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Sucedió de repente. La gente sudaba, trataba de espantar el calor como podía, cuando, al vaivén del trío de cuerdas, una voz los sorprendió desde lo alto del templo, como si viniera del más allá con un mensaje. Entonces todo lo demás pasó a un segundo plano: solo importaba, en esas dos horas de concierto, la gracia, el amor y la voz sin límites de Silvia Pérez Cruz.
La reconocida cantante catalana se presentó en La Habana este domingo 23 de agosto, en la Iglesia de San Francisco El Nuevo, en La Habana Vieja, con un concierto gratuito para un público que abarrotó la sala, consciente de que viviría un momento único y un “escape” de la agitada rutina de apagones y crisis económica.
“Queríamos hacer un concierto sin depender de la electricidad, también para sentir de nuevo que el arte y la música son libres y, por lo menos, no dependen de un enchufe”, comentó la intérprete en los primeros instantes del recital que se extendió hasta que la oscuridad ganó terreno a la luz. Pero las luces de la voz de Silvia, las velas y la fascinación del público se mantuvieron siempre encendidas.
Ese entusiasmo colectivo se podía percibir desde el anuncio de la presentación, semanas atrás, cuando la artista informó en sus redes sociales que La Habana sería parte de la gira por Latinoamérica de su más reciente disco, Oral Abisal.
Fue el regreso de una artista que un sector del público cubano conoce bien y la ha podido disfrutar, entre otras ocasiones, en otro concierto memorable que ofreciera en 2022, en el patio del Museo Nacional de Bellas Artes.
“¿Alguno de ustedes estuvo en ese concierto?”, preguntó Silvia al auditorio de este domingo y la respuesta afirmativa de 1/3 de las casi 700 personas que allí estaban hacía pensar que, tal vez, el éxodo migratorio de los últimos años ha hecho de las suyas y que no todo el que quiso pudo llegar al concierto.
A la iglesia ubicada en la intersección de las calles Cuba y Amargura llegó quien pudo y como pudo, como quien hace un peregrinaje para que el espíritu se encuentre con una gloria que no es posible hallar de un modo material, que no es posible desenvolver en la vida cotidiana.
Y allí estaba Silvia Pérez Cruz, con su luz natural, entre el desparpajo de Bori Alberto al contrabajo, la ternura de Marta Roma al violonchelo y el savior faire de Carlos Monfort en el violín. La simbiosis entre ellos produjo, sin duda, un efecto mágico que hizo de este concierto sin “respaldo eléctrico” una de las experiencias más alucinantes que los habitantes de La Habana hayan vivido en lo que va de su maltrecho 2026.

“La valentía y la alegría de venir a regalarnos canciones”
La magia que pululó con la presencia de Silvia Pérez Cruz en La Habana comenzó unas horas antes de su concierto en la iglesia de San Francisco el Nuevo. La noche anterior, en La casa de la bombilla verde, ese lugar vibrante que aún mantiene, como pocos espacios, el aura de una ciudad que ya no existe, Silvia subió y regaló un par de canciones al público que repletó el garito. Todos habían ido al concierto del cantautor cubano Roly Berrío junto al guitarrista español Alfred Artigas, pero era un secreto a voces que la artista —amiga de ambos y ya aterrizada en la capital— podría aparecerse de un momento a otro y sumarse a la presentación. Y así fue.
Berrío hizo su despliegue habitual de naturalidad, frescura y talento. Había viajado desde Santa Clara, expresamente, para este concierto en la Bombilla y estar presente en la presentación de Silvia al otro día. Cuando arrancó la primera canción del cubano, ya la intérprete y sus músicos se paseaban como parte del entorno, para agrado de confirmación de unos y para sorpresa de otros entre el público. “Yo sé que ustedes no vinieron a verme a mí”, dijo Roly Berrío en un par de ocasiones, a modo de broma, en franca complicidad con un público que, sin importar el calor y la estrechez del garito, ahí estuvo fiel hasta el final, como siempre. Y entre canciones, entre solos de Artigas, surgió la oportunidad y Roly Berrío le dio su guitarra a Silvia Pérez Cruz, abriendo la puerta a otros cantautores presentes como Adrián Berazaín, Enid Rosales y Eric Méndez.
“Yo lo que tengo es mi voz y es lo que os puedo dar”, fue una de las primeras frases que la artista dijo al micrófono de la Bombilla, a modo de explicación del porqué de este viaje a La Habana, donde dijo en varias ocasiones: “Creo que este será el concierto más importante de esta gira”. Y Silvia cantó, como sabe hacerlo, estrujando con caricias los corazones de su audiencia, que quedó en éxtasis con su Tonada de la luna llena y Mi última canción triste. Quien por allí estuvo ya tenía una buena muestra de que lo que aconteciera al otro día en la Iglesia de San Francisco el Nuevo sería inolvidable.

