlos sin la licencia correspondiente. La Real Sala Tercera de lo Criminal lo enjuició y, haciendo caso omiso a la decena de testigos que hablaron a su favor, lo declaró culpable. De un mazazo el médico chino lo perdía todo.

Obligado a abandonar la capital, se fue a Matanzas y allá residió hasta 1871. Luego se mudó a Cárdenas, centro de un importante núcleo asiático y donde volvió a sentar cátedra. Aplicó con éxito métodos pioneros y tratamientos sorprendentes que devolvieron la salud, la visión o la movilidad de extremidades a pacientes de disentería, asma, postraciones, gangrena y males complicados. Para ello administraba remedios a base de guásima, yagruma y otras yerbas aromáticas, infusiones de raíces y bejucos, alcaloides importados y alquimias caseras; además facilitaba recetas que eran despachadas en una botica china. Su consulta era la meca para los desahuciados por doctores convencionales y él mismo se convirtió —opina Portell Vilá— en el “sumo pontífice” de la medicina alternativa. Para los envidiosos y burlones no era más que un charlatán audaz, un vulgar chapucero o un “chino palanqueta”.

Prestó servicios con actitud benéfica. Cobraba honorarios a los ricos mientras decía a los más necesitados: “Si tiene linelo paga pa´mí. Si no tiene no paga. Yo siemple le da medicina pa´ la gente poble”; recreó Emilio Roig en un artículo (Carteles, 26 de marzo de 1939) sobre milagreros y “salvadores de la humanidad”. El acreditado historiador valoraba en su escrito: “Cham Bom-Biá, si prescindimos del aparatoso ceremonial que usaba en su consultorio y en las visitas a los enfermos, puede ser considerado, más que como vulgar curandero, como un notable hombre de ciencias de amplia cultura oriental, que mezclaba sus profundos conocimientos en la flora cubana y china, como sabio herbolario que era, con los adelantos médicos occidentales”.

Una mañana de 1872 lo descubrieron muerto en su camastro. La causa sigue siendo un misterio. Unos la atribuyeron a un suicidio con pócimas de su botiquín, otros a un asesinato por colegas rivales y hasta se chismorreó que fue por un lío de faldas criollas. De él quedarían ocho varones (“desde rubios ojiazules hasta mestizos”, confesó una descendiente a Bohemia en 1981), una reputación “estratosférica” —palabra de Roig— y una copla que los chicos mataperros disparaban a cualquiera de ojos oblicuos: “Chino manila/ Cham Bom-biá:/ Cinco tomates/ Por un reá….”

En julio de 1981 la revista “Bohemia” publicó una entrevista con Victoria Chambombián, nieta del histórico personaje. “Mi abuelo fue un hombre bueno”, expresó.

Por todo lo alto

En los altos de Galiano no.116, en la planta superior de la casa de comercio perteneciente a Hang Hay Long y Compañía, importadores de efectos de Asia, tuvo en 1879 su dispensario el botánico Kan Shi Kong. Sobre él se ha dicho —sin más argumento que la repetición automática— que fue el primer médico chino del que se tengan referencias en Cuba.

Desde joven se entregó al estudio de la Botánica y desarrolló carrera en Shan Shian, Cantón; además, aprendió varios dialectos de su país natal. Una vez aplatanado en la villa de San Cristóbal extendió sus exploraciones; curó a enfermos de disentería, tisis, impotencias, entre otros casos dados por perdidos; y ponderó la rica flora autóctona. “Conocía perfectamente los campos de Cuba, por haber recorrido nuestras montañas en busca de las hojas y cortezas de los árboles”, sostenía Antonio Chuffat Latour en su Apunte histórico de los chinos en Cuba (1927).

El docto Kan Shi Kong murió en la calle Rayo esquina a San José, en abril de 1885. La colonia china le ofrendó un pomposo funeral; mientras, sus tratados sobre la experiencia cubana quedaron en poder de su compatriota y colega Li Chi Chong, quien vivió en la calle de Egido, aledaño al hotel La Campana. Chuffat, quien, dicho sea de paso, tuvo la oportunidad de conocer a Kong personalmente pues este lo curó de viruela, lo definió como “uno de los chinos más ilustrados que vino a Cuba”.

Listado en idioma chino de insumos médicos que Chambombián importaba desde California y fragmento del expediente abierto en su contra por práctica ilegal de la medicina. Foto: Tomada de la revista “Bohemia”, 10 de julio de 1981.

