|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
En tiempos donde el pueblo cubano es exprimido por el tornillo de banco de las políticas intransigentes, en otro juego de fuerza macabro cuyos resultados están por verse, pensaba en cierta frase escrita hace casi 130 años por un periodista estadounidense.
Su nombre es Richard Harding Davis (1864-1916), icónico reportero de su tiempo, a cuyo talante se atribuyen algunos hitos instaurados incluso en la moda, aunque no es de eso de lo que va el asunto ahora.
Harding Davis escribió un libro llamado Cuba in War Time (R. H. Russel, 1897), donde explica a sus compatriotas lo que había visto y aprendido en la isla, ya que luego de una estadía como corresponsal se le preguntaba a cada minuto qué pasaba en Cuba.
Los estadounidenses tuvieron su respuesta mucho antes de la guerra que el propio Davis presenciaría desde el campo de batalla en el verano de 1898, pues estuvo siempre en la primera línea junto a otros tantos corresponsales, atestiguando para sus lectores el conflicto que había visto crecer hasta estallar en las bodegas de un barco en el puerto de La Habana.
Antes de que las tropas estadounidenses desembarcaran por el Oriente de Cuba en acuerdo con los mambises para enfrentar a las fuerzas españolas, Harding Davis había recorrido ciudades y potreros, se había entrevistado con autoridades españolas e insurrectas y había visto las injusticias y el sufrimiento de los pacíficos, es decir, de quienes se mantenían al margen del conflicto político.
Después de aquella experiencia, parecía convencido de que la intervención estadounidense era inevitable. Desde su perspectiva, no había manera de alcanzar solución para el creciente sufrimiento del pueblo cubano. “Tanto insurgentes como españoles devastan la tierra, y ninguno de los dos bandos da señales de abandonar la lucha”.
En la manigua se luchaba por la independencia, en tanto ancianos, enfermos, mujeres y niños, “que no pueden ayudar a la causa ni a sí mismos, y que están desamparados, hambrientos y moribundos, tienen la mirada puesta en la gran república que se encuentra a solo ochenta millas de distancia, y extienden las manos y preguntan: ‘¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?’”.
Harding Davis tenía poco más de 30 años cuando viajó a La Habana acompañado del pintor Frederic Remington, a quien se deben las ilustraciones que ayudaron a incrementar su fama como artista del detalle y la guerra. Ambos habían sido contratados por William Randolph Hearst para nutrir su periódico de crónicas, dibujos y fotos sobre lo que estaba pasando al sur de Estados Unidos.
Después de contactos, observaciones y movimientos por distintos territorios, Harding Davis llegó a la conclusión de que la isla que antes de la guerra había sido posiblemente “la más hermosa del trópico, quizá del mundo” se encontraba ya sumida en un panorama “sombrío y lamentable”.
Para explicárselo a sus compatriotas, lo escribió de este modo: “Si se compara con el número de hombres y mujeres que mueren a diario de viruela y fiebre, y con los que son masacrados en las plantaciones, la proporción de muertos en combate es probablemente de uno a quince”.
Pintores estadounidenses colorean la guerra en Cuba: visión de un soldado (II)
Davis narraba que los españoles controlaban las ciudades y diariamente sus tropas realizaban incursiones depredadoras en lo que más allá, en las llanuras y montañas, combatían los insurgentes. Pero, alrededor de cada poblado, había mientras un círculo de “pacíficos” sin trabajo, la mayoría hambrientos y enfermos.
Cuando Davis llegó a Cuba, el plan del entonces capitán general Valeriano Weyler para impedir que esos pacíficos ayudaran a los mambises estaba dando nefastos resultados, de modo que pudo observar de primera mano las consecuencias.
Vio a “miles de personas hacinadas en el suelo desnudo, sin comida, sin conocimiento de saneamiento, sin más cobertura para la cabeza que hojas de palma, sin privacidad para las mujeres y las niñas, sin pensar más que en cómo podrían vivir hasta mañana”.
Weyler había enviado columnas de guerrilleros y soldados para quemar las chozas de los campesinos, reconcentrándolos en los límites de las ciudades. La devastación era el resultado de su estrategia, pues “tras obtener el control total de las ciudades, decidió devastar el país y someter a los revolucionarios por hambre. Así pues, ordenó a todos los pacíficos, como se les llama a los no beligerantes, que entraran en las ciudades y quemaran sus casas, y dio órdenes de desenterrar todos los campos donde se sembraban papas o maíz y destruir estos productos alimenticios”.
“El único delito de aquellas poblaciones era haber vivido en el campo en lugar de en la ciudad”, escribe Davis, y subraya: “Ahora deben sufrir porque el general Weyler, al ver que no puede controlar el país como puede controlar las ciudades, lo devasta”, escribió.
Las víctimas de esta estrategia se estiman en no menos de 300 mil.
Richard Harding Davis, ante aquel panorama, escribió una frase que he recordado en estos días: “Si el capitán de un navío, para sofocar un motín a bordo, hundiera el barco y enviara a todos al fondo, su plan de acción sería tan exitoso como el del general Weyler”.
El hambre como arma de guerra ha sido una de las reiteraciones en la historia de Cuba. No ha dejado de serlo después de 1959, por diversos motivos y como consecuencia de la terquedad.
Cuba sigue siendo el navío cuyo capitán, incluso a costa del hundimiento, intenta evitar el motín, y además fracasa una y otra vez en su obsesión por alcanzar a la gran ballena blanca.











