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Por Clare Corbould, Profesora Asociada de la Escuela de Humanidades y Ciencias Sociales, Universidad de Deakin.
Omar El Akkad no quiere que usted aparte la mirada. Reputado periodista y novelista, El Akkad nació en Egipto, vivió durante su adolescencia en Catar y Canadá, y emigró de adulto a los Estados Unidos, donde ahora vive con su familia en la costa noroeste del Pacífico.
Su colección de ensayos, Algún día todo el mundo habrá querido estar siempre en contra, se inspira en su vida, desde la infancia hasta su reciente paternidad. Combina estas reflexiones con un agudo conocimiento de la historia moderna para examinar las respuestas de Occidente al “primer genocidio retransmitido en directo del mundo” en Gaza. Al considerar esa respuesta insuficiente, insta a los lectores a observar, escuchar, reflexionar y actuar.
Como hijo de padres que emigraron a Occidente en busca de la libertad y las oportunidades que este ofrecería a sus hijos, El Akkad tiene un agudo sentido de los acontecimientos, las ideas y las estructuras del pasado que han dado forma al presente. Presta especial atención al legado del dominio colonial.
Testigo de la Historia
Las descripciones que hace El Akkad de las atrocidades no son fáciles de leer. Tampoco lo es su contundente exigencia a hacer algo. Sin embargo, la fuerza de sus observaciones y la mordacidad de su prosa hacen que sea difícil apartar la mirada.
Su propósito es similar al de muchos testigos famosos de la historia. Las declaraciones contemporáneas sobre la violencia suelen servir más tarde como testimonio para determinar qué ocurrió, quién fue el responsable y qué compensación se debe pagar.
Pensemos en George Orwell reflexionando sobre la propaganda en España. O en los periodistas británicos Gareth Jones y Malcolm Muggeridge, que denunciaron la hambruna en la URSS de los años 30, mientras muchos comunistas occidentales miraban para otro lado. O los diarios de Victor Klemperer, publicados después de la guerra, que relataban cómo los nazis tergiversaban el lenguaje cotidiano.
Por encima de todo, este tipo de testimonios protegen contra futuras afirmaciones de inocencia, contra la tranquilizadora afirmación de que “no sabían lo que estaba pasando” o “eran producto de su época”.
El fuego y la furia de El Akkad también me trajeron a la memoria a la periodista estadounidense Ida B. Wells. En la década de 1890, Wells atacó ferozmente los linchamientos en su propio periódico, el Memphis Free Speech. Investigó casos concretos de violencia ritualizada por parte de las masas.
Wells también catalogó la forma en que los medios de comunicación contaban esas historias. Medían sus palabras para proteger a los autores, mientras mancillaban la reputación de los fallecidos, a quienes siempre nombraban.
El Akkad también presta mucha atención a la forma en que se enmarca y se describe la violencia en Gaza. Observa cómo los periodistas utilizan la voz pasiva, lo que no solo oculta los nombres de los asesinos, sino que da a entender que la muerte masiva se produjo por accidente o por arte de magia: “Periodista palestino herido en la cabeza por una bala durante una redada en la casa de un sospechoso de terrorismo”, rezaba un titular de The Guardian.
Tanto Wells como El Akkad muestran cómo las víctimas de la violencia racista y colonial son presentadas como culpables de antemano. En el caso de los linchamientos, el pretexto solía ser una acusación de violación, aunque rara vez ese era el verdadero motivo. Mucho más comunes eran las disputas entre hombres por la tierra, los salarios, la organización laboral, la competencia empresarial o las campañas de votación.
En el caso de Gaza, muchos medios de comunicación imitan las afirmaciones de los políticos israelíes, su ejército y los aliados de ambos. Así tachan a los civiles de terroristas o terroristas en potencia, incluso a los niños. Las palabras limpian la conciencia de los espectadores. Blanquean el daño como si fuera dinero en efectivo.
Formas de resistencia
Como reza el título del libro, que comenzó su andadura como un tuit viral, “algún día, todo el mundo habrá estado siempre en contra de esto”.
