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Hace unos años conocí a Jhonever y a su padre, Néstor. Su historia de vida bien da para una serie televisiva que cuente la porfía entre el empeño por los sueños y los lastres de la realidad.
A sus 15 años, este joven del Cerro habanero, estudiante de danza, recién regresó de bailar en Rusia. Un logro que parecía improbable para un niño que muchas veces bailó descalzo o que camina más de hora y media para ir a la escuela.
Su padre, criado en una familia machista de “bajo mundo”, como él dice, tuvo que desaprender sus prejuicios para apoyar el sueño de su hijo.
Dejo acá la voz de este muchacho y su progenitor, los matices de su historia, las lecciones de empeñarse desde el amor, y las estructuras de exclusión que la realidad dura y pura impone.
Me llamo Jhonever Hernández Romero, tengo 15 años. Nací en Matanzas, en El Naranjal, y a los 5 años me mudé a La Habana. Vivo en El Cerro.
Empecé por el ballet a los 5 años, en los talleres de Prado. Luego me presenté al pase de nivel; también hice la prueba para la escuela de danza. No entré en ballet, entonces comencé en danza, a los 9 años, en la escuela Alejo Carpentier.
La danza fue una “traición” porque no aprobé en la escuela de ballet, que era en realidad lo que siempre quise.
Pero ya al ver el mundo de la danza, me empezó a gustar más. Ahora me quedo con la danza porque es otra historia. Aprendo más. La danza te abre más caminos: folclor, contemporáneo, técnico, repertorios.
Lo que más me gusta es la danza contemporánea. Me gusta montar mis propias coreografías. Desde chiquitico estoy creando para bailar en espectáculos.
Cuando bailo, siento que es mi vida, porque es como el desestrés de todo. Estoy triste, bailo; si estoy emocionado, bailo. Son todas las emociones que tengo; las siento a la hora de bailar. Bailar es otro sentimiento más que tengo en el cuerpo.

Agradezco a muchas personas mi camino por la danza. Primero que todo, agradezco a mi papá, aunque mi mamá siempre estuvo presente. Pero el que más se esforzó por mi carrera, el que estuvo ahí todo el tiempo, fue mi papá. Es el que va a los ensayos, el que me acompaña a todas partes.
También agradezco a mis profesores, a toda la gente que me ha ayudado y me ha apoyado.
Mi experiencia más importante ha sido el Quinto Fórum de Juventud, celebrado en Rusia en el pasado mes de agosto. Cuba solo había participado en dos de los cinco encuentros anteriores.
Nunca me lo esperé. Tampoco esperé que nos eligieran directamente: “Queremos a ese muchacho y a esa muchacha”, en referencia a mi compañera de baile.


Me pareció una experiencia gigante, muy buena, con nuevos caminos. Me impactó mucho ver el otro lado del mundo, la diferencia, la comida, todo. Significó mucho para mí por el esfuerzo y el trabajo que pasé para conseguir esa meta.
Antes de seguir contando de Rusia, cuento por qué el camino no ha sido tan sencillo.
Muchas veces tengo que ir caminando a la escuela. Desde el Casino Deportivo hasta el final del Vedado. Como una hora y media. Igual al regreso. Muchas veces terminamos de noche y tengo que venir solo. No he podido conseguir una bicicleta o algo en qué moverme.

En algún momento he sentido discriminación por ser negro y por no tener los recursos que lleva la danza.
En la escuela de ballet, estudiantes mayores me criticaban por mi color. Decían; “¿Cómo va a ser tan bueno? ¿Cómo va a ser el principal por su color?”. Aun teniendo calidad técnica, no te elegían por el color de la piel.
Eso fue en la escuela de ballet; en la de danza fue otra historia totalmente diferente. Debo decir que los profesores siempre me apoyaron, pero los alumnos no.
Cuando me convocaron para ir al Quinto Fórum de Rusia, hubo una profesora que no estaba de acuerdo con que fuera yo. Y los padres querían que fuera otra alumna. Por su clase social, por relaciones. Pero al final dijeron que era yo y fui yo.

Pero bueno, aquí estoy y puedo decir que Rusia me encantó. Lo que más me gustó fueron las personas. El aire de las personas, lo amigable. A pesar de ser de otro color y de otro país, te tratan como si fueras familia de toda la vida.
Era un mundo distinto viéndote bailar; es otra cosa. Además de saber que estás ahí porque eres bueno, porque hubo sacrificio en el camino.
Me impresionó que es totalmente otra técnica de baile respecto a la cubana. Son otros bailes que no tienen nada que ver con los de nosotros.
Después de esta experiencia sigo soñando. Mi meta es llegar a ser el primer bailarín de Cuba, del mundo. Y otra meta es llegar a ser un buen coreógrafo.
Me gustaría estar en una compañía prestigiosa como la de Carlos Acosta o crear mi propia compañía.


