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Si hubo un éxito de público en la edición 46 del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, ese fue Neurótica anónima, el filme de Jorge Perugorría que estelarizan Mirta Ibarra y Roberto Perdomo. En los tres pases que tuvo la película dentro del certamen, los asistentes, a salas colmadas, dieron entusiastas muestras de aprobación. Aplaudían parlamentos, imágenes, y hasta la brevísima aparición de Mario Limonta en un papel minúsculo.
Sucintamente, la película narra la historia de Iluminada, mujer que quiso ser actriz y terminó como acomodadora del cine Cuba, mismo que, por lo precario de su estructura, ha sido señalado para ser demolido.
Iluminada no entiende su vida sin el cine. Las cientos de películas que ha vista han paliado la oscuridad de su existencia frustrada en lo fundamental. Y está dispuesta a no permitir que el Cuba sea clausurado.

En medio de eso se desarrolla en ella un cuadro neurótico que precisa atención especializada. Es atendida en una institución donde, entre otras cosas, preparan a los neuróticos para decir adiós. En un país con tan alto índice de emigración como el nuestro, este detalle no es en nada menor.
Luego de la función de la tarde del domingo pasado, Perugorría concedió a OnCuba, en exclusiva, esta entrevista. Nos abrió la puerta de su casa, donde encontramos un rincón con la tranquilidad indispensable para el diálogo.

Como recordará el lector, Pichi, que es como le llaman sus amigos, ha protagonizado cintas cubanas tan importantes como Fresa y chocolate y Guantanamera. Hoy por hoy es el actor cubano residenciado en el país con mayor proyección internacional, y un palmarés nutrido. Hoy nos detendremos solamente en su papel de director.
Ahí les va la transcripción de lo conversado.
Todo tu trabajo como director tiene como centro temático la actualidad del país. ¿Se ha dado así, espontáneamente, o los filmes de época son más costosos, o quizás existe un apego tuyo a un aquí y ahora como hombre y artista?
Eso ha sido decidido por el mismo proceso que me llevó a ponerme detrás de la cámara, que ha sido bastante orgánico. No estudié para director, nunca me vi como un director. Fueron las mismas circunstancias las que me llevaron a empezar a hacer documentales.
El inicio fue con Habana Abierta. Ya conocía el grupo desde España. Venía a Cuba, y pensé que habría que dejar un testimonio, filmar el reencuentro de ellos con su público natural. Como no tenía experiencia alguna como director, invité a participar a Arturo Sotto. Hicimos el documental y ganamos en 2003 el Coral al mejor documental en el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.
A partir de ahí seguí haciendo documentales, motivado por amigos. Me gustaban las ideas, y volvía a filmar con el mismo equipo: Ernesto Granado en la fotografía, Panchito como productor, entre otros que me han acompañado en el paso a la ficción.
Amor crónico (2012), con Cucu Diamantes, es el primer largometraje que dirijo solo. Es el filme inicial de la trilogía que completan Se vende (2012) y Neurótica anónima (2025). Son películas donde está el juego del cine dentro del cine, con muchas influencias de Tomás Gutiérrez Alea y de Juan Carlos Tabío.

