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Noticias de un secuestro en Santiago

La seguridad del hogar era de porcelana y nada hacía presagiar que iba a romperse en pedazos. La familia Bacardí, invulnerable a vista de todos, aprendió ese día una lección brutal.

por
  • Igor Guilarte
marzo 28, 2026
en Historia
0
Facundito Bacardí fue colmado de besos por sus padres a su regreso sano y salvo. Foto: Archivo del autor.

Facundito Bacardí fue colmado de besos por sus padres a su regreso sano y salvo. Foto: Archivo del autor.

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Facundito Bacardí Bravo tenía ocho años el 19 de febrero de 1954. Se levantó y desayunó temprano, como todos los días. A las siete y media estaba listo para ir a clases. Tiernamente lo despidió la madre. La mañana, fresca y apacible, transcurría rutinaria ese viernes en la casona del aristocrático reparto Vista Alegre, sin que nadie pudiera presagiar que la seguridad de aquel hogar de porcelana estaba a punto de romperse en pedazos.

Afuera, a la puerta de un lustrado Chevrolet, modelo pisicorre del 53, lo esperaba el chofer Guillermo Evaristo Rodríguez, un muchacho de 27 años, trigueño y bien parecido, que apenas llevaba siete meses al servicio de la casa. La máquina rodó por Calle Cuarta la media cuadra que converge en la Carretera del Caney y se incorporó a esta vía rápida para dirigirse al Colegio Dolores, escuela católica en el centro urbano. Pero iba despacio, misteriosamente despacio.

Solo había avanzado unos metros cuando de un matorral en la cuneta saltó un individuo enteco y de pelo enmarañado para interceptar la marcha. Tras ingresar bruscamente al asiento junto al conductor —que permaneció paralizado al timón—, el intruso esgrimió un cuchillo para conminar al niño en el asiento trasero de no hacer el menor movimiento. “¡Dale, arranca!”… ordenó a Rodríguez. Este pisó el acelerador y no paró hasta Charco Mono, en las afueras de la ciudad.

En ese punto agreste el salteador dio la orden de rutina: “Lleva esta nota a los padres. Cincuenta mil pesos o no volverán a ver a su hijo”. Y se desapareció con el rehén por una garganta de monte. El chofer, pálido y consternado, no se atrevió a hacer pregunta. ¿Qué más aclaración? En sus propias narices habían secuestrado al hijo de Daniel Bacardí Rosell, uno de los industriales más prestigiosos y acaudalados en Santiago de Cuba.

“Se llevaron a Facundito”

Una hora después de haber salido con el chico, Evaristo Rodríguez regresó a la residencia Bacardí-Bravo para dar, cariacontecido y con voz quejumbrosa, la noticia que ninguna madre está dispuesta a oír: “dos” desconocidos lo habían asaltado a punta de revólver para arrebatarle a Facundito y pedían que él mismo, “solo”, llevara de vuelta la recompensa a algún lugar en el tramo de Santiago a Palma Soriano. Graciela sintió que las rodillas no le respondían y quebrada por la impresión envió a Evaristo a poner al corriente a su esposo en la destilería.

La espantosa novedad sorprendió al vicepresidente de la compañía Ron Bacardí conciliando la producción de alcohol con su primo Ernesto Lay. “Se llevaron a Facundito”, volvió a recitar el chofer. Durante un segundo, Daniel sintió que las palabras lo cruzaban como un trueno seco y lo quemaban por dentro, pero habituado al actuar cauteloso y a manejar en detalles procesos complejos, indicó a Rodríguez que lo acompañara al cuartel Moncada para hacer la denuncia.

Evaristo se tornó resorte: “Fíjese bien lo que piensa hacer, don Daniel, la nota de los bandidos dice que si involucra a la policía el niño puede morir”. El ejecutivo Bacardí advirtió que su empleado había puesto “marcha-atrás”, y en un rincón de su cabeza empezó a anidar una velada sospecha. “Yo sé lo que tengo que hacer. Sígueme”, respondió con seguridad automática.

