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Ingrid Lobaina, actriz: “Lo importante es ser fiel a uno mismo”

Su juventud no le ha impedido forjar una carrera sólida, que incluye participaciones en el teatro, el cine y la televisión, ámbitos donde ha encarnado personajes que la han acercado de manera especial a la audiencia de Cuba.

por
  • Abel Castillo Noriega
    Abel Castillo Noriega
enero 7, 2026
en Televisión
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Foto: Jorge Luis Coll.

Foto: Jorge Luis Coll.

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Ingrid Lobaina se ha destacado en cada uno de los medios en los que se ha desempeñado porque, cuando se propone hacer algo, pone en ello su sensibilidad y talento.

Su juventud no le ha impedido forjar una carrera sólida, que incluye participaciones en el teatro, el cine y la televisión, ámbitos donde ha encarnado personajes que la han acercado de manera especial a la audiencia de Cuba.

Desde que la descubrimos en la película El premio flaco (2009), no ha dejado de sorprender al público. La actriz que dio vida a Noemí en la serie Calendario (2022) y a Damaris en la telenovela El derecho de soñar (2023) nunca pasa desapercibida: su creatividad parece no tener límites. 

En sus palabras se filtra la pasión por la interpretación y las artes visuales. Egresada de la Escuela Nacional de Arte (ENA), canaliza sus inquietudes en múltiples ámbitos, siempre con la necesidad de ponerse retos que le permitan descubrir nuevos horizontes.

Foto: Jorge Luis Coll.

¿Cuál es la mejor manera de abrirse puertas en esta profesión?

Se habla mucho de la suerte, pero creo que más que suerte se trata de estar enfocado y de trabajar arduamente. Es innegable que la formación ayuda muchísimo. Pasar por la Escuela Nacional de Arte es algo que, de cierta forma, te encamina, porque desde edades tempranas te conectas con el medio.

Estamos en una época en la que también se ha abierto un poco el cerco y es más fácil conectar con el medio a través de vías alternativas de formación. En los últimos tiempos la televisión ha mostrado una mayor apertura hacia nuevos talentos y nuevas caras, y eso también demuestra que no solo tiene validez haber pasado por la escuela, sino que nuestros medios son capaces de identificar el talento en personas que quizá no han tenido esa formación, pero sí la vocación.

¿Se valora diferente a quienes hacen teatro?

Siempre se ha identificado al teatro como la columna vertebral en la formación de un actor. Es uno de los oficios más antiguos y tiene un carácter artístico-místico que enamora. Las escuelas de formación actoral casi siempre lo utilizan como base para aprender el oficio, y luego esa base se adapta a los códigos televisivos o cinematográficos. Desde la perspectiva de alguien que comenzó a hacer teatro a los siete años, siempre lo voy a ver como lo más elevado.

He identificado que, de un tiempo para acá, ese respeto profundo por el actor de teatro se ha desdibujado bastante. Vivimos tiempos de crisis y pienso que cuando las personas están ocupadas en atender sus necesidades básicas, el arte pasa a un segundo plano. Lo comprendo, pero tengo mis reservas, porque creo profundamente en el valor del arte y la cultura como entes que nos salvan de las miserias humanas y nos sostienen en momentos de inestabilidad.

Foto: Jorge Luis Coll.

¿Es el medio más desafiante para una actriz?

En el caso de mi versión de siete años, que empezó haciendo teatro, eso tenía más que ver con una necesidad profunda de canalizar quién yo era a través de esos códigos.

El teatro es un arte que reúne muchas disciplinas artísticas en sí mismo: uno canta, baila, tiene muy cerca las artes visuales, desde la composición teatral hasta la propia escenografía y los objetos con los que se trabaja. Me fue muy fácil sentirme plena y cómoda, porque era un espacio donde podía hacerlo todo.

¿Buscabas el reconocimiento o apenas dar rienda suelta a tu pasión?

Cada año que pasa estoy más en sintonía con la creencia de que no busco ser reconocida. De hecho, cuando comencé a volverme medianamente popular a raíz del fenómeno de la serie Calendario, muchas amistades se me acercaban para preguntarme cómo estaba llevando ese proceso, porque me conocen y saben que tengo un carácter que no va para nada con eso.

Más que perseguir fama o reconocimiento, perseguía ser yo misma, y el arte fue la plataforma que me hizo sentir que ser quien soy estaba bien, que no había ningún problema con tener una personalidad tan explosiva y creativa.

Foto: Jorge Luis Coll.