Andrés Levín, con Cucu, quería dar una gira por toda la isla, después del éxito del concierto en la Plaza. Me propusieron documentar el viaje. Mi contrapropuesta fue hacer un filme que mezclara el documental con la ficción. Yo había viajado mucho por todo el país, en las distintas películas de aquí en que he participado. Aproveché esa experiencia para hacer no solo un documental de la gira de la cantante, sino también para incorporar lo que se puede entender como un viaje por el cine cubano, al cual le estoy agradecido, y un compromiso con la realidad de nosotros.
Con Se vende fue igual. Me propusieron hacer un corto, que terminé convirtiendo en un largo, con referencias al cine de Titón y de Tabío, La muerte de un burócrata y Se permuta. Y Neurótica…, que tiene referencias del cine universal.
Mirta Ibarra me dijo que había escrito una obra de teatro, y que de ésta había elaborado un primer guión para cine. Existía la posibilidad de hacerla con el Icaic, y entonces acepté su invitación a dirigirla. Reelaboré el guión e introduje este juego como de espejos que se enfrentan, que es el cine dentro del cine, con una mezcla de ficción y documental, con nuestra realidad de fondo.
Mi predilección por abordar temas de la Cuba de hoy viene de los directores con los que he trabajado como actor: Tabío, Titón, Humberto Solás. Tratar la realidad cubana es para mí un compromiso. El cine que más me ha gustado hacer es el que más reconocimiento y gratitud ha recibido del público cubano. Nuestro público siempre está esperando esas películas, de modo que se establece esa complicidad tan gratificante con el espectador cubano.
Nosotros cada vez tenemos que hacer más un cine de vocación social, que cuestione la realidad. Esto vale para Cuba, pero también para toda América Latina.
En el tiempo que trabajé en el Icaic, elaborábamos un dossier de cada película cubana que se estrenaba. Era un estudio para proveer a directores, productores y distribuidores información suficiente de lo que había sucedido en las semanas de estreno. Cómo había sido la recepción del público, qué había opinado la crítica, a qué franja etaria había satisfecho más el filme en cuestión. Ante la pregunta de por qué les gustaba el cine cubano, los encuestados respondían que era porque se veían reflejados en la pantalla, porque se reconocían en las películas. ¿Cuánto contribuye el cine a la construcción de identidad?
Es una contribución fundamental. Nací y me crié dentro de este festival de cine. Mi visión de los países de nuestro universo cultural se conformó con las películas que vi. Viajé por esos países a través del cine, conocí sus idiosincrasias, los diferentes paisajes… De hecho, eso ha terminado conformando un compromiso profesional con América Latina.
Tanto el documental, como el cine de ficción han tenido en Cuba un compromiso muy marcado con la realidad. Los directores de ficción básicamente se formaron dentro del género documental, reflejando de forma directa el pulso del país. Luego, esos personajes y hechos se contaron desde otra perspectiva, con otros recursos artísticos, pero sin perder el vínculo con el acontecer nacional.
Y todo ello llevaba al espectador a forjar una relación de complicidad con su cine. Era frecuente escuchar la frase “cómo me gusta el cine cubano”, lo que no se refería a una obra en particular, sino a un modo de hacer característico y a un compromiso con la crítica social. Los personajes del cine cubano eran personas corrientes, como las que ocupaban las lunetas, con una psicología, un uso del lenguaje, una gestualidad y un humor, comunes. Se lograba una identificación total.

Eso, como otras cosas, ahora está en riesgo, porque cada vez hacemos menos cine. Ya no hay esa producción —hasta ocho películas al año— que permitía un amplio registro en el cine nacional: comedias, dramas, cine de autor, filmes más herméticos, todo lo que contribuía a la exploración de la realidad en sus particularidades y a la creación de su reflejo artístico.
Rescatar la industria de cine en Cuba es un reto. No se trata de restablecerla como era. Estamos en otro momento, hay que reinventarse. Es una lucha por rescatar y salvaguardar nuestra identidad.
Varias generaciones de cubanos nos educamos audiovisualmente en las 46 ediciones del Festival. Isleños al fin, detrás de un telón de hierro, íbamos al cine a ver cómo eran y cómo vivían los otros, con la certeza de que lo que se exhibía en esos días delirantes, no tendríamos otra oportunidad para poder verlo.
Así era. Yo iba al Festival como a mirar por una ventana. Veíamos cuatro o cinco películas diarias. Claro, no existían las redes ni los bancos de películas, lo que le daba un carácter de irrepetibles a las proyecciones.

Las nuevas tecnologías han democratizado el acceso al cine. Pero también le han quitado parte de su magia. Uno iba a las salas de cine como quien asiste a un templo: a estar en comunión, a vibrar con la emoción colectiva.
El cine como género no está en riesgo. Lo que ha cambiado es la manera en que lo apreciamos. Las grandes plataformas están comprando algunas productoras, lo que significa que ahora los filmes estarán menos tiempo en sala, porque enseguida serán subidos a la red.
En la secuencia en que Iluminada está en el cine escuchando textos de filmes cubanos, se oye el repiquetear de una campana. Como dices, es el cine un templo. En los testimonios que utilizo hay quienes dicen que prefieren ver cine en su casa, porque no tienen que movilizarse, lo que es casi imposible con la dificultad del transporte. No es un fenómeno exclusivamente cubano. Sucede en todas partes.
La gran mayoría de las películas que hacemos en Latinoamérica tienen un recorrido de festivales. Pocas se estrenan comercialmente en el resto del mundo, incluidos nuestros propios países. Algunas, como Fresa y chocolate, que es un referente, escapan de esa situación. Los festivales han quedado como un refugio del cine. Uno va a festivales en Europa, por ejemplo, y se asombra de que todavía haya colas para entrar a las salas.
Claro, lo que mueve a los espectadores es, justamente, el hecho de que saben que no habrá otra forma de ver esas películas en una pantalla grande, ya que no serán exhibidas comercialmente.

