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Lorena Susel Velázquez Fraga (Holguín, 1996), en lo adelante Lorena V. F., hace unos día recibió el Premio de la Ciudad de Holguín en su edición 40, correspondiente a 2026 (ex aequo con Erian Peña Pupo) por el poemario Manual de flores tristes.
Antes, esta autora había sido distinguida con el Premio Nuevas Voces de la Poesía 2024, reconocimiento que otorga la Asociación Hermanos Saíz, por el volumen Vaso con fresas, que recientemente viera la luz.
Licenciada en Letras por la Universidad de Oriente (2021), Lorena es, además, artista visual y editora, profesión que ejerce en Edicones La Luz, de su provincia natal. También ha ilustrado algunos libros para su casa editorial.
La poesía de ella es directa, autorreferencial, con un trasfondo lírico que no esquiva las esquinas agudas del vivir. Tanto por lo que escribe como por lo que pinta, es evidente que reverencia a la naturaleza. No devela paisajes. Habla de/desde/con las flores, seres vivientes a los que no les niega su capacidad de sentir, más allá del aspecto simbólico y las codificaciones que desde antiguo los poetas les han conferido.
Sobre su ejercicio de las artes plástica, en su dossier profesional alguien ha escrito:
“Su trabajo como ilustradora ofrece su visión particular del universo femenino. Toma las formas del tatuaje tradicional americano y las plaga de diversos simbolismos para entregar un mensaje que el espectador debe descifrar. La naturaleza, la mujer y la representación de lo divino, lo folklórico y lo erótico son elementos de obligatoria aparición en su obra.”
Saludamos en Lorena la aparición de una voz que se estampa, como el tatuaje al cuerpo, en un mundo singularísimo. La poesía cubana le abre sus puertas. Tiene un largo camino por delante. Qué el éxito la siga acompañando.
Al final de uno de sus poemas, Lorena se pregunta: “Quién ha visto una cabeza floreciendo”. Creo que puedo responder a eso: Yo. La suya.

¿Cómo fue tu despertar a la poesía? ¿Puedes relatarnos de qué manera se dio el encuentro entre tú y ella?
Empecé a escribir en el 2023, lo que da la medida de que, en términos de experiencia, hace muy poco tiempo que escribo. Comencé a escribir motivada no por un afán de reconocimiento, no con una idea preconcebida de lograr algo en específico. Esa no es mi historia. Escribí los primeros textos en un momento de mi vida emocionalmente complicado, y no estoy tiñendo de negro ni de rosa la palabra “emocionalmente”. Usé la poesía como válvula de escape.
Hubo un momento exacto en que dije “quiero decir esto, y lo voy a escribir de la siguiente manera”. Y así se quedó conmigo la poesía.
Comenta tus lecturas iniciales, aquellas que, piensas, hayan influido más en ti.
Yo empecé a leer muy pequeña. Tenía cuatro años y ya sabía leer. Es algo que, si me lo preguntan, lo recalco mucho, porque para mí la literatura es como la respiración: un proceso inherente a la vida. Amo leer. Con el paso del tiempo probablemente me haya vuelto un poco más selectiva de lo que fui en etapas anteriores de mi vida.
Leí Como agua para chocolate cuando estaba en tercer grado. Tendría siete u ocho. Es un libro que para esa edad resulta un poco complicado. Cuando era pequeña, a la hora de escoger las lecturas, nunca se me prohibió nada. Leía lo que quería. Mi mamá fue la persona que me enseñó a leer, también es una lectora infatigable. Cuando quería leer algo yo siempre le preguntaba, con el libro recién sacado del librero en la mano: ¿mami, puedo leer esto? No le pedía permiso, sino su opinión, si creía que me gustaría.
Esa dinámica la tenemos todavía. De aquellas lecturas iniciales no puedo olvidar Heidi, Tom Sawyer, Mujercitas, Cuentos y estampas, Corazón. Los cuentos de hadas. En mi casa habían libros viejísimos de colecciones de cuentos de hadas de diferentes culturas: cuentos de hadas hindúes, alemanes, ingleses, chinos, españoles. También cuentos populares rusos, esa famosa compilación que hizo Alexandr Afanasiev y que se vendió en Cuba en tres volúmenes hermosos.

