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Seis “locos” caen dentro de un bote. Un vapor alemán los bota a tres millas frente a la costa de Guantánamo. Llueve grueso. La noche es tenebrosa, sin estrellas. En medio de la pavura el mar parece un manto fúnebre que amaga envolverlos. Cualquier error puede ser fatal. Ninguno es marino. Reman a la desesperada, mal. Un golpe de ola arrebata el timón. Un maremoto de ideas revuelve a bordo. No hay retorno. Han empeñado la palabra. Se ciñen los revólveres. Ayudan, los seis. Dura es la brega. Logran fijar rumbo hacia una luz que titila a lo lejos. Al abra. Roja asoma la luna. La providencia les ha deparado un recodo. La Playita al pie de Cajobabo. Saltan: del bote a las piedras. Cuba: dicha grande. El 11 de abril de 1895 desembarca en la historia.
Entre aquellos audaces argonautas José Martí llevó un remo de proa y cayó al humo de su primer combate, el 19 de mayo de 1895. Un mes más tarde, el 17 de junio, caía el general y veterano del 68 Paquito Borrero en el ataque al poblado de Altagracia, Camagüey. El tercero en la lista fatídica fue Ángel Guerra, combatiente de las tres guerras muerto el 9 de marzo de 1896 en Algarrobo. También en Matanzas murió en 1897 el capitán César Salas, joven de intelecto y eficiente organizador de la guerra necesaria.
De la “mano de valientes” únicamente los dos dominicanos sobrevivieron a la República, el general en jefe Máximo Gómez y su ayudante de campo Marcos del Rosario Mendoza, cuya odisea en segundo plano serviría de argumento para una novela de primera.

Hombre de confianza
Entre los humildes de la guerra de Cuba, Marcos del Rosario fue de lo más glorioso. Nació en El Viso, localidad en el municipio de San Antonio de Guerra, cerca de Santo Domingo. En Hainamosa empezó a trabajar con el entonces coronel Mayía Rodríguez, luego en Mojarra entabló amistad con otros cubanos y redondeó su simpatía por la causa insurrecta. “Allí me hice hombre”, confesará casi a sus ochenta en una entrevista publicada en abril de 1940 que lo presentó al desnudo con sus vívidos recuerdos.
Una vez Mayía le demandó: “Necesito un hombre para una misión arriesgada, pero tiene que ser hombre que se deje matar antes que delatar o traicionar”. Marcos del Rosario pensó que si hablaba por otro podía pecar de imprudente, así que no recomendó a nadie más que a sí mismo. Salieron rumbo a Santiago de los Caballeros, donde Mayía lo presentó a Martí. “Es un hombre de confianza”, aseguró el cojo virtuoso al delegado. La encomienda de vida o muerte era escoltar al líder de la insurrección, y con este siguió Marcos a Montecristi. Allí el propio Martí lo presentó a Máximo Gómez, repitiendo el predicamento de Mayía.
Al lado de esos grandes hombres el negro recio y analfabeto se encontró en ambiente de familia y aprendió lecciones para asegurar la vida. Gómez le instruía: el caballo que carga más no muere nunca, porque cuando muere, el dueño siempre recordará que caballo como aquel no existe ninguno. Paquito Borrero sabía muchas décimas, Ángel Guerra manejaba una carnicería en Montecristi, César Salas era secretario de Gómez y uña de Panchito Gómez Toro. Cantaban cantos de guerra. Mientras la atenta Manana le guardaba cartillas de estudio.
El Maestro le enseñó a leer y escribir. “Anda, hijo, no te cierres. Yo voy a ser amigo suyo que los amigos son a veces más que los padres”, le hablaba mientras con la mano fina sobre el puño bruto guiaba los trazos. “No había hombre más suave y cariñoso que Martí, qué ‘damita’, qué hombre más delicado. Para cuando lo vi, creía que era demasiado débil. Y después vi que era un hombrecito vivo, que daba un brinco aquí y caía allá… En Cuba, cuando estábamos subiendo la loma, toditos cargados, a veces se caía… Yo iba a levantarlo y de viaje me decía: ‘No, gracias; no, ya’… Y se levantaba rápidamente. Toditos íbamos cargados, hasta el mismo Martí, llevaba también libros. Ese era un hombre muy ilustrado. Yo le decía el adivino”.

