Un relato personal sería fácil. Enero y febrero han sido meses de trabajo, conciertos, canciones, proyectos iniciados, encuentros y despedidas, pero siempre acompañados por la duda colectiva del cubano: ¿qué pasará mañana?
El año comenzó con la celebración habitual y con la promesa de que, a partir de 2025, todo iba a cambiar. “¿Hacia dónde?”, preguntamos. “¿Quién de nosotros, que estuvo en el futuro, nos cuenta sobre cómo es vivir sin incertidumbre?”.
Cuando uno celebra, olvida que existe el miedo y el dolor. Alcanza un estado delirante, y la alegría nos embriaga al punto de abrazar a desconocidos; creer que amas unos ojos que no habías visto antes y que, sin duda, no verás después.
Inexplicablemente, todas las farolas de los barrios estaban encendidas cuando llegó el año nuevo. Por unas horas, nadie habló de déficit ni de “compleja situación”, el glamuroso eufemisto que cubre un “sálvese quien pueda”. Allí, en esa fotografía del tiempo, sentimos alivio y paz.
Pero la vida es como esa canción de Serrat que aprendí en la adolescencia: siempre hay que bajar la cuesta y todo vuelve a su lugar.
Despierta el vertiginoso mundo de los cartones de huevos a precios imposibles, de la escasez de arroz, aceite, combustible y de cualquier otra cosa, porque lo único que sobra son discursos y pleitos callejeros avivados por el viento de la desesperanza.
Camino de noche por las calles de La Habana como si estuviera en medio de los encierros de San Fermín. En la peligrosa aventura encuentras a un hombre obligando a una mujer a subirse a una moto, mientras ella pide ayuda y un policía se acerca tímidamente, para luego seguir su camino porque “entre marido y mujer nadie se debe meter”.
Dos adolescentes bailan en la acera e interrumpen el paso, y un hombre pregunta la hora para que saques tu celular del bolsillo y los mismos adolescentes puedan arrebatarlo de tu brazo y correr entre las ruinas de un edificio que antes fue “algo importante” y ahora dicen que ,con suerte, será un hotel.
Nunca había sentido temor de caminar de noche en Cuba. Nunca evadí cuadras ni lugares oscuros. Y resuena esa canción de Roly Berrío, que uno no sabe bien si viene al caso: “El miedo es el enemigo más grande de mi país”.
Solo dos meses de este nuevo año: nos quitaron de la lista, nos volvieron a poner; otra vez los apagones; las luces del Capitolio que no alcanzan para alumbrar Trinidad, Las Tunas o Camagüey.
Dos meses de este nuevo año: suspendieron las clases, regresaron; sobreviven los festivales; desde Matanzas un amigo me cuenta de sus veinte horas sin electricidad.
Se imprimieron obras clásicas para la Feria Internacional del Libro y se vendieron a precios subsidiados, porque es una Biblioteca del Pueblo, aunque una parte de ese pueblo cuenta las monedas para conseguir la comida de cada día.
Este nuevo añotenemos tarjetas clásicas, tiendas en dólares, otros planes para la economía —qué poco duró el plan anterior—; pero la vecina que cuida el parqueo del edificio lee una novela soviética porque las noticias “ya no las entiende”. Quizás lo que verdaderamente ha cambiado es que dejó de confiar en ellas, o dejó de interesarle aquello que no va a mejorar su realidad.
“Todas son malas noticias”, me dice, “porque incluso las que parecen ser buenas, vamos a demorar muchos años en saber si verdaderamente lo son”.
Nadie ha viajado al futuro, y la incertidumbre sigue siendo nuestra única certeza, pienso.
Quiero seguir haciéndole compañía; la charla con ella es agradable. Además, como no hay electricidad, el ascensor no funciona.
Quedamos un rato en silencio, los dos buscábamos por dentro el próximo tema de conversación. Respiré profundo, la miré a los ojos y le dije: “Hasta luego”.
Me esperaban 107 peldaños hasta la puerta de mi casa.