Tuve a mi disposición las colecciones de cuentos de los hermanos Grimm, de Charles Perrault, de Hans Christian Andersen. También leí muchísimo de la literatura infantil rusa, en aquellos libros preciosos que se comercializaban aquí cuando todavía existía la Unión Soviética.
En mi casa siempre hubo libros. Libreros y estantes, por doquier. Sin embargo, he empezado a consumir poesía casi al mismo tiempo que comencé a escribirla, porque soy más de narrativa. En mi etapa de estudiante de Filología, era alumna ayudante de Teoría Literaria. Siempre fui de hacer análisis narratológicos en las obras, examinar aspectos específicos en novelas y cuentos.
Me gusta el costumbrismo, el realismo mágico. Mis libros favoritos: Malena es un nombre de tango,de Almudena Grandes; Mujercitas, de Louisa May Alcott, que me encanta y creo que es el libro que más he releído en mi vida, porque soy del tipo de persona que sabe lo que le gusta y lo repite. Si me gusta el vestido que traigo puesto, lo voy a volver a usar. Con el arte es lo mismo, siempre volveré al filme, a la serie, al libro que en algún momento me atrapó.
Consumo mucho arte hecho por mujeres, a las autoras latinoamericanas, ibéricas. Son mi apuesta segura y mi zona de confort. Sabina Urraca, Marcela Serrano, Aurora Venturini, Luna Miguel, Mónica Ojeda, Cristina López Barrios con su Niebla en Tánger y La casa de los amores imposibles, que descansa en mi librero lleno de post-its; Mariana Enríquez, ¡por favor!, desde que la descubrí en el año 2022 estoy obsesionada con ella en todos los sentidos.
Me gusta la obra de Legna Rodríguez Iglesias. Me parece que la propuesta novedosa que fue en sus inicios, cuando aún era una autora novel, ha mutado en un aparato que no para de reinventarse, pero sigue teniendo ese gustillo a novedad. Todas estas mujeres tienen textos a los que vuelvo.

Leo, también, mucha poesía cubana: Nelson Simón, Sergio García Zamora, Maylan Álvarez, Damaris Calderón, Laura Ruiz, Reina María Rodríguez. Soy mucho de consumir y empaparme en qué es lo que escribe la gente de mi misma generación ¿Qué es lo que están escribiendo mis contemporáneos? Siento que tal vez esto esté condiconado por el ambiente en el que me desarrollo laboralmente. Es algo a lo que recurro porque, desde mi experiencia como editora, como integrante de un consejo editorial y de un grupo de lectores especializados, eso también es obligación y gusto a la vez.
Desde siempre admiré la poética de Luis Yuseff. En 2023 empiezo a trabajar en Ediciones La Luz, ya no era el poeta intangible, sino mi jefe. Luis es una de las persona con las que actualmente paso más tiempo: estamos en la oficina, estamos editando, estamos tomando café, estamos hablando de música, estamos escribiendo, estamos dándole forma a un libro, a un proyecto. Tal vez su influencia no sea visible directamente en mi poética, pero sí ha influido en mí en un sentido más catedrático, tal vez más didáctico. La forma en la que concibo la poesía, lo que busco en el texto poético, eso se lo debo en gran medida a él.

¿Qué te propones obtener a través de la poesía?
Nunca me he propuesto obtener nada a través de la poesía. Incluso cuando escribo para conformar un cuaderno para un concurso, o simplemente para mí, porque necesito darle darle redondez a un libro en el que estoy trabajando, no lo hago pensando en qué puedo obtener de eso, sino en que quiero decir algo. Ese ha sido mi objetivo con la pintura, con la poesía. Siempre es la necesidad de expresar, el querer decir, la necesidad de ser escuchada y de imponer que se me escuche, también.
¿Tienes una buena relación con la soledad?
Sí, tengo una buena relación con la soledad. El hecho de que esté rodeada de personas por mi carácter y por especificidades de mi trabajo, no significa que no disfrute enclaustrarme o hibernar. De hecho, lo propicio cada cierto tiempo. Pequeños espacios temporales de recarga y reconexión conmigo misma. Es indispensable, porque soy muy extrovertida, tengo bastante exposición, por decirlo de alguna manera, pero no significa que no pueda estar sola.
Tampoco la soledad predispone mi proceso creativo, tipo “para escribir tengo que estar sola, con una luz tenue, escuchando tal música”, o “para poder pintar tengo que…” Si quiero escribir algo, y en el momento que lo quiero escribir lo que tengo a mano es el teléfono, lo registro en el teléfono. Si no tengo el teléfono con carga, en una hoja de papel. Con la pintura es un poco más complicado, por supuesto, tú no puedes pintar un cuadro o hacer una ilustración para un libro “ahí mismo”, pero no me afecta que haya gente a mi alrededor. No es algo que afecte la fluidez de mi proceso creativo.

