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Gólgota: “Los artistas somos pequeñas personas con sueños muy grandes que mostramos a todos”

Profesor y artista en activo, decidí rastrearlo en las redes hasta que dí con él, en la geográficamente lejana isla de Cerdeña. 

por
  • Alex Fleites
    Alex Fleites
abril 10, 2026
en De otro costal
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“Misterio”, 2025. De la serie “Sardegna Postmoderna”. Óleo sobre lienzo, 90 x 120 cm.

“Misterio”, 2025. De la serie “Sardegna Postmoderna”. Óleo sobre lienzo, 90 x 120 cm.

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Además de artista en activo, Gólgota ha sido profesor de historia de la fotografía, profesor de diseño, pintura e historia del arte, profesor de pintura del natural y, en los últimos tiempos, además, profesor de lengua española en Italia, país donde vive desde hace varios años.

Según José Luis Fariñas, artista y escritor, Gólgota “…ha configurado su microcosmos como una caja de resonancias que al fracturarse en disímiles cristales de inquietante neorrealismo nos acerca a las fracturas que construyen nuestra contemporaneidad. Sus series de imágenes en progresión apocalíptica se desgranan desde las dedicadas a la música y el ballet hasta la desgarrada claridad de sus retratos de adolescentes, y dejan expuesta, como las entrañas de las bestias en canal de Rembrandt, la contradictoria calidad de las esperanzas y desasosiegos de una espiritualidad perdida en los tiempos de esta oscura paz de entreguerras donde nos encontramos, como si tuviéramos que transformarnos en arqueólogos del alma para volver a extraer de la más lejana turba innombrable las raicillas apenas vivas de un milagro que cada día pareciera estar más lejos.” 

Lo había perdido del radar, por eso, al calor de una conversación con amigos sobre arte cubano contemporáneo, decidí rastrearlo en las redes hasta que dí con él, en la geográficamente lejana isla de Cerdeña. 

Ahí les van nuestro diálogo y unas cuantas imágenes de su trabajo reciente. 

“Gólgota”. Foto: Tomás Inda.

Naciste como Agustín Calviño Insua. ¿Dónde, cuándo? ¿Alguien en tu entorno influyó en el desarrollo de tu vocación artística?

Nací como Gólgota, solo que aún no lo sabía. Y si no lo sabía yo, imagina mis padres, dos jóvenes médicos recién graduados que se empeñaron en poner, a aquel recién llegado, un nombre tradicional a tenor con las costumbres de la Cuba de 1970.

Llegué por un pueblito al norte de Las Villas, San Juan de los Remedios, una pequeña ciudad tan sui géneris como nobles sus habitantes, llenos de sueños y de leyendas, y tanto, que crecí con el alma colmada de todos los sueños posibles. Aupado por mi abuelo Pedro (abuelo materno, La Habana), señor de la magia en mi infancia; y por mi abuelo Agustín (abuelo paterno, Remedios), señor del trabajo con las manos y la curiosidad;  y también por mis abuelas Rosa y Blanca, dos seres llenos de amor y de ternuras que aun conservo en su nombre.

Ninguno artista; y a la vez, todos: Rosa y Blanca, costureras de prestigio. Rosa, incluso, profesora de corte y costura; Agustín, carpintero ebanista… Pedro era un expolicía devenido abogado en 1959. No influyeron sobre mí, incluso creo que ni siquiera vivieron mi vida de pintor.

¿Cuándo y en cuáles circunstancias surge Gólgota? ¿Tomas el nombre arameo de la colina donde se presume ocurrió la crucifixión de Cristo, o del cuadro sobre el tema de Giambattista Tiepolo, creado aproximadamente en 1730? ¿Has apreciado el original de esa obra? ¿Tienes una relación peculiar con ella?

Gólgota lo asumí en una noche de octubre de 1987. Ni siquiera imaginaba ser pintor. Tenía 17 años, y en aquel momento pensaba en cómo escapar del servicio militar obligatorio. Había estudiado durante un año en una escuela militar y sabía bien que el ejército no era lo mío; y obligado, menos. 

