|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Las evidencias y la información a las que se puede tener acceso demuestran que el Departamento de Estado ha exigido a los países de América Latina y el Caribe un alineamiento claro respecto a la política hacia Cuba. Son múltiples las amenazas que acompañan tal exigencia sobre gobiernos que, en general, tienen un alto nivel de dependencia de EE.UU.
Eso explica decisiones como la expulsión de diplomáticos cubanos de República Dominicana, la ruptura de relaciones diplomáticas con Cuba de países como Costa Rica y Ecuador, la exclusión de Cuba de la Cumbre de las Américas, el cierre del programa de médicos cubanos, como en el caso de Guatemala y otros países, etc.
Algunos toman esas medidas con cierto pudor, conscientes de lo injustificadas que resultan; otros lo hacen con complacencia, por su mayor coincidencia ideológica y política con EE. UU. La mayor parte de estos últimos corresponde a gobiernos de extrema derecha instalados hoy en muchos países de la región. Todos “reconocidos” y autocalificados como “Estados democráticos de derecho”. Es la realidad histórica, y no teórica, la misma que, sin muchas precisiones, algunos documentos desde el exterior proponen para Cuba.
Se ha dicho, con sentido del humor, que algunos de esos gobiernos practican una “diplomacia preventiva”, que consiste en “bajarse el calzón antes de que te lo pidan”. Pocas excepciones de resistencia a esa política quedan hoy en la región, como los honrosos casos de México, Brasil y Uruguay. Tal es el nivel de dependencia, y tal lo descarnado de la política exterior de esta administración, que despliega todo su enorme poder y presión sin medir mucho las consecuencias.
Es brutal y abierta la intervención en los procesos políticos internos para favorecer a la extrema derecha, reunida en el llamado “Escudo de las Américas”. Basta leer su “declaración conjunta” para saber de qué se trata esa nueva “iniciativa”.
El reciente caso del tal Cerimedo en Bolivia, con sus granjas de bots y su chequera digital, es solo la punta de un iceberg mucho más profundo. Es la conducta que marca la doctrina Donroe: es esencial reasegurar la dominación en el hemisferio occidental ante la creciente pérdida de hegemonía global.
Esa política de exigir alineación máxima no se limita al ámbito diplomático; como se puede apreciar, se extiende por todos los sectores, incluido el mundo del arte y, por supuesto, el académico.
En este último caso, lo que salga de instituciones que reciben, directa o indirectamente, financiamiento proveniente de fondos oficiales debe atenerse también, sea por vocación o por necesidad, a esa regla: alineamiento esencial o, al menos, compatible con la política hacia Cuba, con poco margen para “desvaríos” y “meandros” propios del discurso académico. De lo contrario, se acaba la “fafa” (visas, eventos, proyectos, emolumentos, becas, publicaciones, promociones, sonrisas, simpatías, etc.).
Esto es evidente en lo que sale de documentos, propuestas y actividades que organizan instituciones norteamericanas favorecidas por financiamientos de este tipo. Basta revisar los contenidos: no hay mucho espacio para otra cosa. Son contadas y honorables las muy pocas excepciones que en esos espacios se resisten al torrente. No es esta una especulación; a la vista están los resultados, noticias y declaraciones que de ellos se derivan. ¿Casualidad o coincidencia honesta? Obviamente, no. Creo que es algo con lo que hay que contar, pero sabiendo bien de qué se trata.
Se cuentan anécdotas (no es difícil confirmarlas) de algunos participantes en eventos de ese tipo que hasta han agradecido al gobierno de EE.UU. que se hayan permitido compras de combustible al sector privado cubano. Eso estaría bien si no fuera acompañado de un severo cerco petrolero y comercial, al cual cuidadosamente llaman “sanciones”. Para ver la desproporción, y por lo tanto lo irracional de tal afirmación o de tal lisonja, nada más habría que comparar ambas cosas, litro a litro, barril a barril, aun cuando valga aquello de “algo es algo”.
Son tiempos recios, que compran y doblan voluntades; son las realidades, dirían algunos. Quien “hace de manso buey, y presta servicio a los señores, duerme en paja caliente, y tiene rica y ancha avena”, afirmaba aquel verso memorable de la historia patria. Hay que jugarle al que perciben como “caballo ganador”, dirían otros, con sentido práctico y despojados de toda ética y memoria. Cada cual carga con su conciencia.
