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La reacción a mi último artículo ha sido tan intensa como reveladora. He leído uno a uno todos los comentarios que generó, dentro y fuera de Cuba. Hay mensajes duros, algunos cargados de acusaciones y descalificaciones; otros escritos desde la rabia o la frustración acumulada. También he recibido palabras generosas, reflexiones serenas y mensajes de personas genuinamente preocupadas por mí, por las consecuencias de expresarme con franqueza en un contexto tan sensible.
Desde la isla no han faltado voces de respaldo ni intercambios respetuosos, junto a otras reacciones marcadas por la sorpresa o el malestar, incluso de personas que hoy ocupan responsabilidades públicas. Todo ello confirma que expresar opiniones distintas sigue removiendo sensibilidades profundas. Pero confirma también que existe una conversación pendiente que merece ser sostenida con calma, respeto y responsabilidad.
Nada de esto me sorprende del todo. Lo que sí me inquieta es el nivel de odio y rencor que emerge con facilidad cuando alguien se sale del guion esperado. No hablo de la crítica. La crítica es necesaria. Hablo del impulso a deshumanizar al otro, a reducirlo a una etiqueta, a convertirlo en enemigo.
¿Cómo construir un país si no somos capaces de convivir con la diversidad de criterios y opiniones? La pluralidad no es una amenaza. Es el único terreno fértil desde el cual una sociedad puede regenerarse. Todo lo demás conduce al estancamiento y al resentimiento.
Hace años escribí un texto titulado “Qué nos pasa a los cubanos”. Me preguntaba, con preocupación genuina, por qué nuestra incapacidad crónica para escucharnos sin anularnos, por qué esa tendencia a convertir cualquier diferencia en una disputa moral absoluta. Hoy esa pregunta regresa con más fuerza, porque el contexto la ha vuelto urgente.
La Revolución Cubana nació, para muchos, como una promesa de justicia. En el camino, sin embargo, generó una estructura de poder que terminó produciendo exclusión, silencios forzados y fracturas profundas. De ese proceso emergió una generación que hoy carga con responsabilidades históricas que no siempre se examinan con matices.
Frente a eso surge ahora otra tentación peligrosa: enjuiciar de manera indiscriminada a todos los que gobernaron, colaboraron o simplemente sobrevivieron dentro del sistema, y extender ese juicio más allá de las decisiones individuales, alcanzando incluso a quienes no las tomaron, pero cargan con apellidos, vínculos o herencias que no eligieron.
La pregunta incómoda es inevitable: ¿queremos reproducir una lógica de castigo colectivo que termine creando una nueva generación de odio?
Tras la caída del Muro de Berlín, Alemania optó por integrar antes que humillar, por juzgar responsabilidades concretas y no identidades colectivas. Sudáfrica priorizó la verdad para evitar la venganza. España, después del franquismo, eligió una transición imperfecta pero pacífica. Ningún camino fue ideal; todos evitaron algo peor.
Cuba no ha tenido aún un cierre histórico. Sin un pacto mínimo que permita avanzar, la herida permanece abierta. Y las heridas abiertas se llenan de sospecha y rencor.
Lo que vemos hoy no es solo polarización política; es polarización emocional. El dolor del exilio, de la separación familiar, de la escasez y de las oportunidades perdidas es real. Ese dolor existe en ambas orillas.
En Cuba hay personas que viven la presión económica severa como una realidad injusta y que culpan a Miami, a la diáspora o a decisiones tomadas fuera de la isla por una situación que sienten profundamente limitante.
Reconocer ese sentimiento, aunque no se compartan todas sus conclusiones, es imprescindible. Negarlo solo profundiza la fractura. Convertir ese dolor en odio nos condena a repetirnos.
Después de tantos años de división, tal vez el mayor acto de responsabilidad sea preguntarnos no solo qué defendimos, sino cómo lo hicimos y si ese camino nos acercó o nos alejó del país que queremos.
No defiendo el silencio ni la amnesia. Invito al respeto y a la capacidad de disentir sin destruir al otro. La crítica honesta abre caminos; el linchamiento moral los cierra.
Avancemos juntos en una misma dirección. Formemos un pacto moral, una alianza que nos haga avanzar como un solo cuerpo en favor del progreso de nuestra nación, de la prosperidad de cada cubano y de dejar a un lado los odios personales.
Cuba nunca será próspera si los cubanos no somos prósperos. Y prosperidad es también tolerancia.
Deseo una Cuba capaz de forjar una nueva etapa histórica, no desde el olvido, sino desde la voluntad consciente de no repetir los ciclos de castigo y resentimiento que nos han marcado. La justicia y la verdad son indispensables. La reconciliación, también. Sin una ética mínima de reconocimiento mutuo, no hay nación posible.
Todavía estamos a tiempo de hacerlo distinto. Exige liderazgo, templanza y la voluntad consciente de no parecernos a aquello que decimos querer superar.