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Néstor, hombre de palabras sencillas, electricista de oficio, escucha a su hijo con una mezcla de orgullo y nostalgia, y me comparte su historia en esta porfía entre el sueño y la crudeza de lo real.
No tuve en mi vida ningún vínculo con el arte. Nunca me pasó por la mente. Yo no sé ni tocar clave. Yo no sé bailar.
Mi esposa tampoco. Nos gusta gozar a lo cubano, guarachar, pero como baile, como arte, nunca hemos estado inclinados.
Eso empezó con el niño, y no fue sencillo. No es que no quisiera que fuera bailarín. El problema es que me impactó siendo muy chiquito.
Realmente, yo vengo de una familia que era un poco machista, me crié en una familia de “bajo mundo”, de mente menos abierta. Me crié con esa mentalidad de que los hombres tienen que ser “así” y nada más. Con esos prejuicios de que el bailarín podía ser homosexual. Era una mentalidad un poco obtusa.
A los cinco años el niño va casi llorando y me dice: “Papá, yo quiero ser bailarín”. Y lo llevé a Prado, frente al Hotel Sevilla. Allí me dijo una persona que viniera a las cinco de la tarde. No viré para el Cerro, porque si viraba no podía presentarlo.
Nos quedamos dando vueltas por el Malecón. Hicieron nueve pruebas. A la tercera le dieron las zapatillas, el maillot. Vi que tenía condiciones. Regresamos muy contentos a la casa.
Después de esa prueba, me di cuenta de que mi mentalidad estaba mal, porque mi hijo me hizo saber que lo que le gustaba a él no va ni con la forma de ser hombre ni con el sexo. Va con un sentimiento, con un sueño, con unas condiciones que no tienen nada que ver con eso.

Entonces me dije que si había dado este paso hasta aquí, me iría con él hasta atrás. Lo senté y le dije: “Soy un simple electricista, yo no quiero trancarte tus sueños, yo voy contigo hasta lo último, pero no te puedo pagar un profesor particular. Lo único es que, si esos son tus sueños, tienes que ser bueno en lo que tú eres”.
Él nunca me hizo quedar mal. Cuando entró en los talleres, a los dos meses lo pusieron de monitor. Eso me hizo meterme más y olvidarme de lo otro que yo pensaba.
Dificultades siempre ha habido. Yo no podía comprarle un reemplazo a las zapatillas que le dan en la escuela. Él bailaba en medias, bailaba descalzo, mientras todo el mundo bailaba en zapatillas.
Casi todos los niños que podían, era porque los padres que eran pudientes y compraban. Yo no. Él iba con sus zapatos, no de ballet, y hasta con botas de trabajo.
Imagínate que un metro de tela costaba seis mil pesos. Yo ganaba dos mil. Gracias a una mamá segunda que tiene —la mamá de la niña con la que hace pareja de baile— le han mandado a hacer la ropa. Si hubiese sido conmigo, con mis posibilidades, nunca hubiera bailado.
A veces iba a la escuela con un pomito de agua con azúcar prieta y un pan con aceite. No tenía para mandarle un plato fuerte. Él siempre lo entendió, siempre fue un niño consciente. Bailó muchas veces con el maillot con un hueco en el fondillo, porque lo remendaba y tenía que bailar así.

Desde séptimo grado empezó a ir y venir solo. Muchas veces llegaba a las once de la noche. Y venía caminando por el lado más peligroso. Gracias a Dios nunca le pasó nada, pero corría ese riesgo día tras día.
Este camino ha sido complicado, pero yo le recomiendo a los padres que sus hijos tengan sueños, que no les trunquen nunca el futuro. Que no lo metan en una cosa que no le guste. Si no le gusta el ballet, si no le gusta la danza, no lo metan. Pero si le gusta y tienen condiciones, que lo apoyen. Que lo apoyen para que se sienta como me siento yo ahora mismo, el mejor hombre del mundo.
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El rato de conversación fue emotivo y duro al mismo tiempo. Una historia de “triunfo” no puede ocultar los problemas estructurales de base que la generan, menos la injusticia histórica que la sustenta: la pobreza, el racismo, la desigualdad.
Las condiciones sociales y raciales no determinan el destino, pero sí condicionan el camino. Pesan, limitan, exigen más esfuerzo. Jhonever y Néstor lo saben.
Sin embargo, esas mismas condiciones no apagan su talento ni su disciplina. Y sobre todo, no medran el acompañamiento decidido de una familia que, aun con recursos materiales limitados, no le suelta la mano en un andar que recién comienza.
Como dice Jhonever: “Bailar es un sentimiento”. Y Néstor, que tuvo que desaprender para aprender, encontró en ese sentimiento la razón para crecer a su lado.
Porque a veces, el mayor acto de valentía no es bailar frente a un público, sino acompañar a quien baila cuando el camino es cuesta arriba. Camino que no ha terminado. Jhonever ingresó a la Escuela Nacional de Artes, en medio de una crisis mucho más exigente.