Silvia es luz: reacciones a un recital memorable
Adrián Aguiar, un joven guitarrista cubano con un talento incombustible, estuvo todo el concierto de Silvia Pérez Cruz en la Iglesia de San Francisco el Nuevo, sentado en el suelo, entre la gente, justo delante de ella. No quería perderse el espectáculo por nada del mundo ese día; quería verlo bien y fijar cada detalle en su memoria. No es para menos: la guitarra con la que dio su concierto Silvia era prestada por él.
“¿Cómo yo le cambio las cuerdas a esa guitarra ahora?”, decía el joven emocionado al final del concierto, refiriéndose a su instrumento. Para ese momento ya había pasado de todo con su guitarra en aquella escena improvisada, entre flores y linternas con forma de cirios que cambiaban de colores, a los pies del altar mayor de la iglesia.
Con su guitarra, Adrián vio cómo Silvia daba forma a la música con ese sello tan particular suyo, vio cómo lanzaba una a una su selección de temas para la ocasión de su disco más reciente, Oral Abisal. También vio tocar a Roly Berrío y Alfred Artigas cuando fueron invitados a escena; vio lo bien que se escuchaban las melodías de 20 años y La tarde, clásicos de la canción cubana; Nombrar es imposible —una canción que nació del viaje de Cruz a La Habana, en 2022— y otros temas icónicos del repertorio de la cantante, como Verde y Mañana, que el público le pidió y ella complació.
Vio también lo bien que empastaba su guitarra con el resto del conjunto, músicos con alma, sacando todo lo bello y humano que cabe en un conjunto de cuerdas de violín, violonchelo y contrabajo.
Al final del concierto, Adrián Aguiar no cabe dentro de sí de la emoción, después de todo lo visto y disfrutado. Cuenta a OnCuba que fue Alfred Artigas, con quien ha tocado otras veces, quien pensó en él para este favor, para que su instrumento integrara el cuadro de una presentación que llegó a buen puerto gracias a la colaboración de muchos amigos que estuvieron al pie del cañón para que todo saliera adelante de la mejor manera posible.
“Al principio normalicé que mi guitarra estaría en manos de Silvia en este concierto, pero ya cuando se iba acercando el momento, empecé a percibir toda esa magia que viene con el arte y sí me dieron ganas de llorar. Que un ser humano tan increíble use la guitarra que está en mi cuarto todos los días para hacer su magia es maravilloso”, comenta.
Para Aguiar, además, era importante estar presente en el concierto porque “Silvia es luz”. Asegura que ve en la artista la representación de la música al servicio de la humanidad, de lo que uno quiere expresar como ser humano. “Todos estamos juntos aquí sintiendo lo mismo y eso creo que es lo más importante que tiene la música, la capacidad de tender puentes”.