El FNCL fue un evento sui generis. Un hecho descomunal de público. No sólo ocurría en los cines de la calle 23, sino en muchos otros de barrio, y hasta irradiaba hacia el interior del país.
Este es un momento muy difícil para hacer un festival. Hay quienes piensan que constituye un gasto innecesario en una economía desvencijada. Yo, que hice y hago festivales, te digo que hay que hacer un esfuerzo grandísimo para sacar adelante cada edición. Todo encarece por año, todos los mecanismo de gestión se complican por edición. Pero la gente agradece que haya festivales. Es un aliciente para sus vidas. Y los que hacemos cine y festivales no nos podemos rendir. Si se interrumpe la continuidad, se corre el riesgo de que el evento no se vuelva a hacer jamás. Es un fuego que se está apagando, pero hay que atizarlo constantemente. Si renunciamos a los eventos culturales, entonces sería el apagón total, y no me refiero sólo al fluido eléctrico.

Te voy a dar el derecho a réplica. Seguramente has estado al tanto de la repercusión que ha tenido Neurótica…a nivel de crítica. Los señalamientos más puntuales son: la capacidad de la película para conectar con el público, la profusión de citas cinematográficas y problemas en la estructura que limitan la comprensión del espectador, que en ocasiones no puede discernir cuándo está ante el presente real de la obra, cuándo se trata de secuencias documentales, y cuándo lo que ve está sucediendo exclusivamente en la imaginación o en el recuerdo de Iluminada. ¿Qué opinas de esto?
Jugamos abundantemente con las citas. Algunas son más “legibles” que otras, más evidentes. Son parte de la neurosis del personaje, que ha pasado un gran segmento de su vida como acomodadora en una sala de cine, y es muchísimo lo que ha visto. Ella no puede vivir sin el cine, porque este le da la posibilidad de escapar de su realidad inmediata, signada por un matrimonio fracasado. Para colmo, existe la amenaza del demolición del cine Cuba o, cuando menos, que lo apuntalen y lo cierren de forma definitiva.

Hay muchas maneras de que Iluminada se conecte con películas. A veces, frente a la pantalla del televisor, pero en otras ocasiones esto sucede solo en su cabeza. Cuando ella decide abandonar su casa, el marido la requiere a gritos para que regrese, pero ella, en vez de su nombre, oye “¡Estela, Estela!”, que es un momento muy conocido del filme Un tranvía llamado deseo (1951), de Elia Kazan.
¿Y si el espectador no capta el guiño?
No pasa nada. Es, en definitiva, un elemento de extrañamiento.
Entre las películas que citas, obviando en las que tú has participado y que constituyeron un punto de giro a tu vida y a tu obra, si es que ambas pudieran separarse, cuáles son las que para ti resultaron más entrañables.
Empiezo por Amarcord, de Fellini. Es precisamente el neorrealismo italiano una fuente de inspiración para el nuevo cine cubano. En la construcción del personaje que encarna Mirtha, busqué momentos icónicos del cine, pero dándole la vuelta, para empoderarla a ella como mujer. En la película de Fellini hay un momento en que un personaje grita “¡quiero una donna!”, pero Mirtha se recuerda de joven, subida a un árbol, gritando “¡quiero un hombre!”.

En la película El lado oscuro del corazón (1992), de Eliseo Subiela, el personaje que se lanza al foso es una mujer, pero aquí tiramos al alcohólico marido de Iluminada, el personaje que representa Roberto Perdomo.

La crítica lo que está diciendo es que en esto de las citas se te fue la mano.
Yo me divertí mucho. Hago cine también para disfrutar. Te pongo un ejemplo: la escena que remeda a la de la del baño en Psicosis (1960), de Alfred Hitchcock. La ducha de Psicosis es torrencial, oímos el agua cayendo en cascada, pero en La Habana Vieja hay una sequía de décadas. En Neurótica escuchamos caer las gotas. Pero no es solamente la broma, sino que esa escena nos sirve a nosotros para hablar del machismo, de la violencia de género. Iluminada piensa que el marido la va a asesinar, pero como es una mujer que vive en y de el cine, imagina la escena como la de Psicosis.
Sabemos que no siempre el espectador entenderá y asumirá el juego. Pero esperamos que le funcione el recurso como parte de la narración, sin necesariamente saber de dónde procede.