El chino de Morón

En el juego esquemático de signos raciales, los nacidos en el lejano oriente se quedaron con el estigma de parsimoniosos, moderados, parcos… sin embargo, este epígrafe no invoca a ningún asiático lento o de proverbial paciencia o demora estilo tren lechero cubano, sino al médico chino que vivió en el norte avileño. Sobre él aporta indicios un documento publicado el pasado 7 de octubre en el perfil de Facebook del Instituto Histórico Cubano. Se trata de una imputación relacionada con el ejercicio ilegal de la medicina por parte del chino Manuel Yañez, quien figuraba avecindado en Morón y dedicado al comercio de animales y tabaco.

El manuscrito original —con fecha 18 de marzo de 1867— indica la reapertura del expediente, pues no era la primera vez que se le levantaban cargos “por su intrusión en la ciencia y el arte de curar enfermos”, a pesar de “las complacientes declaraciones de algunos de los vecinos para desvirtuar la denuncia hecha al capitán de partido”. De dicha lectura se deduce que Yañez habría ofrecido asistencia sanitaria por lo menos desde agosto de 1866, cuando fue interrogado al respecto por las autoridades. A su favor declaró don Cayetano Angulo, alegando que acudió a verlo por motivo de tener enfermo en Jatibonico a un hermano suyo recién venido de la Península, y que el chino le facilitó un remedio, no podía precisar si un purgante o un vomitivo, “pero sí recordaba que con el tal medicamento el hermano se puso bueno”.

En un conflicto anterior, debido a queja similar de un licenciado celoso, ya habían castigado a Manuel Yañez con “pase de domicilio para otra jurisdicción”. Vistos los incisos del código penal relativos “a los que ejercieren sin título actos de una profesión que lo exija”, y so riesgo de que le condenaran a multas o prisión, el informe concluye: “Considerando que la primer providencia que se adoptó, haciéndole salir del partido de Morón, no ha bastado para que se abstuviera de continuar asistiendo enfermos y dando medicamentos. Entiende la sección de lo contencioso que por ser el caso de reincidencia y estar ya instruidas las primeras diligencias de información procede remitirlas al Teniente Gobernador de San Juan de los Remedios para que las pase al conocimiento de aquella alcaldía mayor. Vuestra Excelencia resolverá”.

No he podido encontrar más pistas para saber en qué paró ese cuento chino.

Un hospital de chinos a inicios del siglo XX. Foto: Tomada de www.fotosdlahabana.com.

Sián del Camagüey

En su sección Flores y Espinas, el diario El Camagüeyano reseñó que el 23 de marzo de 1885 había muerto a los 74 años y era enterrado por la tarde Juan de Dios Siam Zaldívar, “hijo del celeste imperio que había ejercido entre nosotros con buen éxito la ciencia de Galeno”. En Leyendas y tradiciones del Camagüey (2003), el poeta e investigador Roberto Méndez le atribuye el enunciado de problema sin solución: “Eso no lo arregla ni el médico chino”.

Oriundo de Pekín, Sián asomó en Puerto Príncipe hacia marzo de 1848. De trato ceremonioso y cortés, con buen ojo clínico e instrucción herbolaria se granjeó la curiosidad del vecindario. No faltó quien lo tildara de hechicero, y el médico “sin papeles” se vio en aprietos frente a la corte. Tal vez para quitarse el sambenito de los rumores, abjuró del budismo y durante una procesión de Viernes Santo salió “ataviado con ricas vestiduras orientales, y, solemnemente, se arrodilló en medio de la vía delante de la imagen [del Cristo de la Veracruz]. El misterioso brujo se había convertido al cristianismo”, escribe Méndez. En la Parroquial Mayor recibió bautizo el 25 de abril de 1850 y asumió el nombre cubano.

Los relatos sobre su vida lo pintan de hombre inteligente que llegó a amasar fortuna, gustaba moverse en carruaje vistoso y usar traje negro a la moda occidental. Se casó con mujer blanca y tuvo dos hijas, una legítima y otra en concubinato con una mujer negra. Ambas ramas genéticas perduran en Camagüey, lo demostró una nota periodística en 2009. Hasta el final de sus días firmó de puño y letra como Sián, con n y acento.

Otros sabios, mitos y chinatas sueltas

Ya va un póker, diría eufórico un narrador de goles. Pero no acaba ahí el cuento; o más bien, la cuenta, larga como trenza de tintorero chino.

