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Jorge Braulio: “Mis años de estudio en la Ena están entre los más felices de mi vida”

"Al descubrir las cúpulas de la escuela de artes plásticas, que me parecieron construidas por extraterrestres, sentí un sobresalto entre el pecho y el estómago: ese era el sitio en el que yo debía ser".

por
  • Alex Fleites
    Alex Fleites
enero 16, 2026
en De otro costal
0
S/t., 2024. Acuarela sobre papel de arroz, 24 x 27 cm. (Detalle)

S/t., 2024. Acuarela sobre papel de arroz, 24 x 27 cm. (Detalle)

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Hacía más de cuarenta años que no me encontraba con Jorge Braulio. Por entonces era Jorge Rodríguez Quintana (La Habana, 1950). No quiero insinuar que el “Braulio” sea un añadido, solo que antes no lo usaba como hoy, para componer su nom de plume artístico.

No caímos en la superficialidad de decirnos que estamos igualitos, porque ambos sabemos encajar los estragos del tiempo. Igual, si acaso, permanecen en nosotros algunas certezas de la juventud, y las dudas existenciales iniciales, a las que se les ha ido sumando una estiba de interrogaciones, nada que no tenga que ver con la compleja tarea de vivir.

Nos conocimos en la Escuela Elemental de Artes Plásticas de 23 y C, a donde iba con frecuencia a observar el trabajo de los jóvenes docentes que ahí coincidieron, entre los que tenía algunos amigos que aún conservo, aunque a la distancia.

Jorge ha dedicado un generoso segmento de su vida a estudiar Artes visuales, Historia del arte, Pedagogía, Psicología, Lengua francesa, Estética, Enseñanza del arte, Animación sociocultural y un largo etcétera que se tomaría gran parte del espacio enumerar.

En 1972 comenzó su vida laboral en la Escuela Provincial de Arte de Pinar del Río, donde permaneció hasta 1975. Desde entonces, además de impartir diversas asignaturas, ha sido director fundador de la Escuela Elemental de Artes Plásticas del Municipio Plaza (1975-1980); director de la Academia San Alejandro (1981-1991);  director del Centro de Desarrollo de las Artes Visuales (1991-1993); decano de la Facultad de Artes Visuales en la Universidad de las Artes-ISA (2007-2016, cargo que ya había ocupado en 1993). Por motivos de trabajo o estudio ha viajado a Francia, Japón, Colombia y Bolivia, entre otros países.

Su primera exposición (bipersonal) data de 1973 en la Galería de Arte de Pinar del Río, y la más reciente es de 2025: Toda atención es poca en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, La Habana, donde se produjo el encuentro que propició el diálogo que sigue:

Jorge Braulio. Foto: Ossain Raggi, de la serie “El oro de Moscú”. Universidad de las Artes, 2019.

Cuando triunfó la rebelión, tenías 8 años. ¿Qué recuerdos de aquellos tiempos iniciales conservas? ¿Cómo describir la energía, las ilusiones que generaron esos primeros tiempos de la instauración del Gobierno Revolucionario?

El triunfo de la Revolución, en 1959, tuvo un gran impacto en la dinámica de mi familia. Ese año todo se trastocó. Mi padre era músico, tocaba el trombón en la banda militar del ejército que acababa de ser derrotado por los rebeldes. Los esposos de mis tías también estaban alistados en el ejército de Batista. 

Vivíamos en el reparto de Hornos, muy cerca del campamento de Columbia. En aquellos primeros meses, la incertidumbre y la desconfianza se apoderaron de toda la parentela. Con el paso del tiempo, los sentimientos, los estados de ánimo, fueron adecuándose a aquellas inéditas circunstancias. Mis tíos políticos se licenciaron del ejército. Mi padre, que era subteniente, por su edad y los años de servicio en la carrera militar, fue ascendido a teniente y, acto seguido, retirado, con la pensión correspondiente ¡del Ejército Rebelde! El otro oficio de mi padre era tabaquero. Un año después, comenzó a trabajar en la Fábrica de Tabacos José L. Piedra, que después recibiría el nombre de Héroes del Moncada.

