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Uno de los conciertos más conmovedores que nos dejó en la memoria el 40mo Festival Internacional Jazz Plaza lo protagonizó Gabriel Hernández (Camagüey, 1964). Desde México aterrizó el cubano en la sala Tito Junco del Centro Cultural Bertolt Brecht, en el Vedado habanero. Más allá de la música, nos regaló una descarga filtrada por la emotividad y la fortuna de saberlo vivo. El alivio se apoderó de la audiencia al conocer que este notable exponente de la pianística cubana se había recuperado de un derrame cerebral que sufrió en septiembre pasado.
Entre standards de jazz y en medio del entrar y salir de amigos músicos a escena, Gabriel contó sobre la necesidad espiritual que lo movió a realizar este viaje, aunque los médicos no lo recomendaban. Nos habló de su hermana, sentada entre el público, quien por primera vez, contaba, lo veía tocar en vivo. “Te quiero mucho, hermana”, dijo el artista emocionado.
La velada le dejó tiempo para dedicarle una pieza a Chick Corea (1941-2021), a quien confesó devoción y cariño, fruto de la amistad. También hubo pensamientos para Herbie Hancock, quien tras escuchar el piano de Gabriel Hernández —hace mucho tiempo, en Hungría—, dijo que era “el mejor desconocido que he oído”; o Chucho Valdés, sobre quien aseguró que el camagüeyano “es de esa gente que, antes de la técnica, pone el corazón”.
Fue Chucho quien descubrió el talento de Gabriel cuando este tenía apenas 14 años y venía de estudiar en el conservatorio Luis Casas Romero, de la urbe agramontina. Así lo recordó el destacado pianista, al mediodía de un miércoles de finales de enero —al día siguiente de su presentación en el Brecht—, sentado en el bar del Hotel Deauville.
Desde la intersección de las calles Galeano y Malecón, Gabriel conversó con OnCuba sobre este momento de su vida y sobre cómo lo ha experimentado como músico, artista y ser humano. Por supuesto, nos contó sobre la obra cosechada y nuevos proyectos.

Junto a él está su mánager, el mexicano Aletz Onofre. Él y su familia, advierte Hernández, han sido indispensables en esta etapa de recuperación que le ha tocado afrontar en México, así como en la continuidad de su carrera y presentación en el circuito de jazz en México, donde Gabriel es un nombre respetado.
Él conoce aquella escena como la palma de su mano. Quizá ello se daba a las más de tres décadas que lleva residiendo en tierra azteca.
Durante 20 años Gabriel Hernández estuvo ausente de los escenarios cubanos. No fue hasta el año pasado, durante el 39 Festival Jazz Plaza, que regresó por la puerta grande con un tremendo concierto en la sala Avellaneda del Teatro Nacional de Cuba.

La gran fiesta del jazz en Cuba fue un evento que vio nacer, de alguna forma, el talento del joven Gabriel. Creció admirando a Bobby Carcassés, Emiliano Salvador (1951-1992), Chucho Valdés. En su primer festival, recuerda, debutó acompañando a Rembert Egües y Beatriz Márquez.
“Esos inicios fueron tremendos. Después hice mi agrupación; se llamaba Fervet Opus. Con ese grupo nos fuimos por toda La Habana. Después mi horizonte se amplió porque empecé a tocar con Roy Hargrove (1969-2018), a quien le debo una gran parte de mi carrera artística”, confiesa el músico, que entró a la agrupación del trompetista estadounidense, El Crisol de Hargrove, para reemplazar a Chucho Valdés.
“Yo ya conocía la música de Roy, pero cuando entré a su banda para ocupar el puesto de Chucho, no había música escrita. Esperaban que tocara el piano, pero no había papeles, ninguna anotación. Recuerdo que en el primer viaje me encerré en la habitación del hotel a escuchar y copiar la música del disco Habana (1997), con el que Chucho y Hargrove habían ganado un Grammy en 1998. Cuando llegamos al primer ensayo, ya tenía la música aprendida. Mientras estábamos tocando, Roy se percata y pregunta: ‘¿Chucho mandó la música?’. Fue un momento sensacional”, (sonríe).
