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Si de algo puede presumir César Domínguez (La Habana, 1995) es del cariño de un público que ha seguido de cerca su carrera en diversos medios. Actor polivalente, capaz de desdoblarse con naturalidad y crear personajes con notable maestría, comenzó a ganar visibilidad con sus participaciones en producciones televisivas como Adrenalina 360 (2011), Teorema (2011) y Primer Grado (2022).
Con una sólida trayectoria sobre los escenarios, también ha dejado su huella en el séptimo arte, formando parte de largometrajes como Santa y Andrés (2016), Yuli (2018) y Candela (2021).
Su recorrido actoral da cuenta del impacto de su trabajo, reconocido con premios como el Adolfo Llauradó (2015), el Caricato (2014 y 2017) y el Fernando Báez, en el Festival de Cine de República Dominicana (2022).
Amante del arte en todas sus expresiones, Domínguez no solo destaca por su destreza interpretativa, sino también por la solidez con la que construye cada personaje, procesos que —según ha compartido— le han aportado aprendizajes esenciales y un profundo crecimiento personal.

¿Qué te da la interpretación que no encuentras en otro ámbito?
La posibilidad de explorar la condición humana desde lugares muy distintos a los que vivo en mi día a día. Actuar me permite habitar contradicciones, emociones y conflictos que muchas veces evitamos en la vida real, pero que forman parte de lo que somos. Es un espacio donde no hay juicios, solo exploración, y donde uno puede profundizar sin miedo en zonas incómodas o desconocidas.
En ese proceso, aunque interprete a otros, termino entendiéndome más a mí mismo. Cada personaje te confronta con algo, te obliga a mirarte desde otro ángulo. Siempre digo que actuar no es escapar de quien eres, es acercarte más. En ese acercamiento constante es donde encuentro el mayor valor del oficio.
En los inicios de tu carrera tuviste una importante presencia en la pequeña pantalla. ¿Sientes que hubo un crecimiento artístico con tus personajes televisivos?
Sin duda. La televisión fue una escuela muy exigente porque te obliga a sostener personajes en el tiempo, con ritmos de trabajo intensos y con muy poco margen para el error. Es un medio que demanda rapidez, precisión y una gran capacidad de adaptación constante.
Desarrollé disciplina, intuición y una forma muy directa de conectar con el público. Aprendí a escuchar más, a reaccionar mejor y a confiar en lo que estaba haciendo, incluso en condiciones de presión. La televisión no te espera: o estás preparado o te pasa por encima. En ese sentido, fue fundamental en mi formación como actor.
¿Qué le debes al teatro?
El teatro es el origen de todo para mí. Es el lugar donde entendí realmente lo que significa este oficio, no solo desde la técnica, sino desde el compromiso. Ahí aprendí el respeto por el texto, por el proceso y por el público.
Es un espacio donde no hay segundas tomas, donde todo sucede en presente y donde la verdad tiene que sostenerse sin artificios. Esa exigencia te forma de una manera muy profunda. El teatro te desnuda como actor: no hay dónde esconderse. Esa exposición, aunque puede ser dura, es lo que más te hace crecer.

Los actores se enfrentan a un cambio físico constante. ¿Cómo vives esas transformaciones?
Las asumo como una parte natural del trabajo. El cuerpo es una herramienta narrativa muy potente, y entenderlo así cambia completamente la relación que tienes con él. No se trata de estética, sino de función, de cómo ese cuerpo puede contar una historia distinta cada vez.
Aprender a transformarlo sin apego también es parte del crecimiento. A veces implica incomodidad, salir de zonas de confort, incluso romper con una imagen que uno ha construido, pero ahí también hay mucha libertad. Cuando dejas de defender tu imagen, empiezas a construir personajes de verdad, sin filtros.

¿Eres de dejarte llevar por el instinto?
Sí, pero siempre acompañado de preparación. El instinto es una herramienta muy valiosa, pero no funciona en el vacío. Necesita una base sólida, un trabajo previo que lo sostenga. De lo contrario, se vuelve algo caótico o superficial.
Para mí, lo interesante ocurre cuando hay un equilibrio entre lo técnico y lo intuitivo. No se trata de improvisar sin dirección, sino de permitir que, dentro de una estructura bien construida, aparezcan momentos orgánicos, inesperados y vivos. El instinto sin técnica es ruido; con técnica es verdad.
¿Qué desafíos implicó la película Yuli desde lo interpretativo?
Fue un trabajo que exigía mucha precisión emocional y una gran capacidad de contención. No era un personaje que se apoyara en lo evidente o en lo expresivo, sino en lo interno, en lo que sucede por dentro y apenas se deja ver.
Había que sostener mucho desde los silencios, desde la mirada, desde pequeñas decisiones que tenían un peso enorme en la construcción. Eso requiere mucha concentración y una conexión muy honesta con lo que estás haciendo. A veces, lo más difícil como actor no es hacer, sino sostener.
¿Disfrutas más un gran papel o un secundario bien interpretado?
Para mí lo importante es la calidad del personaje, no su tamaño dentro de la historia. Un personaje bien construido, con verdad, puede tener un impacto enorme, independientemente del tiempo que esté en pantalla.
He visto secundarios que se quedan en la memoria del espectador durante años, precisamente porque están llenos de matices y de vida. Al final, lo que permanece no es la cantidad de minutos, sino la huella emocional que dejas. El espectador no recuerda cuánto saliste, recuerda cómo lo hiciste sentir.

