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Uber, Lift, el Black Friday y el desempleo real en EEUU

Foto: EFE.

Se supone que el viernes negro, ese día dedicado al consumismo, sea una buena zafra para quien maneja mediante plataformas como Uber o Lift. Pero no lo es. Lo he descubierto durante la madrugada del jueves, cuando decidí trabajar toda la noche a ver qué se pegaba. Pero no se pegó mucho. Tuve que trabajar casi el doble de lo normal para hacer menos de lo normal.

Hay varias explicaciones. La más importante es que el número de gente manejando mediante las plataformas ha aumentado de manera espectacular porque de ser un trabajo para complementar sueldos, se ha vuelto en un sueldo en sí. Somos demasiados en las calles, y a menos que tengamos claras las áreas de la ciudad donde trabajar, no vamos lejos.

Este incremento puede sorprender a algunos. No a mí. El gobierno de Trump dice que las cifras de desempleo han disminuido dramáticamente. Lo que no dice es cómo se llega a una cifra, promovida a todo volumen, de que la creación de empleos va en ascenso.

Les explico qué pasa. Muy sencillo. Cuando el gobierno dice que en un determinado mes se ha creado cierta cantidad de empleos, no se basa en una información que el patronato les hace llegar sino en la de gente que deja de recibir subsidios de desempleo. Y, por supuesto, esto tiene un truco. Es sencillo. Al menos en Florida, el subsidio de desempleo es atribuido durante 18 meses. Pasado ese plazo, el desempleado causa baja del listado de desempleo, tenga o no un trabajo fijo a tiempo completo. Las cifras oficiales –y esto no es nuevo con la administración Trump, pasa con todas–, se basan en las altas y bajas del otorgamiento del subsidio de desempleo.

Es por ello que hace unos años he descubierto, hablando con economistas, que el desempleo en el sur de Florida no era –y no hay razones para creer que esto haya cambiado– de apenas 4,9%. Realmente –me dijeron todos–, la cosa andaría entre el 20 y el 22%. El gobierno cuenta apenas las cifras de bajas y descarta las altas.

Cuando uno se queda desempleado, el subsidio es un paliativo. Pero cuando uno deja de recibirlo, sencillamente se pierden los ingresos y la única opción que le queda al desempleado es volcarse hacia un empleo de rápido acceso, de fácil desempeño y con pocos recursos. Es aquí donde surgen Uber y Lift. Uno puede lograr un empleo así, precario de todos modos, de una manera rápida porque las empresas no invierten nada, solo ganan. Por ello las plataformas digitales de transporte se han transformado en un mecanismo para medir el nivel de desempleados. Es una realidad que se palpa en las calles de toda la Unión. Cuando se pierden empleos más suben los choferes de esas plataformas.

Tengo varios amigos que hacen lo mismo que yo. Todos me dicen que tienen otras profesiones. Hay en Uber más médicos, arquitectos, diseñadores, economistas y abogados que en la viña del Señor. Y esto trae un problema. Somos más manejando que los clientes en la calle.

Cuando Uber, por ejemplo, dice que tiene 32.000 choferes en Florida, juéguensela al canelo que son 32.000 desempleados o gente con un trabajo a medio tiempo que no cuenta para las cifras de desempleo oficiales porque no tienen derecho al subsidio. Ni ese, ni otros, como un seguro de salud.

No me interpreten mal. Es un trabajo como otro cualquiera, pero precario y no considerado adecuadamente. Es fácil de lograr para desempleados, inmigrantes – legales o no, porque las plataformas no inquieren sobre la situación migratoria – y estudiantes en busca de un primer empleo a punto de graduarse. No hay nadie en Uber que diga que ha pagado la universidad de los hijos manejando. Tampoco que haya podido obtener un préstamo para comprar su casa o tenido vacaciones últimamente.

Y esto se vio en este viernes negro. Mucha gente fue a las tiendas a comprar, incluso lo que no necesita, pero muy pocos de los que hacen lo mismo que yo. A nosotros nos toca llevarlos a las tiendas y recogerlos con decenas de compras que después no saben dónde poner en su casa. Ayer en la mañana un hombre se compró un enorme televisor en un centro comercial. De regreso a su casa, la esposa insistía: «Pero, pipo, ¿dónde lo vamos a poner?» La respuesta del sujeto fue la obvia: «Ya veremos». Fue lo último en que pensó al comprarlo.