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Por Juan Vázquez Rojo, Universidad Camilo José Cela
China acaba de publicar su XV Plan Quinquenal, la hoja de ruta con la que fija las prioridades económicas, industriales y tecnológicas del país para los próximos cinco años.
El correspondiente a 2026-2030 arranca con un diagnóstico claro: los conflictos geopolíticos se intensifican, el déficit de gobernanza global aumenta y las cuestiones de seguridad ganan peso. Además, en clara referencia a EE. UU., identifica como amenazas el auge del proteccionismo, el hegemonismo y la política de poder.
En este contexto, China parte de una posición de fortaleza: compite, e incluso lidera, sectores y tecnologías clave, y es, desde hace años, un centro manufacturero global. Este avance ha elevado el nivel de vida de sus ciudadanos y ha impulsado la transición hacia industrias de mayor valor añadido.
Sin embargo, estas fortalezas conviven con desequilibrios internos. El sector inmobiliario, antiguo motor de crecimiento, continúa deteriorándose y el consumo interno es reducido. China representa el 32 % de la inversión mundial y genera un tercio de las manufacturas, pero apenas consume el 13 % global.
Este desajuste genera un desequilibrio estructural: la capacidad productiva supera la demanda doméstica. Como resultado, el país depende de las exportaciones para absorber ese exceso, lo que alimenta tensiones comerciales con el resto del mundo.
China busca dar un salto tecnológico
Pekín busca consolidarse como superpotencia tecnológica y dejar atrás su papel como fábrica de bienes de bajo valor añadido. Durante décadas, el país creció como plataforma manufacturera global, con salarios bajos, mano de obra abundante y una inversión masiva en capacidad productiva.
Este modelo le permitió industrializarse y reducir la pobreza, pero también generó límites a su crecimiento y desarrollo. De ahí que haya ido desplazando su modelo económico hacia sectores más especializados, en los que el crecimiento depende menos del volumen de producción.
El nuevo plan quinquenal acelera esta transición mediante el impulso de las “nuevas fuerzas productivas de calidad”: innovar y ser eficientes en sectores punteros (IA, robótica, nuevos materiales, biomedicina, industria aeroespacial), a la vez que desarrolla tecnologías emergentes como la computación cuántica, el hidrógeno o las comunicaciones 6G.
Además, el plan busca hacer de la IA una herramienta transversal para mejorar la eficiencia y la productividad empresarial, automatizando procesos, ajustando el consumo energético en tiempo real, detectando fallos en el control de calidad y reduciendo los tiempos de diseño.
La autosuficiencia como respuesta a EE. UU.
Este avance se enfrenta a un límite externo: los cuellos de botella estratégicos. La guerra tecnológica con Estados Unidos ha restringido el acceso de China a materiales y procesos claves para el desarrollo de la IA.
Ante estas restricciones, China busca, más que aumentar la capacidad, optimizarla. Para ello, desarrolla sistemas propios de hardware y software (un stack tecnológico soberano) que le hagan autosuficiente.
Por ejemplo, mediante la creación de una red nacional integrada que redistribuya la carga de trabajo digital. Esto implica enviar datos a los centros donde haya capacidad libre, aunque estén a miles de kilómetros, para evitar cuellos de botella y exprimir al máximo la infraestructura existente.
La transición energética como eje del nuevo modelo
El XV Plan Quinquenal integra por primera vez clima y energía en un mismo capítulo estratégico. Para 2030, el gobierno fija objetivos vinculantes: reducir las emisiones por unidad de PIB en un 17 % y elevar la cuota de energías no fósiles al 25 % del consumo total.
El núcleo de esta transformación es una electrificación masiva que abarca transporte, industria y consumo doméstico. Esto genera un ciclo de retroalimentación: la transición energética impulsa la demanda de equipos donde China ya tiene ventajas: baterías, paneles solares o vehículos eléctricos, que en 2024 ya representaban el 10 % del PIB.
El nuevo sistema energético chino se basa en generar energía a gran escala a partir de fuentes renovables y nucleares. El plan impulsa bases solares, eólicas e hidráulicas en el norte y oeste del país, donde hay más recursos naturales disponibles.
Sin embargo, los principales centros de consumo están en el este, donde se concentra la industria. Por eso, está construyendo al menos 15 nuevas líneas de ultra alta tensión que permitan transportar grandes volúmenes de electricidad a largas distancias.