¿Es cierto que la escritura es un oficio solitario?
Creo que la escritura va a ser un oficio solitario para aquel que lo quiera así. Para mí, nada es solitario realmente. No soy una persona competitiva, no soy una persona que haga gatekeeping. Sí respeto un poco los espacios más íntimos y personales míos, y los cuido, pero nunca he visto a nadie como mi rival, como mi atacante, esa no es la manera en la que yo visualizo el ámbito literario. Sí soy consciente, por supuesto, de que como cualquier otro espacio artístico, tiene su problema con respecto a las envidias: lo voy a decir así, tal cual, las envidias, pero esa no es la manera en la que yo lo veo y no es la manera en la que lo vivo.
¿Cómo valoras la amistad entre poetas?
Estoy rodeada de amigos poetas: las personas a las que he editado son mis amigos, las personas que han competido conmigo en concursos son mis amigos, los que han perdido contra mí, los que me han ganado, las personas que trabajan conmigo, Liset Prego, Luis Yuseff, son mis amigos.

¿Sigue tu poesía alguna corriente literaria?
No podría decirte qué tipo de poesía escribo. Creo que no participa de ninguna corriente literaria. Lo que sí puedo decir es lo que no escribo: no suelo escribir crítica social y tampoco recurro a composiciones poéticas con una métrica específica. Digamos, no escribo décima, no escribo soneto… Mayoritariamente lo que escribo es poesía libre, así que por ahí va…
¿Escribes por impulsos o elaboras largamente tus textos en la cabeza antes de volcarlos en el papel?
Probablemente las dos cosas: tanto por impulso como elaborarlo en mi cabeza, así, darle vueltas, una y otra vez. Depende mucho de la circunstancia, a veces me viene una ideaza, y digo: “¡guau!, esto está muy bueno”, y lo pongo en una en una nota del teléfono; incluso en ocasiones, ya sale listo el poema. Pero a veces la idea llega con menos elaboración, con mucha vaguedad, como una imagen pixelada, y es ahí cuando le doy vueltas en la cabeza para madurarla y darle una forma que me permita volverla un texto poético, o insertarla en un texto que ya haya escrito.

Eres artista visual. ¿Pintas, haces ilustraciones digitales alternando con el ejercicio de la poesía o trabajas como si una y otra actividad artísticas fueran compartimentos estancos?
Es una sola persona la que escribe, la que pinta, la que hace ilustraciones para libros, la que edita. No me gusta ver la los procesos de manera aislada, porque, aunque por momentos no tengan mucho que ver, eventualmente sí van a tener sus conexiones; es el mismo ser al que lo motivan las mismas cosas. Hay veces que encuentro inspiración en algo y de inmediato pienso “tengo que escribir sobre esto”, o “tengo que pintar acerca de esto que sentí, o leí”. Todo coexiste y se retroalimenta.
Tus retratos dejan ver algunos tatuajes en tu cuerpo. ¿Qué significa tatuarse para ti? ¿Diseñas tus tatuajes o los tomas de un repertorios concebidos por otros artistas?
Soy de las personas que no «complican» las modificaciones corporales. O sea, con respecto a otorgarles un significado o un valor extremo. Siempre me acuerdo de un amigo, que cuando le preguntaban qué significaban sus tatuajes, él respondía que cuando uno va a casa de una persona y ve un cuadro puesto en la sala, realmente uno no pregunta: “¿qué significa el cuadro?”. Uno asume que tienen el cuadro puesto porque les gusta. En mi caso es lo mismo. No hay ninguno que encripte el valor o la relevancia de una experiencia.

Me cuentas que tus padres viven en una zona rural. ¿Qué piensan ellos de tus tatuajes? ¿Creen que es una pulsión en ti o un ejercicio de tu libertad individual?
A mis padres no les gusta tatuarse, pero tienen bien entendido que hay personas a las que sí les gusta y que una de esas personas es su única hija. No fui una niña, ni una adolescente rebelde. Tampoco lo que se dice una niña mimada. Fui particular, por supuesto, como toda persona.
El ejercicio de tatuarme no surgió como expresión de rebeldía, de una necesidad de romper un estereotipo, de crear uno nuevo, o de encajar dentro de un estereotipo. Desde pequeña me llamaron la atención los tatuajes, y siempre supe que cuando fuese grande me iba a tatuar. Mi mamá y mi papá me hicieron entender, de la misma manera, que cuando tuviera potestad sobre mis actos, lo iba a hacer, mientras tanto, no; lo cual no me costó ningún tipo de esfuerzo aceptar.
Nunca se me pasó por la cabeza hacerlo a escondidas o rebelarme para que me lo permitieran. Incluso, lo admito, me escandaliza la facilidad con la que generaciones más jóvenes se tatúan desde que tienen unos trece, catorce años, y no es el tatuaje en sí lo que me escandaliza, sino el compromiso que asumen para con tu piel. Es una decisión importante, te puedes arrepentir de eso que te tatuaste.
No soy uno de esos casos. No me arrepiento de ninguno de los tatuajes que tengo. Me empecé a tatuar cuando tenía 23 años y ya, para ese momento, tenía decididos casi todos los que llegaron después.

