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“Por un momento yo pensé que una mujer quizás podía ganar el juicio de la historia”, dice Elsa von Freytag para comenzar su defensa. Si Kolophon fueran solo los minutos que dura este alegato, ya valdría mucho la pena esta obra. Pero es muchísimo más.
La dramaturga, narradora, guionista, poeta y, en este caso, directora, Agnieska Hernández, nos trae una nueva entrega de ese “conjunto de piezas de ardua investigación documental”, como ella misma las cataloga. Esta vez la protagonista es la “baronesa dadá” y el escenario es la ciudad de Nueva York de inicios del siglo XX.
Kolophon tuvo su estreno los dos últimos fines de semana en la sala Covarrubias del Teatro Nacional de Cuba, uniendo un elenco encabezado por Lissette de León en la piel de la Von Freytag, acompañada por Sailin Carbonell, Raiza D’Beche, Fernando Ramirez, Livan Elix, Peter Rojas, Yuniorcobian y Arturo Voces.

La transdisciplinariedad de La Franja Teatro trae también a escena la música en vivo bajo la creación e interpretación de voz y piano de Leyssy O’Farrill Nicholas y Laura Alonso Real.
“Ya va a comenzar el proceso de convertir a una mujer en basura”, decretaba al inicio de la obra Djuna Barnes, una de las amigas incondicionales de Elsa, su primera biógrafa y otro de los personajes esenciales.
Así quedaba marcado el camino de una pieza que se reconoce a sí misma como puesta en escena; que transcurre como un juicio implacable, como lo ha sido la historia para muchas mujeres; y que se autodefine una y otra vez como una “misa negra”.

“Elsa era una mujer demasiado irreverente, hay que sepultarla como va. Es una mujer que está mal enterrada en una fosa común en un cementerio de París, olvidada, sin todos los reclamos de su obra y sin todos los reclamos de quién fue como mujer. Esa alma debe descansar en paz; lo que pasa es que es demasiado irreverente como para dedicarle una liturgia habitual.
“Si ella va a aceptar algo, un homenaje y una misa, hay que dársela un poco al estilo dadaísta, hay que dársela por todos los lugares que uno descubre que le podrían haber gustado cuando uno la investigó. Es una misa negra, es una misa tan irreverente como lo fue ella, una misa hacia su sentido de la libertad, un sentido extraordinario de la libertad”, nos explica Agnieska.

Sin embargo, lo que encontramos en Kolophon habla mucho más que de Elsa von Freytag. Es un llamado a gritos, un reclamo profundo, una reverencia merecida para cada una de esas mujeres que la historia ha sepultado y silenciado injustamente.
“Esta misa negra es para todos los hombres que creen que pueden reírse con el dolor de las mujeres. Esta misa negra es para todos los hombres que entierran vivas a las mujeres” dice la propia Elsa en ese alegato estremecedor que llega para cerrar el recorrido que la obra nos propone por su historia, contada por y con algunos de los compañeros del viaje que fue su vida.

Huyendo de la Primera Guerra Mundial, Elsa von Freytag llegó a Estados Unidos, donde se convirtió en una de las artistas dadaístas más importantes de su tiempo.
“Transportó en su cuerpo, de algún modo, toda una experiencia artística europea hacia América”, dice Agnaieska y habla del cuerpo porque Elsa misma fue el arte.
Entre sus aportes al arte moderno, la baronesa es considerada como la pionera de las conocidas obras de acción, lo que hoy entendemos por performance. De eso también hay mucho en la concepción de esta pieza, donde su directora entiende al teatro como “una de las formas de poder dialogar con un punto de vista de arte total”.
“Me interesan muchísimo las zonas performativas que dialogan con el presente, las zonas vivas, entrar y salir del documento histórico, negar el concepto de personaje y trazar un convenio escénico para que tenga lugar el performer contemporáneo, que es algo que hemos venido trabajando”, declara Agnieska.

Kolophon no es entonces solo lo que vemos en escena; es, como cada obra artística genuina, todo lo subyacente que le imprime valor, sentimiento, energías.
“Siempre convencidos de que simplemente somos un vehículo corporal, musical, artístico, textual. Somos un vehículo e intentamos ser lo más generosos posibles para poder traducir ese documental a escena. Porque no podemos de ninguna manera, ni es nuestro interés, reemplazar al personaje real”, desde esa máxima crea y dirige Aganieska, y se nota.
Revisitar, reconocer, rendir culto a la vida de Elsa Von Freytag se convierte en esta obra en un camino con más de una vía. La irreverencia de la vida en la que se escruta no es menor, es tan inmensa que fue castigada con el ocultamiento de su obra, con el intento del olvido de su nombre.

“Desde ella, desde el análisis ahora, desde la mirada actual, desde el presente contemporáneo, buscarla a ella un poco como mujer desechada, omitida, obviada por los grandes patriarcados artísticos estatales, nos permite también hacer una mirada sobre el cuerpo femenino, poético, político, pero en primer lugar, el cuerpo femenino del presente. Ir a buscarla a ella, es ir a buscar un poco, no solo artistas, sino un montón de mujeres extraordinarias que han estado eclipsadas, obviadas, que su trabajo ha terminado derivando en logros del patriarcado, pero que ellas no han sido asumidas por la cuestión que haya sido”, asegura su directora.
William Carlos Williams desgrana el andamiaje que acompañaba y hacía destacar visualmente a la condesa para recordarnos que debajo solo había una muchacha. “Nueva York le tenía miedo a una muchacha” resume el personaje en uno de esos parlamentos que se graban.













