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María Mantilla: ¿la hija del silencio?

Casi cinco décadas después, ella destaparía sin reticencias su propio cajón de avispas: aseguraba ser hija de ese hombre que vestía de negro en la foto, José Martí.

por
  • Igor Guilarte
noviembre 29, 2025
en Historia
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Retrato de María joven publicado por la revista Cuba y América, en 1901.

Retrato de María joven publicado por la revista Cuba y América, en 1901.

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Domingo del verano de 1890, sin más constancia en el calendario. El hombre que vive entre guerras, tanto al interior de su alma como la que prepara para lograr la independencia de Cuba, busca una rebanada de paz en la casa de pino blanco que Carmen Miyares tiene para hospedaje de veraneantes en Bath Beach.

Con vestido de cuello, botines y una pamela floreada, María lo apremia. Toma de la mano a la niña de nueve años y salen a caminar por la playa. Son tan dulces sus gestos hacia la pequeña, y en los rostros afloran siluetas tan afines, que quienes los ven no pueden pensar otra cosa que se trata de un padre y su hija.

Cerca de un árbol él reclama de pronto que permanezca quieta, pues una abeja la ronda. A pesar de la cautela, la bárbara abeja pica en la frente a su niña. Tiembla. Iracundo tritura al insecto entre sus dedos. En una casucha del camino una mujer llamativamente flaca y fea les brinda agua para aliviar el dolor.

El incidente, eternizado con sus dramáticas palpitaciones en Versos Sencillos, pone los pelos de punta todavía. Por mandato del destino cruza un fotógrafo ambulante con su cámara y trípode a cuestas. Les sonríe. Se animan a posar ante aquel oscuro y claustrofóbico artefacto que dispara el momento para la historia.

La famosa fotografía del poema en su formato original. A lo largo de años se ha difundido la imagen invertida, mostrando inexactamente a la niña en el costado derecho de Martí. Foto: Sociedad Cultural José Martí.

Frente a una reconocible back-door típica de casa estadounidense, el hombre que viste de negro aparece sentado, con el bombín sobre la rodilla cruzada, lustrosos los zapatos, grave la mirada; tan reveladora de su espíritu que puede leerse un glosario de soledad y silencios como abismos de montaña.

En ademán balsámico estrecha la mano a la niña que viste de blanco, de pie, contra su costado izquierdo, donde va el corazón, —remitiéndonos a la foto original—; fijémonos detenidamente en la exactitud de los dedos, expandidos con énfasis, aferrados a algo que no quieren dejar escapar de la mano; como solo puede abrazar alguien en la obsesión de proteger o escudar —más que consolar— al ser querido de las hostilidades, de un insecto… de la vida.

Entre los contrapuntos del blanco y negro que impregnan el cuadro en caprichosa simetría, entre la ternura y el espanto que trasluce esa región de los ojos y la frente —tan veladamente paralela en ambos—, quedan juntos para la eternidad. Sumo mi voto a los que han calificado esta imagen como la más bella, conmovedora e intrigante dentro de la iconografía apostólica.

La niña de blanco atesoró hasta la ancianidad aquel retrato tyn-tape que, como auténtico fotograma de una secuencia existencial, tuvo antes y después. Dicen los expertos del enfoque que toda fotografía encierra una confesión íntima. ¿Esta iba a ser menos? Casi cinco décadas después, María Mantilla destaparía sin reticencias su propio cajón de avispas: aseguraba ser hija de ese hombre que vestía de negro, José Martí; la más epónima figura de la historia cubana.

Una carta que cambió la historia

Al buzón del actor de origen cubano César Romero, en Hollywood, llegó en febrero de 1935 una carta remitida desde Nueva Jersey por María Mantilla, su madre. En las primeras líneas quedaba explícito el asunto: había llegado la hora de compartirle un secreto que debía conocer.

Para entonces, César Romero era un nombre taquillero, si bien catalputaría su fama más tarde cuando personificó al Joker en la serie Batman, televisada por ABC en 1966, mucho antes de que Joaquin Phoenix protagonizara su versión. 

Lejos de eso, no había nada de broma en ese documento confidencial de nueve páginas. María evocaba pasajes domésticos desde que el proscrito Martí, tras larga travesía desde España, arribara a Nueva York el 3 de enero de 1880. Un invierno de angustia. Por recomendación de un amigo se alojó en la modesta posada de la familia Mantilla-Miyares, donde “el fuego de hogar y las palabras amigas reconfortan al huésped dolorido”, a decir de Mañach en Martí, el Apóstol.