Mi madre estaba en Etiopía, y una amiga suya, que era coronel del ejército, le había prometido que me transferiría a su escolta en Adís Abeba, pero gracias a la sinceridad del oficial reclutador que me explicó que casi seguro sería enviado al frente en Angola, decidí decir no. 

Soy uno de los pocos que demuestran que a aquella guerra se asistía voluntario. ¿Me presionaron? Sí. ¿Me trataron de amenazar? También. Pero siempre he sido muy cabezón. Si aquella coronel amiga de mi madre no tenía el poder de librarme de la guerra, pues ya lo haría yo. 

Me ayudó mi abuela Blanca, una hermosa mujer que hizo de todo para que no me llevaran. No sabíamos entonces que muchos no regresarían, que morirían para nada, por el simple capricho de alguien. 

Angola no era nuestra guerra y no teníamos nada que hacer allí. ¿Qué tenía yo que ver con eso? ¿Qué tenían que ver los jóvenes que murieron o regresaron mutilados con aquella aventura por la que no sentíamos nada?  Entonces nació Gólgota, primero como nombre de friki, rebeldía adolescente ante la generación que nos condenaba; después, como nombre para el arte y la vida.

El cuadro que mencionas no lo conocía. El nombre viene de un pasaje bíblico relacionado con el martirio de los cristianos. Es algo trágico.

En su estudio de La Habana. Foto: Cortesía del entrevistado.

Eres graduado del Instituto Pedagógico “Enrique José Varona” y de la academia San Alejandro. ¿Cómo describirías tu proceso de formación como artista? A la luz de los años, ¿cuáles serían las fortalezas y cuáles las debilidades de la enseñanza de las artes en Cuba, según tu experiencia?  

Hasta los 23 años jamás pensé en el arte como motivo de vida. Mi gran pasión desde muy joven fue el pensamiento del ser humano en el pasado. Primero, la grandísima curiosidad por el mundo antiguo; luego, el comportamiento, sus historias, luego ya el pensamiento, cómo pensábamos en la antigüedad; al final, el origen de las cosas que hoy conocemos, cómo fue que llegaron a ser como son hoy. 

Esa es la mejor forma de describir mi recorrido para llegar al arte. Tú me dirás: pero ese es el recorrido para llegar al conocimiento de la historia o la filosofía. Sí, solo que yo, en lugar de escribir algún libro, pintaba cuadros.

Las herramientas para el arte las obtuve poco a poco. Primero, en el Taller de Manero. Fui discípulo de aquel hombre-artista maravilloso al que conocí bastante poco, pero ese poco me alcanzó para entender que su intención era crearnos una moral ciudadana que se puede advertir en todos los que alguna vez estuvimos bajo su tutela.

Puedes reconocer a cualquiera que haya pertenecido al Taller por su ética, tal vez un poco más allá o más acá pero siempre habrá una ética particular en nosotros, los que salimos de aquel taller… Manero formaba ciudadanos racionales y éticamente comprometidos. Luego, Alberto Figueroa culminó su trabajo. Su amistad, seriedad e ironía complementaron en mí la obra de Manero. 

Después vino la etapa pinareña. Conocer a los pintores de San Cristóbal, vivir entre ellos.

Recuerdo un día en que estábamos todos juntos en una pintada en un hotelito del norte de la provincia. Parecíamos aquellos apóstoles que una vez siguieron a un carpintero, solo que nuestro carpintero era el arte sencillo, sin mayores pretensiones que lograr representar algo en un pedazo de tela. 

Allí conocí la amistad verdadera, esa que te brinda el hombre de campo. La volví a encontrar luego aquí en Cerdeña, con los hombres puros de la Barbagia. Por eso, a veces pienso que mi vida en Cuba fue de alguna manera un aprendizaje para mi vida en esta otra isla; porque voy de isla en isla. Es como un karma.

La Academia fue el final de toda esta etapa. Los Maestros aún eran de aquellos más interesados en que tú aprendieras que en demostrarte lo que ellos sabían. José Miguel Pérez, Lázaro Jarrosai, Eugenio Melón, Miguel Fagundes (Miguelón), Orestes Díaz. Si ya era artista cuando llegue a San Alejandro por mi formación en el taller de Manero y en el Colectivo Plástico de San Cristóbal, es en la Academia donde aprendo a pintar, es importante atender a esto: aprendo a pintar.