Panorámica de la vigilia en los exteriores de la mansión Bacardí. Foto: Archivo del autor.

Por tierra y aire

La desaparición derivó en movilización general. Las fuerzas públicas desplegaron 500 hombres y cientos de civiles dejaron las calles desiertas para enrolarse como voluntarios. Buscaban la mínima pista que los condujera al paradero del chico y sus captores. Montaron retenes para registrar los vehículos que entraban y salían de la ciudad, recorrieron fincas y caminos vecinales; hasta dispusieron de rastreo con un helicóptero estadounidense solicitado por Pepín Bosch, presidente de la compañía ronera, al cónsul de Estados Unidos, quien de inmediato telefoneó al comandante de la base de Caimanera para garantizar ese apoyo aéreo.

La familia Bacardí, sin duda, tenía influencias. En poco tiempo el murmullo de lo ocurrido voló por todo Santiago con la temprana urgencia que había tenido el secuestro, y una multitud de simpatizantes rodeó la lujosa vivienda en manifestación de solidaridad. Incluso el arzobispo Pérez Serantes, tan pronto supo del incidente, se presentó con rezos de esperanza. “Usted dirá que es porque los Bacardí son ricos —comentaba el taxista que condujo hasta allí al reportero de Bohemia recién bajado del avión para cubrir el sensacional suceso—. Pues no, señor, no es por eso. Se trata de que es una familia respetada y querida, y de un niño indefenso”.

Flotaba el terror en el ambiente, las miradas macilentas, la alarma en todas partes. Corrían lágrimas por las mejillas de jovencitas, las señoras piadosas elevaban con sus rosarios plegarias a la Virgen de la Caridad para que devolviera al niño sano y salvo. En tanto, en una habitación de la casa, la nana del niño se lamentaba con las manos en la frente: “Ay, si yo pudiera ser un pajarito para volar y encontrar a mi Facundito”. Pájaros de mal agüero no faltaron: “Ya a esta hora debe estar muerto, esos forajidos no se andan con titubeos”.

Detalles de la operación de rescate y detención del secuestrador Manuel Hechavarría. Foto: Bohemia, 28 de febrero de 1954.

Dinero fraccionado

Titubeaba Guillermo Evaristo ante cada pregunta en el despacho del coronel Chaviano, quien se hizo acompañar por el jefe de operaciones, comandante Pérez-Chaumont, y el capitán Agustín Lavastida, jefe del Servicio de Inteligencia del Regimiento (SIR); nombres archiconocidos desde la sangrienta fecha del 26 de julio, meses atrás. Esos sí que no se andaban con vacilaciones, y el chofer lo sabía. Entre presiones y sudores, Rodríguez se aferraba a su coartada inicial y subrayaba que la nota mecanografiada por los malhechores insistía que él, y nadie más que él, debía llevar la suma exigida.

Pepín y Daniel verificaron los trámites para pagar el rescate. A media mañana fueron al Banco Nova Scotia, en Enramadas y Padre Pico, donde la empresa guardaba sus depósitos. Extrajeron el dinero en las denominaciones que en la carta tuvieron el cuidado de enumerar: 20 mil en billetes de un peso, 10 mil en billetes de cinco y el resto, o sea, 20 mil, en billetes de diez pesos. Debían ser billetes usados. Firmaba Acción Revolucionaria Cubana. “Aunque no fue necesario dar a los secuestradores el dinero exigido, hubiéramos dado el doble con tal de devolver la tranquilidad y felicidad al hogar de Danielito y Graciela”, expresaría después a la prensa Bosch, emparentado de hecho con los Bacardí, y todo un maestro en el arte de la propaganda.