Para mí fue mágica la conversión del Campamento de Columbia en la Ciudad Escolar Libertad. Conocía muy bien el campamento porque mi padre me llevaba a su cuartel, y frecuentemente nuestra familia iba al cine que había allí, al Club de Alistados, a los actos festivos que se realizaban en el polígono. Ver la transformación de esa ciudad castrense en un inmenso conglomerado de centros educativos añadió maravillas y asombros a mi niñez. 

Sorpresas que me han acompañado: estudié hasta el tercer grado en la Escuela Flor Martiana, que estaba a la entrada de Columbia. Años después, la Escuela San Alejandro se reubicó en la que fue mi primera escuela.

Con un grupo de alumnos de San Alejandro el día de su graduación. La Habana, 1982. Foto:
Cortesía del entrevistado.

¿Cuándo descubres que tienes una sensibilidad especial para las artes visuales?

Desde muy pequeño me encantaba dibujar. Inventaba mapas de islas desconocidas, copiaba las caricaturas que aparecían en los periódicos. Cuando los estudiantes de Flor Martiana se trasladaron a Ciudad Libertad, conocí a mi primer maestro de arte. Tuve la enorme fortuna de pertenecer a los Niños Pintores de Ciudad Libertad. Allí, bajo la sabia guía del profesor catalán José Lloveras, me sentía en el paraíso. 

Lloveras era todo un personaje: locuaz, entusiasta, imaginativo, sabía llegar al alma de las niñas y los niños que le seguíamos la rima con alegre devoción. Antes de estar en los Niños Pintores, todos le conocíamos porque él, que era representante de la Prismacolor en Cuba, para promocionar los lápices de colores aparecía cada domingo en el Circo con Valencia, un programa de televisión.

Además de orientarnos en trabajos libres, naturalezas muertas y paisajes, nos hablaba de temas históricos y, a partir de ellos, proponía ejercicios con líneas abstractas prestablecidas para que nosotros hiciéramos composiciones figurativas, relacionadas o no con el tema en cuestión. Mucha libertad. Ponía música en la clase, leía poemas, cantaba, nos estimulaba a cantar en coro el Himno de los Niños Pintores de Ciudad Libertad, según creo, compuesto por él. Recuerdo que el himno comenzaba con una palabra repetida tres veces: ¡Amor! ¡Amor! ¡Amor! Y: ¡Aprendemos a pintar con alegría! ¡Somos los artistas que decimos la verdad! ¡Somos los pintores de Ciudad Libertad! ¡Unidad! Lamento mucho no recordar toda la letra.

Durante mucho tiempo, para mí Lloveras fue el mejor pintor del mundo. En mi primera visita como alumno de la Escuela Nacional de Arte (Ena) al Departamento de Arte de la Biblioteca Nacional, pedí los libros sobre Lloveras. Apenas tenían algunos plegables de sus exposiciones. Era mi orgullo haber nacido un 26 de marzo igual que él.

Encuentro con alumnos y profesores de San Alejandro, 2023. Foto: Cortesía del entrevistado.

¿Cómo fue tu camino por el sistema nacional de la enseñanza artística?

Me enteré de la existencia de la Ena  porque en un periódico convocaron a la realización de las pruebas de aptitud. Me inscribí para hacerlas, a escondidas de mi mamá. Días antes le había insinuado la posibilidad de estudiar pintura y me dijo redondamente que no, que de eso nada, olvida el tango y canta bolero, porque todos los artistas se mueren de hambre. Mi respuesta fue que entonces no estudiaría más. Pero hice las pruebas, me aprobaron y ella tuvo que aceptar los hechos. Después me apoyó como solo las madres son capaces de hacerlo.

Siempre recordaré el primer día en que visité la Ena, para inscribirme en las pruebas. Me sobrecogí al ver la extensión ondulada del verdísimo campo de golf. Luego, al descubrir las cúpulas de la escuela de artes plásticas, que me parecieron construidas por extraterrestres, sentí un sobresalto entre el pecho y el estómago: ese era el sitio en el que yo debía ser.

