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El escritor cubano Leonardo Padura considera que el ascenso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos representa un “elemento catalizador” dentro de un contexto global marcado por profundas crisis.
A su juicio, el escenario actual se asemeja a “una distopía social” en la que el miedo a la deportación de miles de inmigrantes cubanos, que “lo vendieron todo” para llegar a Estados Unidos, se ha vuelto una constante.
Durante una entrevista concedida a EFE en Madrid con motivo de su participación en la Feria del Libro, Padura abordó las tensiones políticas y sociales del mundo contemporáneo.
Padura habló de conflictos como la guerra en Ucrania y la situación en Gaza, que describió como “terriblemente difícil”. Sobre Vladimir Putin, afirmó que “hace lo que le da la gana”.
Leonardo Padura sobre la crisis en Cuba
En cuanto a Cuba, el autor de El hombre que amaba a los perros reconoce sentirse incapaz de comprender del todo la realidad cubana.
“No sé si soy capaz de comprenderla”, admite, al referirse a la grave crisis que atraviesa la isla.
A los prolongados cortes de energía eléctrica y el masivo éxodo de cubanos se suma el efecto de las recientes sanciones impuestas tras el regreso de Trump a la Casa Blanca, quien volvió a incluir a Cuba en la lista de países que no cooperan con la lucha antiterrorista.
“Una distopía social”
El temor a ser deportados afecta incluso a ciudadanos cubanos naturalizados en Estados Unidos, como le ocurrió al propio hermano de Padura, quien, según relató, se perdió el cumpleaños de su madre por miedo a no poder regresar a Miami.
Padura también expresó su preocupación por el control de la vida digital: “Acabo de leer que se va revisar las redes sociales de aspirantes a visados de estudios en EEUU”.
En ese sentido, se pregunta si la libertad que alguna vez ofreció el entorno digital está a punto de desaparecer.
“Orwell y el Gran Hermano (Big Brother) se van quedando absolutamente ridículos en comparación con lo que está pasando”, advierte.
Morir en la arena, próxima novela de Leonardo Padura
Leonardo Padura se encuentra en la capital española, donde ha hablado de su próxima novela, Morir en la arena, que saldrá en septiembre.
En ella, aborda el complejo destino de su generación en la Cuba contemporánea, a través de personajes marcados por traumas y el deseo de escapar de la realidad.
En una charla en la Residencia de Estudiantes —un espacio histórico por el que pasaron Lorca y Dalí—, reflexionó sobre el rol del pensamiento crítico frente a sistemas autoritarios:
“Tenemos un margen de reflexión e independencia mucho mayor que otros” y añadió con firmeza: “Hay que seguir intentando decir las cosas que andan mal en el mundo”.
Reconocido como el primer “escritor independiente” en Cuba tras la legalización de esa figura en 1996, Padura se mostró orgulloso de haber podido ejercer su oficio fuera de las instituciones oficiales.
“Época umbral de enormes cambios”
Sin embargo, admite que es difícil prever qué quedará en la memoria colectiva de esta época, marcada, según él, por transformaciones profundas: “Estamos en una época umbral de enormes cambios”.
Sobre el avance de la inteligencia artificial, Padura expresó inquietud: “Hemos visto muchas películas en las que los robots ocupan el lugar de los humanos y creo que estamos al filo de vivirlo”.
No obstante, se mostró escéptico ante la idea de que la IA reemplace la creatividad humana: “Le va a faltar humanidad”.













“El hombre que amaba a los perros” reconoce sentirse incapaz de comprender del todo la realidad cubana.
Que bueno que lo reconoce. Evidentemente es un hombre más inteligente que yo. Ha creado obras que mi esposa adora ( yo no me he
A Leonardo Padura La Habana le huele a gas y a mar. Nació cuatro años antes de la revolución. Su barrio, Mantilla, y su calle, el antiguo Camino Real del Sur junto a la Calzada de Managua, su frontera infantil, está a unos quince kilómetros del centro.
