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Silbando llega la muerte. Dos disparos traicioneros queman la fría noche del 10 de enero de 1929 en la capital de México. El herido aún tiene tiempo de lanzar su grito de denuncia: “Machado me mandó a matar”, y ya en brazos de su amada exhala dramáticamente: “Muero por la Revolución…Tina, me muero”. Julio Antonio Mella agonizó en la madrugada del día 11, sobre la mesa de operaciones en el hospital de la Cruz Roja.
La prensa lo vendió como uno de los atentados más sensacionales de aquellos tiempos. Pero lo que pocos conocen es que pudo haber muerto antes, con apenas 21 años, en un episodio accidental acontecido en la localidad oriental de Banes. Lo más curioso es que habría sido por mano amiga.
En tierra de “Mamita Yunai”
Ubicado en la ribera norte de Oriente y pequeño como un pañuelo, el término municipal de Banes —fundado en 1910— se antoja en rincón delicioso y apacible; da la sensación de un sanatorio o lugar de retiro donde la luz del día llega y se va lamiendo los rosales de los jardines. Banes es hacienda de chalets de maderas recias, con portales donde se columpia el silencio y el ensueño, cobijados por mecedoras de mimbre y enramadas de madreselva; de calles enarenadas donde las pisadas en sordina se amortiguan y la gente pasa dejando huellas.
En la cara opuesta de la postal está el Banes corporativo e industrioso, el de los comercios, hoteles y fábricas, del muelle en la bahía, del trencito-correo Pasaje, de las barriadas marginadas y los braceros jamaicanos dando mocha sin cesar; en fin, de todo lo que constituye la vida de una aldea provinciana de los años 20 entre las alambradas de púas de la United Fruit Company. La comarca también se mueve y agita por la marea de sus pasiones políticas, demandas sindicales y peleas por reivindicaciones sociales.
El 23 de febrero de 1925, en viaje por monótonos cañaverales y campos de plátano Johnson, llega Mella a Banes. No es un villorrio cualquiera en el mapa, sino el feudo de la United Fruit Company, la “Mamita Yunai” le dicen algunos en afán de choteo. El poderoso emporio de oligarcas con oficina en Boston controla muchas de las mejores tierras del país, en las que expolian recursos sin pedir permiso y someten a sus poblaciones con implacable ferocidad.
Allí pasa Mella los siguientes cuatro días. Con los pies en la guardarraya se convence de que las teorías que ha estudiado ampliamente y los cuentos de camino que ha escuchado de bocas sindicalistas se vuelven en ese lugar una trágica realidad. Ha chocado de frente con el monstruo que había advertido Martí. Recibe una lección brutal del panorama cubano y la convierte en acicate para batallas futuras. De experiencias como esa se forjó su talla de ídolo continental.
El remero de la Universidad de La Habana, con su elevada y apolínea hechura de estatua griega en tez morena, cabellera oscura, nariz perfilada, mirada penetrante y labios elocuentes, arrastra en el pueblito de campo una legión de admiradoras. Impresiona también a los hombres. “Nos lució jovial y sociable a la vez que enérgico. En fin, físicamente le encontramos una vigorosa personalidad que denotaba poseer talento y valor, cualidades magníficas para liderar un pueblo”, suscribió el luchador comunista Delfín Mercadé Pupo (Bohemia, 17 de enero de 1969).
Poco se ha dicho sobre la presencia del líder juvenil en localidades de la Cuba profunda, exceptuando sus visitas a San Antonio de los Baños y a Cárdenas, movido por el arribo a ese puerto del primer barco soviético que ancló en la isla. No obstante, como parte de su dinámica revolucionaria Mella peregrinó a todo vapor por montes y ciudades defendiendo la soberanía de la Isla de Pinos frente al Tratado Hay-Quesada, rechazando la Enmienda Platt, nucleando a sectores de oposición contra la politiquería entreguista y corrompida.
Precisamente una conjunción de las llamadas clases vivas, fuerzas de izquierda y del Movimiento de Veteranos y Patriotas, invitaron a Mella, a Rubén Martínez Villena y a otros fundadores de la Liga Antimperialista, para que participaran en Banes de un acto conmemorativo por el aniversario del reinicio de las guerras por la independencia.