Mis años de estudio en la Ena están entre los más felices de mi vida. Allí se privilegiaba la creatividad. Había una atmósfera que incitaba al estudio, a la lectura, a la práctica del arte sin limitaciones. Leíamos mucho. Teníamos una excelente biblioteca. La escuela era, en clave tropical, como la Castalia del Juego de abalorios de Hermann Hesse, autor que reverenciábamos, o como una montaña mágica, tal como la describe Thomas Mann, sin las inquietudes de una enfermedad que no fuera la avidez por aprender qué hacer con nuestra sensibilidad. 

La coexistencia de todas las artes en un espacio común borraba fronteras. Y el cine… Varias veces a la semana íbamos a la Cinemateca de Cuba. Puedo afirmar que vimos todas las obras maestras, hasta ese momento, de la cinematografía de todas las latitudes. Una delicia.

Al evocar a los maestros, sé que seré injusto. Entre mis entrañables, en la especialidad: Antonia Eiriz, Adigio Benítez, Félix Beltrán… También en las asignaturas teóricas tuve profesores que me marcaron: el poeta y cineasta ecuatoriano Ulises Estrella; la escritora mexicana Olga Harmony; el uruguayo Sergio Benvenuto, y el cubano Tomás González, actor, poeta y dramaturgo.

He realizado varias exposiciones para homenajear a Antonia. ¡Qué mayor lección que la suya!: trascender como una artista extemporánea, esa cualidad que Nietzsche percibía en los filósofos verdaderos. La crítica al conformismo y el adocenamiento; el no dejarse vencer por las presiones coyunturales; su compromiso con la autenticidad creadora; su capacidad para responder con imaginación y fina socarronería a las incomprensiones, definen la extemporaneidad de sus íntimos vislumbres. Aún nos desafía.

Mención aparte merece Servando Cabrera Moreno. Recuerdo anécdotas luminosas y otras que aún me duelen. Lo conocí cuando ya había sido expulsado de la Escuela Nacional de Arte. Etapa en que fue condenado, sin juicio, al ostracismo. Un condiscípulo me dio un bolígrafo de siete colores. Te lo manda Servando. Dice que, si quieres, puedes ir a su casa. ¡Cómo no iba a querer! “Pero él no me conoce”. “Sí, ya te conoce”.

Visitábamos a Servando a escondidas de la dirección de la escuela, aunque no dudo de que lo supieran y se hacían los de la vista gorda. Un grupo de estudiantes escogidos por él. Cada visita era una lección de arte, ética, descubrimiento de los horizontes de la creación. En aquellas tertulias oíamos la mejor música del mundo: óperas, Bach, Vivaldi, Los Beatles… Y conocimos a artistas como Antonio Saura, que era su amigo.

Una de esas noches, le pregunté cuáles eran los pintores imprescindibles que no podía dejar de estudiar. Me dio un papel y un lápiz. “Apunta”, dijo. Y me dictó una lista, por orden cronológico, de alrededor de cuarenta artistas. Comenzaba con Cimabue y terminaba con Francis Bacon. “Hay más, pero tú solo los irás descubriendo”.

Tuve de él una hermosa Columna humana. Óleo sobre tela. En el reverso, la dedicatoria:

“Para los 8 Hombres de Oro” (en alusión al filme italiano Siete hombres de oro, de Marco Vicario, con Rossana Podestá y Philippe Leroy):

Tomás Sánchez

Enrique Martínez

Lázaro Enríquez

José Villa

Eduardo Izquierdo

Raúl Piña

Jorge Rodríguez

Lázaro Blanco”.

Y su firma, y la fecha.

“Este cuadro será del que se lo lleve”, nos dijo una noche. Medía, más o menos, un metro y medio por cada lado. Me adelanté a los demás. Cargué con él, a pie, desde su casa hasta el Reparto de Hornos. Esa pintura me acompañó muchos años, hasta que en el período que eufemísticamente se llama “Especial”, tuve que “sacrificarla” por razones de sobrevivencia mayor. No me lo perdono. Como no me perdono la vez que estuvo enfermo; fue ingresado, y no tuve la delicadeza de irlo a ver. Cuando ya estaba de alta, lo llamé por teléfono. “Te avisaré cuándo podrás venir”, me dijo.  No he perdido la esperanza de que me llame un día.