Regresas a la televisión con la serie Primer grado. ¿Qué palabras te dijo Rudy Mora para convencerte de asumir este personaje?
No recuerdo exactamente sus palabras, pero sí te puedo contar que me citaron para un casting y, cuando llegué a la productora, en medio de la entrevista inicial me pusieron los guiones en la mano y me dijeron: “Tú eres el personaje”. Fue un día feliz, porque yo siempre quise que Rudy me dirigiera. Los sueños se cumplen.
Antes de esta participación llevabas varios años alejado de los medios. ¿Fue por decisión personal o por falta de ofertas?
Fueron decisiones necesarias. Hace algunos años, cuando no existían plataformas digitales para la distribución de audiovisuales como Netflix, por ejemplo, los actores estábamos muy encasillados. Si actuabas en la televisión, era muy difícil que pasaras al cine.
Me tocó, en su momento, apostar por lo que más me gustaba, que era hacer películas. Por eso desaparecí de la televisión. Hoy ya no es necesario hacer ese sacrificio, cosa de la que me alegro muchísimo por mis colegas. Creo en los procesos, incluso en los silencios. A veces hay que retirarse para evolucionar.
En otro espacio comentaste que la película Candela llegó a tu vida en un momento de cambios. ¿Influyó esa evolución personal en el personaje?
Llegó en un momento de transformación personal importante, y eso inevitablemente se reflejó en el personaje. Cuando uno está atravesando cambios, su manera de percibir, de sentir y de interpretar también se transforma.
Fue un proceso muy conectado con ese momento vital, y eso le aportó una capa de verdad que no se puede fingir. Creo que el trabajo del actor siempre está atravesado por su vida. El actor que eres depende del momento de vida en el que estás.

Recibiste el galardón a Mejor Actor en el Festival de Cine de República Dominicana por tu desempeño en este filme. ¿Un premio sirve para renovar la pasión por este oficio?
Es un reconocimiento que agradezco profundamente, pero no lo veo como un punto de llegada. Más bien lo entiendo como una confirmación de que el camino que estoy recorriendo tiene sentido.
Los premios son importantes, claro, pero no pueden ser el motor. El motor sigue siendo el trabajo, la búsqueda, la necesidad de seguir creciendo. Los premios no te hacen actor, pero te recuerdan por qué empezaste.

¿Qué personaje de los que has interpretado es, de algún modo, una síntesis de tu vida?
No creo que haya interpretado todavía ese personaje. Cada uno ha tenido algo de mí: fragmentos, momentos, conexiones, pero siento que lo más importante aún está por venir.
Esa sensación es la que me mantiene en movimiento, con curiosidad, con hambre creativa. No me interesa sentir que ya llegué a un punto final. Mi mejor personaje todavía no existe, y eso es lo que me mueve.
Proyectas la imagen de una persona exigente. ¿En el mundo artístico actual esto es una cualidad?
En este oficio la exigencia es necesaria, porque estamos trabajando con emociones, con historias y con la percepción del público. No es un trabajo superficial, y por eso requiere rigor.
La clave está en saber equilibrarla, en no convertirla en rigidez. Para mí, la exigencia bien canalizada eleva el trabajo, pero siempre tiene que ir acompañada de sensibilidad. Sin exigencia no hay crecimiento, pero sin sensibilidad no hay arte.
¿Tener popularidad en las redes sociales ayuda de alguna manera en esta profesión?
Son una herramienta útil en términos de visibilidad, y en el contexto actual pueden generar oportunidades, pero no definen una carrera ni sustituyen el trabajo real del actor.
Pueden ayudarte a que te vean, pero lo que hace que te quedes es tu desempeño frente a la cámara o sobre el escenario.
Las redes te hacen visible, pero el talento te hace permanecer.
Actualmente resides en España. ¿Qué crees que hace falta para internacionalizar tu carrera? ¿Los artistas cubanos tienen una barrera para entrar al mercado internacional?
Más que hablar de barreras, creo que hay contextos distintos que requieren adaptación. Cada mercado tiene sus dinámicas, sus códigos y sus formas de funcionar.
El reto está en entender esos espacios, en saber posicionarse y en tener una visión clara de hacia dónde quieres ir. Hoy en día las fronteras son más flexibles, pero eso no elimina la necesidad de preparación y estrategia. El talento abre puertas, pero la estrategia decide hasta dónde llegas.

¿Has recibido ofertas para volver a trabajar en Cuba?
Siempre existe un vínculo emocional muy fuerte. Cuba es parte de mi identidad, de mi formación y de mi manera de ver el mundo. Eso no se pierde. Si aparece un proyecto que tenga sentido a nivel artístico y personal, por supuesto que estaría abierto a hacerlo. Uno puede irse de un lugar, pero hay lugares que no se van de uno.
¿Te consideras un artista irreverente?
No lo definiría así. Creo que soy una persona coherente con lo que piensa y con lo que hace, y trato de mantener esa coherencia en mi trabajo y en mi vida. A veces, cuando uno es honesto y directo, puede interpretarse como irreverencia, pero no nace de ahí. La honestidad a veces se confunde con irreverencia.
¿Qué cosas te gustaría hacer pensando en el futuro?
Estoy enfocado en seguir construyendo una carrera sólida, con proyectos que me reten y me permitan crecer como actor y como persona. Me interesa formar parte de historias que tengan profundidad y que dejen algo en el espectador.
También tengo una mirada muy clara hacia lo internacional; quiero seguir expandiendo mi trabajo y colaborando con diferentes industrias. Siento que estoy en un momento clave, donde cada decisión cuenta y está construyendo el actor que quiero ser.