De que va, va… el mitin
El 24 de febrero amanece la villa entregada al júbilo y la celebración de sus festejos populares. El grandioso mitin se ha dispuesto para las diez de la mañana en la explanada del puente que une y divide a la vez la urbanidad en dos alas contrastadas, el “barrio americano”, residencial y elegante, y “el pueblo”, con sus casas humildes y calles maltrechas. De acuerdo con el programa harían uso de la palabra Mella, Villena, Leonardo Fernández Sánchez y Mariblanca Sabas. Pero las fuerzas del poder no iban a ser simples espectadoras, ni el guion se cumpliría al pie de la letra. Al final, de todos, solo Mella pudo hablar.
Una de las figuras convocadas fue la periodista y feminista Mariblanca Sabas Alomá. Había conocido a Mella en el año 1923, recién llegada a La Habana procedente de su Santiago natal. Desde ese momento entablaron una fecunda relación de amistad y colaboración, la misma que los condujo a viajar juntos al territorio holguinero.
En un texto de su firma publicado por Bohemia (4 de diciembre de 1964) Mariblanca relata: “Cuando llegamos a Banes una multitud impresionante nos acompañó hasta el teatro. Ya en su recinto, pudiendo apenas movernos entre una masa humana que aclamaba a Mella delirantemente, se produjo una tremenda confusión. El acceso al escenario nos fue vedado por el alcalde municipal en persona con varios agentes de la fuerza pública. Se encontraba presente el cónsul de Estados Unidos. En un alarde de cinismo y de abyección que nos llenó a todos de indignación y de cólera, el alcalde nos dijo que el acto no podía celebrarse, porque lo había prohibido el cónsul norteamericano. Era de fuego la sangre que comenzó a circular por nuestras venas”.
La Guardia Rural entra en acción de sabotaje. Se suceden algarabías, tiros, corre-corre… Buena parte del pueblo resiste en su firme propósito de llevar a cabo la manifestación, hasta que la soldadesca termina disolviendo violentamente la multitud. Ante el contexto de confrontaciones, los promotores se apresuran en declarar el acto concluido, pero la masa enardecida no se conforma. La concentración, ahora bajo el patrocinio de la Unión Obrera —que por esa fecha mantenía una disputa con la United—, vuelve a fijarse para el día 27. Curtidos en la tángana, Mella y compañía toman una decisión cabal: el acto tendrá lugar, de cualquier modo… “¡A la plaza pública!”, gritan. Se escoge el parque Domínguez, el más concurrido entonces.
Para la ocasión se levanta un arco con un letrero gigante: ISLA DE PINOS CUBANA, y se repleta el escenario de banderas y carteles con lemas patrióticos. Encabezados por Emiliano Varona Mollet, carpinteros de la Compañía conforman en tiempo récord el estrado desde el cual el fogoso orador ha de flagelar a magnates y explotadores. Pintada de amarillo, blanco y azul claro, con un rótulo de tres palabras en negro: “Unión Obrera”, en semicírculo, y debajo “Banes”, sería denominada “la tribuna de Mella” y conservada como reliquia de la federación proletaria, luego por el Centro de Veteranos, hasta que en 1982 fue transferida al recién fundado Museo Municipal.