S/t., 2024. Acuarela sobre papel de arroz, 24 x 27 cm.
S/t., 2024. Acuarela sobre papel de arroz, 24 x 27 cm.
S/t., 2024. Acuarela sobre papel de arroz, 24 x 27 cm.

Fuiste el fundador y director de la Escuela Elemental de Artes Plásticas del Municipio Plaza, donde permaneciste entre 1976 y 1991.

Al concluir el servicio social en Pinar del Río, regresé a La Habana. Me presenté en San Alejandro, pero en aquel momento no tenían plazas vacantes. Tuve la suerte de conocer a Xiomara Suárez, ser humano excepcional, que en aquel momento era la coordinadora de enseñanza artística en la provincia. Ella me habló de una escuela elemental recién creada, que necesitaba director, porque ya tenía los profesores. Así, sin muchos trámites, asumí esa responsabilidad.

La experiencia en la escuelita de 23 y C —así la llamábamos— fue para mí definitoria en más de un sentido. El azar reunió a un grupo de talentosos artistas dispuestos a ejercer la docencia. Entre ellos: Tomás Lara, José Pérez Olivares, Luis Reyna, Ebert Rojas, Emilio Rodríguez, Dolores Ruiz, Edel Bordón, José Antonio Fuentes, Julio Pérez, Pablo Borges. Existían programas oficiales, pero los profesores los transformaban según sus intuiciones. Discutíamos mucho, experimentábamos… 

Con los artistas Edel Bordón y Emilio Rodríguez, quienes fueron profesores de la escuela de 23 y
C. Galería Artis 718, La Habana, 2017. Foto: Cortesía del entrevistado.

Y “nos tocaron” grupos de alumnos talentosísimos. Hace algunos años recogí el testimonio de algunos de ellos sobre su paso por la Escuela Elemental. No hay mejor evidencia del espíritu que reinaba allí. La investigación, aún inédita, se llama: “Un incierto nivel elemental. Memoria de una experiencia formativa en el ámbito de las artes plásticas”. El título es demasiado largo, pero te aseguro que los testimonios tienen un gran valor. ¡Imagina tener como alumnos a Lázaro Saavedra, José Ángel Toirac, Luis Gómez, Alicia de la Campa! Uno de ellos declaró:

“De todas mis escuelas, es la que más quiero. Cada vez que paso por allí me entra una cosita rara, algo emotivo que no puedo explicar. (…) Mucha de la gloria que se llevó el Isa fue por la semillita sembrada en la Elemental. Hasta ahora no se le ha dado el valor que tiene y que tuvo para el boom de la plástica en los 80. (…) La Elemental fue clave para definir que aquello podía ser mi camino en la vida”.

¿Qué más puede pedir un maestro?

S/t., 2024. Acuarela sobre papel de arroz, 24 x 27 cm.
S/t., 2024. Acuarela sobre papel de arroz, 24 x 27 cm.
S/t., 2024. Acuarela sobre papel de arroz, 24 x 27 cm.

Director de la Academia San Alejandro (1981-1991), decano de la Facultad de Artes Plásticas del ISA (1993), responsabilidad que vuelves a ocupar entre 2007 y 2016. ¿Se puede decir que en la docencia están tus mayores aportes a la cultura cubana?

Si yo hablara de mis aportes a la cultura cubana, sería un petulante. Lo que sí puedo afirmar es que le he dedicado a la docencia la mayor parte de mi vida. Para la cultura cubana no debe ser mucho; para mí es todo.

De 1973 a 2025 realizas 18 exposiciones personales. ¿Cómo conjugaste el trabajo académico con la creación artística? 

Es complicado. Un artista que ejerce la docencia puede distribuir su tiempo para no afectar su creación. Eso es más difícil para quien ocupa un cargo de dirección. A pesar de los inconvenientes, traté siempre de mantenerme creando arte visual o escribiendo.

