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Yamira Díaz: “Actuar es vida, con matices, con colores, con transiciones”

"La actuación es un acto de limpieza, de exorcismo. La actuación me ha salvado a mí. Me ha dado vida en todos los sentidos, me ha sacado de momentos difíciles y tensos de mi vida".

por
  • Félix A. Correa Álvarez
octubre 28, 2026
en Televisión
0
En la telenovela "Entre aguas", Yamira da vida a la polémica Elsa. Foto: Cortesía de la entrevistada.

En la telenovela "Entre aguas", Yamira da vida a la polémica Elsa. Foto: Cortesía de la entrevistada.

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Queta, Nila, Mercedes, Rosa, Teresa, Elsa… nombres distintos, mujeres atravesadas por circunstancias diversas, pero unidas por algo esencial: la capacidad de Yamira Díaz para convertirlas en seres humanos reconocibles, con sus contradicciones, sus heridas, sus afectos y sus propias maneras de enfrentarse a la vida. En cada una ha dejado una parte de sí y, al mismo tiempo, ha encontrado nuevos caminos para seguir explorando el oficio que eligió desde muy joven.

Desde aquella estudiante santaclareña que llegó al Instituto Superior de Arte (ISA) a finales de los años ochenta hasta la actriz que hoy se comparte entre el teatro, la radio, la televisión y el cine, el recorrido ha estado marcado por la búsqueda constante. La experiencia acumulada no ha apagado la curiosidad de aquella joven que quería descubrir qué podía hacer con un personaje, sino que la ha convertido en una intérprete cada vez más consciente de las posibilidades de su herramienta. Y basta escucharla regresar a aquellos primeros años para entender cuánto de aquella muchacha permanece todavía en la actriz que es hoy: el frío y húmedo Cubanacán, la convivencia con otros estudiantes, la precariedad económica, pero también la complicidad, el compañerismo y aquel sencillo té de hojas de naranja agria que terminó convirtiéndose en refugio frente a la nostalgia por la familia y las provincias.

“El té era abrigo, era recuerdo, era nostalgia de nuestras casas y de nuestras familias, que estaban en las provincias”, recuerda Yamira. Aquella bebida humilde condensaba mucho más que una necesidad cotidiana: era una forma de acompañarse, de mitigar el extrañamiento y de construir, entre estudiantes que tenían poco, una comunidad que todavía guarda un lugar importante en su memoria.

“Tengo tan lindos y tan grandes recuerdos de esos momentos que, definitivamente, han marcado mi vida”.

¿Qué queda de aquella joven en la actriz que eres hoy?

Queda mucho. Quedan, sobre todo, las ganas de seguir aprendiendo, de seguir trabajando, de seguir creyendo en mi profesión. Porque en el ISA descubríamos, aprendíamos y nos encontrábamos por primera vez con un mundo extraordinariamente mágico y maravilloso, que es la actuación. 

Y trato todos los días de mantener esos deseos y esas mismas ganas. Créeme que es difícil, por la edad, por la vida, por los cambios… Pero me siento contenta y satisfecha porque creo que lo he logrado. En el fondo de mi corazón sigo siendo la misma guajirita que llegó allí, a finales de los ochenta, desesperada por aprender y por interpretar, por darle vida a personajes, a seres humanos que no tenían nada que ver conmigo.

El teatro fue uno de los primeros espacios de tu carrera y en 1993 recibiste el Premio de Actuación en el Festival del Monólogo por Paisaje con lagunas en el espejo. ¿Qué significó aquel reconocimiento en una etapa tan temprana de tu trayectoria?

Paisaje con lagunas en el espejo era una obra a partir del texto Nana, de Samuel Beckett. En aquel entonces, en Cuba ya se había visto Esperando a Godot y se había hecho una versión buenísima a cargo de Víctor Varela y Marianela Boán.

Filánder Funes, que era un director y profesor salvadoreño, egresado de la Academia Rusa, mi director y mi profesor durante unos cuantos años, tenía una compañía formada por estudiantes suyos y algunos actores que ya estábamos graduados. Filánder me trae el texto de Nana y hacemos ese espectáculo junto con Cirenaica Moreira, que era —y es— actriz, pero también una excelente artista visual. Preparamos un espectáculo en el que había textos de un escritor salvadoreño y de Beckett, específicamente Nana. El espectáculo se llamaba Paisaje con lagunas en el espejo.

