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Admitir que el Secretario de Estado de EE.UU. es cubano, lo mismo que sevillano o piamontés (según él mismo declaró en la reciente Conferencia de Seguridad Europea), equivaldría a darle vela para participar en cuestiones de política cubana —lo mismo que española o italiana.
¿Y cuál podría ser el argumento para aceptarlo o negarlo? Digamos que si le reconociéramos a él, por sus ancestros, “ser tan cubano como las palmas”, ese mismo derecho asistiría al presidente Trump, según sus antepasados, para que lo eligieran diputado al Bundestag por Baviera o al Parlamento escocés. O, digamos, a Michael Corleone, para fundar en Sicilia un movimiento que preserve el legado de su padre, y le dé su nombre a un Instituto de Moral y Cívica y a una Escuela de Negocios, donde se enseñen las artes de tener éxito en otros países.
Pero la verdad es que ni Trump tiene otra afinidad con Baviera o con Escocia que haber bebido cerveza bávara o scotch toda su vida; ni la gente siciliana se tomaría en serio a un italoamericano que viniera a darles lecciones de patriotismo o a enseñarles cómo hacer las cosas; ni los de Matanzas tienen por qué extenderle una carta de cubanía a un político americano que no se ha parado nunca bajo una palma cubana, y no sabe cómo un desmochador la sube con la misma habilidad de muchas generaciones, para tumbar las pencas con que cobijar un rancho o el palmiche para alimentar los puercos. Cuya carne, por cierto, sabe muy diferente a la de los puercos de allá, como suelen repetir en Miami los cubanos nacidos aquí.
Porque este secretario de Estado solo ha visto a esos guajiros cubanos en fotografías.
Lo desopilante, si no fuera patético, es que este nativo de Miami, que nunca ha residido en ningún otro país del mundo ni de América Latina y el Caribe, que no sea como visitante, se dirige a esos guajiros cubanos como si fuera uno de nosotros, y hubiera compartido sus vidas, angustias y alegrías. Como si hubiera puesto sus zapatos en la casa de alguno de ellos, y los hubiera visto cocinar harina de maíz, ñame, chayotes, quimbombó, según recetas centenarias, en un fogón de carbón o leña; trabajar la tierra, tomar ron peleón sin hielo ni jugos, encender tabacos torcidos por ellos mismos, matar un puerco o un pollo con sus manos, ponerse una hoja de salvia para el dolor de cabeza, recoger manzanilla o cilantro silvestres del patio o huevos de donde anidan las gallinas en el monte, hablar de sus problemas entre ellos, hacerse cuentos, reírse a carcajadas o quedarse muy serios mirándolo.
En vez de un encuentro cercano, un diálogo, una escucha atenta a esos habitantes rurales o urbanos de Cuba, al Secretario de Estado de EE.UU. se le ocurre lo mismo que a tantos otros dirigentes de ese país por siglos: explicarles a los cubanos cómo deberían gobernarse y tenderles una zanahoria envuelta en papel celofán como si esa fuera su mano amiga.
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No sé si cuando el secretario de Estado era chiquito llegó a recibir alguna vez una clase de Historia de Cuba. Posiblemente no, porque no asistió a escuelas de la élite cubanoamericana, como el Colegio de Belén o las de Coral Gables, sino a una high school pública del sur de la ciudad, donde, en el mejor caso, lo que aprendió de Cuba debe haber sido American history, o sea, parte de la historia del Norte.
Hijo de emigrados, que no habían sido siquitrillados (expropiados) como los Díaz-Balart o la familia de Carlos Giménez, sino que se habían ido antes, así que no eran ni exiliados políticos, sino unos trabajadores manuales de toda la vida; le tocaba a él ser un estudiante aplicado.
Pero en aquel enclave cubano donde él creció en los años 70 y 80, el anticastrismo había dejado de encontrar su sentido último en derrocar la Revolución y se había instalado como código de barras de la maquinaria política local. Para lograrlo, había adoptado al Partido Republicano como su gallardete, sobre todo con el surgimiento de la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA), por encima de las viejas organizaciones del exilio histórico.
En efecto, cuando Jorge Mas Canosa y Raúl Masvidal, exinvasores de Girón devenidos prósperos empresarios, crearon la FNCA (con la ayuda desinteresada de Ronald Reagan), habían empezado a hacer política a la americana; es decir, por y para los intereses políticos y económicos de un grupo oligárquico dentro del sistema. El año en que aquel grupo de millonarios salió a la palestra, el actual secretario de Estado cumplía 10 años.
Sin un capital familiar ni pedigree político, la vía rápida para triunfar en el Miami de la FNCA era la misma que en aquella Cuba republicana, donde el juego ya estaba repartido: la política como acumulación originaria. El actual secretario de Estado se propuso construirse como un self-made man en ese juego.