¿Te ha sido difícil desprenderte del personaje de Noemí, de la serie Calendario?

No me ha sido difícil porque me propuse que no lo fuera. Mi proyecto inmediatamente después de concluir la segunda temporada de Calendario fue la telenovela El derecho de soñar. Había todo un pánico alrededor de mí; incluso, no fui considerada en la primera etapa del casting.

Me convocan porque la actriz que iba a asumir el personaje inicialmente no pudo hacerlo. Los directores y parte del equipo estaban preocupados porque mi personaje anterior estaba muy fresco; querían desencasillarme, pero al mismo tiempo les daba miedo que el público no fuera capaz de entender esa transición.

Yo era consciente de ese temor, pero uno también decide si va a vibrar en esa preocupación o estar por encima de ella. Me concentré únicamente en hacer mi trabajo y lo demás fluyó. Sabía el trabajo que había hecho y creo que logré enamorar al público con esa propuesta. Por suerte, así fue.

Cuando te vemos interpretar un personaje da la sensación de que no estás actuando, sino disfrutando. ¿Cómo logras eso?

Me pregunto constantemente: ¿de qué manera puedo construir una persona diferente a mí y, al mismo tiempo, conectar desde una verdad auténtica con el público? ¿Cómo lograr conmover con mis palabras y con los sentimientos que transmito?

No actúo pensando en un resultado. Obviamente, a uno lo condiciona cómo la gente va a recibir el trabajo, pero trato de vivir en el ahora del personaje, en la inmediatez de la situación. Siempre pienso en qué recursos puedo usar desde mi propia experiencia vital para enriquecer esa realidad alternativa que estoy construyendo, y que conecte con las personas sin que se sienta falsa o engolada.

Foto: Jorge Luis Coll.

¿Tu proceso de acercarte a los personajes ha cambiado con el tiempo?

Creo que sí. Me atrevería a decir que todos los actores pasamos por procesos de reinvención. También diría que quien se queda aferrado a un solo método o a una metodología específica termina estancándose.

No niego que existen grandes teóricos y escuelas a las que uno recurre para sostenerse en la construcción de los personajes, pero como seres humanos estamos en constante cambio y mutación. Siempre nos estamos readaptando a cada etapa, y eso forma parte del proceso de enfrentarse a un nuevo personaje.

Es un reto diferente, sí, pero también es una nueva versión mía la que lo enfrenta. Primero me toca descubrirme en esta etapa, y luego descubrir cómo acercarme a la vida de alguien nuevo.

¿Se aprende a actuar con cada personaje?

Definitivamente, después de cada experiencia uno aprende mucho. Solo hace falta tener la visión y la sensibilidad para identificar el aprendizaje justo de cada cosa. Uno es capaz de llegar a muchas conclusiones, de desafiar los límites que se autoimpone. De pronto te descubres haciendo algo que creías que no eras capaz de hacer. 

¿Cuánto influyen la imagen y la voz a la hora de transmitir emociones?

Es importante que un actor sea una persona psicológicamente estable. Uno parte siempre de experiencias y emociones propias, vividas a lo largo de la vida, para luego imprimirlas en los personajes.

El cuenco donde reposa esa agua es uno mismo. La escuela, las técnicas y los maestros te enseñan a identificar esas emociones de modo que puedas construir una especie de banco al cual recurrir, y encontrar la vía que mejor te funcione para conectar con ellas sin que eso se convierta en un elemento de alta laceración.

En estados de ansiedad o de tristeza profunda, si uno como actor se deja permear demasiado, puede ser nocivo para la salud mental. Justamente, muchos de los ejercicios con los que se trabaja durante la formación están pensados para identificar una emoción sin que esta te atraviese en exceso, y para viabilizar el camino por el cual llegas a ella sin necesidad de autoflagelarte.

¿Qué haces para recuperarte emocionalmente después de representar escenas intensas?

Es válido tomarse un descanso. El descanso, en una carrera como la nuestra, está demonizado; a veces, para muchos, es símbolo de derrota. En mi caso, nunca me he proyectado como una creadora sujeta a ese tipo de exigencias. No dejo de reconocer ni de agradecer el reconocimiento, pero no me gusta sentir que soy esclava de eso.

Si uso mi cuerpo y mi mente para construir esa vida nueva, debo permitirme esos espacios para, luego de entregar una obra, trabajar en mí y estar lo mejor posible para recibir el próximo personaje y asumirlo con el mismo ímpetu que el anterior.

Mis alternativas han sido las pausas necesarias, reconstruirme, reflexionar y reconocerme en esa nueva versión de mí que queda después de haber atravesado un personaje.