Ninguno de los errores y notables retrasos del gobierno cubano —que ya sabemos que han sido numerosos, y algunos muy costosos, y sobre los que hemos escrito en extenso— es razón para justificar tal actitud de sumisión, mareo y oportunismo, aun cuando se la trate de disfrazar y justificar con retruécanos y razonamientos “sofisticados”. Máxime cuando la nación está bajo una agresión feroz que impide el bienestar y asfixia la vida de millones de compatriotas, así claramente confesado por quienes la diseñan y conducen; hoy no hay demasiados secretos. “Es una política de asfixia: ellos buscan salidas y nosotros se las cerramos”, ha expresado con énfasis el Secretario de Estado, a lo que se suman las permanentes amenazas de intervención militar.
No se trata de no ser conscientes ni de dejar de medir adecuadamente las realidades; se trata de asumirlas con objetividad, pero desde la consecuencia. A pesar de los costos que ello implica, la dignidad y la ética han de seguir siendo valores humanos de carácter primario, que se deben practicar en cualquier circunstancia. Y esto no atañe solo al ámbito de lo político, sino a toda la conducta humana. Desde ellas hay que actuar, nunca sin ellas: analizar las realidades con lucidez, y aun con pragmatismo, sin dogmas ni autocomplacencias fatuas, pero con esos principios presentes.
Hay que estar dispuesto siempre al diálogo y a negociar lo que sea negociable, con una mente amplia, pero también a asumir la confrontación cuando esta es inevitable, siempre sin la más mínima concesión de soberanía. En eso, las posiciones del Gobierno cubano han sido muy claras hasta este momento, y fueron recientemente ratificadas en la Asamblea General de la ONU. Se trata de ser consecuentes y proteger siempre, aun en las horas más difíciles, los pilares básicos del proyecto nacional cubano: soberanía nacional, justicia social y una alternativa propia de desarrollo económico y democrático.
Aun cuando la recuperación de los niveles de vida previos al inicio de esta fase de la crisis, que comenzó en 2019, será un proceso difícil y prolongado, debido a la fuerte contracción de todos los indicadores económicos y a la profundidad de la crisis social, es preciso avanzar acelerada y ordenadamente en las transformaciones necesarias, con un programa bien articulado y un horizonte estratégico claro. Conquistar la recuperación paso a paso, con resultados concretos, así sean parciales, tendría un impacto positivo sobre una conciencia y un imaginario social muy golpeados por la situación.
La conducción y el liderazgo certeros de este proceso son factores esenciales para reconstruir un consenso muy afectado. Las reservas para resistir de este pueblo son enormes, pero solo se activan cuando ese esfuerzo cobra sentido práctico; lo contrario podría conducir a un abismo político.
Las 176 medidas recientemente aprobadas son un paso muy importante, pero por sí mismas no constituyen aún un programa articulado para la transformación integral de la economía. Se necesita definir bien su arquitectura, desde la estabilización macroeconómica hasta la transformación estratégica, a través de etapas, áreas de acción, objetivos específicos y objetivo estratégico, a la vez que atender eficazmente las urgencias sociales (comida, agua, energía, medicinas, transporte, comunicaciones y deuda externa).
Estos son los planos, diferentes e interdependientes, en los que ha de avanzar la reforma, en el contexto de una sociedad diversa y contradictoria. Esas transformaciones no solo han de ser de carácter económico, sino también político: el sistema político ha de dar cuenta de la diversidad de intereses que hoy coexisten en la sociedad, a la vez que garantizar la hegemonía de los intereses del pueblo trabajador por encima de los intereses, también legítimamente presentes, del capital. La necesaria e inevitable existencia de determinados niveles de desigualdad no está reñida con el principio de justicia social que debe garantizar el Estado.
El desafío es difícil y las dificultades, enormes, pero no hay otra alternativa: avanzar con certeza en la reforma necesaria (insisto: transformaciones internas y reinserción internacional), además de atender con efectividad las urgencias que impone la crisis social, aun contra el viento y la marea de la agresión. Queda mucho por hacer todavía, y el tiempo corre en contra de una población fatigada. La parálisis y los desvaríos no han de ser una opción, por difíciles que sean las condicionantes.
Otra actitud, además de indigna, sería suicida para la nación. Si alguna duda quedaba, ahí está el reciente ejemplo de Venezuela. “The winner takes it all”, ha dicho aquel desde el podio de las Naciones Unidas, y no solo ha secuestrado los recursos de ese pueblo: ha secuestrado el alma de una nación. Hoy es muy difícil decir que no sabemos de qué se trata. Es mucho lo que está en juego en esta tierra y en este instante.
*Este texto fue publicado originalmente en el perfil de Facebook de su autor. Se reproduce con su expreso consentimiento.











