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Con una carrera que crece a base de riesgo, rigor y una clara vocación por el oficio, Ariel Zamora se ha consolidado como uno de los intérpretes más inquietos y versátiles de su generación. Su trabajo reciente fue reconocido por la Asociación Hermanos Saiz (AHS) con el Premio Adolfo Llauradó en la categoría de actuación masculina para teatro, gracias a su desempeño en El sabueso de los Baskerville, confirmando una trayectoria que ya había sido premiada en 2022 en el apartado televisivo por la telenovela Tan lejos y tan cerca.
Más allá de los galardones, Zamora entiende el reconocimiento como un estímulo y no como una meta. “Siempre se siente bien cuando reconocen nuestro trabajo, aunque no trabajamos pensando en ello. Pero lo que más me alegra de esta obra es la pasión con que la gente la recibe, la conexión que hace el público con la historia, a pesar de ser un humor al que no estamos acostumbrados a consumir, y el intercambio inmediato que se crea entre actor y espectador”, afirma. Esa relación viva con el público, forjada sobre todo desde el teatro, atraviesa hoy su trabajo en distintos lenguajes y soportes.
Esa misma noción de riesgo y transformación se traslada a Ricky–Ricardo, su trabajo más reciente para el cine, donde interpreta a un joven obligado a reconstruirse tras una ruptura familiar marcada por el rechazo. Dirigida por Magda González Grau, la película propone un relato íntimo sobre identidad, incomprensión y resiliencia, temas que dialogan directamente con la sensibilidad actoral de Zamora y con su interés por los personajes que atraviesan situaciones límite.

¿Qué te atrae de los personajes que se ven obligados a reinventarse y cómo dialoga eso con tu propio momento como actor?
Como actor —y concuerdo con la mayoría mis colegas— creo que me gustan más los personajes con conflictos complicados, los que se encuentran en situaciones límite. En este caso, Ricky Ricardo es un personaje que tiene que reinventarse completamente, porque su vida cambia de un momento a otro; en una sola mañana todo se transforma debido a los problemas que tiene con su padre (Jorge Martínez).
Entonces, como bien me dices, se ve obligado a reinventarse, y eso me parece algo maravilloso en los personajes, y sobre todo para los actores, porque tienes que marcar y trabajar muy finamente cómo ese personaje se va transformando y cambiando a lo largo de la historia. Ese arco que comienza de una manera y se va modificando hasta terminar de otra.
Creo que eso, por supuesto, dialoga con el momento que yo vivo como actor, porque en este país —y en nuestra profesión— siempre tenemos que estar reinventándonos constantemente: utilizar lo que te sirve de un medio —por ejemplo, del teatro— y pensar qué puede funcionar en la televisión, y viceversa, pero tratándolo siempre con mucha delicadeza, según el medio en el que estés trabajando.
Según ha adelantado su directora Magda González Grau, en la historia, el vínculo entre dos seres aparentemente opuestos se convierte en un espacio de transformación. ¿Qué te interesa explorar, como intérprete, en las relaciones que nacen desde el conflicto y la incomprensión?
A mí, como intérprete, me interesa explorar las relaciones que nacen desde el conflicto, la incomprensión y el desacuerdo. Me interesa explorar el cambio y la transformación que existen en ambos personajes que viven ese conflicto, ese encontronazo, por así decirlo.
Me interesa la transformación y el cambio que van surgiendo a partir de la convivencia, de las acciones que un personaje ejerce sobre el otro dentro de la historia, y de las circunstancias que, a veces, esos dos personajes tienen que vivir. Cuando existe un conflicto y una incomprensión, las cosas deben ir fluyendo y modificándose.
Eso me gusta mucho, sobre todo cuando trabajas con actores que, desde la etapa de preproducción, aportan constantemente y se preguntan: “¿Por qué crees que esto debería ser así?” o “¿Crees que tu personaje y el mío deberían comenzar de una manera para terminar de otra?”.