Tengo recuerdos muy lindos de aquellos momentos. Fue premio del Festival de Monólogo y constituyó algo muy importante porque, en 1993, el ambiente cultural en La Habana era intenso. Había muchas compañías, mucha gente trabajando, muchos actores y muchos directores que se estaban formando. Se había creado recientemente el Consejo Nacional de las Artes Escénicas y había aparecido una serie de grupos teatrales con disímiles orientaciones, intereses y vocaciones. Haber ganado un premio en el Festival de Monólogo, que era un evento muy importante que se realizaba en La Habana y en el que participaban artistas, directores y escritores destacados del movimiento teatral cubano, imagínate tú, fue para mí algo maravilloso.

Pero, sobre todo, lo más importante fue haber estado tanto tiempo bajo la dirección de Filánder. Yo siempre he dicho que Filánder es, si no el más, uno de los más importantes directores por los que he pasado. Me gusta pensar que la actriz que puedo ser hoy se lo debo, en gran medida, también a él.

Yamira Díaz en el monólogo La maestra, del espectáculo Sin pelos en la lengua, agrupación teatral A teatro limpio, dirección Hugo Vargas. Foto: Cortesía de la entrevistada.

Filánder era un hombre que amaba la actuación pura y defendía el trabajo del actor como lo más importante del hecho teatral. Él decía que lo fundamental era el actor y que todo lo demás venía después. Nos entrenaba, nos cuidaba, nos preparaba, nos exigía. Era un hombre con muchísimo talento.

En la escuela estudiábamos métodos y herramientas para hacerlo, pero cuando llegué a las manos de Filánder, fue capaz de enseñarme cómo construir un personaje y todo lo que se le puede sacar a ese personaje con la gestualidad, con la voz, con la mirada… El actor es un todo, y Filánder era especialista en eso.

El hecho de haber obtenido aquel premio bajo su dirección, precisamente en ese momento, es algo que ha marcado mi vida.

Has transitado por teatro, radio, televisión y cine. ¿Qué te ha enseñado cada uno de esos medios y qué ha tomado una actriz de otro?

Recuerda que yo vengo de una formación teatral. En mi época, el claustro de profesores de la Facultad de Artes Escénicas del ISA estaba compuesto por los teatristas, intelectuales, escritores, actores y directores más importantes del panorama teatral cubano. Existía cierta tendencia a considerar el resto de los medios como inferiores y había una serie de prejuicios, como pensar que los actores de teatro no podían hacer televisión, radio o cine porque eran “muy teatrales”.

A lo largo de mis años de trabajo me he encontrado con muchos directores o personas que están dirigiendo y dicen: “No, es que tiene un tono radial”, “tiene un tono teatral”, “tiene un tono…”. Y yo nunca he estado de acuerdo con eso, porque creo que el actor puede transitar por todos los medios y aprender de cada uno de ellos.

Cuando nacen mis hijos, me aparto del teatro por una cuestión de horarios y llego a la radio porque se podía hacer de día y era más cómodo para mí. Y descubrí un mundo que me maravilló. La radio tiene el don de cautivar al actor.

Y yo, desde mi modesta opinión, creo que la formación completa de un actor se cierra después de que hace radio. Porque en la radio aprendes a modular, a controlar las intenciones, los matices, la voz y la respiración. Ten en cuenta que en la radio tú gritas sin gritar, lloras sin llorar y ríes muchas veces sin reír. La radio te da eso: activas todos esos mecanismos sin ser falso, haciendo personajes creíbles, orgánicos…, pero es el actor quien logra dominar todas esas herramientas.

Además, también trabajé en esa época en la radio al lado de personalidades y de gente descomunalmente buena y talentosa.

A la televisión llegué ya con una edad madura. Había hecho algunos unitarios, teleplays, cuentos y alguna que otra cosa en la programación juvenil e infantil, pero fueron pocas. Fue el director Jorge Alonso Padilla quien se arriesgó conmigo y me dio el personaje de Queta en su telenovela Cuando el amor no alcanza.