A primera hora de una mañana huracanada aparecen en su puerta Tonia y Simón. Guayabera de dril, pantalón de lino crudo, sombrero de yarey y sandalias él, camiseta, vaquero y alpargatas, ella. Por los aires vuelan dirigentillos menores, hojas de periódico con la última derrota de Industriales, vírgenes negras, bibliotecarios cojos, cachivaches masónicos y gritos de Armandito, el Tintorero, desde la tercera base del Latino. Leonardo, habanero periférico, zurdo como su padre, los ve llegar desde la ventana sobre el fregadero. Fuma un popular con filtro y toma café en taza grande. Lucía, su esposa, teclea absorta en la computadora. Mario Conde, amigo interesado de Padura, “un tipo tan jodido que, por haber sido, fue hasta policía, cornudo y aprendiz de escritor” no ha llegado todavía. Un perro, el sinvergüenza del Chori, un sato blanco y carmelita acostumbrado a las visitas, olfatea discretamente a la pareja de jóvenes venidos del otro lado del océano. Padura los acomoda y sirve café. Le divierte el lío identitario entre autores y personajes, se dispone a escuchar. Del exterior llega la algarabía del vecindario. Agarra la voz cantante Simón Mendiño, cuerdo una vez cumplidas las horas de sueño necesarias.
— ¿Le molesta que fume?
—No. Prueba uno de estos, es negro. Te veo integrado, vas hecho un mambí. Para asaltar el cuartel de Moncada te falta el machete.
—Ahora, como buen crítico literario, soy agente secreto, no quiero llamar la atención. Y llevo una navaja suiza en el bolsillo. Son muchos los peligros que se corren en esta profesión.
Padura mueve una ceja, se pasa la mano por la barba, da lumbre a Mendiño y se fija en los ojos atentos de Tonia.
—¿Cómo fue la primera noche en La Habana?
—Tranquila. Me quedé dormida leyendo “La neblina del ayer”. Es una novela suya que todavía no ha escrito. Me gusta Conde, se parece a usted.
—“La neblina del ayer”, me la quedo. El pasado y el futuro son confusos. Veo pasar el tiempo desde esa esquina de ahí afuera. Miro desde la altura de la calle y de mi generación. O eso intento. Conde hace lo mismo pero más agobiado, siempre está en la fuácata.
—¿La qué?
—Fuácata. Sin un peso, afónico. La vida está cara. Desde que dejó la policía no tiene ingresos fijos. Es un superviviente. Él puede ayudaros, yo no. Viene con Chinolope, se juntaron la peste y el mal olor. Lo que ellos no puedan encontrar en La Habana, no existe.
La puerta del estudio de Padura llama la atención de Mendiño. Una plancha en la que hay escrita una leyenda. Tiene que entrecerrar los ojos para leer: “Le pido a Dios que nadie venga a quitarme el tiempo”. Oportuno suena un claxon. Desde un auto alquilado, el Conde y Chinolope avisan de su presencia. Padura ve a los visitantes entre tres y dos, se levanta, abre la puerta y educadamente se despide.
—Montalbán dijo una vez algo que llevo a rajatabla. Ni un día sin una linea. Volved cuando queráis.
En la calle el viento sigue fuerte. Parece que estén soplando el Cumbanchero tubas, trombones y trompetas. Suben al carro Tonia y Mendiño. Conde, al volante, informa.
—¿Cómo están?…Tenemos algo que les puede interesar. Un jubilado de la dirección general de inteligencia nos espera en el barrio chino. nos habló de la operación 88, un dispositivo en España para secuestrar a Batista. Duró tres años. Lo suspendieron cuando el objetivo cantó el manisero en Marbella de muerte natural. Participaron seis agentes, cinco hombres y una mujer. Pueden preguntar lo que quieran, es compadre. Habrá que darle algo por las molestias.
En el barrio chino de La Habana ahorcaron a Pedro Cuang. El entonces teniente Conde tuvo que investigar la dimensión asiática de Cuba y América. Los chinos llegaron desde Hong Kong, Taiwan y Macao para sustituir en las plantaciones azucareras a los africanos. Olas posteriores de emigrantes llegaron huyendo de California y sus leyes racistas. La percepción del Conde de esas calles degradadas y en decadencia, cambió al entrar en contacto con los últimos resistentes. Soledad, desarraigo y violencia son las secuelas históricas de un barrio en el que la presencia de emigrantes chinos es testimonial y que vivió su esplendor muchas décadas atrás.
Conde acelera. Chinolope recoge el testigo. Conoce bien el Bronx de New York. Anduvo por allí con Tatica, un músico medio cubano, medio portorriqueño, con quien hacía fotos por los cabarés en los años cincuenta.
—Nino Castellano es el último superviviente de los agentes de la CIA que trabajaban con Albert Anastasia y Meyer Lansky. Lo encargaron la vigilancia de Carvalho. La carta al comisario Montalbano es auténtica. Lo de Marieta, la portuguesa en Sierra Maestra no está claro. Pronto sabremos algo.
Mendiño enciende un cigarrillo y pierde la mirada por la ventanilla, detrás de un culo incomprensible. Tonia arruga el entrecejo antes de preguntar.
—Oiga…¿Por qué le llaman Chinolope si su padre era japonés