“Vivió con nosotros diecisiete años —narraba María en su mensaje al hijo, cayendo en el desliz de exagerar el tiempo de convivencia— hasta el día en que partió para luchar en Cuba”. Martí no solo halló bajo aquel techo garantías de amparo o el chocolate caliente para atenuar los días grises de Brooklyn; allí también amplió su círculo de amistades con patriotas e intelectuales, gozó la simpatía de los niños y su alma ávida resanó fisuras de qué callada manera con la sensibilidad de Carmen Miyares.

“No tardó en encontrar en ella un apoyo, una consejera que le prodigaba una amistad que no iba a terminar y fue en la vida de Martí un gran auxilio, una fuerza hasta en su obra redentora”, atestiguó Blanche Zacharie de Baralt, autora de El Martí que yo conocí.

Entre dos Cármenes vivió Martí cuando en marzo llevó a Nueva York a su propia familia. Harta de la vida de vacíos, sobresaltos y privaciones junto al esposo, conspirador entero, Carmen Zayas Bazán regresaría a Cuba con el pequeño José Francisco en octubre de 1880. Un mes más tarde vio la luz María. No es difícil tantear que el embarazo de Carmen Miyares debió ocurrir entre finales de febrero y principios de marzo.

Casi a modo de insinuación exculpatoria —que yo diría condenatoria— se sembró la idea de que para la fecha Manuel Mantilla Sorzano, el padre legal de María hasta que se confirme lo contrario, era prácticamente un anciano achacoso y paralítico en sillón de ruedas, incapacitado para cumplir con los deberes conyugales.

Basados en el Censo de Nueva York de ese año y en el acta de defunción, algunos historiadores ya han desmentido que Mantilla estuviera tan disminuido como lo pintan. Tenía 42 años cuando murió por una dolencia cardíaca, a mediodía del 18 de febrero de 1885. De cualquier modo, al morir, convirtió a Carmen en una viuda joven.

Prefiero creer que María no quiso faltar a la memoria de Manuel Mantilla en su carta a César Romero: “Quiero que sepas, querido, que Martí fue mi verdadero padre y quiero que te sientas orgulloso de ello. Algún día hablaremos mucho de todo esto que, por supuesto, es solo para ti, no para la publicidad. Es mi secreto y tu padre lo sabe”, expresaba con todas sus letras, en inglés, como quien acaba admitiendo que en silencio ha tenido que ser.

¿María, educada en el respeto a Dios, cometería zafiamente el pecado de dar falso testimonio, a sabiendas de que contradecía los cánones de la época y ponía en solfa la ética martiana? ¿Tendría motivos para urdir mentira tan inconcebible aquella mente a quien Martí —todo pasión, todo cerebro— inculcó la filosofía de “mucha tienda, poca alma”?

¿La santa María?

La fotocopia de un certificado de notarial caligrafía da fe que María nació a las cuatro y cuarenta de la madrugada el 28 de noviembre de 1880. Era la quinta y última hija del matrimonio compuesto por los emigrados santiagueros Manuel Mantilla, de 37 años, comerciante, y Carmen Miyares, ocho años menor y encargada de una hospedería.

La recién nacida fue bautizada el 6 de enero de 1881 en la parroquia de San Patricio, en 285 Willoughby Avenue, por el reverendo Thomas A. Taaffe. Fungieron como padrinos “Joseph” Martí y Gertrudis Pujals, hermana del luego general Vicente Pujals.

María vivió la mayoría de sus años en Nueva York junto a su madre y sus hermanos Carmencita, Manuel y Ernesto. En gran medida Martí, quien canalizó hacia ella “los riachuelos de ternura que no pudo brindar a su Ismaelillo”, la disciplinó en el estudio y la lectura, le enseñó francés, la llevó a salas de conciertos.

Cada vez que partía a un largo viaje, antes le dejaba la cartilla de tareas. Incluso, teniendo “la vida a un lado de la mesa, la muerte al otro, y su pueblo a las espaldas”, le escribía cartas henchidas de amor poético y consejos generosos para educarla en saber la verdad del mundo, en querer con voluntad y con cariño. La preparó para la vida y el trabajo virtuoso, para ser igual o superior a los que, ya de adulta, pretendieran galantearla.

Apenas llegada a la adolescencia, María Mantilla asistía a mítines políticos y colaboraba con clubes revolucionarios. Por esa época descubrió otra de sus pasiones: el teatro, especialmente se sentía atraída por la ópera y el canto. A los 21 años llegó a actuar en el teatro Tacón de La Habana. Un Fígaro de la época reseñaba: “Hija de los Estados Unidos, ama a Cuba entrañablemente. Hermosa, elegante y distinguida, su aparición en una de las últimas y selectas fiestas constituyó un verdadero succés”.