¿Qué más nos puedes adelantar sobre Ricky–Ricardo?
De Ricky-Ricardo les puedo adelantar que van a ser cómplices de una historia bastante dura, una historia como otras que se llevan al cine en nuestra sociedad. Esta vez aborda el rechazo, por parte de su familia —en especial de su padre—, hacia un muchacho gay.
Se trata de un joven que se encuentra a sí mismo y decide reunir fuerzas para defender su derecho a ser quien es. Eso es lo que les puedo adelantar.
Ariel, tu trabajo muchas veces involucra personajes que desafían normas y expectativas sociales. ¿Cómo crees que la diversidad de experiencias y expresiones de identidad enriquece la actuación y la manera en que los públicos se conectan con los personajes?
Desde niño siempre me han preguntado: “¿Por qué quieres ser actor?”. Y, como muchos niños que sueñan con actuar, yo respondía que quería vivir otras vidas, sentir lo que sienten otras personas.
Cuando uno crece, estudia y entiende lo que es verdaderamente la actuación, agradece que cada personaje sea diferente, que tenga una identidad propia, que sea completamente distinto, incluso que provenga de universos opuestos.
La gente lo nota —y nosotros, los actores, lo agradecemos— cuando te dicen: “Nunca te había visto haciendo un personaje de este tipo”, “Nunca te había visto como villano”, o como un galán, o incluso interpretando a Sherlock Holmes en el teatro, haciendo época.
Creo que esa es una de las cosas que más disfrutamos los actores.

El último año has tenido una presencia activa en el teatro cubano, con trabajos en compañías como El Público, El Portazo y Nave Oficio de Isla. ¿Qué te ha aportado transitar por estéticas, métodos y poéticas tan diferentes en un mismo período creativo?
El teatro, para mí, es como mi casa. Hago teatro desde que tengo diez años. Comencé en el teatro infantil y aficionado; luego entré a la Escuela Nacional de Arte (ENA) y empecé a observar los diferentes grupos teatrales, cada uno con sus estéticas.
Por supuesto, uno siempre siente afinidad por unas más que por otras, pero nunca he rechazado ninguna estética. ¿Por qué? Porque cada una, para mí, es una escuela; cada maestro tiene un aporte directo hacia uno como actor.
Eso es lo que disfruto de trabajar con diferentes estéticas y con grupos que hacen un trabajo distinto, incluso cuando se acercan a un lenguaje más cabaretero, por ejemplo. Creo que eso, sobre todo en el teatro, les da a los actores una gran libertad a la hora de pararse y decir: “¿Hacia dónde quiero girar?”, “¿Sobre qué quiero trabajar este personaje?”.
El teatro te brinda muchas herramientas para construir y explorar.
¿De qué manera el teatro —con su inmediatez, su riesgo y su exposición— ha moldeado tu forma de actuar cuando pasas a otros lenguajes como el audiovisual?
Mi preparación es teatral. El teatro ha sido mi base desde que me gradué de la ENA, ya que la formación académica es, en esencia, teatral.
El teatro me ha enseñado que lo primero es entender que uno viene a contar una historia, como actor y como creador. Vas a contar una historia para que los espectadores la comprendan y puedan vivirla contigo; pero el primero que tiene que entenderla es uno mismo.
Eso implica conocer la obra en su totalidad: de qué va, cuál es su sentido. Y no hablo solo de teatro, sino también de cine, televisión o radio. Debes saber por qué tu personaje es así, por qué piensa de determinada manera y por qué se comporta como se comporta.
El teatro también me ha enseñado que necesitamos preparación, entrenamiento y estudio constantes.
Has participado este año en adaptaciones televisivas de textos literarios, como La pata de mono ¿Qué desafíos encuentras al llevar un cuento a la actuación, y qué te interesa preservar de la literatura cuando se transforma en acción escénica?
Lo que más me interesa de este tipo de propuestas es que le estamos llevando literatura al espectador. No se trata solo de mostrar conflictos del día a día en Cuba, sino de abordar conflictos universales, situaciones que pueden ocurrir aquí, en Corea o en Canadá, por así decirlo.
Eso me resulta muy atractivo: comprender y representar conflictos que pueden suceder en cualquier parte del mundo y que no necesariamente están vinculados de manera directa con nuestra cultura, nuestra idiosincrasia o nuestro contexto inmediato.