¿Prefieres que los directores te dirijan o te escuchen?

Sobre todo, creo que es importante el equilibrio entre ambas cosas, que exista ecuanimidad. Me gusta mucho que me dirijan, sentir la presencia del director como ente creador. Me gusta sentirme guiada y acompañada, pero también disfruto y agradezco que se me dé el margen para ofrecer mi punto de vista. Cuando un director reconoce que tienes una voz, que tú también eres un creador, eso es algo maravilloso.

¿El éxito de una producción se mide por el impacto en el público, por la opinión de la crítica o por los premios?

Teniendo en cuenta que atravesamos una crisis social de valores, también es responsabilidad de los creadores educar al público con amor y arte. El arte tiene un poder educativo muy fuerte, y eso es algo que debemos tener claro como creadores. Partiendo de esa relación sana que uno puede establecer con su público, para mí ellos son el juez más importante y valioso.

Luego, por supuesto, el criterio de los profesionales que rodean una obra también es relevante. El tema de los reconocimientos pasa por otros filtros. Reconfortan, te hacen sentir que tuviste un impacto y, a veces, te dan la fuerza y el impulso necesarios para continuar por este camino. Pero siempre lo más importante será llegar al público y mantener un buen diálogo con ellos.

Muchos de tus colegas han emigrado a otros países. ¿Por qué has decidido mantenerte trabajando en Cuba?

Estoy aquí porque soy muy testaruda, porque tengo ascendente en Capricornio y me gustan los retos y los desafíos. He pasado más tiempo del que debía tratando de convertir los “no” en “sí”.

Entiendo profundamente muchos de los motivos por los cuales colegas y amigos han decidido dar ese gran paso, que no es nada fácil. Comenzar de cero en un lugar donde no perteneces, donde tal vez tardes años en sentir que formas parte, es un acto de valentía.

¿Cómo valoras el hecho de que muchos no hayan podido mantenerse trabajando en el ámbito artístico después de emigrar?

Siempre existe ese riesgo: sales de aquí siendo un gran actor, pero luego llegas allá y puede que no sea así. Cualquier postura es válida. Esto, a lo mejor, puede servir como una invitación a que muchas de las personas que expresan criterios sobre estos temas, ya sea públicamente o en redes sociales, sean más delicadas. Debe mediar el respeto.

Cualquier persona que haya atravesado una crisis —ya sea psicológica o material— entiende lo que implica dar un paso como ese y reinventarse. Todo hay que ponerlo en una balanza y preguntarse: ¿qué me alimenta más en este momento de mi vida?, ¿el reconocimiento, la carrera, el arte?, ¿o necesito alimentar otras partes, más asociadas a lo material, para luego seguir construyendo otras cosas?

No encuentro fallas en ninguna de las dos lógicas. Al final, lo importante es ser fiel a uno mismo.

Foto: Jorge Luis Coll.

¿Cuánto le suman las artes visuales a tu faceta actoral?

Mientras más se trabaja en ampliar la visión del mundo, más rica se vuelve la experiencia. En mi caso, decido filtrar mi mirada a través del arte. Si bien al inicio fue la actuación la que me acogió, uno de mis grandes deseos es llegar a verme a mí misma, simplemente, como una artista.

Me llama la atención la necesidad constante de poner etiquetas, de encasillarse dentro de un medio. Quisiera llegar a un estado de conciencia en el que pueda ser artista sin tener que explicarle a nadie si soy actriz o fotógrafa, donde todo lo que haga sea auténtico y no tenga que pasar por procesos de cuestionamiento que, muchas veces, inhiben la creatividad.

Quisiera poder liberarme de todo eso y crear siempre desde la dignidad y el respeto hacia las personas que me rodean.

¿Estás satisfecha con tu relación con el séptimo arte?

Hice cine desde los trece años, con Juan Carlos Cremata, en la película El premio flaco. Esa fue mi primera experiencia. Luego, cuando entro a la Escuela Nacional de Arte, Rudy Mora me convoca para el largometraje Y sin embargo, una adaptación de una obra de teatro que hicimos en la agrupación infantil La Colmenita. El mismo elenco de la obra participó en la película.

En la ENA me dijeron que, si hacía la película, perdía la oportunidad de entrar y tendría que volver a presentarme al año siguiente para hacer las pruebas de aptitud. En ese momento, lo que creí correcto fue continuar con la escuela.