Los ojos de Guillermo Evaristo se botaron de sus órbitas cuando tuvo delante la abultada maleta olorosa a dinero manoseado. Ya podía irse a la carretera para ver si hallaba a los secuestradores. Pero ciego de ambición, no contó con una jugada de riposta: en un parpadeo le cambiaron el maletín de billetes por otro repleto de papeles. Los interrogatorios y la revisión de los archivos penales habían convencido al mando militar, y al propio Daniel, que el chofer escondía algo oscuro detrás de su cándida nobleza. ¿Qué podía ocultar? ¿Quién era en verdad?

Un plan sietemesino

Guillermo Evaristo había sido miembro de la Marina de Guerra Nacional. Lo licenciaron por “conveniencias al servicio”. Elementos de juicio —o de vicio— pesaron en su contra: era dado al juego, la bebida y las drogas. Con su corazón de madre en la mano, María Segurado rogó al contralmirante jefe de la Marina que permitiera su realistamiento, para que el hijo no se le perdiera en malos pasos. Mas su gestión resultó infructuosa.

Evaristo se quería casar, pero no pasaba de ser un “muerto de hambre”. Así que pensó obtener dinero por la vía rápida, y sucia. Se propuso trabajar para algún rico al que pudiera secuestrarle un hijo y extorsionarlo. Luego enterraría el dinero de la recompensa en una playa próxima a Ciudamar, hasta que la marea tomara su nivel. Su primera presa fue un farmacéutico establecido en calle Trinidad esquina a San Pedro. Quedó en el ensayo.

Con frialdad premeditó su fantasioso plan siete meses antes. Influyó a su hermana Cecilia Rodríguez, quien había sido Reina de Carnaval agasajada por la Compañía Bacardí, a fin de que recomendara al vicepresidente Daniel tenerlo en cuenta para ocupar su vacante de chofer particular. Así Evaristo manejó entre manos una oportunidad sin igual. Si de forrados se trataba, el clan Bacardí encajaba a la perfección en su esquema. En principio, no tenía en mente hacer daño al niño. Tal vez asustarlo un poco y retenerlo las horas suficientes. Sin embargo, al calor de un lance criminal nunca se sabe, y cualquier vil estupidez podría virar el timón del destino.

Necesitaba un cómplice. Entonces empezó a embullar a un viejo conocido que había sido novio de la hermana de su enamorada y que llevaba tiempo desempleado. “Ha llegado la oportunidad que buscábamos”, le citó Rodríguez a mediados de febrero. Operativamente su ex-concuño debía encargarse de raptar y custodiar a la víctima, mientras él pondría la cara. “Ya verás que van a pagar su rescate antes de mediodía”, prometió Evaristo con la certeza de una mente maestra. Y, engatusado por la oferta de moneda dura, el pobre Manuel Hechavarría París, su compinche de 21 años, se tiró para el monte con Facundito.

En su edición del 28 de febrero de 1954, Bohemia publicó un reportaje profusamente ilustrado del suceso.

Rescate casual

La noche se les venía encima. Pegado a las seis de la tarde, Manuel Hechavarría seguía sin señales de su amigo y colega de culpas. Por el sobrevuelo del helicóptero y el trasiego de carros militares había podido notar que el cerco se estrechaba. Contaban diez horas de cautiverio en aquel paraje intrincado, solo habían comido frutas silvestres y, hasta sitiados por la lluvia, habían tenido que esconderse debajo de un puentecito de carretera. Estaban impacientes.

Facundito sentía hambre más que nada. En todo momento se portó valiente. Su secuestrador le dijo que tenía órdenes de matarlo si pasadas las cuatro de la tarde no había llegado su socio con el pago, aunque en realidad no tenía intenciones de hacerlo. El niño tampoco dio importancia al ultimátum ni mostró miedo, y le afirmó con madera de adulto que su padre cumpliría. Los Bacardí eran gente de palabra. Luego pasó la mayor parte del rato mostrando a su raptor las libretas de colegio con excelentes notas y relatándole episodios de secuestros que había leído en las historietas o visto en el televisor.