Entre todas estas muestras personales, señala las cinco que consideres de mayor importancia, y cuéntanos por qué seleccionas a cada una.

  1. En alguna ventana de la vida. Dibujos. Casa de la Cultura del Municipio Plaza. Palabras del catálogo: José Veigas.
  2. Juegos nocturnos y otras tintas. Galería de la Casa Estudiantil Universitaria. Palabras del catálogo: Gerardo Mosquera.
  3. Fausto, papá… y yo. Galería de Luz y Oficios.

Esta exposición ocupó todas las salas de la planta alta de la institución. Tenía una colección de dibujos (Fausto) que dialogaba con la obra homónima de Goethe, una evidencia de mi interés en indagar en torno a los vínculos del arte visual y la literatura. La otra colección eran pinturas sobre papel realizadas a cuatro manos con Ania, mi hija mayor, que tenía entonces cinco años.

  1. Deslumbrante si apenas es nombrada. Galería 23 y 12. Esta exposición itineró por las ciudades de Holguín, Ciego de Ávila, Sancti Spíritus, Trinidad y Santiago de Cuba. Dibujos en tinta, esgrafiados sobre papel cromo. El nexo con la literatura se estableció a partir de unos sonetos abstrusos de mi autoría. ¿Quieres una muestra? He aquí el que da título a la exposición:

Un sin embargo del reloj: la letra 

como puente senil da heraldos grises, 

desfiles asediados por deslices 

terrenos cuando cielos cronometra,

 

Si la palabra rompe la probeta 

de los adornos, sangra, contradice 

al jovial que perfuma cicatrices 

con el garfio de confundir veletas.

 

Un sin embargo del reloj: 

tremola desaforadamente festinada 

los domingos en que se sabe sola.

 

Una palabra verde encaramada 

en la grieta más alta se amapola, 

deslumbrante, si apenas es nombrada.

Te aseguro que los dibujos eran mejores que los sonetos…

  1. Palíndromos. Casa Municipal de Cultura “Raúl Otero Reiche”. Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Palabras del catálogo: Ramón Cabrera Salort. Con esta muestra continué mi pesquisa en torno a la visualidad de los palíndromos, que tendría un punto culminante, años después, en la curaduría de Le Grand Palindrome. Homenaje a Georges Perec, en el Palacio de Prado, Alianza Francesa de La Habana (2017).

S/t., 2024. Acuarela sobre papel de arroz, 24 x 27 cm.
S/t., 2024. Acuarela sobre papel de arroz, 24 x 27 cm.
S/t., 2024. Acuarela sobre papel de arroz, 24 x 27 cm.
S/t., 2024. Acuarela sobre papel de arroz, 24 x 27 cm.

¿La crítica se ha ocupado de tu obra plástica? 

Me estimula toda mención a mi obra. Tengo la satisfacción de atesorar palabras de críticos reconocidos que en diferentes momentos de mi trayectoria han tenido la gentileza de escribir a propósito de alguna de mis exposiciones. No tuve la misma fortuna con la organización que agrupa a los artistas y escritores de Cuba, la Uneac. Hace ya varios años, cuando me jubilé, pensé que era el momento de solicitar mi entrada como artista plástico en la sección correspondiente. 

Presenté mi currículum, como es de rigor, un disco con todas las exposiciones realizadas en mi país y en el extranjero, catálogos… Recibí como respuesta un amable correo en el que me proponían presentarme más adelante, con una obra más actualizada. Se los agradezco. Desde entonces no he vuelto a poner los pies ni en sus jardines.

Si tuvieras que definir tu obra plástica, ¿cómo lo harías? ¿Ha pasado por diferentes etapas?

Mi obra no ha tenido un desarrollo lineal. Las diferentes etapas se yuxtaponen, pero casi siempre se aprecia en ellas una impronta expresionista que dialoga con la literatura.

Con Marilyn Sampera y Tania Parson, curadoras de “Toda atención es poca”. Centro de Desarrollo
de las Artes Visuales. La Habana, 2025. Foto: Cortesía del entrevistado.