Tu nombre se suma al elenco de Guantanamera, coproducción entre Rusia y Cuba, dirigida por Serguey Mokritskiy. ¿Qué nos puedes adelantar sobre tu personaje?
En Guantanamera interpreto a Diego, un personaje que pertenece a la segunda línea de tiempo de la película, que es la retrospectiva situada en los años cincuenta. Es un guerrillero de la columna del Che Guevara, y forma parte de una subtrama que está muy ligada a la trama central, ya que los acontecimientos del pasado y los secretos que se revelan cobran sentido más adelante, en el presente, dentro de la otra línea temporal del filme.
Diego es un cubano entregado a la causa de la lucha; por supuesto, un poco celoso, diría yo, pero también muy valiente. Es todo lo que puedo adelantar.
Considerando que Guantanamera combina múltiples géneros (romance, acción, espionaje) y transcurre entre dos épocas, ¿cómo influyó ese contexto en tu enfoque para construir tu personaje y su relación con los demás?
Yo me centré, por supuesto, en el estudio de esa etapa de la lucha guerrillera en Cuba, especialmente de la columna de la región central, que estaba comandada por el Che Guevara. Estudié la época, leí bastante y vi todas las películas que pude sobre el Che, en particular Che, el argentino y Che, guerrilla, protagonizadas por Benicio del Toro, y que resultan un material muy valioso para este tipo de investigación.
Además, durante el trabajo de ensayos para el rodaje de la película abordamos temas muy importantes, como la interrelación entre los personajes, y a partir de ahí se fue construyendo todo. La verdad es que trabajar con un director como Serguey Mokritskiy, que tiene las ideas muy claras y sabe exactamente lo que quiere, hace que el proceso sea mucho más fácil para nosotros, los actores.

Mirando tu evolución como actor, ¿en qué sientes que has cambiado más: en la técnica, en la mirada sobre los personajes o en la relación con el público?
En mi corta carrera como actor, creo que una de las cosas que más se ha transformado es la relación con el público, sobre todo en el teatro. Pienso que esto me ha sucedido especialmente a la hora de hacer comedia, un género en el que he tenido la oportunidad de incursionar en más de una ocasión.
Por ejemplo, en Asesinato en la Mansión Haversham, una comedia producida por Nave Oficio de Isla y dirigida por Ledier Alonso Cabrera, fue donde primero lo sentí con claridad: ese feedback directo de la comedia, esa respuesta inmediata del público. Ahí te das cuenta de que el medidor principal de la obra es, precisamente, lo que te devuelve el espectador: las risas, las reacciones.
Es algo que me ha gustado mucho y que también pude experimentar en El sabueso de los Baskerville, otra comedia producida por Teatro Público y dirigida igualmente por Ledier Alonso Cabrera. Sentir a la gente ahí, romper la cuarta pared, relacionarte con el público sin ningún tipo de miedo, creo que ha sido una de las experiencias que más han cambiado y evolucionado en mí durante estos últimos años.
Cómo joven, ¿qué retos y oportunidades encuentras al desarrollar tus personajes dentro del cine, la televisión y el teatro cubanos contemporáneos?
Los retos más difíciles que he enfrentado en la actuación, creo que han sido en los medios, específicamente en la televisión y el cine. Mi preparación, como ya he dicho anteriormente, es teatral, y el trabajo en los distintos medios es muy diferente.
Por eso, el trabajo en la televisión y en el cine ha sido, en la mayoría de los casos, un gran reto. Llegar a un medio sin haber tomado clases específicas y tener que aprender sobre la marcha, directamente en el trabajo, ha sido uno de los principales desafíos.
Claro, también me ha dado oportunidades. La visibilidad que te puede ofrecer la televisión es algo muy importante, sobre todo para nosotros, los jóvenes actores.

¿Qué tipo de personajes o proyectos te motivan en este momento y hacia dónde te gustaría dirigir tu búsqueda artística en el futuro cercano?
Yo no tengo preferencia por un tipo de personaje en específico. Claro, sí tengo inclinación por algunos géneros, como la comedia, y en el teatro me gustaría seguir incursionando por ese camino, sobre todo desde la comedia física y la comedia universal. Eso sí me interesa mucho.
Pero a veces llegan proyectos que no tienen nada que ver con lo que estás buscando y, sin embargo, te enamoran. Simplemente te gusta la historia que estás contando, te gusta lo que estás haciendo, te lo crees y ya. Es así.
En el cine, en mi caso, es diferente. Me encantaría seguir contando historias, sobre todo historias universales que puedan ser entendidas en cualquier lugar del mundo, aunque, por supuesto, las historias cubanas nos tocan mucho, especialmente a nosotros.
Entre personajes que se reinventan, conflictos que revelan zonas incómodas y una búsqueda constante entre el escenario y la cámara, Ariel Zamora construye una poética actoral donde la transformación es clave. Ya sea en el teatro —su casa, como él mismo lo define—, en la televisión o en el cine, su trabajo dialoga con un presente artístico marcado por la diversidad de estéticas, la exposición al riesgo y la necesidad permanente de volver a empezar.
Más que certezas, Zamora parece perseguir preguntas; y quizá ahí radique la fuerza de una carrera que, lejos de acomodarse, sigue en pleno movimiento.