“En Cuba todos venimos de un mismo tipo de enseñanza; por supuesto que tengo que copiar el dos alterado, igual que Chucho. Lo que no nos enseñaban en la escuela, luego lo aprendíamos al calor de las descargas”, cuenta.
Del trabajo de Gabriel con El Crisol de Roy Hargrove está disponible en las plataformas digitales un disco de reciente publicación, grabado hace algún tiempo. Gabriel Hernández trabajó con Hargrove durante diez años y recuerda la producción de Grande-Terre (Verve Records, 2024). “Después de ganar el Grammy, en 1998, Roy nos pidió a cada músico de la banda que hiciéramos dos arreglos de lo que quisiéramos. Con todo eso nos fuimos a grabar al estudio. El disco salió hace poco. Uno lo escucha y viaja en el tiempo; es maravilloso”.

Los pianistas jóvenes tienen miles de referencias al alcance de un clic. En tu época, el acceso a la información era mucho más limitado. ¿Cuáles fueron tus influencias en la etapa de estudiante?
Cuando aquello solo había un programa de jazz en la televisión. Lo hacía el padre de Horacio “El Negro” Hernández. Lo veía siempre; ahí escuchaba a mucha gente potente. Gracias a ello pasé buenos ratos y descubrí a Herbie Hancock, Chick Corea, entre otros.
En su momento, por supuesto, hice mi investigación. Hoy intento servir de puente para las nuevas generaciones, que vienen “echando humo”. Ellos lo tienen todo; uno no tiene que hacer nada, pero por lo menos intento hacer la labor de facilitar que los conozcan en otros lugares.
En mi concierto en el Brecht me visitó un alumno acabado de graduar en Berklee College. Aproveché y le presenté a Tony Rodríguez, un músico increíble. Me dio gusto saber que ambos ya se habían escuchado y se generó una comunicación muy agradable entre ellos. Eso es lo bueno de este arte.
Es muy gratificante vivir de lo que a uno le gusta, aún más si logras dirigir y decidir sobre tu carrera. La manera más fácil de ganar dinero en los mercados en los que me muevo es acompañando a un artista; entonces aparecen todas las posibilidades para que seas el pianista acompañante de tal intérprete. Pero si te cortan la libertad, no vale la pena.
La música es muy estimulante y puedes ganar mucho, pero yo siempre he dicho que no puedo poner mi hígado a trabajar; no puedo estar haciendo algo que sé que no me gusta. Tocando mi música me siento bien. Es maravilloso llenar un club de jazz y ver cómo sale la gente de ahí: yo quiero que sea siempre así y voy a luchar por eso hasta donde pueda. Para eso vivo, para mostrarle a la gente lo que traigo, si se puede comercializar, mejor.

¿Has tenido que hacer muchas concesiones, como intérprete, durante tu carrera?
Las he hecho. Algunas me han permitido vivir experiencias enriquecedoras. Por ejemplo, tuve la oportunidad de trabajar con Lila Downs, una cantante mexicana excepcional, en varios proyectos suyos. Eso supuso un desenvolvimiento en una dinámica distinta. No era solo tocar el piano, sino la forma en que debía hacerlo, pero nosotros los cubanos tenemos dominio de una parte muy importante en lo que hacemos: somos mucho teatro y drama. Eso, aunado a la música que escuchas y a la práctica constante, te permite que salgan resultados hermosos.
Cosas así son las que a mí me encantan. Si tengo que estudiar sobre la ejecutoria de Agustín Lara, para incorporar su deje musical al sonido del piano, porque el proyecto lo demanda, por supuesto que lo hago. Esa es nuestra tarea como músicos. Si no lo haces, si no adoptas esa exigencia, estás perdido. Es como querer tocar danzones, pero sin tener idea de sus orígenes y de cómo se toca. Uno tiene que hacer la tarea, la investigación.
