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En estos días revueltos, atravesados por sobresaltos, vuelvo una y otra vez —casi sin proponérmelo— a Cuba. No se trata de un regreso físico, sino de un recorrido. Abro la computadora y sigo la ruta de mis carpetas de fotos, organizadas con una lógica que intenta domesticar el tiempo: años, meses, fechas. En los últimos quince años, las carpetas dedicadas a Cuba aparecen espaciadas: una o dos veces por año. Funcionan como marcas precisas en el calendario de una vida vivida lejos. De emigrado.
Ese archivo no es solo un sistema de organización: es, sobre todo, una cronología afectiva. Dieciséis años fuera del país condensados en regresos fotográficos. Cada carpeta constituye un capítulo; cada viaje, un corte. En ese montaje —involuntario pero elocuente— se revela también una forma particular de habitar la distancia: Cuba aparece como una sucesión de momentos intensos y acotados, mientras el resto de la vida —la que transcurre fuera— avanza sin interrupciones.



Ahora bien, lo que esas fotos muestran no es únicamente un país. Con el paso del tiempo, lo que emerge es la relación con ese país. Las imágenes no operan como pruebas documentales en un sentido estrictamente clásico; más bien funcionan como anclajes. Son fragmentos que insisten, que devuelven preguntas más que certezas. Mientras tanto, Cuba no se detiene: cambia, se reconfigura, se tensiona. Sin embargo, en esas fotografías queda atrapada en un presente continuo que ya no existe.

En ese punto aparece una paradoja: las imágenes fijan, pero también desplazan. Permiten volver, aunque al mismo tiempo evidencian la distancia. Cada revisión confirma lo inevitable: lo que fue ya no es, y lo que es no siempre coincide con lo que se recuerda.

En ese contexto, el archivo fotográfico adquiere una dimensión distinta. Más allá de su valor documental o profesional, se convierte en un capital íntimo. Probablemente, lo más valioso que conservo en términos materiales son esas fotos: miles y miles de instantes acumulados a lo largo de los años. Están organizadas, sí, pero apenas lo necesario para no perder del todo el rastro. Con frecuencia paso horas buscando una imagen específica y termino recorriendo series completas, incluso años enteros. Esa dificultad, lejos de ser un problema técnico, deriva en una práctica: el repaso constante. En consecuencia, cada búsqueda se transforma también en una relectura, en un regreso no planificado.
Desde una perspectiva periodística, ese archivo podría leerse como una base de datos visual. Sin embargo, en la práctica funciona más como un territorio en tensión entre la memoria y el presente. No hay una linealidad posible: las imágenes dialogan entre sí, se contradicen, se resignifican. Lo que en su momento fue registro, con el tiempo se convierte en interpretación.



De hecho, hay algo que se repite en cada revisión: la percepción de una continuidad quebrada. Como si la vida en Cuba siguiera un curso que solo logro captar de manera fragmentaria. En ese sentido, las fotos no llenan el vacío; por el contrario, lo vuelven visible.
Aun así, persiste algo difícil de desarticular. Cuba no queda atrás como un episodio cerrado. No se archiva ni se clausura. Permanece activa, operando en otra capa: en la mirada, en los temas que regresan, en la forma de encuadrar incluso fuera de la isla.
Por eso el gesto se repite: abrir carpetas, revisar, buscar. Intentar ordenar lo que en la experiencia permanece disperso. En ese ejercicio —que combina método y necesidad— también se juega una forma de permanencia.