¿Son diseños propios?
Algunos los diseñé yo misma, otros son diseños de quienes me tatuaron, y otros son de artistas extranjeros.
Encuentro una identidad casi mimética entre los personajes femeninos que pintas y tú. Quiero decir que son muy parecidas a ti. ¿Eres consciente de eso?
Sucedió así: mis pinturas se parecen a mí. Pienso que era inevitable. Los artistas muchísimas veces se toman a sí mismos como referencia para poses y expresiones. No es algo que propicie. Las veces que he intentado propiciarlo no sale bien, irónico pero cierto. No me molesta en lo absoluto, hay artistas que recurren al autorretrato, así que no creo que sea algo no válido; sin embargo, mis pinturas no son autorretratos, solo se parecen a mí porque yo soy mi referente más cercano.

¿Estás enamorada? ¿Tienes una buena opinión del amor?
Sí, estoy enamorada. Tengo pareja desde hace algunos años. Soy una persona para la que el amor es muy importante, y no solo desde el punto de vista del amor romántico, de ese amor de pareja, sino como fuerza motriz interna para procesar ciertas cosas, para hacerte a ti misma más grata la existencia. Si amas a la persona que tienes al lado, si amas lo que haces, si tienes hobbies y los ama, si tienes amigos a los que amar y que te aman de vuelta, tu existencia, sin duda, va a ser más agradable.
Soy apasionada, mi amor en ocasiones roza la obsesión. Estéticamente hablando, también me influencia: la manera en la que yo concibo lo que es amar algo, amar a alguien, los colores con los que yo imagino el sentimiento y lo visualizo, esos rojos, amarillos, naranjas; todo eso es un fragmento considerable de la forma en la que yo proyecto mi creatividad.
Holguín es una provincia que ha dado muchísimos artistas de valor. ¿Cómo es vivir en la ciudad? ¿Tienes una relación afectiva con ella?
Tengo una relación afectiva con mi ciudad, con Holguín. Tal vez no en un sentido muy edulcorado, pero probablemente sí en un sentido más terrenal, y, tal vez, más tóxico.
He experimentado lo que es vivir en la parte rural, porque estuve en el campo hasta el año 2022. He experimentado ambos lados de la moneda, y aunque no romantizo el vínculo, sí creo que tengo una relación afectiva. No diría: “es que yo amo a Holguín, es que yo amo mi ciudad”. Esa no es la forma que elegiría para expresar el vínculo que tengo con el lugar donde vivo, pero sí hay otras cosas más difíciles de nombrar que me atan a la ciudad.
¿Sientes que vivir en provincia podría limitar tu desarrollo?
Yo sería lo único que podría limitar mi desarrollo. No me he dejado llegar al extremo de achacar mis fracasos a mi situación geográfica. No puedo permitirme hacer eso, porque si lo hago corro el riesgo de culpar a mi situación geográfica de todo, y no es un buen derrotero.