El mitin resulta apoteósico. Coinciden las apreciaciones de los testigos en que Mella pronunció un discurso formidable. “Algún día pintaremos de rojo ese barrio de los obreros de la United Fruit Company, cuyas casas han pintado los yanquis de color amarillo como los uniformes de los esbirros del ejército”, expresó con voz sentenciosa.
Testigos de excepción
Del baúl de sus retinas sacaría Caridad Proenza: “Julio Antonio Mella llegó en la tarde junto a un compañero que también era bastante recordado en Cuba, Leonardo Fernández Sánchez. Allí todos los estudiantes lo recibimos y estábamos entusiasmados, sabíamos de las cosas que había hecho y de su actitud antimperialista. Toda la gente acudió al mitin. Una de mis tías recordaba mucho una frase que a ella se le grabó, porque él hablaba tan expresivamente, para que el pueblo entendiera las cosas. Él decía: ‘Cambiamos de modo de ser y tenemos que cambiar la política cubana porque nadie puede volver a ponerse la camiseta que le pusieron el día que nació, porque ya no le sirve. Entonces en política pasa igual, ya no nos sirve y tenemos que ir hacia un avance’. El pueblo estaba realmente fascinado con sus palabras”.
En su recuento —compilado en Mella: 100 años, de Ana Cairo— agregaba Caridad: “Todos los jóvenes que empezábamos en el bachillerato andábamos con él para todos lados: a los jardines, a las fuentes. Cuando estábamos haciendo el recorrido nos paramos para observar las tierras altas de Holguín y él decía: ‘Yo a donde quiero ir es a aquella montaña’. Se interesaba mucho por todo. Tenía un gran magnetismo”.

Otro adolescente que se sintió como impactado por un rayo fue Juan Blanco. Siendo ya un veterano, así contaba al investigador Joel James, quien lo incluyó en su texto El vodú en Cuba: “Tal vez mi vida de revolucionario comenzó aquel lejano día del año 1925 cuando escuché a Julio Antonio Mella, en el pueblo de Banes, denunciar la penetración imperialista en nuestro país”.
En precisión de detalles proseguía: “Recuerdo su figura atlética, sus encendidos ojos, su palabra certera al condenar también el maltrato dado a los inmigrantes haitianos, encadenados por las muñecas y conducidos así, en vagones de carga, hasta los barracones, donde eran tratados como esclavos”.
Asimismo, en aquella gira Mella fundó en la sede de la Unión Obrera un aula-filial de la Universidad Popular “José Martí”; recorrió bateyes predicando la ideología marxista y el sentido de la clase trabajadora; invitado por Pepón Pérez Sanjuán fue a comer lechón asado en una finca del barrio Mulas; acompañado de Mariblanca asistió a una verbena para recaudar fondos; propició alianzas entre obreros, campesinos y estudiantes. Su arenga de vanguardia revolucionaria ganó gente de Banes, Antilla y Mayarí.

Un poco más y…
Pero otra pudo ser la historia. Los días de Banes los pasó Mella hospedado en un hotel donde compartía habitación con Leonardo Fernández Sánchez, su amigo y presidente de la Asociación de Estudiantes del Instituto de Segunda Enseñanza de La Habana.
Antes de salir a la calle, la mañana del 25 de febrero Fernández decide “afilar” su pistola. Limpiarla es un acto de aparente simpleza, por lo acostumbrado. Saca el peine, pero ignora que un amigo a quien prestó antes el arma le ha dejado una bala directo en el cañón, y se la ha devuelto sin la debida advertencia. Confiado, el joven estudiante roza en su manipulación el gatillo y se escapa el disparo. El proyectil le atraviesa la mano izquierda y pasa cerca de la cabeza de Julio Antonio, que duerme al lado.
Del tiro este despierta. Ha sobrevivido milagrosamente. Esa noche, como si no hubiera pasado nada, acudirá al centro obrero para presentar su conferencia “El hombre y la revolución social”. Desde la acera opuesta, el corresponsal del Diario de la Marina apuntaba que ese alegato “fue radicalísimo, envolviendo en sus censuras despectivas […] a la Iglesia Católica, a la nobleza y a todo cuanto representa fundamentos del orden social”. El escrito cerraba lanzando críticas al comité organizador, por incluir en la jornada de celebraciones locales esa “clase de propaganda pagada con dinero recaudado del pueblo”.

Con su silbido letal, la muerte le acaba de picar demasiado cerca y prácticamente Mella ni se inmuta. Está a punto de cumplir los 22 años —nació el 25 de marzo de 1903— y ya es un hombre de fibra entera y serenidad pasmosa, hecho para hazañas que parecen irrealizables. Mirando la mano ensangrentada del compañero —aunque no es grave la herida y en realidad Fernández solo lamentará no intervenir en el mitin y pasar unas horas detenido—, Julio Antonio Mella solo atina a comentar como quien se despereza: “Un poco más y aquí termina la revolución”.