La gran estrella de mi aprendizaje fue Orestes. Fui uno de los muchachos escogidos por él para aprender secretos más allá de la enseñanza general que se les daba a todos: oficio, carpintería, preparación de soportes, física y química de los colores. Entre Orestes y Miguelón tuve la oportunidad del saber como en los antiguos talleres del renacimiento y el barroco italiano, que luego visité, aunque ya no existían. Aún llamo a Orestes de vez en cuando, todavía le digo Maestro, y siento algo de aquellos tiempos; aun me enseña con esa humildad que parece ironía, pero que él y yo sabemos que es sabiduría pura.

El pedagógico fue el aliviadero de aquella avalancha de conocimientos que fui acumulando como un tesoro. Pero el conocimiento va llenándote poco a poco y te va aislando, destacándote de los demás, te va volviendo antisocial, sobre todo en un ámbito donde ser culto y conocedor de ciertas materias la gente lo ve como arrogancia, de ahí el aliviadero: la docencia.

El aula te hace socializar y te hace compartir, te hace sacar de ti y poner en otra persona que luego te das cuenta que llegará más lejos que tú, y eso te enorgullece. El aula te hace humilde, te hace dialogar. El aula te complementa, te hace humano. No es ser “El Maestro”, es ser esa persona que te pone la mano en el hombro cuando estás perdido en un tema y te susurra al oído: “Es por ahí”.

La enseñanza del arte es complicada porque es, después de la filosofía, la más abstracta de las enseñanzas. ¿Cómo puedes enseñar algo que todos tenemos ya incorporado? Es verdad que la mayoría no lo sabe, pero es así, el ser humano nace con esa capacidad de hacer arte. Las corrientes, las élites, las escuelas, son otra cosa. Pero Arte podemos hacer todos, basta con atreverse. Cuántos artistas que hoy reconocemos y admiramos fueron hombres incultos y toscos y aun así sus obras estremecen.

“San Francisco de Asís”, 2022. Óleo sobre tela, 100 x 80 cm.

La debilidad de la enseñanza del arte en Cuba está en pretender enseñarlo en vez de enseñar oficio; en vez de enseñar una historia del arte completa donde entren también la participación de la economía en la sociedad, la historia de las guerras. En vez de arte se debe enseñar historia de la filosofía, del pensamiento humano. El problema de la enseñanza del arte en Cuba es el mismo problema que contó en su obra El juego de abalorios Hermann Hesse, se enseña a los hombres en vez de enseñar el origen de sus obras.

Las fortalezas están en que cada maestro te intenta demostrar lo que sabe, y que tú comprendas que ese es el único camino. Esta cosa horrible al final es buena porque así el alumno, con cada maestro, se va llenando de miles de fórmulas, de formas de hacer, de formas de comprender, y cuando tiene el coraje de hacerlo solo, el bagaje interior es vastísimo. 

Si a eso le sumas la arrogancia de los artistas, pues ya lo tienes todo, ahora solo te queda aprender. Los artistas somos pequeñas personas con sueños muy grandes que mostramos a todos. La grandeza la pone el hombre común que nos alza (como dice el poeta: “un obrero me ve y me llama artista / y noblemente me suma a su estatura”. Yo cambiaría “obrero” por “hombre”, porque no solo los obreros te pueden conferir esa condición).

Otra fortaleza es que la enseñanza artística está siempre respaldada por la enorme calidad artística de los profesores, que generalmente son grandes profesionales. Aquí hablo de todas las artes, en especial la danza y la música.

Y aunque personalmente no considero útiles las academias, la comunidad social que se establece en las escuelas de arte genera la suficiente competencia que sí es muy útil para asegurar la autoestima del futuro artista.

En Cuba fuiste profesor, entre 1996 y 1923 del Centro Experimental de Artes Visuales “José Antonio Díaz Peláez”, una institución de referencia en el país. ¿Qué tenía de peculiar la escuela de 23 y C, como comúnmente se le conoce? ¿Puedes citar algunos de los artistas más notables que, en calidad de alumnos o docentes, pasaron por ella?