Harto del cuento y de la insufrible espera, Manuel Hechavarría salió del escondite decidido a entregar al niño; a fin de cuentas, le había simpatizado. Un paisano los vio y avisó al teniente Luis Gamboa, jefe de puesto rural en El Cobre: “Por allá va un hombre caminando aprisa con un niño de mano”. Gamboa subió a un jeep con los soldados Mario Grau, Alberto Balmaseda y Miguel Torres y partieron en dirección al sitio indicado.

Los vieron cerca del hospital Ambrosio Grillo. ―“¡¿Facundito?!”, inquirió en un grito retórico el teniente. ―“Sí, señor, soy yo”, recibió como respuesta. Sorprendido con las manos en el niño, el secuestrador trató de escapar. Pero fue perseguido y neutralizado por los guardias. Con Facundito liberado y la confesión sin demora de Hechavarría, toda la atención apuntó al chofer.

Ley de fuga

Como un mensajero marcado, Guillermo Evaristo había salido del Moncada conduciendo el mismo pisicorre en el que viajaba con Facundito al momento del hipócrita secuestro. A su lado tenía la maleta prometida —ajeno, por supuesto, al “cambiazo”—. Pero llevaba un “paquete” aún más incómodo. Para su desgracia, le habían retirado los asientos traseros del carro para que se acostaran en el piso dos agentes del SIR, listos para entrar en acción. A distancia prudencial lo escoltaba un jeep con otros tiradores expertos.

A la hora en que Hechavarría era apresado, Evaristo Rodríguez conducía con los cuatro neumáticos sobre la Carretera Central y la mente en Saturno, tratando de organizar sus ideas. Cerca del Puerto de Moya lo mandaron a detenerse. El capitán Lavastida, cansado del ir y venir sin sentido, pedía intercambiar con él, pues llevaban horas repitiendo el trayecto señalado sin que nadie apareciera para el canje.

En eso estaban cuando por la planta de radio del jeep se informó el hallazgo del niño. Al escuchar aquello, Rodríguez reflejó la tonalidad de un papel. —“¿Qué te pasa muchacho…?”, indagó Lavastida. —“Nada, capitán, que me alegro mucho de esa noticia”, y contestando eso el chofer se apoderó de una pistola para internarse en la espesura. Casi al unísono, el propio radioteléfono comunicaba que se trataba del autor principal del plagio.

Dieron con él dos horas después, en una finca próxima a Palma Soriano. Supuestamente, en su alocada evasiva el fugitivo abrió fuego hiriendo a sedal a un uniformado (nunca se dio nombre), por lo que las fuerzas del orden respondieron “en consecuencia”. Evaristo Rodríguez acabó en medio de la manigua, con el jacket negro acribillado a balazos, ahogado en un charco de sangre y silencios. Al pie del muerto, Chaviano juró a la prensa que había caído “mientras trataba de fugarse”. “Radio-bemba” manejó siempre que lo habían torturado y aplicado la ley de fuga.

Momentos del juicio celebrado en la Audiencia de Santiago de Cuba, en el que Manuel Hechavarría resultó condenado a cuatro años. Foto: Bohemia, 14 de marzo de 1954.

Hijos en viceversa

Mojado y nervioso, pero ileso, Facundito fue devuelto directamente a su padre por la patrulla que lo encontró. Su reaparición en el hogar produjo una escena dramática. Graciela se lanzó con todas sus fuerzas a besar y apretar en su regazo al hijo que pensó no volver a ver. Daniel Bacardí los cubrió con un abrazo inmenso, mientras se le empañaban los cristales de los lentes. “Estas han sido las horas más angustiosas y amargas de mi vida”, confesó.