El expedicionario “renegado”
En 1895 Marcos del Rosario era un treintañero de corteza campesina, negro como la noche, robusto como un tronco de ébano, alto como una palma —medía más de seis pies—, de pisadas fuertes, manos grandes y pesadas, voz crujiente y mansa. Estaba convencido de enrolarse en la lucha por la libertad de Cuba, pero ese afán lo llevó a chocar contra un muro. Gómez le negó a priori la entrada a la expedición de Montecristi. Eran días de enormes padeceres y tensiones.
“Mire que yo al General no le gusté a primera vista; no sé qué sería. Me aguantaba y me volvía a aguantar. ‘¿Qué va usted a buscar en Cuba? ¿Se le ha perdido algo por allá? ¿Cuántos ha matado usted? ¿Se va huyéndole a Lilís o es un vagabundo que deja a su familia?’… Y yo le decía: ‘No, general, no soy un vagabundo… vagabundo es el que está en casa de juegos. Mi gente está bien en los campos de Guerra… Yo ando con esta gente, ellos me buscan para pelear por su tierra. No he matado a nadie, pero sé por donde se mata; y aunque me rompan las dos piernas todavía diré Viva Cuba’. Ni así el General quería dejarme ir a Cuba”.
Martí intervino en su favor con una oración profética: “Marcos es el hombre de fortuna para nosotros”, sugirió a Gómez; y con su inigualable poder de convencimiento consiguió la venia del caudillo. Embarcaron, los seis. “Cuando llegué a la goleta estaba el viejito a proa. Cogió una tacita de plata que después yo le guardaba. Abrió una damesanita y me echó diciéndome: ‘Toma, negro’… Y entonces me le pegué. Porque yo no estaba seguro todavía y creía que podía pegarme un tiro. Pero estaba calmado ya. Me tendió la mano y desde ese momento quedé comprometido. Ese era un viejito tremendo, fuerte y muy ágil. Hablaba muy alto, y a veces se subía y se quería tragar a uno. Pero era un buenazo”.
Al recalar en Cajobabo fue Marcos el primero que saltó del bote, ayudó a desembarcar a los compañeros y la carga. “¡Nos salvamos!”, exclamó viendo a Gómez de rodillas como Colón besar el suelo de Cuba y “cantar como gallo”. Más por ignorancia que por rendir culto, Marcos imitó el gesto de aquel dios de hombres, y antes de abandonar el sitio viró a la cáscara de nuez huérfana para tomar de reliquia dos argollas zafadas durante la travesía. “Si salgo con vida de este jelengue, amarro con estas argollas mi hamaca cuando vuelva a Santo Domingo”, juró. Y con César Salas se puso al frente de la marcha, a rumbo casual, entre farallones y espinas.
Como Sam a Frodo, durante las azarosas jornadas mambisas Marcos sirvió con igual devoción y sacrificio a Gómez y a Martí. En su Diario de Cajobabo a Dos Ríos, el Apóstol no dejó de significar las diligencias de quien llamó “bravo dominicano negro”: “Abril 12: Dormimos: hojas secas: Marcos derriba un arbusto. Abril 14: Vemos, acurrucada en un lechero, la primera jutía. Se descalza Marcos, y sube. Del primer machetazo la degüella. […] Marcos viene con el pañuelo lleno de cocos. […] Marcos, ayudado del General, desuella la jutía. La bañan con naranja agria, y salan. Mayo 16: Sale Gómez a visitar los alrededores […] Marcos, el dominicano: ¡Hasta sus huellas!”.
El bravo dominicano negro
Tuvo en Dos Ríos su bautismo de fuego, la carga en que repartió sus primeros machetazos y empezó a bordar galones militares. Pero no grabó la fecha por eso, sino por haber visto en la tierra una mancha sanguinolenta, inscripción imborrable de la tragedia. “Martí era un valiente. Murió porque se metió peleando en medio del campamento español. Cuando lo mataron estuve a punto de llorar. Yo creía que estábamos perdidos. El General Gómez se entristeció, pero era un gallo tremendo y me dijo: ‘Ahora peleamos por dos cosas: por la libertad de Cuba y por la sangre de Martí’. Si hubiera tenido siquiera tres meses de guerra no lo matan”.
Marcos del Rosario luchó junto al héroe de Palo Seco hasta el último tiro y por sus hazañas mambisas terminó la guerra con el grado de teniente coronel. Participó en la Campaña Circular del Camagüey, como cruzado de la epónima invasión destacó en los combates de Iguará, Boca del Toro y Mal Tiempo; después estuvo en la Campaña de La Reforma. En la famosa acción de Coliseo cayó gravemente herido cuando su mula quedó muerta por cuatro balazos. Casi copado por los españoles fue salvado por el celo de su jefe. “¡Sacadlo!”, gritaba Gómez sin parar mientras ordenaba reforzar la línea de fuego.