¿Cómo presentar a nuestros lectores tu más reciente exposición personal: Toda atención es poca…, Centro de Desarrollo de las Artes Visuales (CDAV), La Habana? ¿Qué pueden encontrar allí? ¿Cuál es la idea curatorial base? ¿Cómo elaboraste las imágenes?

Esta muestra del CDAV marca un giro importante en mi trayectoria. Se mantiene mi interés por los nexos entre la visualidad y las textualidades. Es la más conceptual de todas las muestras que he realizado. La idea inicial era organizar un evento retrospectivo, que abarcara toda mi trayectoria como artista y docente. 

En el primer encuentro que tuve con las curadoras Tania Parson y Marilyn Sampera, ellas se entusiasmaron con mis últimos proyectos. Acordamos exponer lo más reciente. Son apenas las piezas necesarias, de manera que cada una tenga el aire que necesita. Una arista interesante es el aprovechamiento de la inteligencia artificial como asistente para la realización de algunas imágenes, la presencia del haiku y el senryu.

La idea que anima la muestra es provocar la reflexión crítica en relación con el mundo que nos ha tocado vivir, a través de propuestas irónicas, que llegan al sarcasmo, pero exigen una atención particular del espectador.

Por ejemplo, la serie “Las cartas sobre la mesa” es un mazo de trescientas sesenta y cinco cartas oraculares que el espectador puede consultar a través de un código QR de Instagram. En la sala, congeladas en una vitrina fanal, solo aparecen diecisiete cartas. El número diecisiete es clave, porque es el número de sílabas que se le atribuyen al haiku tradicional y que está presente en otras piezas mostradas.

Con la galerista Nina Menocal en la muestra “Toda atención es poca”. Centro de Desarrollo de las
Artes Visuales, La Habana, 2025. Foto: Cortesía del entrevistado.
S/t., 2025. Fragmento de la serie “Anatomía para distraídos”. Impresión digital sobre papel
realizada con asistencia de inteligencia artificial, 30 x 21 cm.
S/t., 2025. Fragmento de la serie “Anatomía para distraídos”. Impresión digital sobre papel
realizada con asistencia de inteligencia artificial, 30 x 21 cm.
S/t., 2025. Fragmento de la serie “Anatomía para distraídos”. Impresión digital sobre papel
realizada con asistencia de inteligencia artificial, 30 x 21 cm.

Eres, además, escritor. ¿Cuándo y de qué modo la literatura llegó a tu vida?

Desde mi infancia, soy un lector voraz. Esa mala costumbre a veces trae estas  peores consecuencias… para el lector que cometa la imprudencia de leerme.

¿Cuándo comenzaste a relacionarte con la poesía japonesa, específicamente con esa forma estrófica llamada haiku (¿haicai?).

Desde mi época de estudiante en la Ena me sentí atraído por el arte asiático, en particular el de Japón. Cuando descubrí que los ideogramas que aparecen en las Estampas del mundo flotante suelen ser poemas, me fascinó. Años después, en el tiempo que trabajé en Bolivia, descubrí en internet un sitio llamado El Rincón del Haiku, y tuve la certeza de que los  poemas cortos que yo escribía, si me esforzaba, podrían llegar a ser intentos de haiku. 

En un viaje a Brasil tuve la oportunidad de relacionarme con destacados escritores de haicai (así se denomina allí). El punto culminante de mi formación como haijin fue el viaje a Japón, invitado por la profesora Chizuko Owaki. Hicimos el recorrido que narra Matsuo Bashō en su diario Sendas de Oku. Así pude llenarme aún más de la energía que le concede el haiku a quienes, con respeto y admiración, le prestan su voz a la naturaleza para que ella nos muestre sus asombros. 

Define el haiku por lo que no es. No más de tres líneas.

El haiku no ha de ser:

Ego absoluto, 

sin sensorialidad,

falto de asombro.

¿Cuándo aparecen las más antiguas expresiones de haiku en la literatura cubana?

Hasta donde sé, el primer autor cubano que abordó el haiku como género poético fue el cienfueguero Eduardo Benet y Castellón (1879-1965), en su libro Ensayo de haiku antillano. De este autor es el siguiente poema que, si bien no es un haiku en sentido estricto por la fantasía que hay en él, cumple con la métrica:

Por el camino 

vi venir una sombra 

y era yo mismo.

