|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Este 8 de enero se cumplieron veinte años de la muerte de mi hermano Rapi. Su nombre completo era Constante Alejandro de Diego García Marruz y nació el 6 de enero de 1949. Tenía 56 años cuando murió.
No pretendo recordarlo con tristeza, pues a él no le hubiera gustado. Sus cartas, ya enfermo de un linfoma, eran siempre muy optimistas y alegres. “Disfruta, de fruta”, me decía; “ya vendrán tiempos peores”.
Era luminoso, como mi madre. Fue siempre muy rebelde e irreverente. Tenía un fino sentido del humor.
Inició cinco carreras universitarias y no terminó ninguna. Contaba que en la primera, Arquitectura, lo llamaron a una reunión con la UJC (Unión de Jóvenes Comunistas) y lo acusaron de “tener una sonrisa burguesa”. Eso sería ya en la década de los setenta. Mi hermano no soportaba los esquematismos, extremismos y la rigidez que caracterizaban a aquella organización, y debe haberse burlado muchas veces de sus consignas repetidas y de su falta de espontaneidad.
Comenzó a trabajar como asistente de edición en el Icaic (Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos) y terminó siendo director de documentales y largometrajes, pero su verdadera pasión era el dibujo. Desde niño ya dibujaba en pedacitos de papel, libretas, servilletas, lo que encontrara. Recuerdo que jugábamos con macilla o plastilina y, mientras Lichi y yo hacíamos peloticas y cosas muy sencillas, él formaba figuras, caras, animales.

Ahora que hablo de la macilla, algo tan humilde y, al mismo tiempo, tan útil para desarrollar habilidades en la infancia, recuerdo con inmensa tristeza a una niñita jugando en un parque cercano a mi casa con… una piedra. Tiraba la piedra, que debía ser una pelota en su imaginación, la recogía y volvía a tirar. Dirán que es culpa del enemigo, pero recuerdo que ya desde 1960 comenzó la restricción de venta de juguetes. Vuelvo a mi hermano.
Rapi estudió un año en la Escuela Nacional de Arte, pero la dejó. Su formación como dibujante fue totalmente autodidacta. Estudiaba los libros de la biblioteca de mi padre, con las ilustraciones de los grandes dibujantes ingleses y franceses. También estudiaba a los grandes pintores: los detalles, la luz. Y hacía bocetos, estudios de manos, caras. Me encontré muchos de esos bocetos en sus guiones, en pedacitos de papel. Son, realmente, impresionantes.

Su película preferida, Mascaró, el cazador americano, basada en la novela homónima de Haroldo Conti, es la historia de un circo ambulante, todo destartalado, que va de pueblito en pueblito regalando ilusiones y alegría. Al marcharse, los pobladores han cambiado: el arte los ha cambiado. La película —Premio Especial del Festival Internacional de Cine de Trieste, Italia, y Premio “India Catalina” a la Mejor Película del XXXIII Festival de Cine de Cartagena, Colombia, 1993— tiene dibujos de Rapi, unas miniaturas que ayudan a contar la historia. Rapi hizo los mecanismos de animación de esos dibujos, que son, a mi modesto entender, una joya.

El primer libro que ilustró fue Por el mar de las Antillas anda un barco de papel, cuaderno de poemas de Nicolás Guillén. También ilustró el poemario para niños de nuestro padre, Eliseo Diego, y escribió la introducción. Dibujó pósteres para el Icaic y cubiertas para discos, entre ellas Unicornio, de Silvio Rodríguez.
En 1995, aproximadamente, se radicó en México, y allí siguió ilustrando libros para niños y colaborando en diversas revistas mexicanas. Finalmente, decidió escribir e ilustrar su propio libro, El sapo hechizado, una deliciosa historia sobre un sapo que le canta a su novia, una tierna ranita, en un estanque. Pero una rana bruja, envidiosa de su felicidad, lo hechiza y lo convierte en ¡príncipe!



El otro libro que escribió e ilustró fue El Didi y el profesor Jinks, sobre la búsqueda de un duende del que solo se conocen rumores y que vive en las montañas de Nepal. Escribía con mucha gracia, imaginación y una prosa segura y delicada.
Tengo escaneados alrededor de 400 de sus dibujos, que encontré en sus notas, cartas, guiones y pedacitos de papel. Los escaneé y, aunque él ya no los recordaba, por suerte ahí quedan: en esos archivos, en los libros que ilustró, como testimonio de su talento y del gran dibujante que fue.