Llevas más de 30 años viviendo en México.
Sí. Llegué a México sin idea de desarrollar una carrera pianística. Pero llegas, empiezas a vivir la ciudad, armas una familia. De momento, estás en un festival de jazz y te presentas con un trío. Te escuchan, alguien te dice “oye, esto suena increíble” y se empiezan a abrir puertas.
Allí conocí a Tito Puente, a Celia Cruz. Empecé a tocar con Tito, luego con Ray Charles; todo eso vino gracias a la música.
Todo lo que he logrado en mi vida ha sido a través del piano. A la mayoría de mis novias las conquisté tocando el piano (sonríe).
¿Fue difícil para ti, como músico migrante, introducirte en el circuito del jazz en México?
No. De hecho, gracias al trabajo constante he llegado a los primeros lugares en ese circuito mexicano. Uno llega y se adentra, poco a poco, en la comida y en la cotidianidad. Conocí a músicos de allá, trabamos amistad y empezamos a hacer proyectos.
Hoy mi nombre y mis proyectos son distinguibles en la cartelera del panorama jazzístico mexicano. La dinámica que se produce en los clubs de jazz deja un sabor de boca muy chingón; ver esos lugares repletos y que la gente diga “vengo a oír al maestro Gabriel” es maravilloso.
En la actualidad hay tantas plataformas que no tienes que salir de tu casa a escuchar buena música. Que la gente acuda a ver mi propuesta, me llena el alma.
¿Cómo es ese circuito del jazz en México? ¿Cómo lo vives?
Se ha convertido en una moda, para cierto tipo de público, ir a los clubs de jazz, primero, para presumirle a la novia que vas a un club soterrado, de paredes forradas con madera, con un piano Steinway & Sons al centro. Y presumen con que eso es lo más parecido a estar en Nueva York. A veces pareciera que no van por la música.
Pero a pesar de eso ha crecido mucho la audiencia de jazz en México, igual que acá. En Cuba siempre lo vi como algo normal: los muchachos ya veníamos preparados para dar un salto superior en la escuela de la vida. Tocaba Gonzalo Rubalcaba en tal lugar y todos nosotros nos matábamos para ir a Bellas Artes o a dónde fuera; así le ocurría a mucha gente, no solamente a músicos. Siempre ha existido necesidad de estar al día con las artes en esta isla. Eso empieza a pasar ahora allá en México.
Ahora un lugar de este tipo se puede llamar “Pizza Jazz” o “Taco Jazz”, en fin. Conocemos un merendero donde hacen buenos tacos y tiene un espacio para escuchar jazz. Se hace porque hay que facturar, hay que pagar los biles (sonríe). Ya los hoteles no quieren tanto ese jazz; quieren un jazz de elevador, una música cualquiera que no transmita. Así que de repente te encuentras a un propietario al que le gusta arriesgar y sonar de otra manera. Ahora hasta en los puestos de tacos dan chance. Un buen taco y una buena descarga no está nada mal.
Tu trabajo como arreglista y compositor también ha sido notable ¿Cómo ha sido ese trayecto por la música?
Siempre tuve habilidad para componer. Creo que todo lo que me pasa tiene una traducción en la música. La musa que me acompaña me permite plasmar mi sonido. Nunca pensé que fuera algo tan valioso.
Uno dice “sí, este tema es mío, pero quién lo va a tocar si no soy yo, cuando el tiempo pase”. Gracias a la vida mi música se toca en Europa; hay un programa de enseñanza que se hizo con temas míos y que se imparte en una universidad holandesa, porque la cátedra de piano de esa academia la atiende un pianista cubano que aprecia mi obra.