Queta marcó mi vida. Era mi primer trabajo importante en televisión y yo siempre dije que tenía que aprovecharlo al máximo, tenía que hacerlo bien, de manera que el personaje quedara y que la gente tuviera una buena impresión de él. Y así fue.

Por tanto, hice televisión después de haber estado trabajando en la radio. Y con el cine me pasó algo similar. He hecho cine, no mucho, pero lo he hecho y me ha gustado. He tratado siempre de que mis personajes sean orgánicos y creíbles, porque esa es también la misión del actor.

Así que he transitado por todos los medios y de todos he aprendido. Porque aprendes, te conoces a ti misma, sabes hasta dónde llegar porque has estado explorando tus sentimientos, tus colores, los matices, las transiciones, la mirada, la gestualidad, la voz… Todo lo has estado experimentando y, entonces, cuando llega el momento de hacer un personaje en cualquiera de esos medios, puedes aprovecharlo y hacer que te salga mejor.

Yamira Díaz y Clarita García durante el rodaje de la serie Las reglas de Rodo, de Magda González Grau.

¿Qué ocurre frente a un micrófono que hace que un actor termine desarrollando una relación tan especial con la radio?

Te contaba que estuve haciendo radio durante mucho tiempo, desde que mis niños eran pequeños; ya son un hombre y una mujer. Lo hice por comodidad con el horario, entre otras razones. La radio me enamoró. Hice prácticamente toda la programación dramática que se realizaba en Radio Arte, Radio Progreso, Radio Ciudad de La Habana y en otras emisoras. Trabajé en casi toda la programación dramática y fui dirigida por directores y directoras extraordinariamente buenos, a quienes les debo muchísimo.

Pero hubo una época muy importante para mí, que fue cuando entré a trabajar en el programa Fiesta guajira, de música campesina, un espacio emblemático de la radio cubana y uno de los llamados programas históricos de Radio Progreso.

Fiesta guajira fue concebido desde un inicio para que la conducción estuviera a cargo de actores y no de locutores, porque en el programa se hacían estampas criollas; y esos mismos actores que conducían eran quienes interpretaban los personajes de las estampas.

Durante muchos años lo escribió Julio Cid, uno de los dramaturgos y escritores cubanos más importantes que, gracias a la vida, todavía está con nosotros. Además, pude trabajar con Aurora Basnuevo, con Mario Limonta y con muchísimas personas. A ellos dos, en especial, les agradeceré siempre por los consejos oportunos y todo lo que me enseñaron.

Me siento orgullosa de haber formado parte, durante unos cuantos años, de la programación dramática, musical y de entretenimiento de Radio Progreso. Todavía hay muchas personas que recuerdan aquellos programas porque, además, el cubano es un seguidor de la radio, un oyente fiel.

Osvaldo Rojas (a la izquierda), Giselle Sobrino (al centro) y Yamira Díaz en la telenovela Vuelve a mirar, de Ernesto Fiallo. oto: Cortesía de la entrevistada.

Queta, Nila, Mercedes, Rosa, Teresa, Elsa… son mujeres muy diferentes, pero todas han dejado una huella en el público. ¿Qué buscas encontrar primero en una mujer cuando comienzas a construir un personaje?

Siempre digo que tengo suerte para que me den personajes cuyos hijos, cuyas familias son disfuncionales. Como actriz tengo que buscarle el color a cada personaje, para que, a pesar de que sean mujeres con problemáticas familiares comunes, no se conviertan en el mismo personaje que cambia de novela o de contexto. Hay que buscar, hay que explorar… Todos los personajes tienen matices, tienen colores diferentes, y al actor le corresponde encontrarlos.

En ocasiones, algunos colegas me han comentado que existen personaje no se le puede sacar más. A mí me parece que eso no existe. Nunca me he encontrado con un personaje así. Pero el día que eso me ocurra, sería preferible no hacerlo. 