Esta imagen resulta mucho menos conocida. Fue publicada por “El Fígaro” para acompañar una nota de elogio y admiración por la presencia de María Mantilla en Cuba.

Muchos años después, frente a las preguntas de Félix Lisazo, la antigua niña recordaría aquel lejano domingo en que Martí la llevó a pasear por la playa, y cómo surgió la icónica foto. “La luz que María Mantilla derrama sobre nosotros, como reflejo de la luz de Martí, debiera tener para todos una trascendencia profunda y consoladora”, sostiene el reportero de Bohemia.

Sobreponiéndose a una reciente fractura de tobillo y con una estricta receta para controlar la diabetes, María aterrizó en La Habana el 25 de enero de 1953, en calidad de invitada de honor —por conducto de Emeterio Santovenia— a las celebraciones por el Centenario del Apóstol. Para la ocasión donó importantes documentos al Archivo Nacional.

En 1908 formó familia con César Romero, comandante del Ejército Libertador, con quien tuvo cuatro hijos —María Teresa, Graciela, César y Eduardo— y de quien enviudó en 1950. A punto de cumplir los 82 años falleció en Los Ángeles, California, el 17 de octubre de 1962. Algunos obituarios de los periódicos que invitaban a su funeral la nombraron María Mantilla Martí de Romero, o sencillamente, María Martí.

A sus 72 años, en La Habana, es entrevistada por el periodista Félix Lisazo en el marco de las celebraciones por el Centenario del Apóstol. Foto: Bohemia, 1 de febrero de 1953.

Controversia que no cesa

Seguro rebullirán los cuestionamientos por la herejía y los cargos de revolvedor de fango. Sin embargo, no es ánimo de este texto soliviantar las guardias pretorianas en torno a la presunta relación parental entre Martí y María Mantilla.

Entiendo que a pesar de haber sido abordado a lo largo de un siglo por tirios y troyanos, continúe siendo tema tabú en Cuba. Aun así, las porfías por engavetarlo con candado marca Pandora, no han podido evitar que el debate asome una y otra vez la cabeza de hueso insepulto.

Pero, si bien no viene al caso ahora ni hay espacio para vaciar el cuento completo, asumo el mismo derecho —o riesgo— de autor de quienes me han precedido, para compartir seis apuntes que considero ineludibles siempre que se mencione la polémica.