“Me quedo —reflexiona— con la importancia de que ser buen ser humano es lo primordial, sin importar el oficio. Esto te alimenta, te llena. Puede que, de aquí a una semana, cuando se vuelva a caer el SEN, se te olvide un poco, pero realmente esto alimenta. El arte permite transmutar cualquier situación, emoción. De alguna manera, esto nos da un punto de referencia donde refugiarnos y desde donde interpretar todo lo que está pasando; creo que esa es la importancia del arte, la poesía. Estos regalos de Silvia son formas de reinterpretar todo lo que nos está pasando, que no cambia lo que pasa, pero lo podemos mirar desde un lugar diferente y ese es el mayor regalo que creo que nos dejó Silvia hoy”.
Sofía Pedrera González también es una joven músico y estaba en primera fila, sentada en el suelo durante el concierto. Ella no venía a Cuba desde hace dos años y la casualidad obró en su favor, cuando este viaje de reencuentro con sus padres en La Habana se convirtió en la oportunidad de disfrutar juntos de una de sus artistas imprescindibles.
“He sido seguidora de Silvia toda la vida, desde que estudiaba. Creo que todos la conocíamos, sobre todo los que estudiábamos instrumentos de cuerda, tipo guitarra, laúd. Siempre que tengo la oportunidad de verla, lo hago. La he visto en España, la vi en 2022 en Cuba, y coincidió esta presentación con mi viaje a la isla”, cuenta esta intérprete cubana, radicada hoy en País Vasco.
Sofía entiende el sacrificio que significó para Silvia y sus músicos sacar adelante este concierto. “Se ve que se ha adaptado muy bien al contexto y, además, eligió un lugar con bastante buena acústica, en el que con lo que trajo para amplificar su voz y guitarra era suficiente. Los instrumentos de cuerda también se escuchaban bastante bien y la ambientación con las velas quedó original; la concepción del espacio estuvo muy bien escogida, teniendo en cuenta la crisis que hay para que el concierto quedara íntimo, bonito”, analiza.
Sin embargo, no fueron pocos entre el público, principalmente personas ubicadas a la entrada de la iglesia, que no pudieron avanzar más, los que se vieron vencidos por el calor y la percepción limitada que podían tener del sonido desde su posición. Aun así, Silvia Pérez Cruz logró crear una atmósfera de unión, de fraternidad, de comunidad entre artistas y público que resistió hasta que la tarde cayó por completo, la oscuridad se impuso y solo Silvia y sus músicos podían verse al centro de un círculo de velas de colores. En ese momento, no quepa duda, Silvia y su voz fueron la luz en la oscuridad.

“Me siento muy contenta de haber venido”
Cuando la gente salió del concierto, la oscuridad estaba ahí, esperándolos, en cada callejuela de La Habana Vieja, en casi todos los rincones de la ciudad. El reloj marcaba apenas las 8:30 de la noche y, aunque se podía respirar la vida propia de las calles habaneras —qué remedio—, de tanta oscuridad se sentía como una noche cerrada.
Dentro de la iglesia, todavía los santos en sus altares, escondidos también en lo oscuro, seguro vibraban de lo que acababa de pasar. Lo que sí se sabe es que Silvia Pérez Cruz estaba aún en éxtasis, en esa nube en la que te deja un concierto vibrante, cuando conversó con OnCuba a la salida del templo, recostada a un almendrón amarillo, el carro que la transportaba a ella y sus músicos.
“Me siento muy contenta de haber venido. Que lo hayamos hecho fue fruto de una intuición que se ha hecho más fuerte. Quería venir a dar lo que tengo. Simplemente, soy alguien de fuera que viene a cantar porque los quiere mucho”, confiesa la artista, quien para este momento lleva muy pocas horas de descanso. Apenas 48 horas antes de este concierto, antes de viajar a La Habana, había acompañado a la Filarmónica de Los Ángeles, bajo la batuta de Gustavo Dudamel, en un concierto para 17 mil personas en el Hollywood Bowl.
Cuando recuerda que hace solo un par de días estaba frente a esa cantidad de público y ahora acaba de protagonizar otro momento único en La Habana, reconoce que “ha sido un cambio radical, porque ha sido un evento seguido del otro”. Ni durmió en Los Ángeles, cuenta. “Allí les pedí a las 17 mil personas que encendieran las luces de sus teléfonos para mandarle fuerza a Venezuela y Colombia. Fue muy hermoso. Y pensaba que luego vendría a Cuba, un sitio donde no hay luz eléctrica, pero está llena de personas con una luz interior maravillosa”.