A un personaje siempre le vas a encontrar un color, un detalle, un matiz. Porque los personajes y nosotros, los actores, nos nutrimos de la vida misma, de la cotidianidad, del poder de observación que tenemos sobre los seres humanos que nos rodean: los gestos, la voz, la mirada, las diferencias… Entonces, a uno le corresponde, como actor, buscar esos detalles para que los personajes, aunque puedan parecerse, no sean iguales. 

Esta es una profesión de vocación y de trabajo. El que piense que la actuación es una profesión fácil o cómoda está equivocado. Aquí no hay nada cómodo ni fácil, porque esto es un proceso en el que tienes que estar buscando constantemente, estudiando, preparándote y preguntándote qué le vas a poner a cada personaje para que no se parezca al anterior.

***

En la televisión, ese aprendizaje se ha construido, precisamente, a través de personajes muy diferentes. Desde Queta en la telenovela Cuando el amor no alcanza, el primer papel importante que marcó su entrada en la televisión, hasta sus trabajos en En tiempos de amar, Vuelve a mirar, Viceversa o Regreso al corazón —por solo citar algunos—, Yamira Díaz ha ido sumando mujeres, historias y circunstancias que le han permitido explorar nuevos registros. Cada personaje ha llegado con sus propias exigencias y, lejos de asumirlos como variaciones de una misma fórmula, la actriz insiste en encontrar aquello que los distingue: un gesto, una forma de hablar, una herida, una contradicción, un matiz que los convierta en seres vivos.

Esa búsqueda vuelve a ponerse a prueba en Entre aguas, la actual telenovela cubana, donde interpreta a Elsa, una mujer de carácter fuerte, temperamental y capaz de llevar sus sentimientos hasta las últimas consecuencias. Madre, protectora y también contradictoria, Elsa se mueve entre el amor y el rechazo, entre la defensa de los suyos y decisiones que pueden llevarla a terrenos incómodos. Es, justamente, uno de esos personajes que le permiten a Yamira volver sobre una de sus certezas como actriz: incluso cuando una mujer parece definida por sus circunstancias, siempre queda algo más por descubrir.

¿Dónde encontraste la humanidad de un personaje que fácilmente podría quedar reducido a su lado más oscuro?

Cuando a mí me llama Felo Ruiz para la novela Entre aguas y me habla de Elsa, yo estaba un poquito asustada porque decía: “¡Ay, Dios mío!, ¿otra vez una mujer que tiene problemas con los hijos?”. Pero me di a la tarea de buscarle matices al personaje. Hay elementos que están escritos y otros que yo fui encontrando y que también le aporté.

Felo me dio libertad total para trabajar, y eso un actor se lo agradece muchísimo a un director. A mí me gusta que me dirijan, pero también me gusta que el director sepa que uno no es una máquina, que uno puede aportar. Y cuando tienes la suerte de trabajar con una persona que está en la misma cuerda que tú y que te da la posibilidad de buscar, experimentar y enseñarle lo que has encontrado, ya una parte del trabajo está hecha.

Entonces dije: bueno, Elsa es una mujer que también tiene problemas con los hijos, pero es diferente… Sin ser analfabeta, es una mujer de bajo nivel cultural que viene del campo, del interior del país, en busca de una venganza. Es, además, una mujer de extremos. Cuando Elsa ama y defiende, ama y defiende hasta lo último; y cuando odia y rechaza, lo hace hasta lo último. Es una mujer que no conoce los medios tonos. Para ella, o se es bueno o se es malo.

Y por ahí me fui. Traté de trabajarlo de esa manera. Eso me dio la posibilidad de transitar de un sentimiento a otro, de poder darle a Elsa matices y transiciones que ayudan a la hora de interpretar.

Es una mujer de mucho corazón, de mucho carácter, y está enfrascada en una batalla, en una lucha que por momentos puede ser más grande y más fuerte que ella. Lo que pasa es que se va a imponer siempre, porque es una mujer que ama a sus hijos y es capaz de hacer cualquier cosa por ellos.

