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Dueño de nada

A principios de los 80’s cursaba la segunda enseñanza en la Finlay, una de las más icónicas escuelas secundarias de El Vedado. Andaría por los doce o trece años. La edad en que dejan de interesar los jueguitos de espadas y la maniática persecución de gatos de arrabal. El foco delirante se desplazó al aspecto personal y a la impresión que podía causar en el sexo opuesto. Un pasaporte al corazón inmisericorde de aquellas esquivas adolescentes era la menor semejanza con alguno de sus ídolos musicales. La ropa, la actitud y los peinados de intención eran forzosos. En las condiciones materiales de la época los mejores esfuerzos se iban al cuidado y presentación del cabello. Peinado al medio y lacio, de ser posible. Y hoy no le encuentro razón. Porque las estrellas del pop de la década lo llevaron voluminoso y con una alta voluntad capilar. En los Estados Unidos y en las grandes capitales europeas se usó mucho “la permanente”. No tanto en Cuba, donde los rizos y caracoles sobraban y cualquier otra exploración formal y cromática estaba rígidamente limitada por la Corrección Revolucionaria y la Moral Socialista.

En 1982 José Luis Rodríguez (El Puma) lanza el álbum Dueño de nada. Título también de su tema estrella, bonito para la época y criticado sin piedad por su excesivo parecido con el tema “Libre”, de Nino Bravo. La televisión cubana lo repetía a menudo en sus programas musicales. Recuerdo su clip algo simplón, casi monocromático, donde la indecisa gestualidad del interprete apenas distraía su mirada fija, una interpelación demasiado directa para los estándares contemporáneos. Sin embargo, lo que entonces llamó mi atención fue la melenota algo cana con la que intentaba acompañar las líneas más enfáticas de la balada. Si la recuerdan, coincidirán en que (el intérprete) necesitaba un pomo completo de laca en cada presentación. Esponjosa, cremosa y erizada como el pelaje de Chewbacca cuando se excitaba. Y bueno, todos tratamos de descifrar el secreto de tanta exuberancia para competir en el durísimo mercado del corazón.

A lo que vamos —porque ya ven que casi cincuenta años después El Puma nos sigue hipnotizando con su rosario de acusaciones y lamentos—, melenas aparte, “Dueño de nada” es una canción algo obsesionada con el tema de la propiedad:  “Dueño de ti, ¿dueño de qué? / Dueño de nada / Un arlequín que hace temblar / Tu piel sin alma / Dueño del aire / Y del reflejo / De la luna / Sobre el agua (…) No soy yo /Ese a quien tú le dices ‘mi dueño’”…

Tenemos una cafetería en El Vedado muy atenta también al tema de la posesión. Igualmente dueña de todo, del aire y del reflejo de la luna sobre el charco de la esquina. “Las dueñas”. Dos, mínimo. Con su logo en verde y rojo, —naranja quizás—, algo “tropicoso”. No es la primera vez que vemos esta clase de ostentación de hacienda ni la primera que hablamos de ello. Es el símbolo, la ilustración, la que me deja alguna duda. Una muchacha —o una mujer muy estilizada— extiende su mano sobre el rostro de un hombre que retrocede. No hay muchas alternativas de lectura. O el hombre no está dispuesto a la zalamería o es una acción agresiva. Un tortazo en la tez —o una “galúa en el focico”—, a gusto del lector. Mi lectura: todo esto es mío… ¡páfata!

Algo bueno tiene poner la atención durante tanto tiempo sobre un mismo fenómeno. Comienza a separarse lo anecdótico de lo sistémico. Decantamos lo que se repite todo el tiempo. El cliente nunca tiene la razón. El cliente es esclavo del poder, de la posesión. Un vulgar usuario cautivo. El regodeo en saberse encima, en poseer un producto, en tomar la sartén por el mango florece. Quizás en todas partes se manifieste este orgullo un tanto inocente sobre la propiedad, probablemente de manera más sutil. De lo que sí estoy casi seguro es que en ningún otro sitio se manifiesta tanto este desprecio —metafóricamente hablando— por el que paga, por el que consume, el objeto y razón de cualquier negocio: su cliente. Que te mira fijamente con la boca seca, extiende su mano y canta: No soy yo / El que hace crecer tu alegría / Y ocupa en tu vida / Un lugar especial. No soy yo / El que te hace soñar con la luna / Y ver en la lluvia / Gotas de cristal.