Si hubiera decidido hacer cine, posiblemente estaría más posicionada en el séptimo arte y no habría tardado tanto en volver a él, pero, por otro lado, me habría perdido la experiencia que fue pasar por la escuela.

En 2023 participé en la película Nora, dirigida por Roly Peña, y en Calle 232, de Rudy Mora.

¿Qué hace falta para que el cine cubano trascienda y se posicione internacionalmente?

No soy experta en estos temas y respeto profundamente a todos los profesionales que trabajan en el cine. Sé que existen códigos internacionales que muchas veces no están asociados a lo actoral o artístico, sino a cuestiones técnicas que nos juegan en contra.

En Cuba, más allá de las novedades que han traído algunas productoras cinematográficas en términos tecnológicos, muchos de los softwares con los que se editan las películas requieren licencias que hay que pagar. Debido a dinámicas políticas conocidas, esas posibilidades se nos niegan. Todo el proceso se vuelve complejo, sobre todo cuando no contamos con presupuestos como los que destina Hollywood a un largometraje. Eso puede influir en nuestro posicionamiento en grandes certámenes.

En términos más internos, siento que el cine cubano ha estado un poco deprimido en los últimos años; se ha notado un déficit en la producción. Es un medio cerrado, de difícil acceso. Incluso para actores con carreras consolidadas en el teatro o la televisión, entrar al cine resulta complicado.

Es cierto que las industrias tienden a cerrarse: los equipos humanos funcionan así. Cuando se logra afinidad con alguien, se quiere seguir trabajando con esa persona. Pero siento que el cerco está demasiado cerrado, sobre todo para los actores, y las oportunidades son muy pocas.

A mí nunca me han llamado para un casting de cine y, a veces, me pregunto qué pasa. Como a mí, les sucede a varios colegas que tienen mucho para ofrecer. Siempre ves a las mismas personas interpretando los mismos personajes.

De hecho, estoy convencida de que hice un protagónico porque se trataba de Roly Peña, que viene de la televisión y trabaja con un equipo más flexible, quizá menos permeado por la visión de quienes han pasado toda su vida en el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC).

¿La actuación es tu refugio?

Estoy teniendo una relación un poco extraña con ella porque llevo bastante tiempo inactiva. Ha sido una de las etapas de mayor inactividad en mi vida, y siento que también lo necesito. Necesito encontrar una motivación real para volver, conectarme anímicamente con un proyecto o con un personaje para poder encarnarlo. No es la necesidad la que me mueve a actuar, ni el deseo de que la gente me recuerde.

Ha sido complejo porque muchas personas no dejan de preguntarme por qué no estoy actuando. Entiendo sus cuestionamientos y los respeto, pero también pido compasión hacia los actores, porque a veces recae sobre nosotros una gran presión. Al ser la cara visible de un proyecto, es normal que se nos cuestione constantemente por lo que hacemos o dejamos de hacer.

Es importante recordar que existen otros mediadores y decisores que viabilizan —o no— que un actor se desenvuelva en determinados espacios.

La actuación es un refugio en el que puedes comunicarte con el otro, ventilar alegrías y tristezas, e indagar en ti y en los demás. Es como una nave que te permite viajar en el tiempo y vivir otras vidas que quizá no puedas vivir en esta. En ese sentido, le encuentro un enorme valor.

Puedo vivir sin el arte. Incluso cuando menos artista estoy siendo, miro un cuadro en mi casa, me conecto con él y dejo que sean otros artistas los que me permeen. No lo veo como algo que me tenga presa; más bien es una herramienta para compartir y celebrar. Cuando siento que ese no es el efecto, simplemente no lo hago.

¿Qué necesita Ingrid para vivir un gran día?

Una taza de café es lo primero. Hay épocas en las que no tomo tanto, pero me gusta empezar el día con café. Para tener un gran día, lo único que necesito es que salga el sol.

A veces atravesamos etapas en las que estamos más arriba y otras en las que estamos más abajo. Los artistas, como seres sensibles, solemos vivir de manera anticipada las grandes crisis y profundizamos emocionalmente en cuestiones que no siempre son propias, sino colectivas.

Me gusta mirar la vida desde esa polaridad. Me refugio en la creencia de que el tiempo pasa y que el cielo siempre tiene algo nuevo que ofrecerme. Mientras podamos abrir los ojos cada mañana y mirar lo que el cielo nos regala, todo va a estar bien.

Es el pensamiento al que me aferro últimamente para mantenerme en pie, cultivar y abonar mi felicidad y, sobre todo, tratar de encontrarla dentro de mí misma y no en lo que está afuera.

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