El chico llegó sonriente, explicando que no le habían hecho nada y pidiendo: “No me siento cansado, lo que tengo es un hambre del carajo”. La cocinera Petronila se apuró a prepararle un suculento bistec. Para él había sido cosa de película, una aventura inolvidable. En cuestión de segundos pasaron de la más inenarrable zozobra a la desbordante alegría. La casa desbordaba de familiares y amigos. Frente a la verja, las clases vivas en vigilia desde la mañana daban loas al niño y gracias al cielo. Con el final feliz de unos, sin embargo, empezaba el calvario de otros.

La noticia de la tragedia entró como perro herido en casa de pobre. El dolor más hondo cinceló el rostro de los Rodríguez. “Si está muerto se lo buscó, por canalla”, acusaban algunos. Pero por infame que sea un hijo, el sufrimiento de una madre merece respeto. María Segurado había soñado con un hijo juicioso, y aunque siempre fueron humildes trató de inculcarle honradez. Cecilia, la bella, juraba a puro llanto que su hermano era bueno. El padre, Alberto Rodríguez, veterano cabo de policía, no hallaba consuelo: “Mi hijo era un niño grande. Fui a verlo muerto, tirado en un camino”. A pesar de reclamarlo, no le entregaron el cadáver. Directo al cementerio.

El fantasioso plan del chofer Evaristo Rodríguez (arriba) terminó provocando su muerte y dolor en su familia. Foto: Bohemia, 28 de febrero de 1954.

El juicio final

Manuel Hechavarría estuvo a punto de ser linchado cuando lo trasladaban detenido al Moncada. La masa colérica lo descubrió agazapado en el jeep y entre aullidos se abalanzó para ajusticiarlo. Sus escoltas tuvieron que palanquear los rifles para evitar el ánimo de venganza y poder remitirlo a disposición del tribunal. Bajo el código penal vigente podía ser condenado hasta treinta años de cárcel. El juicio se efectuó con nutrida asistencia en el Palacio de Justicia.

Facundito testificó que él y Manuel se volvieron amigos, y al final le hizo una seña que fue razón de múltiples interpretaciones. El abogado defensor, doctor Castellanos, la esgrimió como “la prueba de la mueca”, y médicamente evaluó a su cliente de “subnormal”. Graciela pidió un voto de clemencia para él por no haber asesinado a su hijo, y Hechavarría fue sentenciado a solo cuatro años. Allí salió absuelto José Cuevas Gallofre, quien, sin deberla, se vio implicado por el hecho accidental de que la carta demandando el rescate había sido redactada —por el difunto Evaristo— en una máquina de escribir que tenía en la vidriera de su establecimiento.

Periódicos de Madrid, Buenos Aires y Nueva York se hicieron eco de la noticia del secuestro que había despachado la United Press. Con sendos reportajes Bohemia y Avance proyectaron el drama a la nación entera. Fue un episodio que conmovió a Santiago de Cuba, y aun puede decirse que el pueblo vivió las mismas horas de tormento y desesperación que Daniel y Graciela. La familia Bacardí, invulnerable a vista de todos, aprendió una terrible lección ese 19 de febrero de 1954.

En la casa Bacardí-Bravo posan junto a los soldados responsables del rescate. Foto: Archivo del autor.

Como mito urbano quedó la compostura de un niño de ocho años ante el caos. Facundito no lloró, no gritó. Eligió no rendirse y venció a sus captores.

Inmerso en mi proyecto investigativo sobre la familia Bacardí, hace unos años pude saber que aquel niño, ya longevo, vivía todavía. Alguien me dijo que en Panamá, otro que en Europa. Fracasé en mi afán de contactarlo. Y acabé perdiéndole el rastro. Quién sabe si aún goce de vida y salud para juzgar que lo aquí escrito sea invento o verdad. O para contar lo no contado por un Bacardí bravo.

Etiquetas: Historia de CubaPortada
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Igor Guilarte

Igor Guilarte

Santiago de Cuba, 1983. Licenciado en Periodismo por la Universidad de Oriente (2007). Periodista e investigador histórico. Premio en Concurso Nacional de Periodismo Histórico 2020 y 2022.

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