23 y C era un oasis en medio de una gran marea de centros de arte en el país bajo la política cultural del gobierno revolucionario: entiéndase galerías municipales, casas de cultura, proyectos culturales, donde los recursos materiales siempre son los mínimos, luces pobres, paredes mal pintadas… Las personas que trabajan en ellos ponen todo su corazón, talento y sueños en la faena. Generalmente es gente de gran valía  y gran sentido de pertenencia, humildad y sacrificio. 

He visto muchas veces poner dineros particulares de estos empleados gubernamentales, muy mal pagados y sin posibilidad de “búsquedas”, para conseguir un poco de pintura o una lámpara. Recursos que sobran en la otra orilla de este arroyuelo,  la de los elegantes centros del área convertible, entiéndase los pertenecientes a verdaderas empresas corsarias del arte donde las personas que allí laboran tienen muy desarrollado esa capacidad de “Ávida Dollars” daliniana.

Los artistas que pertenecen a los primeros saben que nada sucederá con su obra, exposición o presentación, salvo que algún día, por casualidad, alguien, alguna vez… En general todos  aspiran a participar de las facilidades de estos otros, luminosos y espléndidos. Algún día, como dijera Antonio Marino (Ñico), el gran humorista, “tal vez en el 2035, podría yo tener una muestra en la galería Villa Manuela”. Nunca la tuvo. Yo tampoco. 

Cuando logré convencer con mi arte al director de Villa Manuela, lo cambiaron. Aún no es 2035, pero Ñico ya está muerto. Porque esos proyectos de área dólar, a donde todos los artistas pretenden sumarse, están custodiados por cancerberos que en aras de equipararse con el gran mundo exterior, limitan la participación a quienes pueden “agradecer” sin importar demasiado el talento. 

Y lo logran verdaderamente. He visto aquí en Florencia galerías de arte que bien podrían pertenecer a esos “proyectos culturales”. Solo que el entorno no es socialista ni se escudan en discursos igualitarios como en nuestro patio,  nada más les importa el dinero y esa banalidad sutil de, sin ser más que un teórico, controlar lo que se exhibe, algunos hasta arrogándose el mérito. Como en Cuba.

De 23 y C salieron muchos artistas y otros tantos fueron profesores de gran calibre. ¿Nombres? Figurate, desde Zaida del Río y Edel Bordón, pasando por Emilio Rodríguez (un verdadero maestro de generaciones, nunca reconocido como tal) y Waldo Saavedra, uno de los más altos exponentes de la pintura cubana en el mundo. Otros fueron Orlandito Galloso y Alejandro Tejeda, devenido este último uno de los más grandes exponentes del tatuaje en Estados Unidos. Existen otros grandes nombres, como Villalobos, Lázaro Saavedra, Juan Moreira, entre alumnos y profesores.

Pienso que lo que caracterizaba a 23 y C como algo grande han sido sus directores, verdaderos paladines: Silvia Margarita, que fue la que salvó el Centro cuando el gran cierre de las elementales de arte. Luego, Lourdes Betancourt, y el gran y respetado amigo Ahmed Gutiérrez, hasta terminar en el muy joven Jesús Molina. Te digo “verdaderos paladines” porque mantener ese misterio que es la escuela, apetecida en su construcción por cuanto peje gordo la conoció, no fue fácil. Defender los derechos y la integridad de sus trabajadores como artistas que enseñan más que como instructores de arte, es una pelea muy dura que no todos saben echar.

“Ginevra Floris, campanacci”, 2022. Óleo sobre tela, 50 x 40 cm.

¿Se puede establecer una periodización de tu obra artística por filiaciones estéticas, técnicas o temáticas?

Creo que solo he trabajado dos tendencias: un minucioso realismo atenido al futurismo italiano (sin que tenga que ver Italia para nada) y un expresionismo abstracto muy corto. Te cuento.