En paralelo, para evitar cortes de suministro, busca impulsar sistemas de almacenamiento –como centrales hidroeléctricas reversibles y baterías– que permiten guardar energía cuando sobra y usarla cuando falta.
Con todo, China mantiene su industria del carbón. El Gobierno lo define como una “piedra de lastre” necesaria para garantizar la estabilidad del sistema eléctrico. Esta decisión responde al temor a la inestabilidad social. Tras las crisis energéticas de 2021 y 2022, las autoridades priorizan asegurar el suministro y proteger el empleo en las regiones mineras.
Esta diversificación refuerza la seguridad nacional al reducir la dependencia de importaciones energéticas y la exposición a shocks externos.
Impulso al consumo interno
El plan identifica una debilidad estructural: la demanda interna sigue siendo insuficiente. El origen está en un modelo basado en la inversión industrial, lo que ha generado un exceso de producción que impide que el consumo interno actúe como motor principal del crecimiento económico.
Como resultado, se produce lo que el Gobierno chino llama “involución”, una competencia empresarial destructiva en un mercado saturado. Intentando ganar cuota de mercado, las empresas aumentan la producción y reducen precios, incluso por debajo del coste. El objetivo no es tanto obtener beneficios como sobrevivir frente a sus competidores. El resultado es una espiral a la baja: caen los márgenes empresariales, se presionan los salarios y disminuye la rentabilidad de las inversiones.
Para corregirlo, el plan propone “ordenar la competencia”: regular la capacidad productiva, intervenir precios y fomentar fusiones para reducir la fragmentación del mercado. Incluso contempla fondos para cerrar instalaciones obsoletas en sectores con exceso de capacidad.
Al mismo tiempo, en el lado de la demanda, busca impulsar el consumo aumentando los ingresos (con subidas del salario mínimo) y ampliando la protección social (mejorando la cobertura sanitaria, las pensiones o el acceso a servicios públicos) para reducir la necesidad de ahorrar.
Hacia la construcción de un nuevo orden
El plan quinquenal cambia la estrategia internacional china: ya no se trata de integrarse en el sistema global, sino de configurar uno nuevo. En un contexto que el documento describe como “inestable y dominado por el unilateralismo”, China busca ganar capacidad de acción y aumentar su influencia global.
Para llevar esta estrategia a la práctica, quiere que la llamada Nueva Ruta de la Seda ya no se limite a grandes infraestructuras físicas. El plan ahora es que los países receptores adopten tecnología, financiación y sistemas de gestión chinos para crear relaciones de dependencia que refuercen el liderazgo de Pekín y amplíen su influencia económica y tecnológica.
En cuanto a gobernanza global, se presenta como defensor del Sur Global y utiliza plataformas como los BRICS (grupo de economías emergentes) o la Organización de Cooperación de Shanghái para promover un orden multipolar.
Como “gran potencia responsable”, también aspira a aumentar su influencia en asuntos públicos globales como el clima, la ciberseguridad o la reducción de la pobreza.
Además, en términos de soft power (poder blando), China pretende proyectar una imagen “creíble, amable y respetable” y expandir sus industrias culturales, como la literatura, los videojuegos, el cine o la animación.
Con todos estos mecanismos, el país busca exportar, además de tecnología, su propio modelo de desarrollo.
Un plan decisivo para el futuro de China y del mundo
El nuevo plan quinquenal busca consolidar a China como una gran potencia tecnológica, autosuficiente y global. El cambio que plantea es estructural: dejar de competir por costes y hacerlo por control tecnológico. La finalidad es poder ocupar posiciones centrales en las cadenas de valor, definir estándares industriales y aumentar su influencia en la economía global.
De cara al exterior, Pekín percibe un vacío en la gobernanza global que aspira a ocupar con su propio modelo de gobernanza, que combina financiación, desarrollo de infraestructuras y exportación tecnológica con una menor exigencia política a sus socios. Sin embargo, su principal desafío es interno: impulsar el consumo exige reformas profundas –salarios, redistribución, Estado del bienestar– que China lleva décadas posponiendo.![]()
Juan Vázquez Rojo, Doctor en Economía. Profesor e Investigador en la UCJC, Universidad Camilo José Cela
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.












