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Ya no hablamos de las tarifas de ETECSA. El tiempo y la continuidad de un mismo escenario nos conducen por el triste camino de la normalización.
La decisión —casi siempre sorpresiva— se toma; las personas reaccionan y, en algunos casos, llega la explicación: “hay que entender”; “es la única manera”; “será provisional”. El eco de la resistencia dura unos días, hasta que adaptarse se convierte en el jarabe que alivia la supervivencia.
Uno empieza a olvidar cómo era antes, y tal parece que las nuevas listas de precios siempre estuvieron ahí. Tal parece que los ciudadanos sin familiares en el extranjero siempre han sido de tercera categoría.
Ya no hablamos de las tiendas en MLC. Esas que aparecieron para recaudar las divisas que el Estado necesita, entre otras cosas, para surtir la canasta básica y las tiendas en moneda nacional, donde íbamos a tener acceso a lo esencial.
Los alimentos pasaron a MLC y la escasez llegó para abrirle paso a la galopante propiedad privada. Hoy, el MLC pierde su valor, crecen las tiendas en dólares, es bienvenida la tarjeta Clásica y los precios los determina una tasa no oficial sobre el mercado informal de divisas.
Tal parece que los ciudadanos sin dólares siempre han sido de tercera categoría.
Ya no hablamos de un sistema eléctrico funcional. Las familias adecuaron su rutina: cocinan, lavan, cargan sus equipos cuando llega la electricidad, durante tres o cuatro horas, en cualquier momento del día.
Pareciera que siempre fue así: las señoras sentadas en los portales con la mirada perdida al cielo; las calles, oscuras y silenciosas, porque crece el miedo a ser asaltados.
Tal parece que los ciudadanos sin medios propios para generar electricidad siempre han sido de tercera categoría.
¿De qué se habla en Cuba, sino de esto? ¿De béisbol? ¿De juegos a siete innings y demasiadas carreras? ¿Del bloqueo? ¿De irse del país? ¿De los tiempos en que se vivía mejor? ¿De aquellos años de universidad con calamares y boniatos hervidos? ¿De las visitas de dirigentes extranjeros al país? ¿Del próximo presidente? ¿De arte? ¿De “la coyuntura”, del Período Especial? ¿De la tasa de El Toque?
Se especuló sobre Gil y sus condenas, porque las notas oficiales ya no son suficientes. Sobrevivimos a otro huracán y padecemos un nuevo virus que endurece las articulaciones del cuerpo, y cuando parece que termina, regresa con dolores más fuertes. ¿Y las medicinas?
Al menos tres generaciones de cubanos no conocen a su país sin crisis. Han flotado entre las “medidas emergentes” que terminan por ser “definitivas” y las condiciones naturales y epidemiológicas, cada vez más adversas.
Frente a esta permanencia, ¿para qué uno escribe? ¿A quién van dirigidas las palabras? No es al pasado, que se desdibuja en la neblina del olvido selectivo que impone la supervivencia. Tampoco es al futuro, que para tantos ha dejado de ser un proyecto nacional para convertirse en un camino individual, un destino hacia la segunda o primera categoría.
¿Al presente? En una isla donde los problemas son el paisaje constante, es como describirle el mar a los peces. Todos conocemos y padecemos la realidad; unos más que otros, dependiendo de la categoría.
Quizás, en el fondo, uno escribe para sí mismo. Para no rendirse ante la normalización; para reconocer y recordar que las cosas no siempre fueron así, o que no deberían serlo. Para crear un testimonio íntimo, un diario de campaña en esta guerra silenciosa que libramos contra la resignación.
Escribir se convierte en un acto de fe: nombrar la realidad, aunque no la cambie, es un modo de negarle la última victoria.
No, no siempre existieron las medidas de ETECSA, ni las tiendas en MLC ni esta oscuridad absoluta.
No siempre tuvimos exministros de economía acusados de espionaje ni a una exministra de Trabajo y Seguridad Social culpando a los pobres de su pobreza, y el tema tratado como si fuera un incumplimiento de un plan agrícola municipal. No siempre las medicinas para lo urgente había que buscarlas en el mercado negro.
Hubo una época en la que el dólar estuvo penalizado; hubo un tiempo de CUC, de arroz en la bodega, de frijoles a diez pesos la libra. Hubo una Serie Nacional de Béisbol con estadios llenos y encendidos en la noche, y partidos de nueve innings. Hubo familias enteras frente a la televisión disfrutando aquellas telenovelas.
Hubo una lucha frontal contra las “categorías” de personas; hubo una idea de “con todos y para el bien de todos”.
El acto de decirlo, de pronunciarlo, en sí mismo, representa un territorio minúsculo de libertad.












Así es. Prohibido olvidar lo q debe ser y resignarnos a vivir con lo q hoy es.!!!!