Cuando empecé a creerme eso de ser pintor, en mi mente estaban los grandes maestros del renacimiento, pero no en la forma, sino en la manera de ver el mundo. Me ilusionaban los antiguos talleres del renacimiento, soñaba con ser uno de los discípulos de Leonardo, de Boticelli, del Tiziano, pero mi mano no me entendía y pintaba algo que a la gente le agradaba, pero a mí no. Era una frustración tras otra.

Un día conocí la espátula y algo cambió un poquito, pero todavía no era. En la Academia, con Orestes, conocí la cocina de la pintura, pero seguía faltando algo. Otro día, en una desagradable discusión con una persona bastante importante en mi carrera, donde ella pretendía que abandonara mi recién comenzada época neo técnica, una especie de estética que el filme Matrix me había gritado en una tarde de invierno, todo por alejarme de una modelo hermosísima con cabellos rojos, le solté: “¡Yo lo que tengo que pintar es un hombre tocando el violín! Espera. ¡Un hombre tocando violín sin violín!  

S/T, De la serie “Sardegna postmoderna”. Óleo sobre lienzo, 120 x 100 cm.

Cosas del arte, había descubierto mi futuro: el movimiento. Por eso te dije que Italia y el futurismo no tuvieron nada que ver con mi inicio. Yo estaba llegando al futurismo a través de una discusión por celos…

De aquí en adelante hice tres exposiciones en la galería La Acacia, gracias a una persona que quiero muchísimo y que se llama Toni Piñera. De la mano de Toni expuse en Arcos, en Chipre y otra vez en Arcos. Y bajo la protección de Toni enfrenté mis primeras detracciones. Como no había pedido permiso ni sobornado a nadie, los grandes comisarios del arte del Ministerio del Cultura me abrieron fuego. Solo Toni me defendió y me hizo visible. 

La gente agradeció ver en galerías de primer nivel un arte que no fuera conceptual ni “cacharrerístico”. No era más de lo mismo, sino una bocanada de oxígeno en el aburrido refrito de la 4ta. Bienal, que es lo que se ha expuesto en Cuba desde aquel 1991, y estábamos en 2004.

Un día mi padre me explicó: “Eres popular, pero los que tienen que valorar tu trabajo no lo hacen”. Tenía razón el viejo. Me conocía todo el mundo, pero los comisarios negaban mi esfuerzo y hacían el ridículo porque me decían cosas absurdas. Una de aquellas estupideces ocurrió poco tiempo después del éxito de Sonata en óleo, mi primera muestra en La Acacia, cuando se me negó la Casa Iberoamericana porque aquella muestra “había sido demasiado publicitada”. 

Recuerdo con gratitud a Alejandro Rojas, a Tony Seoane, a Rafael Bernal, y a una profesora de la Facultad de Letras a la que nunca conocí personalmente, pero que llegó a decir que yo era el artista que mejor representaba la realidad cubana de aquel momento por transmitir en mis obras el realismo de la gente en Cuba. Nunca supe su nombre, solo que había dicho aquello. 

Llamé a aquella etapa De músicos y bailarines, porque conocí y recibí la amistad de todos mis modelos, desde Tata Güines y Harold Gramatges hasta Guido López-Gavilán y la mismísima Alicia Alonso.

Jornadas de verdadera felicidad creativa fueron cuando Alicia Alonso posó para mí por casi dos horas, o aquella en que en una noche reuní en 23 y C a la crema y nata del Ballet Nacional De Cuba: Anette Delgado, Sadaise Arencibia, Yoel Carreño, Romel Frómeta, Aymarita Vasallo, todos como niños jugando, todos cómplices de mis pinturas para una muy exitosa expo en La Acacia, para conmemorar los 60 años de la fundación del BNC.

Aún hoy, a veces me recuerdan aquella muestra que se llamó Enigmas. Muchos la confunden con otra exposición que fue un esfuerzo fracasado en Bellas Artes, en la que algunos neo curadores intentaron aprovechar el 90 cumpleaños de Alicia para encumbrarse un poco.

Enamoraron a los más sobresalientes pintores para pintar a Alicia. Fue un buen esfuerzo, pero fútil, el ballet es un imperio con características muy particulares. Yo lo había conocido bien porque Alicia me permitió estar dentro de sus límites durante un año y medio. A los pintores convocados les dieron una noche para conocer a Alicia y ninguna para conocer el ballet por dentro. 