¿Piensas emigrar?
No, no pienso emigrar. No es algo que me preocupe. Siempre he hecho lo que he querido hacer, artísticamente hablando. He escrito lo que he querido escribir, he pintado lo que he querido pintar, trabajo en lo que quiero trabajar, y he llegado a ser reconocida por lo que hago, así que probablemente no haga ninguna diferencia donde yo esté.
Alguien dijo que la poesía es aquello inasible que algunas veces va a dar a los libros. Tomado el aserto como válido, ¿cuál es el hecho poético más significativo de tu vida?
El hecho poético más significativo de mi vida fue cuando abandoné el campo para venir a la ciudad. Creo que esa brusquedad del cambio me marcó mucho. Sobre todo, emocionalmente. No por un sentimentalismo extremo, ni tampoco por miedo o por incapacidad de enfrentar las nuevas circunstancias que tenía delante en ese momento.
Si tú tienes una planta de monstera sembrada en tierra, a pleno sol, y de repente la sacas y la pones en una maceta, en una habitación donde solo entra luz a determinadas horas del día y por determinados espacios, la planta no se va a morir, porque tú la estás regando, tú la estás cuidando, estás velando por que reciba la mayor cantidad de luz… Pero a la planta le va a costar trabajo adaptarse, y pasará mucho tiempo, para que sus ramas se enderecen, y más tiempo todavía para que eche hojas nuevas. Yo fui esa planta de monstera.
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Ocho poemas del libro inédito Manual de flores tristes:
Primero fue el estallido
El cundiamor que explota,
naranja y rojo,
se abre para llorar.
Estalla.
Lo picotean las aves.
Caen encarnadas al suelo las semillas.
Cremosas.
Queda la cáscara prendida al tallo.
La enredadera curva.
El goteo
constante
de la sangre.
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Podar la madreselva
Es tiempo de podar la madreselva,
según la luna y según mis ovarios,
que saben más de podas y cosechas
que mis propios cabellos.
Las madreselvas se podan
como se podan las cabezas de los hombres:
con las uñas pintadas de rojo
y tacones de aguja.
Las cabezas de los hombres se podan
como se podan las madreselvas:
con tijeras de jardín,
bien afiladas, rectas.
Un día un hombre podó mis ovarios
con rectas y afiladas tijeras de jardín,
porque yo me negué a podar su cabeza
con las uñas pintadas de rojo y tacones de aguja.
Eran otros tiempos y había otra luna,
muy distinta a la que hoy sabe,
igual que mis ovarios,
que ya es tiempo de podar la madreselva.

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Ikebana
Los ramos de flores nunca me encuentran
en el momento idóneo.
Llegan cuando ya no los quiero.
O no me importa el remitente.
O pasados de fecha.
Los ramos de flores siempre van
a las manos de quienes no los piden.
Llegan como disculpa o agasajo.
Con celofán y purpurina.
Con tarjetas cliché.
Con cintas rosa.
Los ramos de flores descansan en regazos adecuados,
políticamente correctos.
En jarrones y búcaros de alcurnia.
De Bohemia, Murano, Baccarat …
La muerte encuentra, sin embargo,
ruta veloz hacia las flores anudadas.
Adivinando tal vez la fugaz intención del remitente,
la cinta, el celofán, el cristal.
Hasta el agua que sostuvo el ramillete
se ha vuelto amarillenta.
Apesta.
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Flor de muerto
He visto el milagro de la costumbre:
la flor encendida para el regreso.
Naranja y especiada.
Los altares que bordean las avenidas
presagian la prisa y la devoción de los transeúntes.
Sonrío.
Mis muertos saben el camino de memoria,
respiran por la herida de la casa.
La muerte no se celebra, se mastica.
Cualquier flor basta para hablar de ausencia.
En mi país la muerte florece todo el año.
Florecer
Cuando llegó la primavera quise abrirme,
que mis labios expulsaran su perfume.
Quise ser polinizada y contuve la respiración.
Cerré mis ojos.
Al abrirlos, estaba cubierta de espinas.

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La silvestre
Heme aquí, de bruces en la hierba,
detenida en el jardín de lo perdido,
con mis palabras retoñan los arbustos.
Mirar mis manos es mirar mi estirpe:
las llevo hasta mi ombligo a modo de consuelo.
Huelen a sangre, a sal, a tierra, a tinta.
Dolidas gritan y las hundo en la tierra.
Dejo al rocío refrescar mi lengua.
Reposo en el jardín de lo perdido:
los lirios que acunaron a las diosas
brotarán de mi cadáver.
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Paisaje desértico con flores blancas
Nada se compara a las rocallas
que se vuelven infinitas al lado del camino
y abrigan esos arbolitos débiles,
de tallos duros y hojas ovaladas,
como en ramillete,
de los que nacen flores blancas
en ramillete también.
Flores que hablan solas y saben de la gente.
Flores que deciden desprenderse
en esas cruces casi siempre olvidadas,
hundidas en recodos donde habitó la muerte.
Son tercos esos arbolitos débiles.
Rompen la rocalla para bordear la carretera,
para que ojos como los míos,
impresionables y redondos,
se detengan en ellos y fabulen pinceladas
cuando ya es casi la hora del crepúsculo
y los ramilletes níveos y pequeños
quiebran con su silueta (que es oscura)
una estela luminosa que raja el cielo naranja
y me recuerda que el crepúsculo
es la hora más bella para destruirme.
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Hoguera malva
La llanura se ha infestado de violetas.
Más fértil que mi útero fue mi cráneo.
Fertilidad descubierta por los hombres,
que cuando vieron florecer violetas
a través de mis globos oculares
me llevaron maniatada a una llanura agreste
y acariciaron con fuego mis tobillos.
“Quién ha visto una cabeza floreciendo”.