Para mí, con todas las atribuciones de lector caprichoso, el primer haiku cubano lo escribió, sin saberlo, José Martí. En su Diario de Cabo Haitiano a Dos Ríos, escribió:

Rumbo al abra.

La luna asoma, roja, 

bajo una nube.

Se trata de un fragmento de la prosa martiana, pero tiene un innegable sabor a haiku. Al menos eso me parece a mí. Cuando uno hurga en la obra martiana, se convence de que comparte más de una afinidad con el haiku.

Samuel Feijóo, que era un genio, tiene un estudio sobre el haiku latinoamericano que es una delicia. Muchos escritores cubanos han escrito haikus. Y en la mayoría de los poetas, pueden descubrirse fragmentos que tienen ese espíritu.

S/t., 2025. Fragmento de la serie “Anatomía para distraídos”. Impresión digital sobre papel
realizada con asistencia de inteligencia artificial, 30 x 21 cm.
S/t., 2025. Fragmento de la serie “Anatomía para distraídos”. Impresión digital sobre papel
realizada con asistencia de inteligencia artificial, 30 x 21 cm.
S/t., 2025. Fragmento de la serie “Anatomía para distraídos”. Impresión digital sobre papel
realizada con asistencia de inteligencia artificial, 30 x 21 cm.

¿Compartirías con nuestros lectores 10 kaiku de tu cosecha y algunas acuarelas de las más recientes?

-1-

Por donde pasa 

la sombra de la nube, 

qué quieto el mar

-2-

En el estuche 

del trombón, el zumbido 

de un abejorro 

-3-

La tos del viejo 

que recoge cerezas 

Anochecer

-4-

Olor a sopa 

Por la viga del techo 

va y viene el gato

-5-

Agua cayendo 

en el agua: la noche, 

menos oscura

-6-

Rallo en silencio 

el par de zanahorias 

Relampaguea

-7-

Flores sin nombre 

La lluvia las desprende 

pétalo a pétalo  

-8-

Portal a oscuras 

volvió solo ruido

la mariposa

-9-

Polvo del Sahara 

Donde acaba el camino 

arde un almácigo

-10-

La luz del alba 

Un cuerpo que encontró 

su silencio

S/t., 2025. Fragmento de la serie “Anatomía para distraídos”. Impresión digital sobre papel
realizada con asistencia de inteligencia artificial, 30 x 21 cm.
S/t., 2025. Fragmento de la serie “Anatomía para distraídos”. Impresión digital sobre papel
realizada con asistencia de inteligencia artificial, 30 x 21 cm.

Si te fuera dado coleccionar arte cubano, ¿cuáles serían las 10 obras que no podrían faltar en tus paredes y/o salones?

 

Eduardo Abela: su saga del Bobo

Carlos Enriquez: Campesinos felices

Fidelio Ponce: Las Beatas

Antonia Eiriz: Una tribuna para la paz democrática

Servando Cabrera Moreno: cualquiera de su ciclo erótico

Raúl Martínez: 15 repeticiones de Martí

Pedro Pablo Oliva: El gran apagón

Tomás Sánchez: Relación (y cualquiera del ciclo de los basureros)

Juan Francisco Elso: Por América

Santiago Armada (Chago): la saga de Salomón.

 

Mientras trabajaba en esta entrevista, escribí un haiku. Dime sinceramente qué te parece:

casa derruida

se arremolina el viento

colores muertos

Sigue intentándolo.

Viaje a Japón. Por la senda de Matsuo Basho. Shirakawa, 2017. Foto: Cortesía del entrevistado.
Foto de familia en el acto de entrega del reconocimiento del Ministerio de Asuntos Exteriores de
Japón. Residencia del Embajador de Japón en Cuba. La Habana, 2025. Foto: Cortesía del
entrevistado.

Etiquetas: artes visualesPortada
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Alex Fleites

Alex Fleites

Poeta, curador de arte y editor afincado en La Habana.

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