Con Joel Carreño, Anette Delgado y Aymara Vasallo, preparando “La muerte de Giselle” para la exposición “Enigma”. La Habana, 2006.
Escena del ballet “La carreta”, de Alicia Alonso. Al fondo, telón de Gólgota.

Con Adolescencia pagaba esa respuesta siempre positiva que recibía de la edad más verdadera que tiene el ser humano; y de allí, a una muy fuerte muestra sobre la violencia contra la mujer.

Un día Pedro de Oraà me hablo del arte abstracto, y con ese lenguaje hice una expo bastante grande en el Memorial José Martí, gracias a la directora ejecutiva de la institución, la Sra. Enit, y a la autonomía de aquella excelente galería que no tenía que pedir permiso al Cnap para conformar la programación. Pero hasta allí llegó mi aventura con el abstracto. Aunque hoy haga mis cositas, mi rumbo se ha tornado al realismo en movimiento. Estas  exposiciones fueron en la sala expositiva del Memorial José Martí, mis últimos protectores en el ambiente pictórico cubano.

“Ballerina”, 2024. Óleo sobre tela, 100 x 75 cm.

¿Has asumido conscientemente influencias de otros artistas de cualquier época? 

Sí, de todos. La historia del arte me ha permitido beber en tantos, y de todos algo siempre prende. En el inicio, Leonardo (solo sistemas y fórmulas que uso hasta hoy), Tiziano y Rubens, los prerrafaelistas, los futuristas —cuando ya fui consciente de ellos—, Caravaggio y Rembrandt en la utilización de la luz; incluso Antonio Ligabue en cuanto a la defensa de lo que quiero. Manero por la sinceridad, Waldo Saabedra y César Santos en la contemporaneidad; y aquí, el gran Roberto Ferri.

¿Cómo caracterizas tu etapa actual?  

La época sarda, como si hubiera nacido de nuevo. Desde pequeño estudié la Antigüedad, La odisea, La Ilíada, los argonautas, los etruscos y cartagineses, todo como una gran galaxia que gira en torno a una estrella negra, que no podía ver, que no podía ni siquiera presentir pero que estaba ahí, esperándome: Cerdeña.

Es un universo tan grande de cultura e historia que comienza previo al 10 mil a.C. y se diluye en la colonización española y luego italiana. Pero Cerdeña era ya el centro del mediterráneo occidental, cuando Minos aún vivía. Piensa que el pueblo Shardana influyó en toda la cultura posterior, fueron el cuerpo de élite del faraón Ramsés, influyeron en los pueblos de las tierras de Israel, en Turquía, y en todo el universo occidental, que va desde el estrecho de Sicilia hasta Gibraltar, y un poquito mas allá.

De una emigración sarda hacia la península itálica devinieron los etruscos. Fíjate, una gran emigración de una isla, obligada por algo tan grande que no solo fue a la península, fue también a Cartago, a Egipto…piensa: una isla, un cataclismo, un pueblo que desaparece, más allá del límite del mediterráneo conocido por los griegos de 8 mil años a.C…

Cerdeña también es el pueblo Nuraghi con sus enigmáticas construcciones de piedra; son los colores de sus vestidos tradicionales y son las características de su gente. Para alguien cuyo verdadero oficio es pintar a la gente y sus pensamientos, sus sueños y sus anhelos, mi encuentro con Cerdeña es como el del astronauta que puede adentrarse en aquella estrella que ahora le recibe plena y amiga.

Me siento niño otra vez ante estas maravillas, y esta isla verdaderamente mitológica donde aún habitan los viejos dioses y donde Dios se lució con su creación.

S/T, 2026. Grafito sobre cartulina A3.

¿Trabajas en más de una obra a la vez?

El trabajo en mi estudio es intenso siempre. Hay obras que se pintan a pedido, otras que se pintan como descanso, y está la obra que se pinta, digamos, más en serio, como parte de mi obra real.

Aunque todas son de verdad; me gusta verlo así.

¿Hay temas recurrentes?