Lo retiraron con una pierna destrozada. Su tratamiento: maguey y otros bejucos de monte. “Con lo que sufrió en la curación se puede escribir un libro interesantísimo. Más tarde y aún no del todo curado, se me incorporó. Es compañero inseparable y hombre en toda la extensión de la palabra; es el tipo verdadero de la pureza, la lealtad y el valor probados. Significa una honra para su raza y para sus compatriotas”, valoró Gómez en Recuerdos dedicados a la familia. Por su parte, el general Bernabé Boza, jefe de la escolta del Generalísimo, subrayó en su diario que Marcos “es uno de los hombres más leales y valientes que he conocido”.
El 18 de noviembre de 1897 —relató Boza— con motivo de celebrarse el “santo” del General, varios jefes y oficiales, entre los que estuvieron José Miguel Gómez, Enrique Villuendas y Melchor Loret de Mola, acudieron a felicitarlo y jurarle lealtad. “[…] entonces sin previo aviso, sin esperarlo nadie, se adelanta un negro de talla colosal, de ojos grandes, que eran en aquellos momentos espejos donde se reflejaba su alma buena y generosa y dijo: ‘Yo no sé hablar, soy un negro dominicano sin instrucción, pero sé decirle a los cubanos que he venido aquí para pelear por su independencia, y mientras me quede una gota de sangre en el cuerpo, mi corazón y mis brazos son de Cuba y nada más’. Aquel hombre extranjero, noble y generoso, cubano por su heroísmo, era Marcos Rosario Mendoza, ayudante del general en jefe. Él dijo más que lo que todos nosotros hubiéramos podido decir”.
Concluida la guerra, Del Rosario acompañó a Gómez en la entrada triunfal en La Habana. “Recuerdo que en la Quinta de los Molinos los americanos enviaron una escolta al General, y el jefe de esta arrió la bandera cubana para subir la americana. El General entonces lo hizo preso, quitó la bandera americana y volvió a izar la bandera cubana”.
En agosto de 1898 viajó a Estados Unidos para llevar a Estrada Palma una encomienda de su jefe y amigo. Dos meses más tarde hizo realidad su sueño de regresar a la tierra natal. Gómez le había puesto en el bolsillo una carta de presentación dirigida a Gregorio Bellini: “Será el dador de la presente Marcos del Rosario, el dominicano fiel, la historia del cual debes conocer, pues mucho he escrito sobre ella. Único superviviente de los cinco que conmigo pisaron estas playas heroicas, retorna a la Patria querida después de recio y continuo batallar, lleno de gloria. A dominicanos y cubanos les recomiendo mucho que traten de complacer a quien por su honradez y valor lo merece”. El Chino Viejo, parco para el elogio y el cariño, siempre recordó a su escudero con afecto y no dejó de atenderle.
Segunda patria
“Me quería mucho el general, decía que yo siempre le abría las brechas”, afirmaba con orgullo Del Rosario reviviendo la épica pasada, cuando en octubre de 1927 fue entrevistado por el periódico dominicano Listín Diario. Se hizo viejo en un apartado lugar. A la sombra de una encina, en una casita pintada de azul en la calle Real de Villa Duarte, encaneció digno y austero, dedicado a labores agrícolas, rodeado de hijos y nietos amorosos, admirado por los vecinos.
Visitó Cuba con frecuencia. La primera ocasión lo hizo de incógnito. En su tierra le habían sugerido incursionar en la política cubana, “pero me fui a chapear y cortar caña en Santiago. Los cubanos lo supieron y me fueron a sacar de eso. Me ayudaron y llevaron para La Habana; me hicieron honores”. Vino otra vez en 1922, respondiendo al periodista Arturo de Caricarte, que le solicitó colaboración para el proyecto Senda de Gloria, cuyo objetivo era reconstruir y señalizar la ruta martiana desde Cajobabo a Dos Ríos. Aún no habían publicado las páginas de Martí y Gómez, y solo quedaba Marcos del Rosario como único testigo de aquel episodio.

Su asombrosa memoria y sus testimonios redivivos resultaron de extrema importancia para marcar las coordenadas de Playitas y ubicar cada campamento de la histórica ruta. Pero, si bien sus declaraciones se tomaron por buenas para empotrar el monumento en el acantilado, encendieron la polémica. Algunos lugareños no coincidían con sus observaciones, afirmando que ellos habían sido espectadores y que Del Rosario “venía de marejada en marejada”, jamás había estado en esa geografía y que bajo la oscuridad no pudo grabar con exactitud el sitio del desembarco. Además, los veintisiete años que los separaba del hecho harían olvidar detalles a cualquiera. Rafael Lubián, teniente de servicios cartográficos del ejército y miembro de la comisión investigadora, salió en defensa del dominicano.


Marcos se ausentó de nuevo hasta 1939, año en que arribó a bordo del vapor Cuba invitado a participar en los actos conmemorativos por el 24 de febrero. A pesar de su edad avanzada y haber sufrido un grave accidente de tránsito, conservaba la ciclópea estatura, buena salud y talante sencillo. En premio por los servicios prestados a su segunda patria le otorgaron pensión del Ejército Libertador y lo condecoraron con la Orden Carlos Manuel de Céspedes. Su estrella de héroe legendario seguía intacta en Cuba.

El 5 de diciembre de 1943 Noticias de Hoy anunciaba que el veterano, enfermo de cataratas en Santo Domingo, sería trasladado a La Habana para someterse a operación. Ya no se fue más.

Aunque la mayoría de las fuentes —incluido el Diccionario Enciclopédico de Historia Militar— sostienen que falleció en 1947, su deceso ocurrió el 23 de abril de 1944, y al día siguiente lo inhumaron en el Panteón de los Emigrados Revolucionarios en el cementerio de Colón, donde descansa ahora en el Panteón de los Veteranos de la Independencia, según me precisa el historiador Ricardo Díaz Murgas.
“Un pedazo de Historia que camina” lo denominó la prensa. El primero en pisar Cajobabo era el último superviviente de aquellos seis “locos” sublimes.