  1. El desahogo volcado por María en la carta a su hijo tuvo un segundo capítulo, veinte años después, en el intercambio epistolar con Gonzalo de Quesada y Miranda, hijo del secretario y confidente de Martí. A diferencia del secretismo antes exigido, en esta oportunidad su revelación tuvo carácter abierto. No pudo permanecer inmutable ante un personaje que robaba titulares aseverando ser nieto del Héroe Nacional cubano. “Yo, como usted sabe, soy la hija de Martí y mis cuatro hijos son los únicos nietos […] Le aseguro que este asunto me ha causado mucho pesar, y realizando que no me quedan muchos años más de vida, quiero dar a conocer al mundo este secreto que guardo en el corazón con tanto orgullo y satisfacción”, arrojó sin medias tintas el 12 de febrero de 1959.
  2. A vuelta de correo Gonzalo no fue menos neurálgico: “Todos sabemos que usted lo es, y que si por ejemplo nosotros los Quesada nunca lo hemos expresado públicamente es porque no ha sido hasta ahora en que usted autoriza […] Yo creo, pues, de estar usted resuelta de revelar este secreto, que en realidad no lo es pero que viniendo la revelación de parte suya cobra especial significación, que lo único que podría hacer en este caso es un artículo mío […]”. Las cartas aparecen en el libro La patriota del silencio: Carmen Miyares, de Nydia Sarabia.
  3. Carmen Miyares y María supieron de la tragedia de Dos Ríos por el New York HeraId. Estrada Palma les pidió pasar el luto en Central Valley, adonde caras conocidas iban a darles consuelo. Entre las cartas que Carmita redactó por esos días amargos destaca la remitida a Irene Pintó: “Puedes imaginarte el estado de desolación en que estaré sumida, este es el más grande de los pesares que ha podido caer sobre mi alma, no sé como podré tener valor para soportar tanto dolor, te juro que si no fuera por estos hijos míos bajaría la cabeza y me dejaría llevar por esta pena que acaba con mi vida. Figúrate qué será de mi vida sin Martí, el afecto más grande de mi vida, toda mi felicidad se ha ido con él: ya para mí el sol se eclipsó y viviré en eterna tiniebla […] Martí se había fundido en nuestras almas […]”.
  4. En vida fue consciente Martí de las sombras de amoríos que crecían sobre sus cabezas. A propósito, en 1989 el Anuario no.12 del Centro de Estudios Martianos divulgaba una carta-borrador inédita que —alrededor de 1885— él dirigía a Victoria Smith Miyares, radicada en Venezuela, y quien había reprochado duramente a su prima Carmen por la presunta infidelidad. “[…] Ahora, de murmuraciones, ¿qué he de decirle? Ni Carmita ni yo hemos dado un solo paso, que no hubiera dado ella por su parte naturalmente, a no haber vivido yo, o que en el grado de responsabilidad moral, de piedad, si V. quiere, que su situación debe inspirar a todo hombre bueno, no hubiere debido hacer un amigo íntimo de la casa, que no lo es hoy más de lo que lo fue cuando vivía el esposo de Carmita. Yo le repito que de esto sé cuidar yo: —si alguna mala persona, que a juzgar por la estimación creciente de que ella por su parte y yo por la mía vivimos rodeados, sospecha sin justificación posible y contra toda apariencia que ella recibe de mí un favor que la manche, esa, Victoria, será una de tantas maldades, mucho menos [imputables] y propaladas que otras, que hieren sin compasión años enteros a personas indudablemente buenas, que las soportan en calma”.
  5. En uno de los banquetes organizados por la Comisión del Centenario coincidieron María y Teté Bances, viuda del general José Francisco Martí Zayas-Bazán. “Yo no conocía personalmente a María Mantilla. Solo tenía referencias de ella. Con mi esposo este tema era delicado y nunca se habló de la existencia de María”, confesaría la nuera del Apóstol. Pero en el acto quedó estupefacta: “Cuando la vi por primera vez en persona y bastante cerca, me impresionó el parecido que tenía con Pepe Martí, mi esposo, ya fallecido. No podía creer que ese parecido físico guardara relación con Pepe. A medida que la veía conversar con los que la rodeaban, me percataba que, en sus ademanes, su sonrisa, su forma hasta de sentarse, aparte del parecido físico como la cara, las manos, eran tan iguales a las de Pepe Martí, que no pude por menos de convencerme que existía un parentesco entre ambos”.
  6. También en puntuales detalles reparó el doctor Ercilio Vento Canosa, hombre de historia y de ciencia, para consumar en el año 2012 un examen morfológico y antropométrico comparativo, técnica patentada para usarse en procesos de filiación ante tribunales legales. Convencido de que en su intento de buscar la verdad científica podía “cosechar desazones”, el experto revisó suficiente material fotográfico de Martí y María Mantilla, verificando puntos de coincidencias en los ejes de los ojos, cejas, formas de caras, ángulos nasales, comisuras labiales y varios más; para concluir en un increíble índice de semejanza del 74.3 %. El extraordinario análisis junto a otros elementos adjuntos fue publicado por Yamil Díaz Gómez. “Que se haga el ADN. Yo nunca dije que esta es la única prueba concluyente; ahora bien, con esta prueba no hay elementos que nieguen la presunta paternidad”, liquidaba Vento Canosa.
Algunos de los llamativos rasgos de coincidencia verificados por el doctor Ercilio Vento en su estudio morfológico y antropométrico. Foto: Cubadebate.

Foto de bolsillo

Cuando por su personalidad quijotesca Martí tomó el remo de proa y sintió la dicha grande de desembarcar en la guerra, llevó consigo una foto de María Mantilla. Según le escribe bajo el sol de Cuba Libre: marchaba con su retrato al pecho, como un chaleco antibalas. Fulminado —y no solo por plomos enemigos— cae José Martí emboscado entre un fustete y un dagame.

Retrato hallado en el cadáver de Martí al caer en combate en Dos Ríos. Foto: Bohemia, 13 de mayo de 1983.

En el bosque de la Historia habita el susurro. El roce de las hojas —aun las de libros incunables— esparce verdades de oído. ¿En qué universo no sopla el viento? Solo porque no lo entiendas, no significa que debas rechazarlo. Vale recordar que a veces resultan mucho más interesantes las preguntas que las respuestas. Al muerto —que solía vestir de negro y caprichosamente cabalgaba en su último día como quien iba vestido para una fiesta— le encuentran en el bolsillo izquierdo una pequeña foto de una niña, manchada de sangre.

Etiquetas: Historia de CubaJosé MartíPortada
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Igor Guilarte

Igor Guilarte

Santiago de Cuba, 1983. Licenciado en Periodismo por la Universidad de Oriente (2007). Periodista e investigador histórico. Premio en Concurso Nacional de Periodismo Histórico 2020 y 2022.

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