Yo estoy muy contenta con la manera en que la gente ha recibido el personaje. Estamos viviendo un momento difícil y, sin embargo, no hay una persona con la que yo me encuentre en la calle que no me hable de la novela. Todo el mundo habla de ella: hombres, mujeres, niños… Me interpelan, me preguntan, quieren saber, bromean… Esa es la satisfacción más grande que puede tener un artista: que la gente hable de tu trabajo, que a la gente le guste lo que haces. 

Pero, en circunstancias como las que estamos viviendo ahora, no hay nada superior a eso. Que la gente esté viendo la novela, que la siga de cualquier manera y que la esté disfrutando es muy importante. Yo me siento tan feliz…

Fíjate, yo le debo mucho a todos los personajes que he hecho, porque me comprometo con todos y me entrego a todos, sean grandes o sean pequeños. Yo no creo en personajes grandes o pequeños; creo en personajes y en lo que tú puedas entregarle. Pero esto que estoy viviendo con Elsa es como si fuera mi primera novela en televisión. 

De izquierda a derecha: Danay Cruz, Magda González Grau, Clarita García, Yamira Díaz e Ignacio Hernández, en Las reglas de Rodo. Foto: Cortesía de la entrevistada.

Háblame de tu experiencia en Las reglas de Rodo, bajo la dirección de Magda González Grau 

Las reglas de Rodo fue también algo extraordinario en mi vida. Siendo sincera, lo primero que me encantó, lo que me cautivó de esta serie, fue trabajar con Magda González Grau.

Para mí, en mi experiencia y en mis años de trabajo, los directores de teatro han sido siempre las personas que he considerado los mejores directores de actores de este país. Y a mí me pasa una cosa: yo sabía que Magda era una buena directora porque bastaba ver las cosas que había hecho para la televisión, cómo trabajaba con jóvenes; porque Magda es también una gran conocedora de la televisión.

Cuando ella me llamó yo me quise morir. Recuerdo que estaba en los quehaceres de rutina aquí en la casa y ella me llama. Cuando me dice: “Mira, Yamira, es Magda González Grau. ¿Qué tal?”, como si me conociera de toda la vida, yo mandé a callar a todo el mundo. Estaba de lo más nerviosa.

Me habla, me cuenta lo de Las reglas…, la posibilidad de trabajar, y yo era: “Sí, sí, sí, sí, sí, yo lo hago”. Ella todavía no me había dicho qué personaje era ni en qué consistía, pero yo ya estaba diciendo que sí, porque significaba trabajar con Magda González Grau.

Creo que los actores cubanos tenemos que trabajar siempre, de alguna manera, en algún momento de nuestra vida, con Magda, porque de verdad que es extraordinariamente talentosa. Además, es tan difícil encontrar un director que sepa dirigirte, que sepa cómo comunicarse con el actor; un director que sepa sacarle al actor lo que el propio actor, a veces, no sabe que tiene dentro. Y eso me pasó con Magda.

Por lo demás, imagínate: algo escrito por Amílcar Salatti, que es un hombre talentosísimo. Hay una manera de decir entre nosotros que los textos de Salatti se dicen solos, se hablan solos, porque a veces los actores tenemos que encontrarnos con un vocabulario que nos cuesta mucho trabajo decir de manera coherente y lógica. Con Salatti no pasa eso. 

Entonces eran Magda, Salatti, Las reglas de Rodo…, una serie con una temática bella; porque, además, estábamos hablando de un niño con trastorno del espectro autista, pero para nada con un tono lastimero. Era una manera de abordar la diferencia desde un lenguaje y una perspectiva normales, sin lástima y, muchas veces, incluso de una forma cómica y simpática.

Y entonces, nada, me lancé. Trabajamos muchísimo. Ensayamos y nos preparamos hasta el detalle. Porque, además, Magda es una mujer que trabaja el detalle. Con ella tú puedes trabajar a ojos cerrados, porque no se le va a olvidar nada. 

Le hice la propuesta de hacer este personaje con cierto ritmo al hablar, un poco diferente, y me dijo: “Si logras mantenerlo, yo dejo que lo hagas”. Y así fue.

La pasé muy bien. El elenco de actores con los que trabajé también me gustó muchísimo, sobre todo los jóvenes. Y el equipo de realización con el que trabaja Magda es extraordinario. Es un equipo en el que todo el mundo está en función de que todo salga bien.