El tema siempre es el mismo: el ser humano, sus sueños, sus anhelos, sus esperanzas y su cultura. Ya desde Cuba.

“El pelo suelto”, 2013. Óleo sobre lienzo, 100 x 80 cm.

Vives en Italia desde hace algunos años. ¿Has logrado insertarte en el ámbito artístico de ese país? ¿Cómo fueron tus primeros tiempos de emigrante? ¿Has vivido todo ese plazo de tu arte?

Poco a poco, sí. En Toscana mi esposa creó una asociación, Le Rotonde, rememorando aquella de los parisinos de inicios de los 1900, pero es aquí en esta isla donde me inserto plenamente, con la humildad siempre del que pide entrar, no como un conquistador. 

El sistema no es como en Cuba, no hay socialización del arte. Este forma parte de la sociedad desde una perspectiva eminentemente cultural, no como objetivo social de difundir para educar. De hecho, en el arte todo es privado y cuesta, el concepto es otro, diferente a aquel en que me formé. Creo que algunas de aquellas fórmulas cubanas podrían ser útiles aquí siempre que alguien te apoye económicamente. 

En cuanto a vivir del arte, de mi arte, no, realmente no. Hay que calzarlo todo con la docencia, con los trabajos a comisión y con otras cosas que no son propiamente arte. Creo que poco a poco mi trabajo va llegando.

¿Cómo has ido construyendo tu identidad? ¿Quién eres hoy en día? ¿Crees que hay mucha diferencia entre cómo te ves y cómo los otros te ven?

Simplemente soy. A veces digo ser aquel de los dos que vamos en el mismo caballo de la vida, el que porta la lanza mientras Jesús guía a la bestia. Algo así siento respecto a la vida. En esta etapa sarda soy el hombre del cuadro Ecomi quà guiado por el fantasma de un niño sardo que me toma de la mano y me aparta del camino de los grandes héroes del pasado que me arrollan.

“Eccomi quà”, 2025. De la serie Sardegna Postmoderna. Óleo sobre lienzo, 120 x 100 cm.

En cuanto a cómo me ven los demás, no lo sé. Pero seguro que no todos lo hacen como me veo yo. Lo siento cuando interactúo con las personas. Hay mucho respeto, pero recuerda que siempre soy el extranjero. No soy sardo…aún.

Me gusta ser de donde estoy. En cada lugar, cuando pasa el tiempo, mi extranjeridad va quedando solo en un acento raro. Eso me hace feliz.

“Pastora”, 2022. Óleo sobre tela, 100 x 80 cm.

En tu ámbito vital, en tu vida cotidiana, ¿hay algo de denote que eres cubano?

Sí, el grandísimo esfuerzo que hago por hacerle ver a los que me quieran escuchar las verdades de una Cuba que fue y que ya no lo es más, y las de esa otra Cuba que es y que debe dejar de ser lo antes posible.

Los europeos no conocen a Cuba, y la izquierda la conoce menos. Aquí se creen un discurso que solo ellos llegan a asimilar por la dulzura característica del europeo. Ni por la cabeza les pasa  lo que es realmente Cuba hoy.

Soy cubano, ese que no tiene que ser negro, bailador ni objeto sexual. Ese que es altamente educado y comedido, culto. Al que le gusta cuando una mujer le estrecha la mano “como un hombre” y puede ser su amigo. Ese que respeta la ancianidad en una de las blue zones del planeta, porque lo aprendió de sus abuelos venidos de tierras como estas. Soy ese cubano con la decencia que nos caracterizó como pueblo, que viene de la tierra más hermosa de la América hispana.

¿Qué lugar tiene La Habana entre tus afectos? ¿Existe alguna relación sentimental entre tú y esta ciudad?

¿La Habana? Fíjate que “allí amé a una mujer terrible”, “allí, entre las calles, tuve amigos”, “allí, donde te conocí, quiero verte otra vez”, allí, “al volver de distante ribera” quisiera volver a ver de nuevo mi bandera, sola, orgullosa. Sentarme en el muro del malecón y tomarme una Fanta comprada en cualquier cafetería con una moneda que permita a todos compartirla conmigo “entre el gemir de violines que solo tocan para mí”. Recorrer San Nicolás, “de Malecón hasta Diaria”. Disfrutar esa “negra bonita con ojos de estrellas” que un día fue.