Como es obvio, para ir subiendo desde abajo en la política local de Florida no hay que dominar la historia de Cuba, sino más bien hay que disponerse a hacer acto de fe con la ideología dominante, a aprender a administrar una cara juvenil (por él votan incluso la mayoría de los descendientes de cubanos que se oponen al bloqueo y apoyan la normalización), y sobre todo a recorrer el camino de “transacciones” que llevan hasta un escaño del Senado de los EE.UU., antesala del gobierno federal.
En todo eso, el secretario de Estado se parece más a los políticos del Norte de que hablaba Martí (sin mucha paciencia, por cierto), en “Vindicación de Cuba” o “La verdad sobre los EE.UU.” , que a un cubano de la isla o incluso a muchos descendientes de cubanos que he tenido en mis clases de historia.
Hasta aquí he intentado, hasta cierto punto, “sociologizar” la actitud y la índole política de este Secretario de Estado, procurando despejar de paso algunos elementos que él parece invocar en su apelación al pueblo de Cuba, como es esa especie de identidad impuesta en sus cromosomas de origen, o esa otra asociada al generoso papel de los americanos en nuestra independencia y republicanidad.
Por muy flagrantes que estas argucias puedan resultar en una simple inspección, hemos presenciado, sin embargo, cómo hay cubanos extáticos ante las destrezas comunicativas del Secretario de Estado (“¡qué bien habla el español!”), que parecen seducidos por ese juego de manos verbal. Algunos pueden estarlo; otros seguramente quieren. Como decía un viejo profesor mío, prefiero “correr un velo de pudor” sobre esas posturas, que parecen multiplicarse en tiempos difíciles como estos.
Un último detalle.
Supongo que su dominio de la política de EE.UU. y su incuestionable luz natural deben haber llevado al secretario de Estado a aprenderse bien la historia de los EE.UU. y sus presidentes. Siento curiosidad por saber lo que él piensa de los militares a cargo de tareas políticas, o del peso de lo militar en la economía de su país.
George Washington, Ulysses Grant y Dwight Eisenhower, fueron generales de ejército; Andrew Jackson, William Harrison, Zachary Taylor, James Garfield, William Taft, fueron mayores generales; Franklin Pierce, Chester Arthur, Andrew Johnson, Rutherford Hayes y Benjamin Harrison fueron generales de brigada; James Madison, James Monroe, James Polk y Teddy Roosevelt fueron coroneles. No voy a contar a los presidentes que, antes de ser elegidos, participaron en guerras y alcanzaron grados militares, por ejemplo, la II Guerra Mundial, como John Kennedy, Lyndon Johnson, Richard Nixon, William MacKinley, Gerald Ford, Jimmy Carter.
¿Es concebible la economía de los EE.UU., sus peripecias nacionales e internacionales, sin tomar en cuenta el lugar central que ocupa la industria de las armas y la cuestión de la guerra?
En el aparato del Estado norteamericano, no hay agencia con el tamaño y el peso del Departamento de Defensa, ahora llamado de Guerra, digamos, el Pentágono. Se estima que absorbe a más de un millón y medio de personas. Sin contar a los militares propiamente dichos.
Finalmente, lo único comparable al poder económico y político de las corporaciones petroleras, responsables de no pocos conflictos regionales e internacionales, es la industria de las armas. O, como la llamó un general presidente, “el complejo militar-industrial”. No son “un sector”, sino un nudo de fuerza, uno de los ejes de la estructura económica de EE.UU. y de su proyección global. Que se vincula estrechamente y a gran escala con aspectos estratégicos y líneas maestras del desarrollo económico como la innovación y las tecnologías de punta.
Soñar con que una legislación o un “equilibrio de poderes” puede ponerles riendas a las compañías petroleras o a los fabricantes de armas, a los conglomerados de intereses y capitales donde se asientan, y frenar su capacidad para desencadenar guerras, trabar políticas que las restrinjan o las fiscalicen, sujetarlas a acuerdos y organismos internacionales es solo eso, un sueño.
Después de esta mínima referencia al peso de las armas y el aparato de defensa, supongo que es casi anecdótico añadir que uno de los principales grupos de presión que apoyan a “nuestro” Secretario de Estado es la Asociación del Rifle. Digamos que todo cuadra.
¿Con quiénes se puede sentir más cercano el pueblo cubano aquí y ahora, para entenderse, pedirles cuentas, reclamarles por lo mal hecho, demandarles transparencia, defender sus derechos, controlar a través de los órganos representativos y las organizaciones políticas, confiarles el día a día de nuestra seguridad, y defender conjuntamente el interés nacional y la soberanía? ¿Con las fuerzas armadas cubanas y sus instituciones o con los gobernantes de los EE.UU. y sus agencias?
Es una pregunta para no perder de vista a quiénes tenemos delante, naturalmente.