En Santiago de Cuba el asiático Chang Bu Bia, de mote Damián Morales, atendió a enfermos de cólera asiático en medio de la epidemia desatada tras el terremoto de 1852. En Oriente Folclórico (1934), Ramón Martínez confirma su presencia y apunta que el facultativo habría empleado un método tan insólito e innovador que hoy sería patentado por la Anir-Minsap como “Terapia del sobaco vibratorio”. Mejor no doy ideas. Más serio lo explica el cronista: “El tratamiento del doctor consistía en presionar los tendones de las axilas con los dedos índice y pulgar hasta que vibrasen, después halaba la piel que envuelve la nuez de Adán, hasta causar un gran moretón. Inmediatamente, con una moneda china, restregaba las corvas, los brazos, las paletas y el espinazo del enfermo con gran energía”. Nada, que Morales la puso en China.

Caricatura de un típico herbolario asiático publicada por el “Diario de la Marina”, el 29 de diciembre de 1912.

“Modelo de patriotismo y lealtad” llamó el mayor general Modesto Díaz a su subordinado Liborio Wong, otro hijo del lejano oriente que dispersó sus dones por el oriente cubano. El nombre nativo de este “dragón mambí” era Wong Seng. Fue capitán-ayudante del jefe dominicano y fungió como médico de una dotación insurrecta que operaba en la zona de Manzanillo. Se dice que participó en importantes acciones y que, insatisfecho con el Pacto de Zanjón, pasó a las órdenes de Antonio Maceo, con quien terminó la guerra.

Asimismo, al centro de la isla existen otros reportes de médicos chinos típicamente pueblerinos. Por ejemplo, el de Placetas, al que llamaban Don Pablo o Chau-chau —vaya usted a suponer por qué—, y que adquirió cierta fama en 1861, cuando se dio un brote de viruela. O el de Caibarién, Eduardo Lou Chang, especialista en Ginecología y Obstetricia nacido en La Habana en 1912, pero al que sus padres chinos llevaron de niño a la Villa Blanca. Allí fundó consultorio en la calle María Escobar y luego laboró en el hospital local hasta morir en 1962.

“Un chino cayó en un pozo”. Algunos aprovecharon la popularidad de sus antecesores para hacer de las suyas. Foto: “Diario de la Marina”, 4 de febrero de 1933.

No hay Historia sin historia de amor y tragedia. A inicios del siglo XX el nombre de Ramón Lee sonaba en los contornos de Zanja y Soledad, pleno Barrio Chino habanero. Tenía formación académica, manejaba la acupuntura y otras técnicas ancestrales que le aseguraban boga y clientela. Un día acudió al llamado de un comerciante que tenía la hija grave en una casona del Vedado. La novela derivó en que paciente y curandero cayeron enfermos de amor. Opuesta al idilio, la familia fletó lejos a la joven, a la fría Nueva York. Tras la criollita marchó el chino Ramón y juntos se fueron a vivir al célebre Chinatown de San Francisco. Happy end.

Las notas trágicas se leen en el Diario de la Marina, con ejemplos de chinos de segunda que quisieron vivir del cuento. En agosto de 1928 fallecía el asiático Joaquín Alonso, dueño de una bodega en El Vedado, luego de que un coterráneo le aplicara su “bárbaro sistema curativo”, consistente en varias punciones en el pecho para aliviar una úlcera rectal. En junio de 1926 la policía detuvo a Ching Mug Tag (o Felipe Ming), acusado de falso profesional y de regir un gabinete clandestino en un interior de la calle Dragones. Otro farsante cayó en febrero de 1933, un mestizo llamado Horacio y más conocido por El Chino, que estafó a un enfermo de peste blanca con falsas promesas de mejoría.

Después de un extenso proceso de transculturación “todos tenemos un chino atrás”, reza otro refrán oriundo de un país con el agua al cuello que mira a China, Vietnam y compañía como chalecos salvavidas.

Hay trastornos que no los solucionan ni cien médicos chinos.

Etiquetas: Historia de CubaPortadatradiciones
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Igor Guilarte

Igor Guilarte

Santiago de Cuba, 1983. Licenciado en Periodismo por la Universidad de Oriente (2007). Periodista e investigador histórico. Premio en Concurso Nacional de Periodismo Histórico 2020 y 2022.

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