¿Cuál obra del arte universal que hayas visto en museos, muros o galerías te ha emocionado más? 

Llevo pensando esta respuesta desde que me llegó el cuestionario. También es cierto que no he visto muchas cosas. Para ir a Florencia tardé meses después de llegar a Italia. Tenía miedo; yo conocía una ciudad que no existe más. Hoy las ciudades italianas son como son ahora mismo, y las que se conservan en el tiempo, como San Gimignano, una ciudad absolutamente medieval, o la propia Siena, que sí visité muchísimo, son ciudades pensadas para el turismo. Los museos son caros y tienen el mismo precio de los libros, entonces muchas veces prefiero los libros.

Pero te puedo hablar de dos experiencias que me marcaron muy fuertemente. Cuando estuve en Vinci, donde todo lo que hay de Leonardo es inventado, porque él vivió allí solo hasta los 8 años, descubrí un museo que se dedica a exponer y estudiar la obra de sus discípulos. Allí encontré las copias que hacían estos chicos de las obras del Maestro; es lo más cercano que he estado de la auténtica obra del florentino. Yo veía aquellos cuadros delante de mí, sabiendo que aún allí se encontraba la mano de Leonardo. 

Y por último, un encuentro arquitectónico: El nuraghe, edificio megalítico sardo, es la experiencia más fuerte que he tenido y que tal vez ha definido todo lo que hago hoy en mi obra. Era un nuraghe pequeño, solitario, muy cercano a la costa norte occidental de la isla. Tenía un letrero que advertía que no se podía entrar, pero…no me lo podía perder. Creo que fue algo sugestivo, el momento en que sentí que los fantasmas de los antiguos sardos acudieron a mí por primera vez. Tal vez por eso desde entonces los represento siempre en mis cuadros.

“Laura”, 2024. De la serie “Ragazze dell’Europa”. Óleo sobre tela, 90 x 60 cm.

Si te fuera dado coleccionar arte cubano de cualquier época, técnica, temática y filiación estética, ¿cuáles serían los artistas que no faltarían en tus paredes y salones?

Me gustaría tener obras de Yasiel Álvarez, de Joel Pérez, de Alberto Figueroa, de Pedro Pablo Oliva, de mi gran amigo y mejor pintor José Luis Fariñas, de César Santos y de Waldo Saavedra. Me gustaría uno de los dibujos del quijote de Juan Moreira. Me gustaría también tener de esas otras figuras, como Naranjo y Wenselao, dos señores que se  empeñan cada día en destacar un arte miniaturista que brilla fuera de Cuba, pero dentro no, porque es considerado artesanía según la Uneac. Me gustaría tener obras  de los miles de muchachos que están haciendo arte en las calles, un arte hermoso, fuerte, pero que es apartado de las galerías porque al no pertenecer al estrecho mundo del arte conceptual no crea riesgos políticos ni espacio a los “especialistas” para lucirse.

Mi carrera como pintor no es nada comparada con mi carrera como persona, porque es a esa a la que le debemos rendir mayor cuidado. Hoy, con la calma de los años y la tranquilidad de mi vida, me detengo a mirar hacia atrás…No mucho, eh, pero sí lo suficiente como para darme cuenta de todo lo que pienso y de gran parte de lo que digo, por eso es que me ha gustado hablarte, más que escribirte sobre estas cosas que me has preguntado. 

No soy ni seré jamás un sardo o un italiano, muchísimo menos un europeo, porque nací cubano, y cuando esto ocurre perteneces para siempre a una raza que piensa en español y sabe a azúcar, que tiende la mano de amigo mientras con la otra se sostiene el corazón para que no se le salga del pecho, y que cuando va al mundo, lleva en sí a toda la nación cubana. Un día volveremos a ser el pueblo orgulloso que fuimos y volveremos a recibir en nuestra tierra a todos aquellos que quieran devolver a Cuba su grandeza.

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Alex Fleites

Alex Fleites

Poeta, curador de arte y editor afincado en La Habana.

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