Otra cosa que objeta la crítica, como te dije, es que el espectador puede llegar a confundir los distintos planos temporales. Cuándo está en presencia del aquí y ahora de la historia, cuándo lo que ve son alucinaciones o recuerdos del personaje, cuándo Iluminada está viendo un material filmado, cuándo se rompe la ficción para dar paso al documento…
Para mí, eso que enumeras son formas de expresión. El documental se distingue por la diferencia en el tratamiento del sonido y de la imagen, en el movimiento de la cámara, que es imperfecto.
¿Alusión a la teoría del cine imperfecto de Julio García Espinosa?
Exacto. Son trabajadores que de pronto se proponen hacer un documental, sin más formación que sus experiencias como espectadores.
La película se cuenta a sí misma. Es una película pequeña, hecha con poquísimos recursos, en poco tiempo. Pero eso no justifica nada. Queríamos entrar en la memoria emotiva del espectador. Y que éste recuperara el compromiso de nuestra parte de que se viera retratado en la pantalla.
El cameo de Benicio del Toro, ¿qué significa?
Es una película hecha por actores, coral. Mirtha comenzó con la obra de teatro. Yo participo en el guión y la dirijo. Es una estrategia para intentar salvar el cine, no sólo la sala Cuba. Hay actores que tienen personajes, pero otros no, y su sola aparición contribuye a nuestros fines. Lo de Benicio puede verse como un rompimiento, algo que te distancia, que te trae de nuevo a la conciencia de que estás viendo cine.
¿El extrañamiento brechtiano?
Si, eso. Pasado por Tabío.
Dolly Back.
Claro.
¿Reconoces algún punto de Neurótica… en contacto con La rosa púrpura del Cairo (1985), de Woody Allen?
Le huí a eso. Fue lo primero que vimos cuando hacíamos el trabajo de mesa, para tenerlo como referencia, pero, al mismo tiempo, para distanciarnos todo lo posible de la manera como en esa cinta se trata el juego del cine dentro del cine.
¿Se puede decir que hoy el cine cubano es extraterritorial? ¿Cine cubano es aquel que exclusivamente se hace en Cuba, o el que aborda un tema nacional, o también el que hacen los cubanos donde quiera que estén?
Toda película que hacemos los cubanos es cubana. Fuera de Cuba se está haciendo cine cubano. Cada vez hay más directores, actores y técnicos cubanos viviendo fuera de la isla. Son personas que, por supuesto, quieren seguir haciendo cine.
El cine cubano tiene que abrirse y acoger esa producción como propia.
¿Es el cine cubano el que debe abrirse o aquellos funcionarios que trazan la política cultural del país?
Sí, claro. Es la política cultural la que tiene que ampliar su mirada. Fíjate en lo que sucedió por el centenario de Celia Cruz ¡Una barbaridad! ¿Alguien en su sano juicio puede negar que una corriente importante de nuestra idiosincrasia pasa por la música popular, y que durante décadas Celia fue la embajadora de la cubanía en todo el mundo?
¿Crees que capital de cubanos emigrados y capital de cubanos residentes en la isla pueda alguna vez invertirse en nuestro cine?
Los cineastas que viven en el exterior seguirán luchando, cada vez más, para levantar producciones que les permitan continuar sus obras.
Lo ideal es que se den las condiciones para que esas inversiones sean seguras, y que más allá de la nostalgia o del sentimiento de pertenencia a una cultura, ellos puedan ver la participación en nuestro cine también como un negocio.
El cine que se hace en Cuba es generalmente subvencionado. Difícilmente pueda recuperar la inversión dentro del país. Tienes que pensar en vender la película en el exterior.
Se está dando un fenómeno cultural. Las grandes orquestas, los cantautores, Van Van, Kelvis, Carlos Varela, han dado giras por Europa con aforo colmado. Eso podría pasar también con las películas. Hay un público, un mercado cubanos. Si la película la ven 300 mil cubanos que pagan la entrada, se recupera la inversión.
El arte cubano tiene una vida fuera de Cuba. También para cubanos.

Si una película cubana en la que se haya invertido recursos de nacionales radicados en otros países, queda buena, se vende a Netflix. Se le da el porcentaje de las ganancias que corresponde al Icaic, y el resto va a dar a manos de los inversores. No debería haber dificultad en eso.
En general, ¿es complicado hacer cine?
El cine —dirigirlo, actuarlo— en nuestro contexto, es complicado. En nuestro medio, más. Como dice la frase, “se sufre pero se goza”. Amamos al cine, y cuando estamos trabajando desplegamos una energía bonita, un éxtasis, algo que debe ser muy parecido a la felicidad. Lo hacemos contra todos los obstáculos, contra todas las dificultades, trabajamos doce, catorce horas, las que sean con tal de sacar el proyecto hacia adelante. Es la actitud de todo el equipo que me acompaña. Somos colegas, pero más que eso: amigos, cómplices.
Cuando terminamos, ya queremos volver a empezar otra vez.

¿Síndrome de abstinencia?
También depresión postparto.













Sr Perugorria es hoy el más encumbrado de los actores cubanos que viven en Cuba y también de los que viven fuera ok