Silvia Pérez Cruz cree que la música tiene unos poderes profundos e infinitos y “es un oficio que siempre tiene un sentido, pero a veces te das cuenta de que se pueden mover muchas cosas, emociones, más allá de uno. Es algo colectivo. Poder venir aquí con una pequeña comunidad ha sido fantástico. Para mí, tocar en grupo es como plantear la sociedad que me gustaría que existiera, donde nos escuchamos, nos cuidamos, en los buenos y malos momentos, siempre intentando que la luz de cada uno esté encendida y también la colectiva. Cuando he llegado, he reafirmado el pensamiento de que la gente necesitaba esto, que alguien de fuera les recuerde que existen, que sepan que nos acordamos. Claro que me acuerdo”.
Acabamos de vivir el resultado de un proceso artesanal de creación entre tú, tus músicos, tus amigos. Una vez vivido, ¿cómo se procesa este concierto?
Sí, se trata de recordar eso también. Nosotros, como comunidad de músicos, estábamos muy emocionados hoy, antes de cantar. Hablábamos y nos recordábamos que esto se trataba de amor, porque claro que a veces también te duelen tanto las cosas que te puede salir rabia, tristeza. Pero no vinimos a eso; vinimos a dar amor y a recordar el amor que los cubanos tienen y que nos han dado tantas veces. Es algo que va más allá de nosotros.
Se trataba de eso, de pensar a partir del amor. Mientras íbamos montando la escenografía, Samantha y Samara, las niñas que están aquí en la iglesia y nos ayudaron, pensaban que les tenía que transmitir la ilusión de que, con nada, se inventa. Y claro, veo el cansancio y no me extraña, pero debíamos construir: buscamos flores, traje unas velas simbólicas, unas linternas que ya había utilizado en otro concierto en España y las reutilizamos. Al final las regalamos entre el público.
No necesitamos electricidad en este caso, así que la fantasía y la ilusión no podíamos dejar que nos la tocaran. Entonces se ha ido volviendo todo muy real. También nuestros amigos de aquí, que los conoces desde hace tiempo y los ves un poco más cansados, pero nos hemos abrazado y se iban encendiendo las sonrisas. Fue la forma de recordar el poder que tenemos y me cuesta decirlo porque sé que vengo de una situación de mucho más privilegio, pero lo veo, porque me lo habéis enseñado vosotros.

Decía Roly Berrío, la noche anterior en La casa de la bombilla verde, que “no mucha gente tiene la valentía y la alegría de venir a regalarnos canciones”, en medio de esta crisis. Tú has tenido ambas virtudes y has traído las canciones de tu disco más reciente, Oral Abisal ¿Con cuál canción de ese disco tan diverso pudieras definir este viaje a Cuba?
Oral Abisal tiene eso de ir de lo conocido a lo desconocido, de atreverse a romperse, de atreverse a cruzar lo desconocido, esa niebla en momentos en que uno ya no puede más, no perder ese músculo y tirar hacia adelante con todo lo que conlleva. Si te detienes en sus detalles, verás esas pequeñas lucecitas, esas pequeñas canciones, pequeños momentos que podemos cuidar. Para mí, este viaje tiene mucho más que ver con todo ese concepto que con una canción específica. Sí, esa voluntad de que no te apaguen, de seguir cambiando de estado como el agua. Este disco habla de ser valientes para cambiar. A veces uno ya no es río, a veces uno es mar o es lluvia, o se evapora, pero es agua y el agua no conoce fronteras, da una sensación de formar parte de un todo que a mí me emociona y me inspira.

Continuarás tu gira hacia Santo Domingo. ¿Qué dejará Silvia Pérez Cruz cuando emprenda el vuelo fuera de Cuba?
Una dejaría todo acá, pero debo conformarme con este poquito que puedo dar, porque lo otro te hace pensar en tantas cosas que me enfadan, me entristecen. Entonces intento no perderme en ese dolor, porque no es mi lenguaje, sino que es desde lo que es para mí el arte, que la gente se sienta viva. Muchas veces te matan en vida y ahí hay que recordar que uno sentía, lloraba, reía, que estás con mucha gente junta aquí cantando, tomando energía de aquí. Yo dejo aquí todo el amor y el deseo de que como estas lucecitas que el público se llevó, puedan tomarse el día de mañana o la semana con un poco más de empuje. Es algo sutil, pero profundo.
¿Cómo sigue la gira en este punto y qué hay en el futuro, tras estos conciertos?
Cantamos este martes en República Dominicana por primera vez. Luego vamos a Chile, luego Argentina y Brasil, varias ciudades, y volvemos a España, donde tengo una inauguración en el Teatro Nacional de Barcelona con diez cuerdas, celebrando los diez años de un disco que se llama Vestida de nit, donde vamos a hacer un homenaje a la repetición, a qué acontece cuando uno repite, cuando se encuentra con la misma canción de hace diez años y se da cuenta de que algo ha cambiado.
Luego pararé seis meses por primera vez. Tengo que componer una banda sonora, o dos, de distintas películas, pero quiero estar seis meses sin tener una fecha que me diga que me tengo que ir a un sitio u otro. Ahora duermo poco, pero hay que hacer las giras así, porque cada día que no se toca es menos dinero. Es la manera.
Venir a Cuba siempre cuesta dinero; es cuestión de voluntad absoluta. Pero, claro, lo que a uno lo motiva tiene tanto que ver con el sentido de la vida que no tiene precio y no hay que dejar de hacerlo. Es un momento difícil y es cuando hay que estar. Si yo tengo un poquito de amor para dar, a mí me sale darlo.