Aquí, por ejemplo, está el fenómeno de Rolando Luna. Él toca mi música en muchos lugares y tal vez haya posibilidad, en algún momento, de hacer algo más. Es gratificante ver cómo la composición que hiciste con una intención determinada, otro intérprete la ve de otra manera y la pone a guarachar a otro nivel.
Me viene a la mente una pieza como “Son a Emiliano”, que forma parte de tu disco Jazz a lo cubano (Bésame mucho Records, 1994).
Ese disco recibió un apoyo determinante de Chucho Valdés. Estaba tocando en México y Chucho estaba en el público. Al terminar, se acerca y me dice: “esto hay que grabarlo y quiero ser el productor”. Y así fue.
Vine a La Habana e hicimos la grabación del disco. El maestro organizó varios conciertos aquí, en el Teatro Nacional, en el Mella. Fue algo lindo. Él se encargó de todo y movía los instrumentos de Irakere para eso. El final del concierto fue un dueto entre Chucho Valdés y yo. Eso es algo que uno tiene que sentir; cuando tú estás sentado frente a Chucho al piano, te quieres morir, porque sabes que lo que va a pasar por encima de ti es una aplanadora extraordinaria (sonríe).
Al principio es preocupante saber que vas a compartir tu música con alguien que tiene mucha más experiencia que tú, no solamente en el jazz, sino en la pianística en general. Estamos hablando de alguien que puede ser considerado como uno de los cinco pianistas más notables del mundo. Que te diga “vamos a tocar a dos pianos” significa que él y yo tenemos que coincidir en algún punto de la música y empezar a edificar algo.
Entonces uno piensa “si no le transmito mi musa, ¿qué pasaría?”. Pero hacerlo con él fue una garantía de éxito.
Cuando escuchas el dueto en el disco te das cuenta de la amabilidad del maestro, comprometido con hacer las cosas bonitas, sin ánimo de impresionar, sin acaballar al otro piano. Eso es hacer música y esas son las alegrías que me ha permitido vivir este arte.
Siempre le estaré agradecido al maestro por su amabilidad y colaboración.
El año pasado regresaste al Jazz Plaza, luego de dos décadas alejado de estos escenarios. ¿Cómo has vivido este nuevo viaje?
Este viaje ha sido algo raro para mí. Yo estoy aquí porque la vida es muy grande. Casi muero hace unos meses, producto de un derrame cerebral. Los doctores no estaban de acuerdo con que volara hacia acá, pero yo insistí. Les dije que estaban equivocados, porque cuando uno sabe que tiene un mal y no atisba solución, lo mejor es nutrirse de lo que le hace bien al alma. La parte emocional de un músico está en hacer música y hay que aprovecharla. No me rindo.
Estoy feliz de estar en mi Cuba, con mi gente, con estos talentos que he podido ver durante el festival, en las escuelas. Me veo cuando yo estaba estudiando, así, contra el tráfico. A mí me botaron de la escuela por tocar música popular y después fui el primer maestro de música popular allí. Así somos (sonríe).
¿Una experiencia de salud como la que viviste cambia la relación con el instrumento y la forma en que se hace la música?
Claro. De hecho, estás en el lecho de todos los problemas y lo único que pides es tener unas horas más de vida para poder tocar el piano y hablar de lo que estás pasando.
Uno no quiere estar enfermo, ni tener una situación grave de salud, pero muchas veces esas situaciones son las que te hacen hablar de algo nuevo, las que te hacen poner otro color a tu sonido. Tenemos la posibilidad de convertir los problemas en música.
¿Qué representa el jazz para Gabriel Hernández?
El jazz es mi manera de vivir. Desde que me levanto improviso; gracias a ello me siento vivo. A todo le pongo acordes raros. En todas mis ideas, aunque no las plasme en el piano, estoy haciendo jazz. Pienso que sin esa parte no sería yo; eso es lo que escogí para hacer y es lo que me mantiene vivo. Lo disfruto mucho.