¿Vuelve tu personaje en la segunda temporada?

Sí, claro que estoy en la segunda temporada de Las reglas de Rodo. En algún momento saldrá y la van a ver. Fue, además, extraordinario para mí interpretar a una mujer con Alzheimer. Era un personaje simpático, un personaje que, a partir de la primera lectura, cualquiera podía pensar que era una oportunista, que era una mujer que había venido, después de tanto tiempo, a un lugar que no defendió, que no cuidó, que no protegió. 

Pero cuando te das cuenta de que es una mujer que tiene Alzheimer, empiezas a encontrar cosas, a entenderte y a solidarizarte con ella. Y me dio la posibilidad no solo de interpretarlo sino de disfrutarlo, lucirme. Y cuando a uno le gusta la profesión, como me gusta a mí, cuando a uno le gusta actuar, como me gusta a mí, pues nada, eso se convierte en placer. Yo creo que es lo mejor que puede pasar: que tú sientas placer dándoles vida a los personajes.

Tu carrera también revela una marcada capacidad para la comedia. ¿Qué descubre la actriz dramática cuando se entrega al humor?

La primera profesora de actuación que tuve fue Ana Viñas, una de las más grandes actrices cubanas, una mujer que dominaba la comedia como nadie. Una mujer extraordinariamente buena. Fue mi maestra de actuación y una excelente comediante. Cuando llegué a su aula, en el primer encuentro que tuvimos, nos puso a hacer unos ejercicios porque quería conocernos a cada uno como actores. Cuando me tocó hacer una improvisación determinada, ella empezó a reírse y dijo que yo era una actriz de comedia. Yo me quise morir en ese momento, porque el sueño dorado de una actriz es hacer llorar a la gente, hacer personajes dramáticos.

Yo tenía cierta vis cómica porque venía de estudiar, de estar becada en un preuniversitario y, en el mejor sentido de la palabra, era la cómica del aula. Siempre estaba en el chiste, la gente me seguía, yo me reía, sacaba mis chistes de cualquier cosa, me paraba en los matutinos a hacer sketches y cosas así. Pero mi sueño era ser una actriz dramática. Cuando Ana Viñas, desde aquel primer ejercicio, me identificó como actriz cómica, sentí que nunca me darían un personaje dramático. Aquello me marcó de una manera que todos los ejercicios que le proponía a Ana siempre eran dramáticos. Ella me los devolvía y me orientaba hacia otros caminos. Y nada, luché siempre por hacer personajes dramáticos.

Yamira en La risa por delante, stand-up comedy de la comunidad creativa Nave Oficio de Isla. Foto: Cortesía de la entrevistada.

Yo sabía que, de alguna manera, los personajes de comedia de situación los había tenido que hacer en el teatro, pero quería ser una actriz dramática. Y bueno, he podido hacerlo. No me puedo quejar. A pesar de aquella primera percepción de Ana Viñas, he podido transitar del drama a la comedia.

El humorismo, de una manera más seria y más seguida, lo empecé a trabajar gracias a Osvaldo Doimeadiós. Además de ser mi amigo, mi colega y mi compañero de carrera de toda la vida, tan guajiro como yo, es mi director. Es una de las personas a las que más quiero, respeto y admiro en mi profesión. ¿Qué te voy a decir de Osvaldo Doimeadiós como actor y como director que no se haya dicho? 

Yo estaba grabando fuera de La Habana y él me llamó para decirme que, cuando regresara, fuera a La Nave, que es nuestra sede en los Almacenes San José, porque iba a trabajar y a hacer un stand-up comedy. Allí estaba también Miguel Moreno, otro colega al que admiro muchísimo. Me estaban esperando con un texto porque al mes siguiente estrenaba La risa por delante, un programa que se hace en La Nave una vez al mes para YouTube. Me dijeron que iba a trabajar y yo me quise morir, pero no podía decirles que no a Osvaldo Doimeadiós y a Miguel Moreno. Son personas a las que tú no puedes decir que no, porque sabes que te están diciendo lo que es.