Al ser testigo de las atrocidades y las respuestas cobardes, El Akkad recuerda a los lectores liberales que, si lo ocurrido en Gaza hubiera sucedido en el pasado, condenarían la violencia. Es más, imaginarían que, si hubieran estado vivos en ese momento, se habrían resistido firmemente al mal o incluso habrían adoptado una postura heroica en su contra.
Además de diagnosticar el problema, El Akkad examina y evalúa las formas de resistir lo que está sucediendo en Gaza. Descarta como ineficaz el antiguo llamamiento al interés propio de los occidentales. Señalar que los horrores que permiten en otros lugares acabarán llegando a ellos simplemente no funciona.
Sus ensayos fueron escritos entre el ataque de Hamás a Israel el 7 de octubre de 2023 y agosto de 2024, cuando la campaña presidencial estadounidense estaba en pleno apogeo. Gran parte de su energía se dedica a abordar el debate sobre “el menor de dos males” en relación con el voto en una democracia en la que las opciones son la extrema derecha y, como mucho, el centro ligeramente a la izquierda. Solo desde una posición relativamente protegida, observa, se podría votar al Partido Demócrata con el argumento de que el otro bando “sería mucho peor”.
Según El Akkad, defender esta postura equivale a aceptar tácitamente la muerte masiva. Lo denomina “aceptación reticente del genocidio” y pide a los liberales de Estados Unidos (y, por extensión, de otras democracias occidentales) que examinen sus conciencias.

La medida correctiva que propone El Akkad es la negación generalizada, o “alejarse”. La gente, en masa, debe negarse a aceptar que las escasas promesas de los partidos políticos menos conservadores son las mejores opciones disponibles.
Esto requerirá sacrificios. El Akkad ofrece ejemplos de personas a las que admira: el escritor que rechazó un premio de una organización que había guardado silencio sobre Gaza; el profesor lo suficientemente valiente como para hablar con sus alumnos adolescentes sobre la intolerable tasa de mortalidad de niños y civiles (no “no combatientes”). De forma más cruda, escribe sobre Aaron Bushnell, el veterano de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, cuyas últimas palabras antes de prenderse fuego frente a la embajada israelí en Washington D. C. fueron “Palestina libre”.
Violencia sistemática
Al igual que Wells, El Akkad vincula la violencia sistemática con las estructuras que sustentan el mundo moderno. La principal de ellas es el capitalismo. Sugiere que el cambio real llegará cuando un número suficiente de nosotros, por usar la vieja jerga de los años sesenta, “abandonemos”, aunque él prefiere la palabra “negación”, un término que implica que hay algo a lo que oponerse.
Es hora, argumenta, de que los ciudadanos occidentales bien educados digan “basta”. Nuestros teléfonos son lo suficientemente inteligentes; somos (colectivamente) lo suficientemente ricos y estamos lo suficientemente saciados.
Puede que al principio resulte difícil, pero aprenderemos que “quizás no sea tan complicado evitar pedir café, descargar aplicaciones y comprar hummus con sabor a chocolate de empresas que toleran la matanza”.
Hacerlo podría detener un genocidio. Con el tiempo, este tipo de acción colectiva también podría detener otras calamidades inminentes, entre ellas el colapso climático. El enfoque constante de El Akkad a lo largo del libro en la muerte, las mutilaciones y los daños psíquicos inconmensurables que sufren los niños de Gaza hace que este caso parezca urgente.
Si esa urgencia suena exagerada, El Akkad podría preguntarle qué niños tenía en mente cuando se estremeció ante su diagnóstico. Es probable que su reacción dependa de la ubicación, el color y la riqueza de los niños que tiene en la cabeza.
En una de las frases más impactantes del libro, El Akkad pregunta: “¿Cómo se completa la frase: ‘Es lamentable que hayan muerto decenas de miles de niños, pero…’?”. Tras eso, sugiere que es mejor que todos nos comportemos según la afirmación: “No existen los hijos ajenos”.
Clare Corbould es Profesora Asociada en la Escuela de Humanidades y Ciencias Sociales de la Universidad de Deakin.
Este artículo fue publicado en The Conversation. Lea el original.