Fui ciegamente a lo que ellos me dijeron e hice mi primer monólogo allí. Estaba muy nerviosa, muy asustada, porque siempre me pongo nerviosa cuando voy a trabajar, pero no quedó mal. A la gente le gustó y yo lo disfruté.

Y hoy en día lo hago. He hecho unos cuantos, me gusta, lo disfruto y la gente se divierte. Ya no le tengo miedo, porque he probado también que puedo hacer personajes dramáticos y, a veces, necesito salir un poco del drama, porque hay que limpiarse. Hay que hacer humor, permitir que la gente se ría contigo, que disfrute. El público está ahí, pegadito a ti, participa, se ríe, comparte contigo. Y es una manera también de hacer más llevadero todo, anque la gente pase un buen momento.

¿La vis cómica se descubre, se estudia o simplemente aparece cuando una actriz se siente cómoda jugando con el personaje?

Hay quien dice que con la vis cómica se nace, que no se estudia, que no se aprende… Mira, no sé qué decirte. En mi caso, creo que yo nací siendo algo graciosa y después lo he trabajado y lo he tratado de perfeccionar.

No me gusta decir que no lo pueden hacer otras personas o que no se puede aprender, porque el ser humano es increíble. Y en esta profesión nuestra, de pronto encuentras un actor que ha hecho una carrera haciendo una cosa y, de pronto, un día te sorprende con otra. Yo siempre lo digo: hay que lanzarse, hay que probar, hay que probarlo todo…

Después de tantos años de profesión, ¿qué sigue buscando Yamira Díaz en un personaje para sentir que vale la pena asumirlo?

Bueno, yo lo que sigo buscando, creo que es lo que buscamos todos, es que me encante, que me cautive, que me dé algo, que me transmita algo. La actuación es un acto de limpieza, de exorcismo. La actuación me ha salvado a mí. Me ha dado vida en todos los sentidos, me ha sacado de momentos difíciles y tensos de mi vida. Interpretar personajes me ha sanado, me ha ayudado a continuar, a seguir respirando, a ponerme nuevas metas. 

Es como parir, como darle vida a otra persona. Y si te sale bien, son esos personajes inolvidables, por los que la gente te para en la calle y te lo dice. Eso es tan lindo. A veces sales a la calle deprimida, no sé, con cualquier situación, y cuando la gente te detiene para saludarte es una alegría infinita, una satisfacción extraordinaria.

Busco los personajes que tengan vida, que tengan color, que me ayuden a mí, para que también sean parte de mi vida. Eso es lo que busco en los personajes y lo voy a seguir buscando siempre, porque actuar es todo. Es una de las mejores profesiones que hay. 

La actuación te limpia, te ayuda a soltar las cosas feas o malas de la vida. Te concentras en una historia y, a veces, te olvidas un poco de lo que está ocurriendo en tu vida, aunque sea algo feo o desagradable. 

Esta no es una profesión en la que uno se detiene. Cuando yo veo a Verónica Lynn, cuando veía a Paula Alí y a tantos colegas que han estado trabajando hasta el último momento y que, a pesar de la experiencia y de la maestría ganada por lo años, se ponían nerviosos todavía para trabajar, se asustaban cuando tenían un personaje…; yo los veía y pensaba: ¿cómo es posible que, con tanto talento, con tantos años, con tanta experiencia, se sigan poniendo nerviosos, se sigan enamorando de la profesión como el primer día?

Eso es lo que da la actuación. Eso es lo que busco en los personajes y en el acto de actuar.

Si tuviera que definir hoy su relación con la actuación sin recurrir a la palabra “trabajo”, ¿qué palabra utilizaría?

Actuar es vida. Con matices, con colores, con transiciones; con cosas buenas y malas, con cosas lindas y feas. Actuar es vida y, como la vida, hay que asumirlo con la seriedad, la responsabilidad, la entrega y la devoción con que vivimos cada día, a pesar de todo.

Fíjate que nosotros constantemente nos estamos imponiendo tareas, objetivos y sueños, y luchamos para alcanzarlos. La actuación es eso: proponerse algo, trabajar por conseguirlo, equivocarse, volver a intentarlo y seguir adelante. Eso es actuar. La actuación es vida.

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